LA LLUVIA DEL TIEMPO

LA LLUVIA DEL TIEMPO

Ref: M-005503/2014

Isabel Puyol Sánchez del Águila

 

No parecía Jairo el tipo de persona  a la que le ocurren fenómenos inexplicables. Cuando comenzó todo él tendría unos treinta y cinco años, y era un hombre de negocios de un éxito notable y temprano. Él y su socio Diego habían creado una gran empresa, aunque Diego se lo debía en parte a su novia rica, pero bastante mayor que él. Aquel día Jairo se quedó hasta tarde en la Sala de Juntas. Acababa de cerrar un negocio de enorme repercusión, y se quedó un rato no solo repasando algunos puntos de los temas tratados, también contemplando la lluvia por su ventanal. Su gran oficina estaba situada en plena Gran Vía madrileña, y aquella tarde estaba tan concurrida como siempre. Antes de marcharse a casa decidió dar un paseo por la calle para relajarse; no le importaba mojarse porque era una lluvia fina y agradable. De repente comenzaron a sonar truenos y el cielo se llenó de relámpagos. Conforme la lluvia arreciaba, la gente corría a refugiarse debajo de las marquesinas y portales. Todo el mundo había acelerado el paso, excepto alguien. Jairo levantó la mirada del suelo y observó a una joven en una esquina. Era algo muy extraño, pero no parecía mojarse con la lluvia; era como si estuviera rodeada por una pantalla invisible. Parecía estar allí esperándole a él, porque en cuanto Jairo fijó la mirada en ella, ésta le hizo un gesto como para que la siguiera; y así lo hizo. Sin saber muy bien por qué, se encontró siguiendo a una desconocida por la calle, en medio de un inquietante silencio. Cuando miró hacia el suelo, iba pisando lo que parecían azaleas marchitas.

A la mañana siguiente, Jairo, sentado en su despacho, le contaba a  Diego lo que le había ocurrido al seguir a aquella mujer.

-Yo la seguía sin saber muy bien por qué, quizás porque necesitaba ayuda, o simplemente porque había algo familiar en ella, aunque no distinguía bien sus facciones. De repente, perdí la noción del tiempo y del espacio, y cuando miré a mi alrededor, me encontré en otro lugar. O quizás era la misma calle, pero de hace un par de siglos. El suelo estaba sin asfaltar, y las casas estaban viejas y tenían un aspecto humilde. No había nadie, estaba yo solo, hasta la joven a la que seguía había desaparecido. De repente escuché unos pasos; alguien se aproximaba. No sé por qué, pero me oculté detrás de una esquina y asomé la cabeza para ver quién se acercaba. Conforme avanzaba pude observar que era una mujer vestida con ropas de finales del siglo XVIII o principios del XIX. Iba vestida de negro y tenía un aspecto elegante. No era muy joven, pero se veía que había sido una belleza. Se tapaba la boca y la nariz con la mano, que llevaba cubierta con un elegante guante de encaje. Olía muy mal en aquella calle, y me imagino que era por eso. Iba seria y con gesto de amargura, que cambió al de repugnancia cuando una mujer salió al balcón y vació un orinal al grito de: “agua va”. Luego pasaron delante de mí varios hombres mal vestidos, que se volvían a mirarla con cara de asombro. Al llegar a un portal muy desvencijado, se quedó pensativa durante un rato y luego entró. Yo, consciente de lo absurdo de aquella situación, y más bien pensando que estaba sufriendo algún tipo de alucinación, la seguí dentro del portal. Ella subía la escalera con determinación, pero yo lo hacía con sigilo, con la esperanza de que no me viera. De repente, me encontré siendo testigo de algo terrible. La mujer llamó por su nombre a una joven de aspecto humilde; ella asintió con la cabeza, y sin mediar palabra sacó un abrecartas de su pequeño bolso y la mató. Fue tal su ensañamiento que jamás hubiese imaginado semejante fuerza en una mujer. Primero le desfiguró el rostro y luego la rajó por todas partes. La sangre chorreaba, inundaba la habitación, mientras yo permanecía en la puerta, sin poder hacer nada ante los gritos y súplicas de aquella pobre desdichada.

-Espera un momento, Jairo, ¿quieres decir que has presenciado un crimen de hace siglos? ¿Eran fantasmas? Dime cómo era la joven que te guió- le preguntó Diego.

-No lo sé. No sé quién era la joven ni nada de nada. Quiero decir que quizás el fantasma era yo, porque no tengo ni idea de si ellos me veían o no. En todo momento procuré estar escondido porque estaba asustado, aunque me dio la sensación de que uno de los hombres con los que me crucé me miró de reojo, como extrañado.

-Yo creo que el estrés de estas últimas semanas te ha pasado factura, pero también podrías haber dado con uno de esos puntos de conexión en el tiempo; ya sabes, donde puedes presenciar acontecimientos pasados. Mi abuelo me hablaba mucho de esos temas, y tú has cambiado desde que murió tu padre, eres más espiritual, o místico, no sé cómo explicarlo. De todas formas, investigaré a ver qué crímenes se cometieron por la zona hace siglos. No será tan difícil, ya que las mujeres no suelen asesinar de esa manera- le dijo Diego marchándose de su despacho, y dándole una palmadita en la espalda en señal de apoyo. También parecía darle vueltas a algo en su cabeza.

A la semana siguiente, cuando Jairo estaba más convencido de que todo lo que había presenciado había sido fruto del estrés, volvió a ocurrir. Comenzó la lluvia justo en el mismo punto que la otra vez, cuando paseaba por la Gran Vía. Todo parecía idéntico, pero esta vez no conseguía ver a la joven de la esquina, con lo que se tranquilizó. Miró hacia el cielo esperando ver relámpagos, pero al bajar la cabeza, delante de él estaba la misma mujer que le había guiado la vez anterior. Intentó hablar con ella, pero fue imposible; desapareció delante de sus ojos sin darle tiempo a distinguir sus facciones. Cuando quiso darse cuenta ya no llovía, pero tampoco estaba en la Gran Vía, estaba en otro escenario. Esta vez no era una calle sucia ni desoladora; era todo lo contrario. Se encontró de repente en la puerta de otra casa, pero no era del pasado. No sabía qué casa era, pero estaba llena de azaleas de colores vivos, y era extremadamente elegante y lujosa. Sin saber qué hacer comenzó a dar la vuelta a la casa, en la parte de atrás había un jardín. Con mucho miedo se acercó a ver qué había en el suelo, para su horror pudo comprobar que la joven estaba allí tumbada en el suelo. Llena de sangre, pero no era real. Luego cerró los ojos y volvió a la Gran Vía.

Desconcertado, al día siguiente fue a casa de su amigo Diego, necesitaba contárselo.

-No sé qué te está pasando, pero sí puedo aportarte algo de información. Creo que sé quién es la mujer a la que ves, me refiero a la asesina. Por esa zona hubo un crimen pasional a comienzos del siglo XIX. Doña Rosalía de los Ríos, una mujer de la alta sociedad y de enorme belleza, que quedó viuda muy pronto. Corrían rumores de que se había enamorado apasionadamente de un joven doctor, cuando ella ya pasaba la cuarentena. Llegó a obsesionarse con él, hasta el punto de despedir a cualquier doncella que estuviera a su servicio y a la que él hubiera dirigido la mirada. Contrató a detectives para que investigaran si había alguna mujer con la que tratara. Llegó a sus oídos una historia que le atormentó, y era que había una joven costurera por la que su doctor sentía un especial cariño y a la que visitaba y regalaba flores. No se lo pensó dos veces, y fue a buscarla y la asesinó. No hubo testigos, aunque se comentaba que el único que había era un misterio, ya que un hombre aseguraba haber visto a un joven apuesto escondido en la calle, y que llevaba ropa extraña. Al faltar pruebas, y debido a su condición de noble y privilegios, ella quedó en libertad. Eso es todo lo que te puedo contar, pero no sé qué papel tienes tú en su historia, si ni siquiera compartís el tiempo. ¿Pero qué me puedes contar de la otra mujer joven a la que sigues?, ¿cómo es?. Sobre todo, háblame de esa casa de las azaleas, por favor- le dijo Diego con gesto de preocupación.

-Todo lo que me cuentas encaja, lo que no entiendo es tu interés por esa mujer que me guía. Lo único que te puedo decir es que la he visto en algún lugar, pero ahora no consigo localizarla. Es muy guapa, muy morena y de ojos rasgados. La casa de las azaleas es blanca, de lujo, y tiene tres plantas ¿por qué te interesa?- le dijo Jairo.

En ese momento Diego sacó su móvil y le enseñó una foto. Jairo no daba crédito a lo que veía. Era la casa que él había visto. Después, con el gesto compungido y con la mano temblorosa le enseñó otra foto. Era la joven a la que él veía, la que le guiaba.

-¿Qué significa todo esto?- le preguntó Jairo.

-¿Es esta la casa, y ella la chica que ves bajo la lluvia?

Jairo asintió con la cabeza a la espera de alguna explicación.

-Ella era Elsa, mi novia, y la casa de las azaleas es la de mi pareja actual- continuaba Diego casi sin poder hablar de la impresión- Quizás la recuerdes vagamente porque un día hace años te la presenté. Elsa desapareció de un día para otro, sin dejar rastro. Yo conocí a Carlota cuando más enamorado estaba de Elsa, y ella comenzó a perseguirme por todas partes, no me dejaba en paz.

-¿Por qué te emparejaste con ella?- le preguntó Jairo muy sorprendido.

-Por despecho, en parte, porque Elsa había desaparecido sin despedirse, y porque Carlota me ofreció las acciones de su difunto marido. Ahora tengo mucho éxito. Hemos construido esta gran empresa, y tenemos éxito. Pero ¿sabes una cosa?, que muchas veces me planteo si Elsa no se fue por su voluntad, ¿y si está muerta?. Me pudieron los celos y la inseguridad, por eso me eché en brazos de Carlota.

Las palabras de Diego dejaron a Jairo sin habla. ¿Y si estaba recibiendo algún mensaje importante del Más Allá?.

Diego no lo dudó, y decidió investigar ese mismo fin de semana; buscaría alguna prueba. El domingo por la noche Jairo recibió una llamada de Diego para que acudiera a su apartamento, y así lo hizo.

-Algo dentro de mí me decía que Elsa no se había ido por su voluntad, que no me había abandonado. El viernes por la noche, en casa de Carlota, mientras ella dormía busqué por su jardín alguna prueba. Hay un rincón al fondo, bastante oculto y discreto donde ella había plantado muchas azaleas, de un día para otro. Pensé que quizás eso tendría alguna explicación y removí la tierra. Noté que había algo debajo, hasta que encontré un collarcito que Elsa solía llevar, porque se lo había regalado yo. Decidí acudir a la Policía con mis sospechas, y allí estaba su cadáver- decía Diego tragándose las lágrimas.

-¿Tu novia la mató? ¿Es una reproducción de algo que ocurrió hace dos siglos?- le preguntó Jairo.

-Eso parece. Lo más asombroso ha sido que en realidad un fantasma ha utilizado su historia del pasado para contarte algo del presente- decía Diego lleno de tristeza y asombro.

-Más bien Elsa ha utilizado ese crimen para indicarnos que ella ha sufrido la misma injusticia.

Ambos estaban perplejos ante la situación. Pudo haber sido el fantasma del Rosalía de los Ríos quien les había “contado su historia” para llevarles a la asesina, o Elsa había utilizado a Rosalía para explicar su tragedia. Lo indudable era que una vez más el mundo real y el paranormal se entremezclaban con un fin.

Diego enterró a su novia en el cementerio más bonito de la ciudad, Jairo le acompañaba en aquel momento amargo. A la vuelta a casa, caminando por el cementerio, Jairo tenía una pregunta que hacerle.

-Por cierto, ¿Sabes cómo continuó la historia de Rosalía?

-Se suicidó. Ya sabes, el sentimiento de culpa a veces es más fuerte que el deseo de vivir. O quizás fue el desamor- le contestó Diego.

-Por cierto, ¿Me describirías como un joven apuesto?- le preguntó Jairo pensativo.

-Quizás lo seas, pero lo cierto es que tu ropa resultaría muy extraña en el siglo XIX- fue la escueta respuesta de Diego.

Cuando caminaban en silencio, un ramo de azaleas fue rodando empujado por el viento hasta sus pies. Diego se agachó y lo recogió, sabiendo que era para él.  Mientras besaba las flores, una fina lluvia silenciosa similar a una caricia les envolvía.

FIN


3 respuestas a “LA LLUVIA DEL TIEMPO

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