LAS CAJAS DEL DESTINO

LAS CAJAS DEL DESTINO
Isabel Puyol Sánchez del Águila
Ref: M-005503/2014

Mercedes trataba de comenzar una nueva vida y recomponerse del trago amargo de su divorcio. Lo que no podía sospechar era la aventura terrorífica que estaba a punto de vivir.
Todo comenzó aparentemente el mismo día de la mudanza. Había alquilado un piso vacío y se había llevado sus pocos enseres en cajas, que los transportistas ya habían colocado cuidadosamente en el suelo. Al contrario de lo que suele suceder, al contarlas había una de más. Después de asegurarse de que había contado bien, se percató de que las cajas no eran las suyas. Sin perder tiempo, y algo agobiada por la necesitad que tenía de recuperar sus pertenencias, llamó a la empresa a la que había contratado. Su sorpresa fue comprobar que según ellos todo estaba correctamente hecho. Tras sus intentos infructuosos de recuperar sus cajas, cuando ya había pasado un mes, se decidió a abrirlas.
-Mi pesadilla comenzó justo en ese momento – aseguraba Mercedes al parapsicólogo al que había ido a pedir ayuda transcurridas unas semanas.
-Pero cuénteme eso que me ha contado al contactar conmigo por teléfono esta mañana.
-Ahí empieza todo, cuando abro las cajas. Por supuesto, nada era mío, pero además, eran cosas muy antiguas, algunas con aspecto de ser valiosas. Las fui colocando por la casa, y la verdad es que poco a poco me fueron entusiasmando. Todo era tremendamente elegante y con un punto misterioso. También había una cajita, dentro de una de las cajas, que contenían unas cartas. Al principio no las toqué, era como si estuviera segura de que su dueño aparecería de un momento a otro y me reclamaría todo.
-¿Cuándo empezaron esas visitas? – le interrumpió el parapsicólogo..
-Todo comenzó una noche, mientras dormía. Escuché la melodía de una cajita de música en el salón, que carecían de sentido. Muerta de miedo, me acerqué sigilosamente, y pude observar a alguien. Era un hombre de mi edad, más o menos, que llevaba puesto un batín y fumaba en pipa mientras miraba al vacío. Su rostro estaba desfigurado, era aterrador. La visión me paralizó. Convencida de estar sufriendo los efectos secundarios de los antidepresivos, volví a mi cama. Pronto dejó de escucharse la música . Pero a los pocos días comprobé que no eran las medicinas, que había algo más. Fue un día al entrar en casa. Sentí que no estaba sola, y eché un vistazo a la casa. Para mi horror pude comprobar que había alguien. Era ese hombre de la otra vez, pero en esta ocasión estaba escondido. Distinguí su silueta detrás del visillo, y pude ver sus pies asomando por abajo. Salí huyendo de la casa, pero no tenía a dónde ir. Denuncié el caso a la Policía, pero después de comprobar que en mi casa no había nadie, me aconsejaron que visitara a un psiquiatra. Noté que la decoración de la casa les llamó la atención, pero se marcharon sin ayudarme.
-¿Qué pasó con la cajita que contenía cartas?
-La abrí, y ojala no lo hubiese hecho. Dentro había una serie de cartas cronológicamente ordenadas. Eran aparentemente cartas de amor llenas de desesperación, de abandono. Es curioso, porque a pesar de que las cartas estaban fechadas en 1840, yo me sentí identificada con Ildefonso, que así se llama quien firma. Me han generado desasosiego. Tiene que ser la misma persona que “se me aparece”.
En aquel momento, Mercedes dejó de hablar para beber un trago de agua; no podía soportar la tensión que estaba viviendo.
Íñigo, que así se llamaba el parapsicólogo, continuó preguntándole.
-¿Ha intentado ponerse en contacto con esa presencia? Quizás pueda aportarle alguna información.
-No me atrevo a hacerlo; ya he probado con ese tipo de experiencias. Fue a raíz de de que mi marido me dejara. Acudí a una vidente , y ella me propuso “pedir ayuda” en el Más Allá, pero fue terrorífico. De hecho, creo que fue a raíz de eso cuando me han empezado a pasar cosas.
-¿Qué ocurrió en aquella sesión de ouija?, porque me imagino que fue lo que hicieron ustedes.
-En la sesión se manifestaron diferentes entes, pero ninguno parecía bueno. Aportaban informaciones contradictorias y me daba la sensación de que se burlaban de mí. Pero al marcharme a casa, aquella misma noche, comencé a notar cosas. Escuchaba un gemido permanente y había muy mal olor en la casa. Era como si algo se hubiese venido conmigo.
Al terminar su consulta con el parapsicólogo, éste le sugirió que terminara de leer las cartas y que tratara de encontrar información acerca de Ildefonso Ochoa, que así se llamaba quien las firmaba. También era importante saber qué hechos ocurrieron en la época en la que vivió en general, y en su vida en particular.
Poco tiempo después, Mercedes volvió a visitar a Íñigo.
-Lo perdió todo. El hombre que firma las cartas estaba desolado, no creo que se pueda perder más. Por lo que he podido leer en las cartas, y por lo que he podido investigar por mi parte, sé quién fue y qué le pasó.
-La cuestión es saber qué quiere de usted – le interrumpió Íñigo.
-Aparentemente yo no tengo nada en común con un capitán del siglo XIX. Por sus cartas he sabido que participó en las Guerras Carlistas, y que sus tropas llegaron derrotadas y hambrientas hasta Aranzueque, en 1839, donde él fue terriblemente herido. De los detalles de aquella batalla me he informado yo a raíz de leer su mención a ese lugar. Hay muchas cartas escritas a una tal Palmira, que fueron devueltas. Son cartas de súplica, donde le pide que no le abandone y demás detalles, que tengo que admitir me han hecho llorar en alguna ocasión.
-Discúlpeme, Mercedes, usted me contó en nuestra primera conversación que su marido la abandonó a raíz de su accidente. Al principio los médicos pensaban que usted no volvería a andar y él la abandonó.
-¿Por qué me dice esto?- le interrumpió Mercedes.
-Porque yo sí veo un paralelismo entre el capitán y usted. Puede que sean de distinto sexo y de distinta época y circunstancias, pero yo veo el mismo drama humano. Lo que habrá que saber es por qué se ha puesto en contacto con usted.
-La parte más escalofriante es esto que le traigo. Es un fragmento de una de sus cartas, que va dirigida a un sacerdote castrense con quien parece tener una sincera amistad .Verá lo que pone en este fragmento:
“Mi respetado y amigo, Padre Segismundo:
Siendo como soy, un hombre de fe y temeroso de Dios, nunca debí realizar aquella sesión de espiritismo. El profundo amor que profesaba por Palmira se tornó en odio, al verme abandonado y humillado por mis mutilaciones y derrotas en el campo de batalla. Recurrí a prácticas heréticas para hacerle daño, pero el dañado he sido yo. Desde que acudí a aquella reunión, vengo sufriendo una serie de apariciones amenazantes. Creo que se trata del mismísimo Demonio, o un emisario suyo. Aparece casi siempre a la misma hora. Tiene aspecto de mujer, aunque viste con pantalones. Se mueve con dificultad, como arrastrándose, y su pelo parece erizado y de un color rojizo. Tiene ojos de espanto y parece no querer ser visto…”
-La está describiendo a usted, con todos mis respetos- le dijo Íñigo.
-Sí, así es. Está claro, por absurdo que suene, que nos estamos apareciendo el uno al otro, a raíz de nuestras sesiones de espiritismo ¿qué lógica tiene todo esto?
-La ouija es un misterio, pero lo único que es cierto es que es una forma de comunicación que atraviesa tiempo y espacio. Probablemente entre ustedes dos existe una complicidad. Digamos que les une el mismo dolor. El sentirse abandonado e injustamente tratado es una constante en la historia del ser humano. La cuestión ahora es encontrar una forma de desligarse el uno del otro; de recuperar sus respectivas vidas. Yo le propondría que recurriese a un sacerdote y que le dedicaran alguna oración. Yo, incluso me atrevería a decirle que colocara algún mensaje de esperanza entre estas cartas – le propuso Íñigo.
Pareciéndole una idea un tanto extravagante, Mercedes acudió a un sacerdote con quien habló durante largas tardes explicándole la situación. Unas semanas después apareció en la consulta de Íñigo para explicarle algo sorprendente.
-Convencí al sacerdote para que acudiera a casa y diera una misa. Yo, previamente le había escrito un mensaje y lo había depositado en la cajita de las cartas. Simplemente le decía: “Siempre vuelve a amanecer”.
-¿Y qué ocurrió?- le preguntó Íñigo con mucho interés.
-Ocurrió algo sorprendente. El mismo día que vino el sacerdote a casa, me encontré con una campanilla rosa que había florecido en mi balcón. Yo no la había plantado, pero eran mis flores favoritas cuando era pequeña. Recuerdo un día que lloré mucho porque se me había marchitado la que había plantado con mucho esmero. Todavía tengo en mi mente y en mi corazón la frase de mi madre cuando, acariciándome el pelo, me dijo: “No tienes que llorar, siempre vuelven a florecer cuando menos te lo esperas”. Está claro que el capitán Ochoa se me había adelantado…
Aquella misma tarde, Mercedes regresó a su casa, y no daba crédito a lo que veía. Todas sus cajas, las que ya daba por perdidas, estaban cuidadosamente colocadas en el vacío salón de su casa.

FIN


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