EL UMBRAL DEL INFIERNO

EL UMBRAL DEL INFIERNO
Isabel Puyol Sánchez del Águila
Ref: M-005503/2014

-Todo ocurrió tal y como se lo conté a los agentes. Hago un gran esfuerzo por recordar más detalles, pero creo que ya lo he contado todo.
-Todo menos lo fundamental- le contestó el Comisario, invitándole a seguir explicándole qué había ocurrido exactamente.
-Está bien, lo intentaré. Verá, al salir del hospital me instalé en la casa del pueblo con un enfermero, que me atendió los primeros días. Era una persona amable, pero no muy hablador; ciertamente un tanto extraño. Por las tardes dábamos una vuelta por el jardín y me ayudaba con la rehabilitación, pero no vimos nada raro. Bien pensado, aunque él hubiera visto algo no me lo habría dicho, porque como ya le he contado, no abría la boca. El problema vino cuando él se marchó, ya que la casa es muy grande y me hacía sentir solo. Es justo en ese momento cuando comienza mi pesadilla, creo que debí de confundir las pastillas.
-Sí, ya me dijo lo de las pastillas, aunque yo no creo que haya tenido nada que ver. Me refiero a que la medicación, según me he informado, no produce ese tipo de reacciones- le interrumpió el Comisario.
-Puede ser, pero fue entonces cuando comenzaron a pasar cosas. Al día siguiente de que se marchara el enfermero, mientras estaba desayunando escuché la puerta del jardín. Me asomé a la ventana pero no vi a nadie, aunque la puerta estaba abierta. Bajé a cerrarla y comprobé si había entrado alguien, pero el jardín estaba vacío. Volví a la cocina y otra vez volvió a sonar la puerta. Me asomé, y otra vez estaba abierta. Al bajar al jardín pude comprobar que el columpio se movía, como si hubiera alguien columpiándose.
-Pero esta segunda vez no era un misterio, ya que sí había alguien, según me contó- volvió a interrumpirle el Comisario.
-Sí, cuando volví a la cocina allí estaba el enfermero, que había venido a ponerme una inyección. Lo del columpio no lo entiendo, ya que dudo mucho que él se hubiese columpiado, aunque era un hombre tan extraño que pensé en esa posibilidad. Cumplió con su trabajo y se marchó sin decir nada, volviéndome a quedar solo, o aparentemente solo. Pasaron unas horas, y después de comer algo me fui a dormir la siesta, pero unas voces me despertaron. Miré a mi alrededor, pero no había nadie. En realidad sonaba como en otra habitación, así que me levanté a comprobarlo. Las voces, o más bien susurros, provenían de una de las habitaciones, justo la que está al fondo del pasillo. Me acerqué con cierto temor y pegué la oreja a ver si escuchaba algo, pero ya no se oía nada. Me decidí a abrir y comprobarlo, sobre todo para dejar de obsesionarme. Mi sorpresa vino cuando intenté abrirla, porque me resultó imposible; era como si alguien hubiera echado el cerrojo por dentro, pero ¿quién?, si yo estaba solo. Cuando desistí me giré para volver a mi habitación, y no daba crédito a lo que vi. Un monje de aspecto siniestro, vestido de negro, me observaba, aunque no tenía ojos. Estaba junto a la escalera, o flotando en ella, ya que no le veía los pies.
-¿Cogió en esa ocasión su vieja escopeta de caza?- le preguntó bruscamente el Inspector.
-No, porque pensé que estaba sufriendo algún tipo de alucinación a causa de la medicación. Pero eché a correr hacia mi habitación y cerré la puerta con cerrojo, por si acaso no era efecto de las pastillas. Allí permanecí unas horas, hasta que, aunque era un poco pronto, decidí salir a prepararme algo de cena. Lo cierto era que me sentía en cierto modo observado nada más cruzar la puerta. Cuando me disponía a bajar las escaleras, otro sonido me llamó la atención; era la mecedora de la habitación del final del pasillo, que ahora tenía la puerta abierta. Me asomé con precaución y, efectivamente, la mecedora se movía. Pronto me di cuenta de que una niña con una muñeca se mecía suavemente, mirando hacia la ventana, de espaldas a la puerta. De repente, se percató de mi presencia, aunque yo no hacía ruido. Volvió la cabeza muy despacio y, con ojos de espanto, se quedó mirándome, sin moverse. Cerré la puerta bruscamente y salí al jardín a dar una vuelta y a tratar de recuperarme del susto. No sabía qué hacer, ni encontraba ninguna explicación lógica a todo aquello. Lo único que se me ocurría era que quizás al haber estado a punto de morir tras el accidente, “algo” se había venido conmigo, pero mi preguntar era obvia ¿qué querían de mí?.
-Una pregunta, señor Álvarez, ¿qué hacía ese monje? ¿también le miraba con ojos de espanto cuando se encontraba con usted?- le preguntó el Comisario con más curiosidad que interés para el interrogatorio.
-En él había un comportamiento algo distinto, no sé cómo decirlo, desafiante. Me mantenía la mirada, no parecía huir de mí. Fue precisamente cuando estaba dando una vuelta por el jardín, cuando miré hacia las ventanas del segundo piso. Me quedé petrificado. En una ventana estaba la niña con su muñeca, y detrás de ella había alguien que parecía una anciana. Ambas me observaban, aunque la anciana estaba detrás del visillo, era difícil verla con claridad, aunque yo juraría que había alguien allí. Pero en la ventana del desván, que es pequeña y redonda, y también da a la fachada principal, pude distinguir al monje. Sin saber muy bien qué hacer, y sintiéndome amenazado en mi propia casa, decidí que al día siguiente iría por el pueblo en busca de alguien que me pudiese aportar alguna información sobre las personas que habitaban en mi casa. Así lo hice, y a la mañana siguiente salí de casa. Lo más próximo que encontré fue una tienda de pájaros, donde no había nadie, solo la dependienta. Dudé antes de entrar porque no sabía muy bien cómo empezar la conversación, pero no hizo falta hablar. Nada más abrir la puerta todos los pájaros de la tienda comenzaron a agitarse como si hubiese entrado un depredador. Fue tal el alboroto que salí inmediatamente, pero la joven que estaba detrás del mostrador salió a hablar conmigo. Fue muy amable y me preguntó si me encontraba bien, y aproveché la ocasión para preguntarle si sabía algo sobre esas personas que aparecían y desaparecían de mi casa. Le fui dando la descripción de cada uno de ellos, pero tuvo una reacción extraña. Se limitó a decir: “No le puedo decir, yo no…”, parecía dudar, como si quisiera contarme algo. Al ver que se ponía tensa con el tema, decidí marcharme y no volver a molestarla.
– Lo de los pájaros encaja en su disparatada historia, pero yendo al grano, una pregunta ¿no habló con nadie más sobre el tema de los habitantes, ni siquiera con ese enfermero?- continuaba el Comisario con su interrogatorio.
-Sí, verá, al ver la reacción de la joven decidí volver a casa, ya que temía ser tomado por loco. Cuando llegué el enfermero ya se había marchado, porque solo tenía que traerme la medicación. Puede que tuviera prisa aquel día, pero había tenido el detalle de prepararme la comida, como hacía otras veces. Era un hombre misterioso, como ya sabe. En todo el tiempo que estuvo viniendo a atenderme solo me contó que se llamaba Narciso Manzanares y que era de San Miguel de Neguera, un pueblo de Segovia. Poco más. Aquel día tuve suerte porque por fin apareció mi mujer, empezaba a pensar que no iba a venir, menos mal que Narciso había preparado comida de sobra para los dos. Con ella sí podría hablar de los “inquilinos” de la casa.
-¿Qué día exactamente apareció su mujer por la casa?- le preguntó el Comisario, cada vez más desconcertado por su historia.
-Siento no acordarme; yo estuve muy confuso los primeros días después del accidente. Pero ella no tiene nada que ver con lo que ocurrió.
-Por curiosidad, ¿qué le decía ella de esos inquilinos que había en su casa?
-Nada. Ella estaba muy preocupada por mí, como si temiera algo. Creo que no sabía muy bien qué hacer, y por eso delegó en el enfermero. Me alegro de que ella no estuviera allí cuando sucedió todo; no hubiera soportado verla en peligro. Porque fue aquella misma noche cuando sucedió algo, cuando me di cuenta de un detalle importante. Tuve por primera vez un sueño en el que recordé el accidente, y fue cuando vi con toda claridad que el monje siniestro estaba en medio de la carretera. Sí, señor Comisario, fue él quien provocó el accidente. Sé que quería matarme, afortunadamente solo resulté herido yo, y a mi mujer no le pasó nada. Pero ahora sabía que él estaba allí para completar su cometido. Fue precisamente aquella noche cuando supe que tenía que hacer algo. Después de cenar subí a la habitación, y conforme iba subiendo escuchaba unos pasos detrás de mí. Me volví con cierto temor, porque no podía ser mi mujer, que ya se había acostado, cuando para mi horror vi a la niña a los pies de la escalera. Me miraba fijamente, aunque no hacía nada, no me seguía, con lo que además de aquella presencia, había otra en aquel momento, que me seguía con algún fin. Aceleré el paso y me dirigí a la alcoba, y cerré la puerta con cerrojo, pero estaba roto; los tornillos habían desaparecido de un día para otro. Noté mucho frío en la habitación y también un olor extraño y desagradable, cuando de repente pude ver con toda claridad que había alguien detrás de la cortina, su silueta se distinguía perfectamente. Justo en ese momento abrí el armario y cogí la escopeta de caza, que siempre tengo cargada, y disparé. Cuando vi que nada había ocurrido, salí rápidamente de la habitación para buscar ayuda, y desde la barandilla pude ver cómo una anciana, la niña, y el fraile estaban abajo, mirándome. Pensé que la mejor manera de acabar con el Demonio, o lo que quiera que fuese ese ser, era el fuego. Salí al jardín, fui al cobertizo y cogí un bidón de gasolina que había dentro, rocié rápidamente la casa y le prendí fuego. Luego vine a pedir ayuda, y ustedes no solo no me ayudan, me detienen por quemar mi propia casa. Yo no tengo seguro, de modo que no hay motivo alguno.
-Verá, señor Álvarez, créame que odio ser yo quien le cuente lo que pasó allí. Usted, como veo que recuerda, tuvo un accidente de coche, pero hay algunos detalles fundamentales. En primer lugar, usted salió del hospital con lagunas en la memoria, algunas bastante graves. Permítame que le enseñe algo- el Comisario le mostró una fotografía.
-Estas son la niña y la anciana que se me aparecían- dijo con gran asombro.
-Efectivamente, son su madre y su hija, pero no son fantasmas, o no lo eran. Murieron en el incendio que usted provocó- le dijo el comisario, tratando de asistirle en el momento en el que le dio la noticia.
-No puede ser, ellas aparecían y desaparecían- repetía una y otra vez.
-Efectivamente. Siguiendo las instrucciones del médico, cada vez que usted tenía un episodio de amnesia trataban de quitarse del medio para no alterarlo más de lo que ya estaba. Su madre procuraba estar atenta a sus movimientos, pero sin que usted se percatara. La niña le tenía miedo, y ahora veo que con razón. Esa es la parte racional de la historia, si es que la tiene; su amnesia provocó su locura. Pero hay cosas que no entiendo en su historia. Usted no pudo ver a su mujer, que por desgracia murió a causa del accidente. Tardó unos días en morir, pero le dio tiempo a explicar que el accidente se había producido a causa de un hombre que estaba en mitad de la carretera, concretamente un fraile. La descripción coincide con la suya. Ese hombre, o lo que sea, parece ir con usted a todas partes. La joven de la pajarería me contó lo de los pájaros; ella no vio nada, pero sus pájaros sí, y debió de ser un peligro real, porque a la mañana siguiente estaban muertos. Si usted no los mató, no tengo ninguna explicación para eso. Ella no se atrevió a contestar a sus preguntas, sabiendo como sabía, que usted tenía secuelas por el accidente. Otro enigma es el enfermero. No había ningún enfermero con usted. Era su madre quien le preparaba la comida y le llevaba las medicinas. Es otro producto de su imaginación, pero me llamó la atención que mencionara el nombre del pueblo. San Miguel de Neguera es, digamos, un pueblo fantasma. No habita nadie allí desde hace demasiadas décadas, quizás siglos. Respecto al enfermero, me informé sobre si existió ese nombre alguna vez, y sí, efectivamente, Narciso Manzanares fue el párroco del pueblo, pero en el siglo XVIII. Ustedes tuvieron el accidente justo en esa zona.
-¿Qué sentido tiene todo esto?, me refiero a qué no sé qué tiene que ver el antiguo párroco de San Miguel con esa figura siniestra que me acosa, ¿qué hacían juntos en mi casa?- le preguntaba desorientado, mientras trataba de asimilar todo lo que el Comisario le iba detallando.
-No puedo contestar a esa pregunta. Lo único que sé, aunque temo estar cayendo en supersticiones, es que justo en la zona de San Miguel se llevan produciendo desapariciones y accidentes. Esa figura de la que usted habla aparece descrita en una serie de expedientes de la Policía. Las personas que aseguran haberlo visto también entran en contacto con otras “personas”, por llamarlo de alguna manera, ya que no sé cómo referirme a ellos – le continuaba explicando el Comisario.
-Temo hacerle esta pregunta, pero ¿qué le ocurre a las personas que se encuentran con ellos?
-Eso quisiera yo saber, unos están ya muertos y otros, simplemente desaparecieron sin dejar rastro. Si yo fuera creyente le diría que usted ha cruzado el umbral del Infierno. No obstante, en su expediente solo puede figurar que usted ha sido víctima de una enajenación mental transitoria a causa del accidente. Recibirá la correspondiente terapia, y el juez decidirá qué hacer con usted.
Dos policías vinieron a llevarse al detenido, aún en estado de shock. Fue a los pocos días cuando el Comisario recibió la noticia nada más llegar a la comisaría. Álvarez se había suicidado en su celda; aquella misma mañana había aparecido ahorcado sin que nada se hubiese podido hacer para salvar su vida. Esa misma noche le tocaba guardia, tendría que quedarse toda la noche trabajando en su despacho. Unos minutos después de que el reloj hubiera marcado las tres de la madrugada, sonó el teléfono. Su secretaria, con cierta cara de extrañeza, le pasó la llamada.
-Le llaman por teléfono señor Comisario
-¿Quién es?
-Dice que es el párroco de San Miguel de Neguera ¿le conoce usted?
-Me temo que será solo cuestión de tiempo…- contestó en Comisario, petrificado por el miedo.
En aquel momento una terrible tormenta iluminaba el cielo con sus rayos, y sus truenos hacían vibrar los cristales. Parecía el fin del mundo…

FIN

Imagen: Obra de John Singer Sargent, titulada “Firelight”


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