LA SENDA DEL FUEGO

LA SENDA DEL FUEGO
Ref: M-005503/2014
Isabel Puyol Sánchez del Águila

“Querida Mencía:
Me cuesta trabajo comprender que no me hayas dicho que te marchabas de Gijón para descubrir “el misterio de tu existencia”, como tú sueles decir. Puedo entender que quieras saber cómo apareciste de la nada en medio de un camino cuando solo tenías unos dos años, pero dudo que consigas ningún tipo de información. Dime al menos, dónde te alojas, y si has encontrado ese lugar y, sobre todo, si necesitas ayuda. Espero que te llegue el mensaje, porque no sé si tienes Internet en medio de la nada, donde me imagino que estás…”
“Hola, Pablo:
Perdona que desapareciera sin avisar, pero no quería implicar a nadie. Estoy cerca de Burgos, y sí he encontrado el lugar donde aparecí, suena raro ¿verdad?. Me alojo en un hotel rural regentado por una señora que se desvive en atenciones hacia mí. Está siendo de una gran ayuda. En estos momentos estoy yo sola en la casa, y es extraño, porque está en el Camino de Santiago y siempre hay algún peregrino. El lugar en el que me encontraron a mí está a un par de kilómetros de aquí. Ya he ido dos veces a echarle un vistazo a la zona. Son las ruinas de un viejo convento en medio de un camino. No sé cómo alguien pudo encontrarme en medio de tantas piedras y hierbajos, porque ese es el escenario. Hay una bellísima senda flanqueada por árboles en medio de un mar de campos de trigo que lleva hasta el convento, y es la que he recorrido yo. Mañana volveré a ir por allí, ya que es el único camino que me lleva hasta el pueblo más próximo, donde aún vive la señora que me encontró, según he podido averiguar. Te he adjuntado algunas fotos y nombres de lugares para que, si puedes, busques información sobre la zona…”
“Querida Mencía:
He conseguido algo de información sobre esas ruinas de las que me hablas. Se trata de un viejo convento de la Orden de San Antonio que tuvo una gran utilidad en el siglo XIII. Parece ser que estás en una ruta “milagrosa”, pero no tengo la información que necesitas; me refiero a que no será posible saber quién te abandonó allí. Me te temo que tendrás que ir por los pueblos cercanos y quizás alguien sepa algo y tenga la amabilidad de contártelo…”
“Hola Pablo:
Gracias por tu ayuda, pero cada vez estoy más desconcertada. La dueña del hotel, Patro, me sugirió un pueblo cercano donde quizás supieran algo, de modo que no dudé en ir. Aquí comienza todo lo extraño. Ayer me dirigí al pueblo, pero tenía que pasar por la senda que lleva hasta las ruinas. Era por la mañana y hacía un sol resplandeciente, pero de repente, una niebla tan espesa como inesperada me rodeó, sin apenas dejarme ver el camino. A pesar de ser verano, la temperatura bajó tan bruscamente que comencé a tiritar. No entendía lo que estaba pasando ni podía ver con claridad, por lo que me sentía vulnerable y asustada. En ese momento, un olor pestilente me produjo nauseas; me hacía enfermar, aunque me recordaba a algo, pero no sé a qué. Fue entonces cuando me sentí observada, y te aseguro que pude ver con toda claridad como alguien se ocultaba detrás de un árbol cuando yo giré la cabeza. Aceleré el paso, pero como no veía nada, tropecé con algo y me caí al suelo. Al levantarme traté de buscar mi zapato con la mano, pero tenía que ir a ciegas. Sé que es horrible lo que te voy a contar, pero lo que cogí fue una pierna. Sí, estaba muy fría, por lo que pensé que sería otra cosa, pero no me había equivocado. Era una pierna que me pareció negra, pero no lo puedo asegurar, por la poca visibilidad que había. Sin atreverme a gritar, porque sospechaba que no estaba sola, eché a correr de vuelta al hotel, sin haber encontrado mi zapato. Cuando se disipó la niebla me encontré en la puerta del hotel, como si nada hubiese pasado. Te aseguro que todo transcurrió en no más de tres horas, pero Patro me aseguró que llevaba dos días fuera. Yo solo quería hablar con la Policía y contarles lo de la pierna y que probablemente el asesino andaba por el camino, pero ella me frenó. Aunque no lo dice, creo que piensa que aquel día había bebido, por eso hablaba de una niebla que no existía, y por eso aparecí sin un zapato, despeinada y con la cara desencajada dos días después de haber salido. Además, sé que mi aspecto le parece algo desaliñado, porque me mira de una forma extraña. Es una buena mujer, aunque apenada porque tiene a su hijo en la cárcel y siempre está preparándole cosas para llevárselas. La verdad es que no me siento muy segura, pero voy a quedarme hasta encontrar algo…”
“Querida Mencía:
Estoy preocupado por lo que me cuentas, y creo que debes volver lo antes posible y olvidarte de todo aquello. Presiento que solo te hará daño, por cierto, ¿te ha contado Patro por qué está su hijo en la cárcel?…”
“Saludos, Pablo:
He conseguido hablar con la señora que me encontró. Ella también evita pasar por el camino, de hecho no lo ha vuelto a hacer desde aquel día. Solo me ha contado que yo estaba muy sucia, muy abandonada, y que estaba envuelta en un trapo pestilente. Me ha dibujado lo que llevaba la tela cosida; era algo así como una muleta o una T de color azul. También mi dijo que llevaba mi nombre escrito en un brazo. Pero lo más sorprendente ha sido cuando estaba de vuelta al hotel; ha sido aterrador. Otra vez esa niebla de origen desconocido me ha envuelto de repente, justo antes de llegar a las ruinas. Entonces he escuchado con toda claridad unos pasos que se aproximaban a mí, y el sonido de algo parecido a un carro. Sabía que no estaba sola. Cuando la carretilla se ha cruzado conmigo, no daba crédito a lo que veía: un encapuchado, que no levantaba la cabeza ni para mirarme, empujaba una carretilla con alguien. Mi horror fue comprobar que esa persona que portaba carecía de extremidades. El herido me miraba con horror, como quien está viendo una visión de muerte, o al mismísimo Demonio. Yo, sin poder ni gritar del estado de shock en el que me encontraba, aceleré el paso. Pero volví a escuchar los pasos de alguien aproximándose a mí. De repente, ahí estaba frente a mí. Un hombre encapuchado con una especie de túnica, que yo diría que era el hábito de un monje, aunque nunca he visto uno con ese aspecto, me miraba fijamente. Me vas a decir que estoy loca, pero parecía conocerme de algo, aunque estaba asustado, inmóvil. Por alguna razón, había algo en él que me resultaba familiar. Al principio miré para otro lado, no le dije nada, porque a los fantasmas no se les habla, ya sabes. Luego reuní valor y le volví a mirar. No me podía creer lo que vi; llevaba en el pecho un dibujo con forma de T, de color azul. Comencé a andar rápido para llegar al hotel lo antes posible, aunque yo me preguntaba si realmente había visto un fantasma. Me resultaba extraño que una presencia del Más Allá, se hubiera detenido al verme y me hubiera mirado con cara de reconocerme, aunque sin estar muy seguro. Eso no es propio de este tipo de experiencias paranormales. Pero si aterrador fueron aquellos encuentros, no lo fue menos, el escuchar unos gritos desgarradores que procedían de las ruinas que, aunque la niebla me impedía verlas, yo sabía que estaban justo allí. De verdad, sonaba como si estuvieran quemando vivas a un montón de personas. Jamás he escuchado nada que me haya estremecido de aquella forma. Finalmente, volvió a pasar lo mismo, que se disipó la niebla, y me encontré de nuevo en el hotel. Patro volvió a desconfiar de mi salud mental. Por cierto, ella jamás habla de nada relacionado con su hijo, por algo será, y me temo que por nada bueno…”
“Querida Mencía:
He conseguido más información sobre el lugar del que me hablas, pero nada parece lógico. El monje que tú ves, por lo que he podido averiguar, pertenece a la Orden de San Antonio, pero ya no existe. Llevaban una T de color azul en su hábito. Esa Orden vino a España en el siglo XIII con el único cometido de cuidar de los enfermos del Fuego de San Antón, que era una enfermedad más temida que la Lepra. Unos hongos en el centeno producía un envenenamiento que llevaba a la pérdida de las extremidades y otras partes del cuerpo, en medio de dolores atroces. Los enfermos, condenados a una muerte segura, se recuperaban “milagrosamente” haciendo el Camino de Santiago. La razón era que durante el camino no comían pan de centeno, pero se consideraba algo milagroso. Aunque tu historia es disparatada, sí parece obvio que estás experimentando algún tipo de experiencia paranormal. La zona en la que estás se presta mucho a ese tipo de situaciones, por lo menos abundan las leyendas e historias de todo tipo. De todas formas, creo que es mejor que vuelvas, que no sigas obsesionándote, porque no sé si hay alguna razón para que te esté ocurriendo todo esto, ni si corres algún peligro allí…”
“Hola, Pablo:
Ha vuelto a ocurrirme algo aterrador. Fue esta madrugada. Yo me había ido a dormir algo inquieta, porque Patro tenía un comportamiento extraño. Miraba todo el rato por la ventana, apartando el visillo con disimulo, como si temiese algo. Cerró por la noche la puerta con cerrojo, y puso un sillón delante, como si supiera que iba a venir alguien. No me atreví a preguntarle nada, ya que yo tampoco le había contado lo del fraile. Sé que me oculta algo, y que está muy asustada. El reloj se había parado justo cuando me fui a dormir, pero serían más o menos las cuatro o las cinco, cuando alguien golpeó insistentemente la puerta. Salí de la habitación y busqué a Patro, pero no estaba por ninguna parte, y ya no estaba el sillón delante de la puerta. Era improbable que hubiera ido a ninguna parte a esas horas, a menos que hubiera huido en mitad de la noche, o que alguien la hubiera secuestrado. Aunque no me atrevía a abrir, sí lo hice, porque pensé que quizás algún peregrino necesitaba ayuda, o la misma Patro me necesitaba. Cuando abrí la puerta me quedé horrorizada. Era el fraile. Lo más desconcertante para mí fue cuando me miró a los ojos y dijo: MENCÍA, mostrando una fuerte emoción al decir mi nombre, y con una voz entrecortada. Yo le pregunté quién era, pero la misma niebla que lo había traído hacia mí se lo llevó, haciéndolo desaparecer delante de mis ojos. Lo más desconcertante es que sé que lo he visto en algún otro lugar, pero no sé dónde. Es obvio que me ha reconocido al mirarme a los ojos, que no son de un color habitual…”
Cuarenta días después…
“Querida Mencía:
Llevo más de un mes tratando de localizarte. Al ver que no contestabas a mis mensajes fui a buscarte, pero el resultado de mi búsqueda ha hecho que me sienta todavía más perdido. Mi primer impacto fue descubrir que no existía el hotel rural en el que te alojabas, ni tampoco Patro. Lo peor ha sido saber que en realidad sí existió Patro y su casa de huéspedes, pero fue asesinada en el año 1937, durante la Guerra Civil. Tiene lógica su comportamiento, ya que su hijo fue hecho prisionero y ella vivió con miedo, quizás sabiendo cuál sería su destino y el de su hijo. Lo que no tiene ninguna lógica es que tú estuvieras allí. Después de indagar mucho he llegado a la conclusión de que no viste ningún fantasma, digamos que habéis compartido espacios en tiempos distintos. Quizás todas las épocas de la historia sean en realidad paralelas, y de alguna forma ese fraile de San Antonio, Patro, y tú habéis encontrado un punto de encuentro, aunque no lo sepáis. Probablemente fue ese fraile quien te puso el nombre medieval que tienes. Tengo la sensación de que sale a la senda a buscarte. Intuyo que quiso salvarte poniéndote en el Camino de Santiago para que algún peregrino te ayudara a escapar de una muerte segura y cruel. Es fácil reconocerte aunque haya pasado el tiempo, ya que el color de tus ojos es inconfundible; son los llamados ojos de fuego, como ya te he comentado en alguna ocasión. Comprendo su emoción y desconcierto si finalmente te ha encontrado y reconocido. Solo Dios sabe si estáis ahora juntos, y si te llegará en algún momento este mensaje. Yo creo que los ordenadores no atraviesan el tiempo, pero los sentimientos sí.
La Policía te considera desaparecida, pero yo no me doy por vencido, aunque mi búsqueda será diferente a la de ellos. No sé en qué mundo estás, pero recorreré la misma senda todas las veces que haga falta, hasta que encuentre la forma de compartir espacio contigo. Me emociona la idea de volver a verte y de mirarte a los ojos, y que seas tú quien pronuncie mi nombre…”

FIN

Imagen: “Saying Goodbye” de Joseph Larusso


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