AQUELLA PROMESA

AQUELLA PROMESA

Isabel puyol Sánchez del Águila

Nº de registro: M-006520/2013

Una divertida echadora de cartas que conocí hace ya bastante tiempo, solía entretenerme con sus historias. Excepto por alguna cosa extraordinaria, sus clientes solían ser mujeres que preguntaban por asuntos amorosos. A pesar de que las historias se parecían unas a otras, la que voy a narrar a continuación sí me llamó la atención por ser algo que se salía de lo común. Esta fue la historia que me contó Paz, que así se llamaba.
“Un día llegó a mi casa una mujer joven, que no había pedido cita previa, para que le echara las cartas. Me llamó la atención su aspecto cansado y demacrado, pero también su actitud. Miraba con desconfianza y nada más abrirle la puerta miró hacia atrás, como temiendo que alguien la persiguiera; obviamente estaba asustada. Yo tenía un hueco para atenderla, a pesar de que llevaba una época de muchas visitas. La invité a pasar a la habitación donde atiendo a mis clientes. Ella me siguió sin mediar palabra, solo rompió su silencio cuando nos sentamos en el rincón donde echo las cartas. Yo le pregunté cuál era el motivo de su visita y ella, antes de decir nada, sacó la mano del bolsillo y puso algo envuelto en un pañuelo sobre la mesa.
-Es esto. Quiero saber qué es- me dijo con la voz temblorosa.
Yo abrí el pañuelo con cierto temor y encontré lo que no me imaginaba. Era un magnífico anillo de diamantes, bellísimamente engarzados. Se trataba de una antigüedad, aunque yo no sabría decir de qué época.
-¿Qué le ocurre a este anillo?- le pregunté.
-Esa es la historia que le quiero contar. Verá, estaba yo hace un mes más o menos en casa y, de repente, un ruido me hizo volverme hacia atrás. Era como si alguien hubiera lanzado una piedra a mi ventana y la hubiera roto. Corrí hacia el salón, afortunadamente no había ningún cristal roto, pero encima de la mesa estaba el anillo. Repuesta del susto, no sabía qué hacer con él. Yo no entiendo de joyas, pero es obvio que es algo de mucho valor; tan obvio como que había aparecido de la nada. Yo había oído hablar de los aportes, ya sabe esos objetos que aparecen sin explicación alguna. Sé que se trata de un fenómeno paranormal, pero en este hay algo más. Dada mi complicada situación económica, ya que me he divorciado recientemente, decidí ir a venderlo. El problema fue cuando delante de mis propios ojos el anillo se desintegró, desapareció de la misma forma en la que había aparecido.
-Sí, con los aportes puede ocurrir eso. A veces desaparecen y a veces no, pero no puedes contar con que te pertenecen- le dije yo, invitándola a seguir contándome su historia.
-Sí, está claro que no es algo nuestro, que del cielo vienen y regresan a él cuando lo consideran oportuno. El caso es que decidí olvidarme del anillo y de lo que me había ocurrido, hasta hace un par de semanas. Otra vez, ese estruendo, que suena a destrucción, y allí me volví a encontrar el anillo, en la misma mesa que la otra vez. En esta segunda ocasión ya no sabía bien qué hacer, pero volví a pensar en el valor económico. Pensé que lo mejor era venderlo, aunque fuera mal, a una gitana del mercado, antes de que desapareciera. La gitana al verlo se santiguó y me dijo que apartara aquel objeto de su vista. Otra vez me ocurrió lo mismo con la Casa de Empeños, incluso llevándolo puesto. En el momento en el que me iban a atender, allí mismo, se desintegró. Está claro que este anillo no quiere que consiga algo de dinero, pero no sé qué hace en mi casa.
-¿Has notado algún otro fenómeno últimamente?- le pregunté, estando casi segura de la respuesta.
-Sí, lo del anillo, aunque me asusta, no lo siento como una amenaza, pero hay algo más. Aparentemente no tiene relación, pero todo comenzó a raíz de que ese aporte apareciera en mi casa. Las primeras veces que me ocurrió decidí ir al médico, ya que estaba segura de padecer algún tipo de enfermedad, pero no lo era. Todo empezó una noche, algo me despertó, eran unas personas hablando, o más bien susurrando. Para mi horror, una vez que me espabilé del todo, descubrí que esos susurros estaban dentro de mi propia habitación. No distinguía de qué hablaban, pero había cierta tensión en aquellas voces; yo diría que miedo. Una de las voces, claramente decía un nombre: “Daniela”. Parecía estar llamando a alguien. El problema es que aquella fue la primera de otras muchas noches así. Anoche me ocurrió otra vez. Estaba yo dormida, era ya la madrugada, cuando una voz al oído me hizo dar un salto en la cama. Lo escuché con toda claridad, repetía ese nombre : “Daniela, Daniela..”. Los susurros comienzan siempre a esa hora, a las cuatro de la madrugada. He venido aquí porque una amiga me dijo que usted podría ayudarme. No sé a quién recurrir.
-Bueno, amiga, yo en principio, no me dedico a estas cosas, pero puedo intentarlo. Todo parece indicar que hay una conexión con el anillo, contigo y con una tal Daniela, de la que solo conocemos el nombre. ¿Es una voz masculina o femenina la que repite el nombre?.
-Es la voz de un hombre, yo diría que joven- me contestó Sofía, que así se llamaba la joven.
-Si te parece, podemos intentar un contacto a través del tablero de ouija, que es lo que yo manejo mejor. Pero tengo que ir a tu casa y hacer la sesión a la hora y en el lugar donde se producen los susurros ¿te parece bien?
Sofía accedió aunque algo asustada ante la idea de llevar a cabo una sesión de espiritismo en su propia habitación.
Llegó el día en el que habíamos quedado en su casa, y obviamente yo tendría que pasar la noche allí para iniciar la sesión a las cuatro, que era cuando se producían los fenómenos. Aquella noche no dormimos. Yo llegué un poco antes de la hora para ir preparándolo todo. Colocamos una pequeña mesa en el dormitorio y yo puse unas velas y el tablero. Al llegar la hora, comenzamos. Después de unas preguntas iniciales, y cuando pude comprobar que sí había alguien allí, pasé directamente a lo fundamental:
-¿Quién eres?
-JAVIER- fue la clara respuesta del tablero. La tablilla se movía muy bruscamente y podía notarse una fuerte energía en la habitación.
-¿Cómo has muerto?
-NO ESTOY MUERTO- fue la enigmática respuesta de la ouija.
Sofía estaba cada vez más tensa. Era obvio que no sabía quién era Javier, además aquella respuesta le desconcertaba, pero aún quedaba lo más sorprendente de todo.
-¿Qué haces aquí?- le pregunté sin tener ya ni idea de cómo continuar ante aquella extraña situación.
-BUSCO A DANIELA
-¿Quién es Daniela?- fue mi siguiente pregunta. Lo que no esperaba fue la respuesta contundente de la tablilla.
-ESTÁ JUNTO A TI.
Ante aquella misteriosa afirmación, le hice la pregunta definitiva para saber por dónde moverme.
-¿Quién quiere hablar con ella?
-JUAN BAUTISTA MIRAFLORES.
Sofía estaba asustada, no sabía qué hacer, lo único que deseaba era poner fin a aquella sesión, y así lo hicimos. Yo tenía más o menos una idea de qué hilo tirar, de modo que me despedí de ella hasta dentro de unos días, cuando yo hubiera conseguido algo de información.
Los días siguientes, solicitando ayuda de un viejo amigo, investigué sobre quién podría haber sido ese hombre enigmático. Lo cierto es que me produjo obsesión la historia, llegó a afectarme. Según pude saber, se trataba de un joven periodista de principios del siglo XX. Su drama comenzó en el momento en el que decidió denunciar las terribles condiciones en las que vivían las lavanderas del Manzanares de Madrid. Quedó impresionado al acompañar a una de ellas a su casa. Parece ser que él era un joven acomodado, pero con conciencia social. Él, como tantos otros, solía evitar pasar por el río, ya que el olor era fétido y el panorama dantesco. Allí trabajaban unas cuatro mil mujeres, acompañadas de sus hijos, el día entero, en invierno y verano, de rodillas, destrozándose las manos y el resto de los huesos. Tenían una corta esperanza de vida por la dureza de las condiciones y porque lo que más lavaban era ropa de hospitales, de personas con enfermedades contagiosas, y todo tipo de inmundicias. A Juan Bautista le tocó vivir una época convulsa, donde las personas que denunciaban este tipo de injusticias, podían tener un destino cruel, y ese fue su caso. Considerado por algún político o persona poderosa, como un agitador, una posible amenaza, alguien decidió asesinarlo. La noticia de su asesinato se supo años después, haciéndolo pasar por un atraco con resultado de muerte.
Con aquella información, fui a ver a Sofía y la convencí para que se sometiera a una regresión y, para mi sorpresa accedió. Yo misma la acompañé. El resultado fue sorprendente, sobre todo para los que creemos en estas cosas. Aunque soy consciente de que para la mayoría de la gente son sugestiones.
Sofía fue lavandera a principios del siglo XX, su nombre era Daniela. Un joven periodista, al que conoció un día que la acompañó cuando ella se había desmayado en la calle, fue su gran amor. A pesar de la diferencia social entre ambos, algo surgió casi de inmediato, pero su relación fracasó. El día en el que él iba a pedir su mano, no apareció ni volvió a tener noticias sobre su paradero. Juan Bautista le había prometido que le llevaría el anillo de su abuela, una vez hubiera convencido a su familia de que se iba a casar con ella, con o sin su consentimiento. Poco después Daniela murió a causa de una infección en el Asilo para Lavanderas del Manzanares. El asilo era el lugar donde las lavanderas dejaban a los niños menores de cinco años, pero también había unas seis o siete camas para las lavanderas que enfermaban y estaban solas, que era su caso. La regresión le hizo sentir todo el dolor de aquella vida, de su miseria y desolación ante lo que ella sintió como abandono de Juan Bautista.
Todo encajaba perfectamente. Javier era en realidad, o había sido en una vida anterior, Juan Bautista. Probablemente se había sometido a una regresión y había quedado impresionado por la historia. Estaba claro que quería contactar con ella en el Más Allá, pero no fue posible porque Daniela ahora era Sofía y estaba otra vez en este mundo, como él. De alguna forma había una fuerte energía entre los dos, algo que les llevaba a unirse. A mí se me ocurrió volver a hacer una sesión de ouija para contactar directa o indirectamente con Javier. Obviamente había un espíritu involucrado en el proceso, que era quien había contestado que Daniela era quien estaba junto a mí. Sería a través de este espíritu la forma de comunicarnos con alguien de este mundo. Esa sería la única manera, además, de acabar con los fenómenos que se estaban produciendo en casa de Sofía.
En la siguiente sesión conseguí saber el apellido de joven que respondía al nombre de Javier, aunque este vez costó más trabajo la comunicación. Una vez que lo tuve, me dediqué a buscarlo, tardé unas semanas en conseguir su dirección, pero hubo suerte, porque él también vivía en Madrid. Conseguí su teléfono y me puse en contacto con él. Al principio reaccionó con sorpresa, incrédulo de lo que le contaba, pero todo fue encajando poco a poco y me fui ganando su confianza.
-Me sometí a una regresión porque tenía pesadillas y visiones que me atormentaban, y yo sabía que tenía que haber algo pendiente- me dijo Javier, que era un joven bastante atractivo y agradable de trato.
-¿Por qué quieres contactar con Daniela?- le pregunté.
-Porque me impactó la historia que descubrí en mis regresiones y los posteriores estudios e investigaciones que he hecho sobre las condiciones de trabajo de aquellas mujeres. Además, cada vez que veía el rostro de Daniela en mis regresiones y sueños, sentía algo muy fuerte; me sentía muy ligado a ella.
Estuvimos toda una tarde charlando sobre regresiones, vidas pasadas y su experiencia personal. Su historia me hizo interesarme más aún por la reencarnación y las vidas pasadas. Me resultó apasionante, la verdad.
Habían pasado unos pocos días desde aquella visita cuando recibí un mensaje de Sofía que me apresuré a abrir.

“Querida Paz:
Es increíble lo que me ocurrió ayer. Llamaron al timbre de casa, abrí la puerta y ahí estaba él, Javier, aunque no sé si llamarle Juan Bautista. Venía con un precioso ramo de flores. ¿Sabes lo que me dijo?, simplemente: “Teníamos una cita, ¿no?. Llego con cien años de retraso, pero fue por causa mayor. Yo cumplo mis promesas”. Los dos comenzamos a reírnos y nos fuimos a dar una vuelta.
Por cierto, yo llevaba puesto el anillo y no se desintegró”
Aquella historia me impactó, ya que jamás me hubiera planteado que la conexión entre dos personas podía perdurar más allá de la vida misma; sobre todo cuando hacía tanto tiempo que los dos habían dejado este mundo.”
FIN

Óleo “Alegoría del Amor” de Gustav Klimt


2 respuestas a “AQUELLA PROMESA

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