DE SOLDADOS Y CENIZAS

DE SOLDADOS Y CENIZAS
Nº de registro: M-008567/2013
Isabel Puyol Sánchez del Águila
El inspector Ruano no era de ese tipo de personas dispuestas a escuchar historias aparentemente irracionales, pero el caso de Rebeca fue su primer contacto con lo desconocido. Aquella mañana acudió al hospital, como en otros muchos casos, para tomar nota de una denuncia. Rebeca estaba hospitalizada después de haber sufrido un accidente de coche, y tenía algo que denunciar a la Policía.
-Solo recuerdo que me monté en el coche y traté de huir porque alguien me quería hacer daño – repetía Rebeca por tercera o cuarta vez.
-¿Qué me puede decir de esa persona que trataba de hacerle daño?, porque en su informe simplemente pone que se saltó usted el semáforo.
Rebeca se quedó pensativa durante un rato, tratando de buscar en su más que frágil memoria qué era aquello que tanto le había asustado como para acelerar con el coche y sufrir un terrible accidente. Aunque estaba confusa como para saber si había relación entre su accidente y lo que recordaba. Cuando el Inspector Ruano estaba a punto de darse por vencido, ella comenzó a aportar nuevos detalles.
-Inspector, solo tengo recuerdos de imágenes, para mí inconexas y sin demasiado sentido. Sé que todos los días alguien llamaba a mi puerta con los nudillos. Al principio abría y no había nadie, hasta que lo vi. Era un joven disfrazado de soldado antiguo, llevaba un uniforme parecido a los que aparecen en el cuadro de Las Lanzas, de Velázquez. Había algo inquietante en su mirada.
-¿Qué hacía en su casa? ¿qué quería? ¿por qué iba disfrazado?- continuaba interrogándole el Inspector.
-Sin duda era un loco. Al principio yo pensé que era publicidad de alguna marca, que venía a venderme algo, pero no, no quería nada de eso.
-¿Qué quería?
-Pues parecía muy interesado por mí como mujer, ya me entiende. Recuerdo que comencé a cerrar la puerta con llave y todo eso, pero no recuerdo que me hiciera daño – decía Rebeca sintiendo cierta extrañeza de sus propias palabras.
-Discúlpeme, Rebeca, no quiero ser grosero, es usted una mujer muy atractiva, pero tiene ya una edad… Quiero decir que si se trata de un joven lo normal es que se obsesione con las mujeres jóvenes- dijo el Inspector casi arrepintiéndose de sus palabras, aún estando convencido de lo que decía.
-Pero no solo él me daba miedo, había más gente que me asustaba. Me refiero a un grupo de personas que yo calificaría como oscuras. Primero olía a quemado, un olor muy fuerte y desagradable, y luego los veía a ellos.
-No entiendo a qué se refiere.
-A veces me asomaba a la ventana y los veía. Eran unos hombres siniestros que parecían esconderse de la gente. Iban muy sucios, pero no parecían mendigos, los mendigos no se esconden… – decía Rebeca tratando de recordar más detalles.
-Será mejor que me marche; dentro de un par de días volveré a ver si recuerda algo más. Yo trataré de investigar quién es ese joven extraño, aunque más bien parece un fantasma, como los que aparecen en las películas que le gustan a mi hija- dijo Ruano con perplejidad.
El Inspector se marchó de la habitación del hospital, dejando a Rebeca con una sensación de inseguridad mayor que la que tenía antes. Era obvio que las cosas que recordaba más bien parecían propias de la medicación que le suministraban. No obstante, lo extraño era que dentro de lo aparentemente inconexo, había un contexto, algo permanente en sus pesadillas. Aquella noche, mientras dormía un ruido brusco la despertó; era la puerta de la habitación, que se había abierto, pero no había nadie al otro lado. Volvió a quedarse dormida, pero en sus sueños se veía andando por una calle oscura, y escuchando los pasos de alguien detrás de ella. Aunque aceleraba el paso sabía que no podía escapar. Empapada en sudor se despertaba angustiada pero con recuerdos que, a modo de pequeñas piezas de puzzle, iban dándole sentido a su historia. Si aquel soldado era una presencia del Otro Lado, no había motivos para temer por su vida, y sin embargo sí tenía esa sensación. En medio de toda aquella locura había algo que también desesperaba a Rebeca, ¿dónde estaba su familia? ¿por qué estaba tan sola en el hospital?.
Pasó una semana desde la última visita del Inspector Ruano, y no había dado señales de vida. Ella ya caminaba por la habitación y comenzaba a recuperarse. Otra cuestión era su memoria. Sin embargo, noche tras noche soñaba con lo mismo, de modo que poco a poco sí parecía tener algo que contarle al Inspector. Cuando parecía dispuesta a marcar su número, él apareció por la puerta.
-Ya veo que se encuentra mejor, me alegro – le dijo Ruano con una sonrisa afable.
-¿Por qué no viene nadie de mi familia a verme, Inspector?- le preguntó Rebeca con enorme tristeza.
-¿Qué familia?
En aquel momento, el corazón Rebeca dio un vuelco. De todas las respuestas que esperaba esa era la última.
-¿No tengo familia?- le preguntó casi en estado de shock.
-No, es usted soltera y no tiene familia. Siento haberle dado esa mala noticia. Quizás usted recuerde su infancia, cuando tenía padres y un hermano que desapareció. Fue un suceso trágico- le dijo Ruano bajando la voz al darle tan desagradable noticia.
-¿Qué le pasó?- le preguntó Rebeca con el corazón acelerado.
-Fue en un parque, un día de niebla espesa, en un descuido de sus padres. Todo pasó demasiado rápido, pero el caso es que allí se perdió su pista.
Rebeca supo aquel día por el Inspector, que su hermano Josué había desaparecido a la edad de cinco años. Hacía ya más de cincuenta años que no se sabía nada de él, que probablemente habría muerto el mismo día de su desaparición. No podía recordar el incidente, ni su cara, ni a sus padres. Lo que ella recordaba ahora era otra historia, otros hechos que aparentemente nada tenían que ver con ella. Pidiéndole al Inspector que se sentara, comenzó a contarle lo que recordaba, aunque para ella carecía de lógica.
-Verá, Inspector, estos días he estado teniendo sueños recurrentes, que no comprendo, pero que siempre me llevan al mismo escenario. Recuerdo más las sensaciones que los hechos. Yo no creo que haya visto fantasmas, creo que era algo muy real. Todo empezó como ya le conté, con llamadas a media noche a mi puerta, pero no había nadie, hasta que una noche apareció él. Tengo la sensación de que era una persona amable que, a pesar de su atuendo, trataba de agradarme. Poco a poco su presencia empezó a inquietarme, no sé por qué, parecía querer algo de mí, como ya le conté. Sé que andar por la calle me asustaba porque sentía que él me seguía; escuchaba sus pasos, pero cuando me giraba él se había escondido, por eso sé que no era un fantasma. Pero había otro tema que me angustiaba más incluso que el acoso que empezaba a soportar. Estaba muy preocupada por una señora mayor que trabajaba para mí. Sé que alguien quería hacerle daño, y que era por algo relacionado conmigo. Aquellos seres siniestros que se escondían, de los que ya le hablé, tienen algo que ver con la historia, aunque no sé qué. Llevaban unas carretillas con arena o algo así, y estaban esperando todo el día; rondaban mi casa. Cuando los veía se me helaba la sangre, tenía mucho miedo Sé que yo lloraba por la anciana, que sentía mucho dolor por ella. Además, ese olor a quemado vuelve una y otra vez a mi mente. Lo último que recuerdo fue que al salir de casa vi en la pared de enfrente un retrato de ese soldado pintado sobre la tapia, mirándome fijamente. Carece de sentido, pero volví a sentirlo como una amenaza. Recuerdo que eché a correr y luego, tratando de huir ya me desperté en este hospital.
-Es cierto que su historia carece de sentido de principio a fin, pero llegó a intrigarme. Una tarde, charlando con mi esposa le comenté su caso, y ella se entusiasmó. Me refiero a que le encanta todo lo relacionado con el subconsciente, con las regresiones y todas esas cosas. Al principio no presté atención a lo que ella me sugería, pero luego hice yo mis averiguaciones. Según ella, usted al estar en coma ha recordado una vida pasada y ha olvidado, esperemos que temporalmente, su vida actual. Aunque disparatada, su historia coincide al cien por cien, con unos hechos terribles que tuvieron lugar en el siglo XVII en su calle, que en la actualidad se llama calle de Barbieri, pero antes se llamaba calle del Soldado. Por alguna razón usted se ha puesto en la piel de Almudena Gontili, una joven noble de aquella época. Su pesadilla comenzó el día en el que un soldado se enamoró de ella y de su fortuna. Cada día el soldado aparecía en su casa y la perseguía a todas horas, llegando incluso a pintar su rostro en un pilar frente a su casa, para que así ella pudiese verlo cada vez que salía a la calle. Parece ser que la joven tenía vocación religiosa y quería entrar en el Convento del Caballero de Gracia, por lo que le rechazó – le contaba el Inspector Ruano a Rebeca, mientras ella le escuchaba con interés.
-¿Y qué puede ser esa preocupación que tengo yo por una señora muy allegada a mí?. Presiento que es algo horrible.
-Esa es otra cuestión, algo que ha sido más difícil de investigar. Usted sabe que la Historia contiene mucha información sobre los nobles y sobre la Iglesia, pero apenas nada de los pobres. Podría ser por lo que he podido saber, aunque esto ya es más difícil de comprobar, que la criada de Almudena Gontili fuera acusada de brujería por la Inquisición. En aquella época se podía acusar de brujería sin prueba alguna, y el acusado era inmediatamente ajusticiado y quemado. Es más que probable que el soldado pidiese ayuda a la anciana que trabajaba de criada de Almudena para que con algún filtro amoroso o algo por el estilo, la joven se rindiese a sus encantos. Obviamente el filtro amoroso que le preparara, si es que lo hizo, no dio resultados, y la acusó de brujería- continuaba el Inspector, cuando Rebeca le interrumpió.
-Es espeluznante, pero ¿qué tienen que ver esos seres siniestros con carretillas que rondan mi casa?
-Eso es aún más escabroso, si cabe. Verá, en aquella época en la calle que antes se llamaba el Corral de Ceniceros, vivían en condiciones insalubres los que limpiaban los hornos de pan de Villanueva, que eran los que abastecían la ciudad. Recogían las cenizas, entre otras labores y luego las vendían a los lavaderos para hacer jabón. Las amontonaban en los corrales y convivían con ellas. Pronto descubrieron que la Inquisición iba dejando cenizas cada vez que ajusticiaba a alguna pobre víctima. Rondaban las zonas en las que se iba a quemar a alguien y luego recogían sus cenizas para venderlas. Eran personas de mala reputación y ellos lo sabían, con lo que procuraban no llamar mucho la atención cuando iban con sus carretillas.
-¡Qué horror!, lo cierto es que concuerda con los seres tétricos que yo veía y con su actitud, pero dígame ¿tenía Almudena Gontili familia?.
-Sí, tenía a sus padres, que son a quienes usted echaba de menos cuando se despertó en el hospital. No tengo fotos de sus padres, me refiero a los que ha tenido usted en esta vida, pero sí he traído una foto de su hermano que apareció en los periódicos el día en el que desapareció – le dijo mostrándosela.
Rebeca se emocionó al verlo; empezaba a recordar cosas. Obviamente no recordaba a su hermano, pero sí las múltiples fotos que había visto siempre en su casa. Era un niño precioso que aparecía en la foto abrazándose a su osito de peluche, como buscando protección. En medio del embelesamiento, quiso hacerle una última pregunta al Inspector.
-¿Cómo acabó la historia de Alumudena Gontili?
-No creo que le guste.
-Por favor, cuéntemelo- le suplicó Rebeca.
Un día el soldado volvió a perseguirla por la calle y finalmente la decapitó, posteriormente metió la cabeza de la joven en una bolsa y la depositó en el torno del convento en el que ella quería ingresar. Él no se arrepintió en ningún momento de lo que había hecho y fue ajusticiado. Parece ser que su mano fue cortada y empalada en la calle – le dijo Ruano con el gesto compungido de quien da una mala noticia.
-¿Cree usted en la Reencarnación?- le preguntó Rebeca.
-No lo sé si es real o no . Pero es probable que usted en ese estado de inconsciencia y cercanía a la muerte que tenía, haya conectado telepáticamente con aquella mujer, y su historia de soldados y cenizas. Quizás usted solo ha sido testigo de algo que ocurrió en el siglo XVII, nada más que eso.
-Hay una tercera opción, la que más miedo me da, Inspector. Quizás haya abierto alguna puerta peligrosa, algo de lo que ya no puedo escapar. A lo mejor esa frontera que separa este mundo de otros la haya derribado para siempre. Aunque ojala pudiese atravesar esa barrera y recuperar a mi pequeño Josué ¿cree que eso sería posible? ,  ¿a qué me voy a enfrentar ahora?
-No lo sé. No tengo respuestas, pero espero que no haya cruzado ciertas líneas- le dijo Ruano mientras se despedía de ella y le deseaba suerte, dándole la bienvenida al siglo XXI de nuevo.
A los pocos días Rebeca abandonó el hospital, tratando de recuperar su vida, cosa que iba consiguiendo poco a poco. Fue una madrugada de invierno que el viento golpeaba sus cristales, cuando se despertó sobresaltada. La ventana de su habitación se había abierto bruscamente y se levantó a cerrarla. Al volver a su cama, algo heló su sangre. El osito de peluche de su hermano estaba sobre su almohada; mirándola fijamente . Su mirada parecía traspasar el tiempo y el espacio, como quizás había hecho ya ella. En medio de una niebla espesa que se había formado dentro de la habitación, Rebeca, con una voz temblorosa y paralizada por el terror, con los ojos empapados de lágrimas, preguntaba: ¿dónde estás Josué? ¿eres tú, mi niño?.
En aquel momento, un profundo silencio que parecía acompañar a la niebla se apoderó de la habitación, envolviéndola por completo. Sentía miedo, pero era feliz por primera vez en mucho tiempo. Algo extraordinariamente bueno y misterioso estaba a punto de suceder en su vida…
FIN

Imagen: “Retrato de niños” de Maria Teresa Meloni.


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