EL CASO DEL GLADIUS

EL CASO DEL GLADIUS
Nº de registro: M-008567/2013
Isabel Puyol Sánchez del Águila
-Yo sí te creo, pero esa no es la cuestión. Todas las pruebas te acusan, y tengo que encontrar la manera de demostrar tu inocencia. Si no encontramos algo pronto, cada vez me resultará más difícil sacarte de aquí. Confía en mí, no me veas solo como tu abogado, también soy tu amigo.
-Pero es que no lo entiendo, creo que no hay nada lógico en todo este proceso. ¿Qué podría convertirme a mí en una asesina de la noche a la mañana?- decía Raquel apoyando la cara sobre sus manos, mostrando desesperación.
-Porque tú eras la única que estaba en la casa y eres la heredera universal de su fortuna, aunque aseguras que no lo sabías. Vamos a ir por partes. En primer lugar, dime cómo conoces a los Sepúlveda- le preguntaba Beltrán mientras sacaba su cuadernillo de notas.
-Todo comenzó este verano pasado, cuando quise ir a Mérida a hacer un curso de teatro. Busqué alojamiento por la zona, pero todo era muy caro para mí. Al principio no iba a ir sola, iría con una amiga que también iba a hacer el mismo curso. Ella no tenía problema con el hotel, porque conocía a un matrimonio de ancianos sin hijos, los Sepúlveda, con los que se alojaría. Finalmente ella no pudo ir y me ofreció a mí el alojarme allí. Yo no pagaría nada, pero a cambio tendría que echarles una mano con la casa, y atenderlos un poco, ya que eran casi octogenarios.
-¿Hubo algo que te llamara la atención de ellos, de la casa, el entorno?, no sé, cualquier cosa- le preguntó Beltrán con aire de desconcierto.
-Lo primero que me llamó la atención fue la casa. Era muy austera por fuera, aunque muy grande. Una vez dentro resultaba espectacular, con un aire romano muy adecuado para esa ciudad, no solo por la construcción, también por la decoración. Tenía incluso una piscina interior en una especie de patio con mosaicos. La casa está a unos tres kilómetros de la ciudad, muy aislada. No pasaba casi nadie por allí cerca. El silencio imponía; demasiado espacio y demasiada poca vida, así es como lo definiría.
-¿Cómo eran ellos? ¿Eran de ese tipo de personas que tienen enemigos?
-Él casi no hablaba. Al principio pensé que era mudo, parecía una estatua. Siempre estaba sentado en su sillón de orejas mirando al infinito. Respecto a ella, no sé qué decirte, tenía una mirada desconfiada y no era excesivamente amable. No sé si podrían tener enemigos o no. Parece difícil que alguien que no se relaciona con ningún otro ser humano pueda tener ni amigos ni enemigos- le contestó Raquel mientras trataba de recordar más detalles.
-Es fundamental que recuerdes si viste alguna vez a alguien. En todo el verano no pudiste estar totalmente aislada. Trata de recordar exactamente a todas las personas que fueron a la casa o que simplemente pasaron cerca.
-Bueno, está la señora que iba a limpiar, que ya habló con ella la Policía. Llevaba años yendo la misma persona. También venía el repartidor del supermercado. Esas son las personas de las que ya he informado, porque luego hay otra cosa de la que no he hablado. Fue una noche, cuando los Sepúlveda ya se habían acostado.
-¿Por qué no contaste nada a la Policía en el momento de tu detención?- le preguntó Beltrán con tanto enfado como extrañeza.
-Porque yo había bebido y fumado hierba, y no quería que se supiera- dijo Raquel con pudor, sin atreverse a mirar a Beltrán.
-Cuéntame lo que viste, y yo ya investigaré por mi cuenta.
-Era viernes y había salido con los compañeros del curso a tomar unas copas. Cuando llegué a la casa ellos ya se habían acostado. Yo estaba un poco mareada por los excesos, y me fui a descansar un rato al salón a ver la tele. De repente sentí algo extraño, no solo frío, también un olor desconcertante. Observé que la puerta estaba abierta, aunque yo juraría que la había cerrado. El frío no se justificaba porque hacía mucho calor, era agosto. Cerré la puerta y volví a sentarme en el sofá, pero noté como si algo me rozara y me giré rápidamente. No sé por qué, pero fijé la mirada en la escalera, que estaba bastante oscura. Arriba, sin moverse, mirándome había alguien.
-¿Qué me puedes decir de él o ella? ¿Lo conocías de algo? ¿Qué hizo al verte?- le preguntaba Beltrán, ansioso por encontrar alguna prueba exculpatoria.
-Bueno, lo único que puedo decir, aunque suene gracioso, es que era un romano, y que no hizo nada al verme, era como si supiera que yo estaba allí.
-¿Te encontraste con alguien disfrazado de romano?, ¿Qué aspecto tenía? ¿Cómo era el disfraz?, este detalle es importante, Raquel.
-Era un cónsul romano. Lo sé por la vestimenta, llevaba una túnica con franja ancha de color púrpura a lo largo del borde. La cara no se la vi bien, pero me pareció que llevaba barba y el pelo un poco largo por la nuca. Yo creo que no era de este mundo, simplemente porque se esfumó. Nadie puede aparecer y desaparecer. Pero esa no fue la única visita inesperada. Volví a tener otra experiencia parecida, pero más amenazante. Fue unos días antes del asesinato. Estaba yo en la cama tratando de dormir, pero tenía insomnio, así que me tomé una pastilla, y justo cuando empezaba a hacerme efecto, algo me despertó. Fue un golpe seco en la puerta de mi habitación. Me acerqué a preguntar quién era, pero no hubo respuesta. Abrí con cierto temor, pero no había nadie allí. Estaba todo oscuro y silencioso, y otra vez volví a sentir frío. Cerré la puerta y otro golpe seco sonó dentro de la habitación; era un jarrón que había sobre la mesa. Se había caído y hecho añicos, sin que ninguna corriente ni nada lo hubiera rozado. Recogí los pedacitos y me fui, muy asustada, a la cama. Pero cuando iba a acostarme, observé con horror, que había alguien debajo de las sábanas, podía distinguir una figura humana. Levanté la ropa de cama rápidamente, pero allí no había nadie, como había pasado al abrir la puerta. Esa sensación de no estar sola, que ya había tenido antes, la volví a sentir, pero el somnífero ya me estaba haciendo efecto y me quedé dormida. Fue al amanecer, cuando algo me despertó. Abrí los ojos, y allí estaba aquella figura gélida, a los pies de mi cama. Era otro romano, pero no el cónsul, esta vez era un general. Llevaba el casco imperial, ese que cubre las orejas y la nuca. También llevaba ese pañuelo al cuello que les protegía del roce de la armadura. Pero lo que más me asustó fue que llevaba una espada desenfundada, el gladius que apareció como arma del crimen, con el que mataron a Ramiro Sepúlveda. Me miraba fijamente, como si quisiera decirme algo. En un instante había desaparecido, se había volatilizado delante de mis ojos. Su visión me dejó horrorizada, pero no sé por qué, también me trasmitía una enorme tristeza, incluso complicidad entre él y yo. Ya sé que es de locos.
-¿Qué aspecto tenía el “general romano”?- preguntaba Beltrán con una incredulidad creciente.
-Lo único que pude distinguir fue que llevaba barba y el pelo un poco largo por la nuca, igual que el cónsul.
Beltrán se quedó pensativo durante un rato, muy concentrado en sus pensamientos, y luego, mirando fijamente a Raquel, mostrando una gran seguridad le dio su punto de vista:
-De la historia que me has contado, solo tengo una cosa clara, y es que no viste el fantasma de ningún romano. Ya sé que Mérida se presta a esas leyendas y visiones, porque en la época del Imperio romano Emérita Augusta, que así se llamaba, fue una ciudad muy importante. Allí hay vestigios romanos por todas partes, y fueron muchos y variados los personajes que vivieron allí. Pero te tengo que decir una cosa que no parece propia de la conversación entre un abogado y su cliente, pero sí entre dos amigos. En primer lugar, en la época romana, las clases sociales estaban muy bien diferenciadas, no se podía ser cónsul y militar a la vez. Parecen dos puestos muy diferentes, pero según la descripción que das, se trata de la misma persona, y eso sería imposible. Por otra parte, los militares romanos no llevaban ni barba ni pelo largo. El pelo largo facilitaba su muerte a manos del enemigo, por ser más fácil ser degollado si te agarran por la melena. Eso es una observación lógica, pero luego hay otra, no menos importante. Verás, yo no es que crea mucho en fantasmas y esas cosas, pero sí he escuchado decir que no aparecen nunca fantasmas de más de cuatrocientos años. Te habrás fijado que nadie se topa con el espíritu de un egipcio o un sumerio, por ejemplo. Tú nos has visto el fantasma de un romano, y tendrías que haberle contado a la Policía que viste a alguien en la casa. De todas formas, en los próximos días voy a investigar el entorno de los Sepúlveda, porque estoy seguro de que hay alguna explicación lógica- dijo Beltrán, levantándose para marcharse.
Después de la conversación que abogado y cliente mantuvieron, Beltrán no dio señales de vida durante casi un mes. Fue un lunes, cuando se presentó en el penal con una serie de datos sorprendentes.
-He hecho una serie de averiguaciones, creo que son buenas noticias para ti, o deberían serlo. He encontrado a una señora que trabajó en casa de los Sepúlveda hace años. Su nombre es Luisa, y me costó trabajo que hablara sobre algo tan escabroso, pero finalmente lo hizo. Hace años que se marchó de Mérida y ahora vive en Trujillo. Después de la conversación con ella me ha quedado claro que las víctimas no eran lo que parecían. Ese par de ancianitos aparentemente inocentes eran el mismísimo demonio. Es cierto que no tuvieron hijos, pero sí tuvieron acogido al hijo de la hermana de ella, que se había quedado huérfano. Solo estuvo unos años, justo los que estuvo Luisa trabajando para ellos. Según me ha contado, el Señor Sepúlveda era una auténtico pervertido, y le encantaban las fiestas de romanos que organizaba en su casa, donde no faltaban los excesos de todo tipo ni los chicos demasiado jóvenes, que parece ser que le gustaban bastante. Ella sospecha que obligaba al pequeño a participar en aquellas fiestas escabrosas, porque en más de una ocasión se había encontrado al niño en estado de shock a la mañana siguiente, con su disfraz de romano todavía puesto.
-¿Qué fue del niño?
-Cuando llegó a la adolescencia, con dieciséis años, según creo, se escapó y pidió ayuda. Fue pasando por distintos lugares, pero hace algunos años que se perdió su pista. Está en la lista de personas desaparecidas. Fue un adolescente rebelde y problemático, con problemas de drogadicción, por eso no se le prestaba demasiada atención cuando hablaba de los Sepúlveda y sus perversiones. Lo único que sé es que hace tres años estaba vivo, ahora quién sabe…
-¿Crees que puede ser él el asesino de los Sepúlveda?- le preguntó Raquel visiblemente aliviada
-Podría ser, porque la descripción que me dio Luisa coincide con los “romanos” que tú viste. Ella lo vio hace tres años rondando la casa de los Sepúlveda. Lo reconoció casi de inmediato, y él parece ser que también a ella. Al verla le hizo un gesto llevándose el dedo a los labios para que no dijera nada. Luisa se quedó paralizada, pero así lo hizo, pensó que quizás quería darles una sorpresa, o no, pero era lo único que podía hacer ya por aquel pobre niño, que ya tendría unos treinta años o más. No sabemos qué fue a hacer a casa de aquellos degenerados, pero el caso es que ya rondaba la zona. Pero hay otro detalle que me aportó Luisa que podría ser fundamental para ti. Según me contaste, en el momento del asesinato tú estabas durmiendo en tu habitación, pero no hay testigos. Los Sepúlveda aparecieron muertos en su cama a la mañana siguiente, pero, según el forense la muerte se produjo a las tres de la madrugada. Él tenía clavado el gladius en el pecho, y ella, parece ser que murió de un fallo cardíaco, aparentemente provocado por el miedo. Después de mi conversación con Luisa, quizás tengamos alguna prueba. Según me ha contado, hay cámaras ocultas por toda la casa, o por lo menos las había cuando ella trabajaba allí. Pero no son cámaras de seguridad, son para espiar, con lo cual es muy probable que en la habitación de invitados donde dormías tú hubiera una. Si es seguro que estabas en tu habitación, puedo hablar con la Policía para que las busquen.
-Por favor, hazlo. Soy inocente, yo estaba durmiendo a esa hora- le suplicó Raquel muy alterada por la noticia.
A la semana siguiente, Beltrán apareció en el penal con una amplia sonrisa, aunque también con muchas incógnitas.
-En las próximas horas serás libre. La Policía encontró una cámara oculta en la habitación donde dormías. Se ve claramente cómo permaneces en tu cama durante toda la noche Es increíble la cantidad de material escabroso que han encontrado en esas grabaciones. Ramiro Sepúlveda y su mujer eran dos monstruos. Hay una orden de búsqueda y captura contra el sobrino, que es ahora el principal sospechoso. Parece ser que hay más gente de Mérida que asegura haberlo visto rondando por la zona en alguna ocasión aislada, aunque nadie habló nunca con él. Un dato curioso respecto al arma del crimen, bueno en realidad son dos las cosas curiosas. La primera es que una vez analizado el gladius, han llegado a la conclusión de que es auténtico, una valiosísima pieza de museo de dos mil años de antigüedad de la que no se tenía constancia. Pero lo más impactante no ha sido su hallazgo; ha sido su desaparición. Estaba perfectamente custodiado y, según varios testigos, despareció de repente. Ya sabes que hay objetos “fantasma”, los famosos aportes, que aparecen de la nada . Provienen de otros mundos, y de repente vuelven al lugar del que vinieron. Esa sería la explicación paranormal, si es que se cree en esas cosas, claro está. Respecto a por qué te dejaron a ti su fortuna, está claro que es porque el único heredero era su sobrino, y no querían que heredase nada. Pretendieron hacerle daño hasta el final, quizás sabían que rondaba por la zona, y temían lo peor. En el fondo deseo que no encuentren nunca al pobre Augusto, que así se llama el sobrino.
-Yo también deseo que no lo encuentren. Yo viví una infancia muy parecida a la suya, de abusos y maltrato. Lo bueno es que sé que está a salvo- le dijo Raquel con sonrisa de satisfacción.
-¿Por qué estás tan segura?
-Porque esta mañana, al despertarme, sobre mi almohada había una sencilla corona de laureles, que nadie ha podido colocar ahí. Creo que simplemente trataba de decirme que los dos estamos a salvo, y que él ya no está en este mundo.
Raquel se levantó para marcharse, sonriente y relajada, mientras Beltrán observaba cómo acariciaba unas hojas de laurel que se había sacado cuidadosamente del bolsillo…

FIN

Imagen: Autor: Llia Repin, título: “Retrato de niño”

 

 

 

 

FIN


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