EL DESTINO DE TERESA

EL DESTINO DE TERESA

-Nº de registro: M-008567/2013-
Isabel Puyol Sánchez del Águila

Todo comenzó el día en el que Patricia y su amiga Elena decidieron abrir un lujoso negocio en Madrid. Iba a ser una tienda de ropa de diseño, situada en un primer piso de un magnífico edificio de una de las calles más exclusivas de la ciudad. Nada más llegar a él, lo primero que les llamó la atención fueron los balcones, que evocaban otros tiempos, cuando la gente solía asomarse a pasar la mañana o la tarde, mirando pasar los carruajes y la vida de la calle. El piso era enorme, pero necesitaba una reforma integral. Era de finales del siglo XIX, pero durante muchísimos años había estado deshabitado, siendo utilizado más bien como guardamuebles por su rico propietario.
Para la reforma contrataron a dos jóvenes albañiles, pero ellas supervisarían las obras en todo momento, y permanecerían con ellos durante todo el proceso. Fue el primer día cuando ya ocurrió algo extraño; fue a la hora de comer. Ellas habían llevado unos bocadillos que Elena había preparado aquella misma mañana. Nada más desenvolverlos, los tiraron rápidamente al suelo. Estaban totalmente podridos y llenos de gusanos. Aquello carecía de explicación, ya que hacía frío y llevaban muy poco rato hechos. Decidiendo no darle vueltas a algo que no podían explicar, continuaron con la tarea después de haber bajado los cuatro a comer al bar. Al volver al piso, más desagradable aún que los gusanos de los bocadillos, fue encontrar vómitos por el suelo. Rápidamente los limpiaron, pero no sin antes asegurarse, preguntando al portero, si alguien había entrado mientras ellos estaban en el bar. Nadie había pasado por allí, con lo que estaban ante otro hecho aparentemente inexplicable. Fueron pasando los días, con pequeños hechos extraordinarios, provocando el cansancio moral de las jóvenes, sobre todo de Patricia, que comenzaba a sentir baja su energía y su capacidad de aguante. Pero habían invertido todos sus ahorros en aquel negocio, y ya no podían echarse atrás, además la zona y el piso eran inmejorables. Fue la propia Patricia la que al cuarto o quinto día de obras tropezó con una de las maderas del suelo que se había levantado ligeramente. No daba crédito a lo que acababa de encontrar; una carta de 1890 escrita por una tal Teresa, pero no concluida, como si hubiese sido sorprendida escribiéndola y se hubiera visto obligada a ocultarla. Llevaba un sello con su nombre en la parte superior derecha de la hoja, ya amarillenta y deteriorada por el paso del tiempo. Las dos amigas se apresuraron a leerla con enorme expectación ante lo inusual del hallazgo.
“Madrid, 7 de abril de 1890
Mi querida amiga Lucila:
Es muy grande mi pesar, y muy dolorosa la decisión que he tomado de marcharme para siempre. Espero que Dios me perdone y que tú sepas comprenderme. Te escribo la presente carta para explicarte mis razones.
Como bien sabes, mi casamiento con un hombre que triplica mi edad fue contra mi voluntad. Mi vida fue un tormento desde el comienzo. Dos son sus obsesiones desde el primer día: sus celos y mi incapacidad para darle descendencia. Al menos eso es lo que él piensa, y no puede evitar sentir una enorme frustración al pensar que no tendrá un hijo varón que siga sus pasos en la carrera militar. Aconsejado por uno de sus ayudantes, decidió que tenerme entretenida sería una buena forma de favorecer mi fertilidad. Pronto comenzó a venir por casa el joven Teniente Serrano, a quien mi esposo obligaba a darme clases de piano, por ser él muy hábil al piano y tener grandes conocimientos de música. No sé bien cómo empezó todo, pero jamás me había sentido tan atraída por los encantos de un hombre. Mejor dicho, jamás había conocido tal sensación. Todo comenzó un día que nuestras manos se rozaron mientras tocábamos una pieza de Bach. Era como si mi piel quemara en contacto con la suya. Cada día esperaba la hora de la clase de piano con mayor ansiedad. Salía al balcón a esperarle y se me hacía eterna la espera. Pronto supe lo que era el deseo y aprendí a disfrutar de los encuentros con él. Mi esposo solía ausentarse para ir al casino, y era máxima la confianza que tenía en el Teniente. Un día, sin previo aviso, movido por su obsesión por que engendrara un hijo, decidió enviarme a un convento donde, según sus hermanas, unas monjas me ayudarían a llevar una vida y alimentación adecuada para tal fin. Yo creí morir cuando me vi separada de mi amante. Solo serían unos días, pero se me antojaban eternos. Con el fin de sentirme ligada a él, le entregué el anillo que había heredado de mi madre, aunque con temor a ser descubierta. A la vuelta de mi forzado retiro me esperaba el Infierno. Mi esposo me informó lleno de ira de que el Teniente Serrano había desertado y estaba en búsqueda y captura. Unido al dolor de la noticia, tuve que soportar su locura. Tal es su obsesión por tener un hijo, que me ha impuesto una alimentación a base de grasas, por pensar que mi delgadez es la causa de mi infertilidad. Cada día, desde que volví del convento, me obliga a comer un repugnante estofado que me hace vomitar sin parar. Tiene un sabor agrio, putrefacto, parece ser una receta, según él milagrosa, de sus hermanas. Vomito tanto que cada día estoy más pálida y delgada. Temo que me esté…”
Ahí terminaba la carta. Obviamente, Teresa fue sorprendida por su marido cuando estaba escribiéndola. Patricia y Elena no tardaron en deducir que posiblemente esa era la desagradable presencia de la casa. Probablemente Teresa fue envenenada por su marido, pero la cuestión era saber quién era, si la víctima o el verdugo quien permanecía en la casa. Otro asunto que intrigaba a las jóvenes era deducir a qué se refería Teresa cuando escribió la primera frase de la carta, lo de que había decidido marcharse para siempre. Quizás se había suicidado. Demasiadas incógnitas, que pronto se complicarían más.
Los fenómenos en el piso iban a más, lo peor de todo lo que les iba ocurriendo era el desgaste de su propia salud, ya que vomitaban a diario. Era como si cada vez que entraran en la casa fueran envenenadas, como a lo mejor le había ocurrido a la propia Teresa. Por supuesto, la comida se llenaba de gusanos allí, con lo que tenían que ir al bar a comer, aunque cada día con menos apetito. Pero cuando realmente comenzaron a sentirse amenazadas fue una mañana. Ellas dos eran las primeras en llegar a la casa, y permanecían solas durante al menos una hora. Eran las ocho de la mañana cuando abrieron la puerta, y no daban crédito a lo que veían. La escalera de mano, que era muy alta, estaba puesta del revés, como suspendida por hilos invisibles. Una clara demostración de fuerza de la presencia que allí se manifestaba. Los cubos y el resto del material estaban tirados por el suelo, como si alguien hubiese entrado por la noche para pegar patadas a todo. Pero la escalera no podía sujetarse de aquella manera. Las dos se quedaron petrificadas mirándola, sin saber qué hacer, hasta que salieron corriendo a esperar a los albañiles. Cuando ellos llegaron ya estaba todo perfectamente colocado, de alguna manera aquel desastre se había solucionado solo. Ambas prefirieron no compartir su experiencia, sobre todo para no ser consideradas locas.
Al terminar la jornada, Patricia le propuso a Elena que dejaran una grabadora que ella había llevado para hacer una psicofonía durante la noche. Así lo hicieron, y el resultado fue aterrador. Claramente, una voz masculina y cruel sonaba con bastante claridad, repitiendo una y otra vez la misma frase “ASCO…ASCO…ASCO”
-Ya sabemos que es el asesino el que está aquí, porque es una voz masculina, no es Teresa- dijo Elena
-No tiene por qué, además no sabemos a qué época pertenece esa voz, pero es amenazante, como la sensación que tenemos aquí- le contestó Patricia, que hizo un gesto con la mano, para volver a escuchar la grabación.
-Son unos golpes muy claros- dijo Elena al volver a escuchar la psicofonía.
-Sí, salen de ese muro que vamos a tirar hoy. Es un muro que no pertenece a la edificación original- le dijo Patricia.
Serían más o menos las cinco de la tarde cuando los albañiles comenzaron a derribar el falso muro. Ellas estaban en el salón terminando algunos retoques, entonces, en aquel momento, Patricia dejó de oír los ruidos de los martillos y dejó de sentir la presencia de Elena. Justo en el momento en el que se giró, vio lo más sorprendente que jamás hubiera imaginado. Elena permanecía suspendida en el aire, a unos cincuenta centímetros del suelo. Estaba pálida, y no hablaba, claramente en estado de shock. No parecía ver a su amiga, era como si estuviera observando otra cosa. Patricia se quedó inmóvil, tratando de comprender algo y de bajar a Elena. Pero no se atrevía a hacer nada, ni a mover un músculo de la cara. De repente, Elena cayó al suelo, como si la hubieran soltado con rabia. Estaba inconsciente, quizás por el golpe, pero no tardó en volver en sí, aunque no recordaba nada de lo sucedido.
-No sé lo que me ha pasado. Solo sé que he estado en otro lugar, y otra época. Había gente aquí. Lo más escalofriante es que un hombre se me ha quedado mirando. Me ha visto. Sé que no tiene lógica, pero me ha visto. Estaba como ausente, en medio de la gente, en un rincón mirándome fijamente. Me mantenía la mirada de una forma amenazante.
-¿Cómo era?- le preguntó Patricia.
-Viejo. Llevaba uniforme y parecía lleno de odio. Estoy helada. He creído que me congelaba.
En aquel momento, los albañiles comenzaron a llamarlas. Habían encontrado algo. Ahí podía estar la respuesta. Unos huesos y lo que parecía un uniforme en una pila aparte. La cuestión era saber de quién eran los huesos. Pronto saldrían de dudas, ya que lo primero que hicieron fue llamar a la Policía. Mientras los huesos eran analizados, la casa tuvo que estar cerrada durante unos días. Elena, obsesionada por entender la escena que había visto, le propuso a su amiga que hicieran una psicofonía con preguntas. Así lo hicieron. Se colaron una noche en el piso y comenzaron con su sesión de preguntas. Luego escucharon las claras respuestas que habían obtenido.
-¿Eres el marido de Teresa?
-SI
-¿Qué le ocurrió a Teresa?
-EL INFIERNO
-¿De quién son los huesos que están detrás del muro?
-DE SATANÁS
Estas fueron las respuestas de la psicofonía que eran claramente audibles aunque no aclaraban nada. El resto de preguntas no obtuvieron resultado alguno. Solo había odio en aquella voz y en sus respuestas, el mismo odio que Elena había visto en aquella presencia, por llamarlo de alguna manera, porque quizás la presencia había sido ella misma.
Pronto tuvieron noticias de la Policía, permitiéndoles continuar con las obras. Los resultados, al no tratarse de una investigación abierta, les podían ser facilitados. Ambas decidieron hablar con el oficial al mando del caso, que amablemente les facilitó la información que ellas necesitaban.
-Ya saben que no es un caso abierto, al pertenecer los huesos a un joven fallecido hace más de cien años- les informó el capitán.
-¿Se sabe cómo murió?
– Tiene una herida de bala en el cráneo, pero hay algo llamativo. Se trata de unos cortes, como unos navajazos por todos los huesos- Les contestó el policía.
-Si la ropa era de él, ¿por qué no la llevaba puesta?- le preguntó Patricia.
-Probablemente el asesino intentó deshacerse del cadáver cortándolo a trozos, pero solo pudo deshacerse del tejido blando. Me refiero a que le arrancaron la carne.
En ese momento, las dos amigas tuvieron claro que el marido de Teresa no solo había asesinado al Teniente. Había hecho que ella se lo comiera en aquellos repugnantes estofados. Quería que su mujer sintiera asco por él. Tratando de recomponerse después de aquella terrible información, Patricia le hizo una última pregunta a capitán.
-¿Se sabe algo de la muerte de los propietarios de la casa en aquella época?
-Sí. Hubo un suicidio de Teresa Lagos, la esposa del General Arévalo. Parece ser que murió muy joven. El porqué quiso morir, pues no lo sé. Eso ya es historia ¿no?- les dijo del capitán en un tono distendido, al tratarse de un caso ya histórico.
El asunto no era tan lejano para ellas. De alguna manera, al tener la carta de Teresa en su poder, era como si la conociesen, como si ella misma hubiese querido contarles su historia. Por supuesto, no contaron nada de aquello a la policía. Ya nada se podía hacer y lo consideraron algo privado, la necesidad de Teresa de contarle a alguien el Infierno por el que estaba pasando.
-¿Sabes una cosa?, pues que me gustaría hacer algo por ella, y no sé qué- dijo Patricia
-A mí sí se me ocurre algo. Es poca cosa, pero creo que servirá- dijo Elena llevándose la mano al bolsillo.
-¿Qué es eso?
-Es un anillo que estaba envuelto en un pañuelo. Estaba suelto, junto a su pila de ropa. Quise guardarlo como recuerdo, ya que es obviamente el que le dio Teresa. Creo que podríamos enterrar juntos la carta y el anillo. Es poca cosa, pero es la única manera que se me ocurre de hacer algo por ellos ¿no?- le propuso Elena convincentemente.
Así lo hicieron. Pusieron el anillo y la carta dentro de una cajita, y allí los enterraron, en una preciosa maceta del balcón, enterrando así el secreto de ambos.
Respecto a la casa, después de una profunda limpieza energética, comenzó a funcionar como negocio. Es hoy en día una elegante tienda a la que han puesto por nombre: “El balcón de Teresa”.
FIN

Imagen:  “The Duet” del pintor George Sheridan Knowles


2 respuestas a “EL DESTINO DE TERESA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s