EL EXPEDIENTE DE LAS SETAS

EL EXPEDIENTE DE LAS SETAS

Isabel Puyol Sánchez del Águila

Nº de Regisgro: M-006520/2013

-No, señor Comisario, yo jamás haría daño a un hombre como Andrés. Es mi mejor amigo y la mejor persona que he conocido en toda mi vida.
-Escuche, señor Casas, si no tengo pruebas hoy mismo le tengo que poner en libertad. Hace un par de días lo hubiera lamentado profundamente, pero hoy no sé qué decirle. Hay demasiadas cosas que no encajan en su historia. Ayúdeme por lo menos a aclarar algunos aspectos de su caso; lo justo para redactar el informe.
-Está bien, le volveré a contar todo, hasta el último detalle, pero tiene que creerme. Todo comenzó el sábado por la mañana. Andrés y yo habíamos quedado para ir a la Sierra de Guadarrama a buscar setas, que es algo que solemos hacer cuando llega la temporada. Salimos pronto, su mujer y la mía siempre se quedan en Madrid, así que solemos dedicarnos a lo que más nos gusta. La búsqueda de setas es una de nuestras distracciones favoritas. El viernes había muchas por el monte, pero había que adentrarse más de lo habitual, porque mucha gente se nos había adelantado y habían vaciado las zonas más cercanas al pueblo. No sé por qué, pero el día se nos pasó volando, sin haber comido ni nada, nos encontramos de repente con que ya había anochecido. En aquel momento en el que nos percatamos de que se había ido el día, vimos acercarse a alguien. No se distinguía bien por la poca luz que había, pero conforme se acercaba pudimos reconocerlo. Se trataba de Eusebio. Que es el testigo que le dije ayer.
-Sí, ya me dijo que vieron a Eusebio Martín, pero necesito otro testigo…
-Como le decía, Eusebio es un viejo amigo con el que solemos coincidir en el monte, justo en el sitio en el que nos encontramos con él. Nos pusimos muy contentos porque hacía tiempo que no nos veíamos. Parecía un poco triste, pero enseguida supimos que la tragedia había entrado en su vida; su mujer se había suicidado. Él también buscaba setas, pero llevaba la cesta vacía, con lo que supusimos enseguida que tendríamos que volver a casa sin nada. Y ese justo es el momento, Comisario. Yo veo unas setas junto a una roca, me acerco a cogerla y al darme la vuelta, no los veo. Ambos han desaparecido; se han esfumado. O quizás, me planteo en ese momento, si he sido yo el que se ha perdido. Pero todo está muy oscuro, es imposible ver más allá de unos metros. Comienzo a llamar a Andrés, pero no hay respuesta. Sigo durante un gran rato llamándole, pero nada. En ese momento me pregunto si se han caído por algún precipicio, o si Eusebio le ha hecho algo.
-Suponiendo que esa historia tan absurda que está contando usted sea verídica, ¿por qué iba a hacerle daño Eusebio a Andrés?
-Pues porque allí estábamos solo nosotros, o por lo menos eso creía en aquel momento. Si estábamos solo los tres no había nadie más de quién sospechar.
-Pero usted me dijo ayer que no estaban precisamente solos…
-Bueno, Señor Comisario, pero eso no cuenta, es otra situación extraña que viví. Si me permite le sigo contando lo que pasó. Cuando ya me di cuenta de que me era imposible encontrarlo, decidí volver al pueblo y pedir ayuda. Pensé que la Guardia Civil podría localizarlo, que tendrían los medios adecuados. En aquel momento no tenía claro si había desaparecido solo Andrés o si eran los dos. Pero cuando me doy la vuelta para marcharme, escucho de repente un gemido y me vuelvo lentamente. En ese momento siento miedo porque no sé qué puede ser. Hay un silencio que lo envuelve todo, como si la vida del monte hubiera desaparecido repentinamente, dejándome solo. Puedo distinguir para mi horror y sorpresa que hay un niño sentado en una roca; no tiene buen aspecto. Yo noto que él se ha percatado de mi presencia, porque no levanta la cabeza, pero se queda quieto, muy quieto. Lleva una especie de camisón blanco y está muy pálido. Despacito levanta la cabeza y me mira fijamente. Yo me acerco para preguntarle qué hace allí solo de noche, pero antes de que yo hable, él me habla a mí:
-Ayúdame- dice bajito, como si alguien nos estuviera escuchando.
Yo me vuelvo a mirar por todas partes para comprobar quién está allí o qué peligro hay. Pero no veo nada.
-¿Qué haces aquí?- le pregunto yo, también en voz baja, temiendo su respuesta.
-Me están haciendo daño. Me quieren matar…
-¿Quién?- vuelvo a preguntarle acobardado. En ese momento siento que estoy en peligro y que Andrés también lo está.
Es entonces cuando el niño señala hacia un edificio que antes nunca había visto, y continúa hablando, aunque tiene una voz extraña, como metálica.
-¿Es un hospital?- le pregunto
-Sí, unas monjas me atan a la cama y hay un cura malo que me hace cosas.
-¿Qué cosas?- sigo preguntándole.
-Me odia, me quiere matar…me quiere matar…
Cuando le vuelvo a mirar acercándome más, me percato de que está lleno de lesiones por todas partes, lleva una medalla del Santo Ángel Custodio. La temperatura ha bajado bruscamente y me siento algo mareado, como sin fuerzas. Él se levanta y me hace un gesto para que le siga. No sé qué quiere, pero necesita ayuda. Yo comienzo a seguirle, mientras va camino del hospital. Yo voy unos pasos por detrás de él; estoy muy asustado.
-Pero usted, de repente, decide no ayudar a un pobre niño que está solo pidiendo ayuda en mitad de la noche, ¿qué le hace cambiar de opinión?
-Sé que pueden condenarme por negligencia, por abandono de un menor que necesita ayuda ¿no?
-No, no es su caso, siga por favor…
-El caso es que en el momento en el que nos acercamos al hospital ocurre algo que me hace cambiar de opinión. Simplemente le oigo reírse bajito para que no lo escuche, pero distingo claramente que se ríe. Yo observo que se desplaza de una forma extraña, como si flotara. Miro hacia abajo y compruebo que no tiene pies. Mi abuela siempre me contaba historias de fantasmas, y siempre me decía que no tenían pies. En ese instante salgo despavorido, corriendo monte abajo para volver al pueblo; no miro hacia atrás en ningún momento.
-Entiéndame que no sé qué escribir en el informe, ¿que se asustó de un niño que se reía y no le veía los pies?, eso sin tener en cuenta que estaba oscuro y que difícilmente podía usted ver nada. ¿No le preguntó su nombre?
-Sí, me dijo que se llamaba Rodrigo Valles y que tenía los pulmones mal. De hecho tosía. El caso es que corrí monte abajo para tratar de llegar al pueblo, pero hasta que amaneció no encontré el camino. Estuve perdido. Mi sorpresa fue al llegar a la Comisaría y ser detenido acusado por la desaparición de Andrés. No entiendo nada.
-Déjeme que le explique la situación; porque si usted no entiende nada comprenderá ahora que soy yo el que no es capaz de ver la más mínima lógica a su historia. Es cierto que usted estuvo desaparecido, pero no una noche, lleva tres meses sin dar señales de vida; simplemente se lo tragó la tierra. Mejor dicho se les tragó la tierra a su amigo y a usted. Me ha dicho que tiene un testigo, su amigo Eusebio Martín, al que usted no veía desde hace bastante tiempo. Lamento decirle que su amigo falleció hace un año, luego no pudo verlo. Como le he dicho antes, hace un par de días no hubiera querido dejarle en libertad, pero después de mis pesquisas he cambiado de opinión. Respecto a ese niño perdido en medio del monte, tengo que decirle que Rodrigo Valles estuvo internado en un sanatorio para tuberculosos donde, por cierto, murió hace aproximadamente un siglo. Entenderá ahora que no le puedo detener por abandono de un menor…
-¿Qué explicación tiene todo esto?, no entiendo nada
-Señor Casas, la única explicación lógica es que ustedes comieron setas alucinógenas. El cadáver de su amigo Andrés aparecerá antes o después. Pero he de admitir una cosa o, mejor dicha, varias. En primer lugar su desaparición carece de sentido, no encaja. Usted no ha sacado dinero del banco; lleva la misma ropa y nadie lo ha visto. Creo que si usted se hubiera ido con alguna otra mujer no aparecería en la Comisaría, trataría de ser discreto. En segundo lugar, ustedes creyeron ver a su amigo Eusebio, que no era algo real. Si fue una alucinación, ¿cómo sabían ustedes que su mujer se había suicidado?, ya que ha sido este fin de semana, que usted ha estado en el calabozo, luego era imposible que nadie se lo hubiera dicho. Finalmente, otra alucinación, el niño. Pero como su historia me intrigó desde el principio, he indagado en la historia de la zona. No hay forma de que usted conociera el nombre de ese niño, ni ciertos detalles. Hubo a principios del siglo XX un sanatorio, en realidad fueron varios, aquí en la Sierra de Guadarrama. En la zona en la que ustedes se perdieron estaba el Sanatorio del Santo Ángel, que era para la tuberculosos, pero no solo para eso. Había un ala del sanatorio que era para pacientes psiquiátricos. Ese niño ingresó por problemas de pulmón, pero pronto comenzó a dar señales de que estaba muy enfermo, pero de alguna enfermedad mental sin diagnóstico. Finalmente se optó por el exorcismo, pero al margen de la Ley. Parece ser que murió durante alguna práctica exorcista. Aunque los sanatorios de aquella época debieron de ser auténticas salas de tortura, en general. Hay muchas leyendas en la zona respecto a apariciones fantasmales de monjas, curas y enfermos, pero nunca me las creí. Sinceramente no sé cómo pudo saber usted tantos detalles de algo que no es conocido, que a mí me ha costado trabajo investigar, aún teniendo los medios para ello. Si yo creyera en esas cosas diría que ustedes entraron en alguna zona intermedia entre este mundo y el otro; algo muy peligroso. Pero como no creo en todo eso le diría que no vuelva a comer setas que no vengan ya envasadas.
-Lo que no entiendo es por qué yo he regresado y Andrés no, ¿cree que algún día aparecerá como he hecho yo y nos volveremos a ver?
-Señor Casas, obviamente, su amigo Andrés tuvo compasión por ese niño, y probablemente le siguió. Los que creen en esas cosas le dirían que esa presencia maligna le arrastró hasta el mismísimo Infierno. Me da la sensación que a usted le ha salvado el miedo, su propio instinto de supervivencia, aunque esto es hablar por hablar. Archivaré su caso como un expediente X . No puedo decirle más; simplemente que queda en libertad. Yo le aconsejo no solo que no vaya a buscar setas, también que no vuelva a ese lugar y no le de vueltas a lo sucedido; se volvería loco.
Ha pasado un mes desde que salí de la Comisaría; como me dijo el Comisario no he comentado los detalles de mi desaparición a nadie, excepto a mi mujer. Pero no dejo de pensar en Andrés y en todo lo que nos ocurrió en aquel monte. Si malo fue aquello, hoy he tenido otra experiencia que no sé cómo calificar. He llegado del trabajo bastante tarde, de noche; iba por la calle escuchando mis pisadas, cada vez andaba más rápido. Al llegar a mi portal, la portera, que vive en el bajo, ha salido rápidamente a hablar conmigo.
-Señor Casas, ¿tiene usted un segundo?
-Sí, claro, dígame.
-Hoy ha venido alguien a verle. Me ha entregado esto- me ha dicho extendiendo la mano para darme algo.
-¿Qué es esto?
-Mírelo usted mismo. Era un niño. No tenía buen aspecto y era tarde para que estuviera solo por la calle.
He mirado lo que me entregaba y me he quedado sin habla. Es una medalla del Santo Ángel Custodio…

FIN

Imagen:  Retrato de niño de Llya Repin


2 respuestas a “EL EXPEDIENTE DE LAS SETAS

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