EN EL VALLE ESCONDIDO

EN EL VALLE ESCONDIDO

Nº de registro: M-008567/2013
Isabel Puyol Sánchez del Águila

Matilde tenía necesidad de acudir a la Iglesia a hablar con el, ya anciano, Padre Bernardo. Llevaba casi treinta años guardando silencio sobre un tema que le angustiaba; ya no podía seguir callando. Tenía que contárselo aunque se tratara de un incidente que ya había prescrito.
-Querida Matilde, los crímenes puede que prescriban ante la Ley, pero los pecados no prescriben nunca. Si somos culpables, lo somos haya pasado el tiempo que haya pasado. Pero es mejor que me cuente eso que tanto le aflige – le sugirió el Padre Bernardo, invitándola a sentarse en los bancos de la Iglesia, que a esas horas estaba vacía.
-Usted sabe que yo fui a un internado de monjas, donde las cosas no siempre fueron fáciles, pero no he venido a quejarme de eso. Todo ocurrió en uno de aquellos retiros espirituales que nos hacían una vez al año. En aquella ocasión nos llevaron a un convento de las afueras de León. El lugar era muy bonito, una edificación muy antigua pero extremadamente cuidada y rodeada de naturaleza. Allí solo se escuchaba el canto de los pájaros. Éramos unas treinta niñas, o algo más, algunas de carácter complicado. Nos tenían el día entero de oraciones, de charlas, y documentales. Pero había un par de horas por la tarde que nos dejaban dar una vuelta por el campo y relajarnos. Fue en uno de esos paseos, el último día de nuestra estancia en el convento, cuando ocurrió todo. Celia, que era mi amiga, y yo nos alejamos algo más de lo normal, incluso nos perdimos, alejándonos del convento más de lo permitido . Pero fue entonces cuando al llegar a un valle perdido, lejano, vimos algo que llamó nuestra atención. Se trataba de una vieja cabaña en medio del campo con aspecto de estar habitada. Aquello nos extrañó porque las monjas nos habían asegurado que aquello era una finca privada y que no había nadie a menos de treinta kilómetros. Quisimos acercarnos a curiosear, pero estaba oscureciendo y tuvimos que volver rápido para evitar un castigo seguro. Celia, que era una niña inquieta, me propuso aquella noche que nos escapásemos a ver quién había en aquella cabaña, que tenía que tratarse de un misterio emocionante. Si nos marchábamos cuando todos estaban dormidos y regresábamos antes del amanecer, nadie podría castigarnos. De modo que cogimos nuestras linternas y nos escapamos por la ventana. Aquel fue nuestro gran error.
-Yo lo llamaría travesura infantil, pero continúe, por favor.
-Todo estaba muy oscuro, yo me arrepentí nada más saltar por la ventana, pero Celia insistía una y otra vez. Íbamos andando por el campo con cautela y asustadas, pero era más fuerte nuestra curiosidad. Conforme nos acercábamos a aquella extraña cabaña comenzamos a escuchar sonidos desconcertantes. Era como si hubiese mucha gente; había ruidos extraños, como gemidos, pero no había luces de ningún tipo. Entonces, de repente, pudimos distinguir perfectamente la silueta de una monja bastante alta y desgarbada. Estaba muy oscuro pero llevaba la toga típica, el hábito de monja. Llevaba un palo o algo parecido. El aire era fétido. Al principio no distinguíamos si estaba de espaldas o de frente. Pero lentamente se giró y nos percatamos de que nos había visto. En cuestión de segundos levantó el palo y comenzó a andar hacia donde estábamos nosotras. Créame Padre, que era muy amenazante la forma en la que se aproximaba. Celia comenzó a coger piedras y me hizo un gesto para que yo también las cogiera, y sí, eso fue lo que hicimos. En vez de correr, nos dedicamos a apedrear sin piedad a aquella monja o lo que fuera. De repente, cuando nos levantamos después de haber cogido más piedras, nos dimos cuenta de que ya no estaba. Con cautela nos acercamos a la cabaña y, para mi horror, pudimos ver una figura yaciente. Le habíamos destrozado la cara, estaba inmóvil, aunque con los ojos abiertos. Celia me tiró del brazo para que echásemos a correr y volviésemos al convento, y para que no perdiésemos el tiempo socorriéndola. Nadie sospecharía de nosotras porque nadie nos había visto salir. Además, a la mañana siguiente, a primera hora un autocar nos traería de vuelta a Madrid. Nunca mencionamos nada a nadie. En el internado nunca nos hablaron de ningún incidente, ya que supuestamente nosotras no teníamos nada que ver con algo tan escabroso como aquello.
-Antes que nada, deje de culpar continuamente a Celia de todo. Usted es igual de culpable. En segundo lugar, ¿por qué me cuenta todo esto con treinta años de retraso?.- decía el Padre Bernardo tocándose la barba, como era su costumbre cuando estaba pensativo.
-Se lo cuento a usted porque sé que tiene contacto con la Orden Religiosa a la que pertenece el convento. Me consta que usted ha ido por allí en muchas ocasiones. Además, hasta ahora lo he guardado en mi mente porque quería olvidarlo, pero algo ha cambiado… Verá, hace un par de meses me operaron a vida o muerte. Algo no salió bien con la anestesia, y aunque sé que suena extraño, mi vida ha cambiado.
-Sí, la vida de todo el mundo cambia cuando ha conocido la enfermedad y la proximidad de la muerte.
-No me refiero a ese tipo de cambio, Padre, me refiero a que comencé a tener visiones. Digamos que me visita la figura siniestra de la monja a la que posiblemente matamos.
-Bueno, bueno, Matilde, lo que usted y su amiga hicieron estuvo peor que mal, pero usted no sabe si murió alguien o no.
-¿En qué consisten esas “visitas”?- preguntaba el padre Bernardo, cada vez más asombrado por la historia de Matilde.
-La primera experiencia la tuve el mismo día de la operación, en el quirófano. Algo iba mal, y yo lo supe porque me vi fuera del cuerpo. Podía verme desde el techo a mí misma tumbada en la mesa, y cómo trataban de recuperarme. Pero ese momento que todo el mundo describe como placentero, para mí no lo fue. No sé cuánto tiempo transcurrió, pero comencé a viajar rápidamente por un túnel. Escuchaba un zumbido en mi oído, y al final sí había una luz. Justo antes de llegar a esa luz, sentí algo a mi derecha y miré. Creo que allí estaba la monja, con su cara destrozada, aunque esta vez su hábito era blanco. Me miraba con su mirada aterradora. Al llegar a ella comencé a desplazarme rápidamente hacia atrás, y entonces noté cómo entraba de nuevo en mi cuerpo.
-Si es esa la experiencia, le diré que se trata de un mal sueño, fruto de la anestesia y la gravedad de su situación en aquel momento. También diría yo que de su propio sentimiento de culpa, tan escondido en su mente como aquel valle- dijo el Padre Bernardo en un tono tranquilizador.
-No, Padre, aquella fue la primera vez que la vi, pero luego pasaron más cosas. Esa monja, o lo que quiera que sea, vino a por mí. Sé que suena extraño, pero así fue. Todo ocurrió cuando estaba en la habitación del hospital. Estaba yo sola y comencé a encontrarme mal, así que llamé al timbre para que viniera una enfermera. Pero no venía nadie. Al cabo de un rato vi que sí había acudido alguien, pero para mi horror era ella otra vez. Lo único que recuerdo es que cuando abrí los ojos, estaba en la UCI. Había vuelto a estar entre la vida y la muerte. Me gustaría saber si quiere vengarse de mí. ¿Por qué aparece ahora después de tantos años?.
-Yo creo que en los momentos cruciales de nuestra vida aparecen nuestras culpas. No creo que haya nada más.
-Dígame otra cosa, Padre Bernardo, es fundamentalmente a lo que he venido. ¿Supo usted algo sobre la agresión a alguien?. Sé que conoce bien el convento y me consta que usted estuvo por allí poco después del incidente.
-Ahora le contestaré a esa pregunta, pero dígame ¿qué fue de Celia?, ¿tiene ella sus mismos tormentos?.
-Pues lo cierto es que hace años que nos distanciamos. Yo tuve más suerte que ella, porque no estoy tan sola. Celia nunca tuvo una familia que la protegiera, a veces pienso que yo he sido la persona más próxima a ella, quizás la única. El último día que nos vimos, hace unos diez años, nos intercambiamos unas pulseras de cuerda que habíamos hecho nosotras mismas en las largas tardes en el internado. Eso es todo lo que me queda de ella. No sé qué ha sido de su vida. Pero dígame, por favor si fue al convento después del incidente- preguntaba Matilde con enorme angustia y tristeza al recordar a Celia.
-Sí, Matilde, yo sí fui por el convento no mucho tiempo después de lo que usted llama el incidente. Pero para su tranquilidad le diré que nadie me habló de ninguna muerte o agresión. Es más, es imposible que ustedes atacaran a nadie en aquel lugar. Simplemente porque no hay nadie. ¿Puede decirme cómo era el atuendo de aquella monja a la que apedrearon sin piedad?
-Estaba muy oscuro, pero sí recuerdo algunas cosas que me llamaron la atención. Era la túnica tan rudimentaria que llevaba, con una especie de bolsa colgada al cuello. Luego estaba el bastón, con una especie de castañuela, que tanto ruido hacía. Nunca he visto nada igual.
-Espere un momento, Matilde.
En ese momento el Padre Bernardo fue a la Sacristía y volvió al cabo de un rato con un libro en la mano, abierto por una página.
-¿Es este el atuendo?- le dijo mostrándole un grabado a Matilde.
-Sí, sí, ese es ¿Qué es eso?
-Es el atuendo de los leprosos de la Edad Media.
-No entiendo nada, Padre.
El Padre Bernardo le explicó que aquel lugar estaba en pleno Camino de Santiago. Era un lugar maravilloso, incluso mágico, pero en la Edad Media hubo también mucho dolor. En aquel valle hubo durante siglos una leprosería, como otras muchas a lo largo del Camino. Las leproserías, lejos de ser lugares para curar a los enfermos, eran más bien rincones para apartarse de la sociedad y esperar a la muerte, donde las personas sospechosas de padecer la Lepra eran confinadas y olvidadas por la sociedad. Ni siquiera eran enterrados en los mismos cementerios que el resto de las personas.
-¿Cree usted en fantasmas y esas cosas, Padre?- le preguntó Matilde.
-Creo que existen cosas inexplicables, en las que prefiero no pensar demasiado. En ese Valle han ocurrido fenómenos paranormales, incluso yo mismo he llegado a ver sombras pasando por delante de mí, pero como ya le he dicho, prefiero ignorarlo – le dijo el Padre Bernardo levantándose del banco para marcharse; se les había hecho tarde.
No pasó mucho tiempo desde aquel día, cuando Matilde volvió a la Iglesia a hablar de nuevo con el Párroco. Tenía algo importante que contarle.
-Me ha vuelto a pasar, Padre, pero ahora tengo respuestas. Fue la semana pasada, una noche. Estaba yo sola en casa y a mitad de la noche escuché un golpe en la puerta, como si alguien llamara con los nudillos, en vez de usar el timbre. A mí me sobresaltó, porque no tenía ni idea de qué podía ser, pero lo que era seguro es que no se trataba de nada bueno. Muerta de miedo, sin hacer ruido me dirigí a la puerta y miré por la mirilla, pero no había nadie. Volví a la cama, ya incapaz de dormirme, y de madrugada volvió a sonar ese golpe, pero en la puerta de mi habitación. Yo, aterrorizada me tapé con la sábana, pero, de repente, al girarme, ahí estaba esa horrible presencia, sentada en mi cama, mirándome. Salí despavorida al descansillo, donde unas vecinas me ayudaron, pensando que alguien había entrado en mi casa. Al volver a la habitación, casi sin poder respirar por el miedo, vi algo determinante. Sobre la mesilla estaba mi pulsera de cuerda. Fui a cogerla, porque no recordaba haberla sacado del cajón, cuando me percaté de que esa era la que yo le había dado a Celia.
-¿A qué conclusión llega con eso? – le preguntó el párroco mirando fijamente a Matilde con cara de asombro.
-Pues al día siguiente me puse a buscar a Celia, fui al Internado y pregunté sobre todos los pasos que había dado. Finalmente supe que Celia había muerto en un terrible accidente de avión, donde probablemente su cadáver quedó irreconocible. Además tuvo un hijo, y que yo sepa no tenía a nadie más- dijo Matilde con una visible tristeza.
-¿Qué hizo usted?
-Tuve claro el porqué de las “visitas” de Celia. Estoy tratando de localizar a su hijo y hacerme cargo de él. No quiero que se sienta solo ni que le falte nada. Además compré un hermoso ramo de flores, donde coloqué nuestras pulseras y se lo llevé al cementerio. Creo que ella quería que se lo devolviera- dijo Matilde dejando entrever una sonrisa triste.
-¿Se da usted cuenta de una cosa, Matilde?…No había ninguna monja, ustedes no apedrearon a nadie y usted no era perseguida por ningún espectro vengador. Ha pasado usted su vida con sentimiento de culpa por algo que no ocurrió, y sin embargo, no ha pensado ni un momento en la soledad de su amiga Celia. Hay una certeza, y es que los amigos se necesitan aunque ya no compartan el mismo mundo, sobre todo cuando la vida no les ha resultado fácil – dijo el Padre Bernardo, con aire cansado, mientras se levantaba del banco para dar por concluido el día.
Al salir de la Iglesia, sonó su móvil. Tenía un mensaje del asistente social. Ya habían localizado al niño. Respiró profundamente y miró al cielo. Matilde sentía la luz del sol más intensa y el aire más limpio. Una enorme sensación de paz que nunca antes había sentido la envolvía por completo.

FIN

La imagen es una obra de la pintora cubana Mirta Cerra (1904-1986). Su título es “Colegialas”


3 respuestas a “EN EL VALLE ESCONDIDO

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