EN LA ÚLTIMA FILA

EN LA ÚLTIMA FILA

Nº de Registro: M-005498/2013
Isabel Puyol Sánchez del Águila
Soy consciente de que hay historias que escapan a nuestro entendimiento, pero que igualmente precisan recordarse y contarse, porque siempre habrá alguien que nos entienda. A todas esas personas que están dispuestas a escuchar una experiencia insólita, les dedico el presente relato.
Fue un otoño muy frío de hace ya bastantes años, cuando decidí buscar un trabajo que complementara el que tenía. Yo trabajaba por aquel entonces en un colegio, pero el sueldo era escaso, así que busqué alguna hora extra. Al principio pensé en las clases particulares como una buena opción, pero me surgió algo mejor pagado. Se trataba de una academia que preparaba el acceso a la Universidad en horario nocturno. Saldría todos los días a las diez y media de la noche, pero estaba en el centro de Madrid, en una zona muy bien comunicada y concurrida, de modo que acepté.
El día en el que acudí a la entrevista estuve a punto de marcharme, incluso sin llegar a subir la escalera, pero fue como si una fuerza superior me obligara a subirla, y lo hice. Era un edificio antiguo, del siglo XVIII, que en su época debió de tratarse de una mansión. Había sufrido todo tipo de remodelaciones a través de los siglos, pero a juzgar por su aspecto, no se había tocado en los últimos ochenta o cien años. La entrada era espectacular, o más bien debió de serlo, porque era enorme. Justo a la derecha, en la misma fachada, pegada había lo que debió de ser la entrada para carruajes, aunque ya convertida en una tienda religiosa. Vendían todo tipo de artículos religiosos y estaba regentada por unas monjas. La escalera era de madera, pero tan desgastada que te obligaba a inclinarte hacia un lado cuando la subías. Previamente, antes de subir, había que pasar por la portería, o lo que debió de serlo. Daba la impresión de que allí todo el mundo había muerto, ni siquiera había ruidos, estando como estábamos en pleno centro de la ciudad.
Según supe posteriormente, todo el edificio pertenecía a un marqués, o descendiente de un marqués. Había sido propiedad de la misma familia desde su construcción. Todos los pisos eran alquilados, incluido el de la academia, que más que un piso era una planta completa, la primera, que era también la más oscura.
La plantilla que trabajaba allí era de una edad muy avanzada, algunos incluso con edad de estar ya jubilados. Yo fui muy bien recibida, ya que era la única persona joven que pisaba aquellas maderas crujientes, después de mucho tiempo. De todos los profesores había uno, don Teófilo, cuya conversación me agradaba especialmente. A pesar de su edad, tenía la mente ágil y un sentido del humor agudo. Entre clase y clase, solíamos charlar en la sala de profesores. Siempre tenía alguna anécdota que contarme y conseguía hacerme reír.
Mi horario era de siete y media a diez y media de la noche. Tenía a tres grupos de alumnos de edades muy diferentes, pero en general mayores de veinte o veinticinco años. A esas horas el centro estaba bastante vacío, pero siempre había algo de movimiento por los pasillos. El problema era la última hora, que me quedaba sola con un grupo muy reducido de alumnos. Yo era quien tenía que cerrar la puerta al marcharme, y aquello me inquietaba por bastantes razones. La primera era mi propia seguridad, y la segunda la responsabilidad de no cerrar bien o, lo peor de todo, dejar a alguien encerrado, ya que no me podía detener a mirar rincón por rincón. La hora de la salida ya me resultaba tarde para perder tiempo, y tengo que admitir que me daba miedo quedarme sola en aquel lugar tan tétrico. Había dos miedos que se me juntaban, uno era el real, me refiero a que alguien de la calle pudiera sorprenderme allí sola o casi sola y atracarme. Pero el peor miedo era el inexplicable, el pánico a esa oscuridad y a la atmósfera que se respiraba allí.
Fue uno de esos días en los que prácticamente estaba yo sola a última hora, porque no había más de cinco alumnos en el aula, cuando me ocurrió algo extraño. Al finalizar la clase los alumnos salieron rápidamente para marcharse lo antes posible a casa, y yo tuve que detenerme unos minutos para borrar la pizarra y recoger mis cosas. En el momento en el que me dirigía a la puerta me pareció ver algo inquietante. Me sentí observada, volví la miada rápidamente hacia la puerta donde me parecía que había alguien y de repente comprobé que no estaba sola. Esa persona que me observaba sacó la cabeza para verme bien, con expresión de susto, yo diría que de terror, echó a correr pasando rápidamente por delante de mí. Yo me quedé paralizada al principio, pero pronto eché a correr hacia la puerta, por sentirme amenazada. Era obvio que alguien había entrado a robar y había reaccionada así al verse sorprendido. Se trataba de una joven de unos dieciséis o diecisiete años, algo más baja que yo y muy delgada, y parecía no esperar verme por allí. Al salir por la puerta me llené de dudas, era mi obligación cerrar con llave, pero ¿y si la dejaba encerrada allí?, probablemente se trataba de una alumna, de modo que no podía cerrar. No sabía qué hacer, porque allí no había a quién recurrir. Por otra parte, llamar a la Policía me parecía excesivo, porque yo no la había visto robar ni hacer nada. Finalmente, con una voz temblorosa, desde la puerta y con la llave en la mano, comencé a dar voces; “¿Hay alguien allí?, voy a cerrar, es mejor que salgas…Lo repetí varias veces, aunque cada vez más asustada al ver que no había respuesta. Finalmente, pensando solo en mí, me decidí a cerrar la puerta con llave.
Aquella noche no pude dormir dándole vueltas al incidente. Me preguntaba qué se encontrarían al llegar allí por la mañana y, lo que más me preocupaba, qué me podrían decir en caso de encontrar allí a una alumna enferma o algo así. Quizás era alguien que necesitaba ayuda, y yo había huido.
Al día siguiente me dirigí a la academia a la salida del colegio, como todos los días, pero muy nerviosa. Me imaginaba todo tipo de situaciones y de reproches, con lo que trataba de buscar explicaciones y llevarlas preparadas. Pero nada más subir las escaleras pude observar que todo estaba en calma, y silencioso. No parecía que hubiera ocurrido nada allí, aunque eso era precisamente lo inquietante. Al no encontrar explicación lógica a todo aquello decidí simplemente no pensar en ello y seguir con mi rutina. A última hora me dirigí a mi aula, la de las nueve y media. Estaba toda la planta ya vacía, como siempre. Solo estábamos nosotros, que éramos muy pocos, y allí no se escuchaba nada. Recorrí aquel pasillo oscuro de maderas crujientes, que tanto me asustaba, mirando a un lado y a otro por si volvía a ver a aquella joven. Pero allí no había nadie, solo mis alumnos en el aula del fondo del pasillo. La clase transcurrió como siempre, pero yo estaba en cierto modo ausente, creo que con miedo a volver a ver algo extraño a la hora de la salida. A mitad de la clase, más o menos, me volví a escribir algo en la pizarra, y cuando me di la vuelta, no me lo podía creer, no podía ser cierto lo que estaba viendo. En la última fila, sentada y mirándome a los ojos, esta vez manteniendo la mirada como petrificada, estaba esa joven. En esta ocasión era yo la que deseaba huir, pero me quedé quieta y callada. Nunca antes había reparado en aquella alumna, no la había visto nunca, pero allí estaba. Después de unos instantes decidí continuar con la clase, como si no la viera, como si nada hubiera pasado. Continué escribiendo en la pizarra, y cuando me volví ya había desaparecido. Otra vez la misma situación desconcertante.
-¿Quién era?- les pregunté a los alumnos.
Mi pregunta no obtuvo ninguna respuesta. Nadie parecía haber visto nada ni a nadie. Temí estarme volviendo loca, no podía ser yo la única que la había visto. Bien pensado, era normal que no la hubiesen visto, ya que estaba en la última fila, pero tendrían que haberla visto salir. Después de insistir un par de veces, decidí ignorar lo que había pasado y seguir con la clase. A la salida procuré correr para no quedarme sola, aunque era yo la que cerraba la puerta. Salí rápidamente hacia el metro y, una vez dentro del vagón, ya sentada, busqué en la fichas de alumnos a ver si la localizaba. ¿Quién era la joven de la última fila?. Pero el esfuerzo fue en vano. No estaba por ninguna parte. No había ninguna chica con su piel pálida y pelo negro lacio. Tampoco ayudaba a darle un aspecto saludable las ropas desaliñadas que llevaba. En las dos ocasiones iba vestida igual, de blanco y con aspecto de un cierto abandono. Más bien parecía un camisón viejo lo que llevaba, pero con un extraño escudo bordado en el pecho. Transmitía una enorme tristeza, incluso desesperación.
Aquel incidente, aunque menor por no haber tenido consecuencias, me hacía plantearme el seguir trabajando en aquel lugar. Pero la necesidad del sueldo me obligaba a seguir compaginando ambos trabajos, por lo menos durante una temporada.
Al día siguiente de mi segundo “encuentro” o alucinación, otra experiencia extraordinaria me aguardaba. Al llegar mi ya temida última hora de clase, noté un enorme silencio en toda la planta, mucho más evidente que cualquier otro día. Me dirigía hacia el aula por el larguísimo y oscuro pasillo, cuando de repente la vi a ella, al fondo, como esperándome. Solas ella y yo. Esta vez, igual que la anterior, me sostenía la mirada, pero su expresión había cambiado, parecía más relajada, incluso contenta de verme. Tras ella, una luz blanca intensa, aunque no cegadora, la iba envolviendo como si de una repentina niebla se tratara. De repente, en un gesto que no supe interpretar, me extendió los brazos mientras me miraba fijamente. Yo, horrorizada y atónita me eché hacia atrás tratando de apartarme de ella. Esta vez ni siquiera me quedé a dar la clase ni a cerrar la puerta, solo corría hacia mi casa sin querer saber nada de lo que allí había ocurrido. Por algún motivo supe que estaba en peligro.
Consciente de haber abandonado el puesto de trabajo y de haber dejado la puerta abierta, volví al día siguiente a la academia. Esta vez para devolver las llaves y dar algún tipo de explicación. Lo único que me resultó extraño fue que durante el día no recibí ninguna llamada del director ni de nadie. Aún así, estaba nerviosa, sin saber en ese momento que una sorpresa mayor me aguardaba.
Nada más pasar por la puerta noté una sensación diferente. Los compañeros eran especialmente amables conmigo. No entendía nada, pero tendría que explicar lo que me había ocurrido el día anterior, o mejor dicho, los días anteriores. Antes de dirigirme al director preferí hablar con don Teófilo, por ser el profesor de más antigüedad en el centro y con quien yo tenía mejor sintonía.
Nos sentamos los dos en la sala, que a esas horas estaba vacía, y nadie nos molestaría. Él me escuchaba atentamente, conforme le iba detallando toda mi experiencia, la expresión de su rostro iba mostrando mayor incredulidad y sorpresa.
-¿Quién podría ser esa joven?, ¿qué me ha ocurrido aquí durante estos días?- le pregunté angustiada.
-No te ha ocurrido nada ni has visto a nadie- me contestó don Teófilo de una forma enigmática, y con una cierta tristeza.
-¿A qué se refiere?
-A que tú no has estado aquí en estos últimos días. Verás, me resulta difícil hablarte de esto, porque veo que estás aún confusa. Tú has estado en el hospital entre la vida y la muerte. Tuviste una neumonía y tu estado se agravó de un día para otro.
-¿Qué explicación tiene todo esto?- le pregunté, quedándome casi sin aliento al enterarme de la noticia. Era obvio que aún estaba en estado de shock.
-Simplemente has tenido alucinaciones, algo típico en el estado en el que estabas. No hay que darle más vueltas. No has visto ningún fantasma. Puede que aún necesites algún día más de descanso.
Quizás don Teófilo tenía razón y simplemente tenía que descansar más y olvidarme de las alucinaciones y pesadillas. Bastante impactante me había resultado ya el enterarme de la gravedad de la enfermedad por la que acababa de pasar. Todo había ocurrido demasiado rápido, por lo menos era la forma que tenía yo de percibirlo.
Pocos días después de mi conversación con don Teófilo me ocurrió algo que me volvió a desconcertar y a generar todo tipo de dudas. Fue una tarde que, muy al contrario que todas las demás, iba con tiempo de sobra para pasear un rato antes de entrar en clase. Yo solía reparar en la belleza de la fachada de la iglesia que estaba frente al edificio de la academia, pero nunca había entrado en ella. Pensé que ya era hora de conocerla por dentro y comprobar si era tan espectacular como la imaginaba. Era una preciosa iglesia barroca, muy bien cuidada, y en aquel momento bastante vacía. Fui recorriendo todos sus rincones, hasta que de repente, no me podía creer lo que estaba viendo. Allí me quedé clavada como una estatua, delante de una tumba. Justo sobre ella había un escudo. Se trataba del mismo escudo que llevaba la joven de mis visiones. Yo nunca antes había visto ese escudo ni había entrado en aquella iglesia. Una de las monjas que había allí me explicó que era la tumba de un marqués que había sido un gran benefactor de la iglesia. En agradecimiento había sido enterrado allí. Aquello no me parecía que encajara en la teoría de la alucinación o pesadilla. Una vez que recuperé el aliento, salí corriendo de allí para hablar lo antes posible con don Teófilo, que ya había llegado a la sala de profesores cuando llegué yo.
-¿Por qué aparecía ese escudo en el camisón de la joven de mi alucinación o pesadilla?, no tiene una explicación racional – le pregunté llena de incertidumbre y angustia.
Don Teófilo se quedó pensativo durante un rato antes de contestarme. Finalmente, con una mirada que me inquietaba me explicó algo que era la primera vez que lo escuchaba.
-Me temo que has tenido un encuentro en el límite, en esa barrera que separa la vida de la muerte. A veces ocurre que dos personas que están pasando por el mismo trance se pueden comunicar. En este caso la comunicación te ha llevado siglos atrás. En ese lugar no existe ni el tiempo ni el espacio. Puedes contactar con alguien del pasado o del futuro, quién sabe…
-¿Quién podía ser esa joven tan desamparada?
-Por lo que me cuentas del aspecto y el escudo, se trata de la desafortunada esposa del marqués, de un antepasado del actual – me contestó don Teófilo.
-¿Qué le pasó?
-Fue en el siglo XIX, durante una terrible epidemia de Cólera. El marqués se había casado con una mujer muy joven y guapa. Ella compareciéndose del sufrimiento de los afectados comenzó a acudir a un hospital de la ciudad para ayudar a los enfermos. La pobre tuvo la mala fortuna de contraer la enfermedad, sin saber en aquel momento que estaba embarazada. El marqués cuando se enteró se enfureció de tal manera que se marchó a sus tierras, y la dejó en el palacio. Murió sola. Tuvo que ser terrible para ella.
En aquel momento comprendí muchas cosas, por ejemplo, la actitud de la joven al verme por primera vez. Yo fui su visión en el umbral de la muerte, por eso se asustó. La segunda vez me miraba fijamente, comprendiendo su situación. Al final, cuando se dejó devorar por aquella luz me extendió los brazos para que la acompañara si ese era mi deseo, quizás porque se sentía bien allí.
Entristecida, a pesar del paso del tiempo, por la historia de la joven marquesa, volví a entrar en la iglesia a echar un vistazo a la tumba de aquel marqués cruel. Pude observar algo que antes no había visto, y era otra inscripción al lado del nombre del marqués. Yo le pregunté a la misma monja con la que había hablado la otra vez.
-Ah, sí. Se refiere usted al otro nombre que aparece a su lado. Fue el deseo del marqués al morir, ya anciano. Pidió que trasladasen los restos de su primera esposa a la iglesia, quiso compartir la tumba con ella. Es algo extraño, porque él se había vuelto a casar…- me dijo mientras continuaba colocando flores por todas partes.
A pesar de lo traumático de la experiencia me alegraba el hecho de haber proporcionado compañía a aquella joven en el trance más difícil de su vida. Era un consuelo pensar que no había estado sola, como lo era el hecho de que el marqués rectificara. Había sido tarde, sí, pero también una forma de reconocer su error siglo tras siglo y ante los ojos de todos…
FIN

Imagen: “Miss Elsie Palmer” de John singer Sargent


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