ENTRE LOS MANGLARES

ENTRE LOS MANGLARES
Ref: M-005503/2014
Isabel Puyol Sánchez del Águila

-¿Quién quiere hacerle daño?, ¿por qué piensa eso?- le preguntaba el Inspector de la comisaría local a Miguel, mientras le invitaba a sentarse.
-Siempre cierro bien la puerta de mi casa, pero no la del jardín, porque es fácil entrar tanto si está abierta como cerrada. Aquella noche, cuando empezó todo, me había ido a dormir temprano, aunque me costaba conciliar el sueño, como siempre desde hace diez años. Cuando conseguí dormirme un golpe seco sonó en la puerta. Alguien llamaba, pero por alguna razón no usó el timbre. Miré el reloj y eran las doce de la noche. No esperaba a nadie, así que bajé las escaleras con cierto temor. Durante un rato dudé respecto a abrir la puerta. Pregunté quién era, pero no hubo respuesta. Finalmente abrí. Allí, plantado frente a mí, estaba un payaso, ya sé que suena absurdo, pero es cierto. Su aspecto era tétrico, incluso aterrador. No podía distinguir su rostro, pero sí su mirada gélida y amenazante. Yo me quedé petrificado, sin habla, porque aquello me desconcertaba. Él, sin moverse ni inmutarse se limitó a preguntarme: “¿Dónde está Ulises?”. Fue tal el shock que me produjo que cerré la puerta rápidamente, porque me pareció que alguien malintencionado trataba de reírse de mí o de hacerme daño.
-¿Conoce usted a algún Ulises?- le interrumpió el Inspector.
Después de un breve silencio, con la voz entrecortada, Miguel le respondió.
-Ulises era mi hijo, pero hace diez años que desapareció sin dejar rastro. Su caso salió mucho en la prensa durante bastante tiempo. Él lo era todo para mí desde que falleció mi esposa, al poco tiempo de nacer él. Estábamos muy unidos. Era un joven brillante en los estudios y muy popular entre las chicas. Se licenció en Antropología, y quiso hacer su tesis doctoral en Indonesia. Yo temía por él, pero no podía negarle nada. Estaba obsesionado con la tribu Asmat de Papúa, los que se autodenominan “cazadores de cabezas”. Yo sabía que era muy peligroso porque había leído que practicaban el canibalismo; pero Ulises decía que eso no era cierto. Él no temía a nadie ni a nada en este mundo; pensaba que podía con todo. La última carta suya que recibí provenía de Yakarta. Luego no volví a saber de él. En aquella expedición no iba solo; iba acompañado por una joven con la que acababa de comenzar una relación. Yo no la conocía, pero era la primera vez que veía a hijo enamorado. Ambos desaparecieron a la vez. Desesperado sin saber qué hacer contraté los servicios de una agencia indonesa que se dedicaba a buscar a personas desaparecidas. Me gasté todo lo que tenía, pero no me importó. La única información que conseguí fue que alguien lo había visto por última vez desaparecer en la costa sureste de la isla. Simplemente desapareció entre los manglares…
-Sí, recuerdo algo sobre aquel caso. Fue terrible. Lo siento mucho. Pero, ¿por qué cree que ese payaso que llamó a su puerta quiere hacerle daño?, quizás algún conocido suyo de hace años no se enteró de la noticia, y quiso gastar alguna broma a su hijo. Tal vez solo era un borracho – volvió a interrumpirle el Inspector.
-No sé si conocía a mi hijo de algo, o simplemente quiere asustarme, porque después de aquel día comenzó lo peor. Volvió a repetirse el golpe brusco en la puerta a la misma hora, aunque entonces ya no bajé a abrir. Pero una noche ocurrió lo que me estaba temiendo. Volvió a aporrear la puerta, pero esta vez de una forma insistente, como si quisiera echarla abajo. Yo, sin saber qué hacer bajé a ver si había roto la puerta, pero los golpes habían cesado. De repente, al fondo, en la parte más oscura de la cocina, lo pude ver. Era él; había conseguido su objetivo, que era entrar en mi casa. Su cara pintada de blanco resplandecía en la oscuridad. Cogí un cuchillo, temblando por el pánico, y me dispuse a atacarle, pero dio unos pasos hacia atrás y, simplemente desapareció. No sé cómo pudo hacerlo – decía Miguel entre la perplejidad y la angustia.
-Siento mucho lo que le está ocurriendo, pero tendrá que aportar alguna prueba, o al menos algo que lo identifique para que podamos hacer algo. Si encuentra alguna pista no dude en ponerse en contacto con nosotros. Investigaremos por la zona a ver si ha habido alguna otra “visita” de ese payaso en las casas de sus vecinos, o quizás hayan visto algo- le dijo el Inspector, poniendo fin a la conversación.
Miguel regresó aquella mañana a su casa con una mezcla de sensaciones. Por una parte dudaba de su propia salud mental, pero por otra, tenía la certeza de ser acechado por un peligro real del que ninguna prueba podía aportar. Intentando distraerse un poco, decidió pasar el día pescando con su amigo Antonio, pero al llegar a casa aquella noche, se encontró cara a cara con la evidencia de no padecer ningún trastorno psíquico. Su casa estaba revuelta, como si un tornado hubiese pasado por allí. No quedaba nada en pie, estaba todo destrozado, incluso habían destrozado la pared. Antes de llamar a la Policía comprobó que no faltaba nada. Aquel robo resultó extraño para el Inspector, ya que no solo no se habían llevado nada sino que además, ni siquiera habían forzado la puerta.
-Alguien parece querer asustarle, ya que no veo ningún motivo para todo esto. Quizás esto no haya tenido nada que ver con el payaso, ya veremos…- le decía el Inspector antes de marcharse mientras tomaba las últimas notas.
Cuando se marchó el Inspector, Antonio, que fue la primera persona a la que había llamado Miguel, inspeccionaba la casa rincón por rincón . Con cara de asombro miraba hacia el punto de la cocina donde su amigo había visto desaparecer al intruso aquel día en el que logró meterse en su casa.
-No tiene sentido, y lo sé, pero no parece que haya entrado nadie en esta casa. Al menos nadie de este mundo. Me refiero a que el día que tú viste a aquel payaso en ese rincón de tu cocina. No hay forma de que hubiera escapado sin tener que pasar delante de donde estabas tú – le decía Antonio señalando con su dedo la trayectoria que aquel extraño hubiera tenido que hacer.
-¿Un fantasma destroza una casa y rompe una pared? – le preguntaba Miguel con bastante incredulidad.
-Lo mejor, aunque te parezca una locura, es que mi mujer realice una sesión de espiritismo en tu casa. Ya sabes que ella tiene poderes extrasensoriales. Ayer por la noche recordé que me habías contado hace unos días que soñaste con tu hijo. Es más, fue un sueño muy real, porque aún teniendo los ojos abiertos te pareció verlo a los pies de tu cama. Creo que alguien trata de ponerse en contacto contigo, y a menos que sepamos quién es y qué quiere, me temo que tu pesadilla no ha hecho más que empezar.
Antonio pudo convencer a su amigo sin demasiado esfuerzo, ya que estaba asustado y desesperado. Además, la Policía no parecía muy orientada a resolver el caso y, por qué no admitirlo, le emocionaba la idea de poder quizás comunicarse con su hijo.
Llegó el día en el que Rosa, que así se llamaba la mujer de Antonio, llegó a su casa junto con su marido. Serían las diez de la noche cuando llamaron a la puerta. Nada más abrir, Antonio entró sin percatarse de que Rosa se quedaba en la puerta, quieta, como clavada en el suelo.
-¿Qué te ocurre? ¿por qué no entras?- le preguntó Antonio.
-Hay una energía muy negativa en esta casa; casi impide respirar- le contestó mientras entraba despacio en la casa; contemplando cada rincón y detalle.
-No tiene nada que ver con Ulises ¿verdad?- le preguntó Miguel temiendo la respuesta.
-No lo sé. Primero quisiera dar una vuelta por toda la casa, incluido el sótano. Luego nos sentaremos los tres alrededor de una mesa, nos cogeremos las manos y formularé una serie de preguntas. Espero que haya alguna respuesta inteligente en mi grabadora- dijo Rosa sacando una pequeña grabadora del bolso y colocándola sobre la mesa.
Después de inspeccionar la casa rincón por rincón, en medio de un gran silencio, les hizo un gesto para que se sentaran alrededor de la mesa. Algo parecía no ir bien a juzgar por el gesto de Rosa, que mostraba cierto desconcierto.
-No estamos solos- susurró para prevenir a los demás, pero con un tono de voz muy bajo, siendo consciente de ser escuchada.
Los tres se sentaron a la mesa y se agarraron de las manos en medio de una gran tensión. Rosa había encendido unas velas y las había colocado por la habitación, pero nada más comenzar la sesión todas se apagaron a la vez, excepto una; la que estaba delante de un espejo. Justo antes de comenzar con las preguntas, un ruido extraño les hizo volverse en dirección a la puerta. No daban crédito a lo que veían; una silla se había desplazado hacia la entrada, como bloqueando la salida. La sensación de peligro era aguda. Miguel se sentía algo mareado, pero sus esperanzas de contactar con su hijo superaban a su miedo. Temía conocer la crueldad de su destino, pero necesitaba volver a hablar con él.
Rosa hizo algunas preguntas, las justas para saber algo de la presencia que sin duda les acompañaba. Luego, una vez encendidas las luces, encendió la grabadora para comprobar si había algo grabado. En medio de una gran tensión procedieron a escuchar lo que había quedado registrado. No había duda, una voz que sonaba a ultratumba preguntaba: “¿Dónde está Ulises?, ¿Dónde está Ulises?…” una y otra vez. Miguel ya no tenía duda, aquel payaso tétrico que le visitaba, no pertenecía a este mundo. Pero la cuestión era saber quién era y qué quería de él. Cuando más ensimismado estaba en sus pensamientos, Rosa les hizo un gesto para que guardaran silencio. Había algo más registrado; era un sonido menos nítido pero audible que decía: “Mira la pared”. Aquello era una frase sin sentido, pero provenía de alguien que sabía lo que le había pasado a la pared de la casa de Miguel.
Antonio y Rosa se marcharon aquella noche tras haber intentado sin éxito obtener alguna otra respuesta. Miguel contemplaba la pared tratando de encontrarle alguna lógica a lo que aquella voz le había dicho. Quizás eran todo tonterías, y sería mejor olvidarlo todo. Pero a la mañana siguiente ocurriría algo que cambiaría las cosas. El inspector se presentó en su casa. Tenía algo que contarle.
-He investigado el entorno de su hijo, tratando de encontrar alguna pista sobre su payaso misterioso. Tengo que admitir que su historia me pareció producto del exceso de alcohol, pero algo me ha sorprendido. Verá, usted dice que no llegó a conocer a la novia de su hijo. Según hemos podido saber, se trataba de una joven huérfana desde la niñez, pero, aquí está lo curioso, era hija de un matrimonio que trabajaba en el circo. Su padre era payaso. Otro tipo de información que hemos obtenido, y siento decírselo, porque comprendo su dolor, es que su hijo no era muy bien considerado.
-Eso es imposible, a mi hijo lo adoraba todo el mundo- le interrumpió Miguel visiblemente indignado.
-Yo siento decirle esto, pero la compañera de piso de su novia asegura haber presenciado malos tratos. Ella no dijo nada en su momento porque estaba segura de que él le había hecho algo malo a su amiga y que luego iría a por ella. Lo define como un psicópata.
-Váyase, no quiero seguir escuchando infamias sobre mi hijo, le ruego que se vaya.
-Una última cosa. Hay una vecina que asegura haber visto rondando la zona a un hombre de unos treinta y cinco años. La descripción coincide con la de su hijo. Y, antes de marcharme, dígame ¿qué había en esa pared?, lo digo porque la clave quizás esté en ella, ¿por qué la echaron abajo?- le dijo el inspector mientras se dirigía a la puerta para marcharse.
Al quedarse solo, Miguel mirando fijamente a la pared, se quedó sin habla. Salió al porche y se sentó contemplando sus rosales.
Una duda, o más bien certeza le consumía por dentro. Solo Ulises sabía que él había guardado las valiosísimas joyas de sus antepasados en aquella pared. Lo que él no sabía era que las había vendido todas para sufragar su búsqueda en Indonesia. Le atormentaba la idea de preferir, como así era, que su hijo hubiese desaparecido en Papúa. La realidad no era tan diferente, ya que su hijo, aquel al que quiso tanto, desapareció para siempre entre los manglares, junto con el enorme cariño que le unió a él…
FIN

Imagen: “Cabeza de Payaso”, artista: May Wilson


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