JUNCO

JUNCO

Nº de registro: M-006520/2013

Isabel Puyol Sánchez del Águila

Como te iba contando, amigo mío – proseguía Rafael- es una historia inquietante, de la que apenas me atrevo a hablar con nadie. Nos han unido años de amistad, de modo que eres la única persona que me puede comprender y con quien no temo compartir algo tan íntimo y personal. Tú sabes que yo acostumbro a pasear por el campo, que siempre nos ha gustado disfrutar de esta vida alejada de la ciudad. La buena suerte y el trabajo duro me permitió vivir en una casa grande donde nunca han faltado ni las mascotas ni las plantas, y al atardecer me gusta salir al porche y contemplar la puesta de sol, muchas veces junto a ti. Una de esas tardes de embelesamiento, cuando me estaba quedando algo dormido, un ladrido me despertó. En el campo, ya sabes que se oyen habitualmente, pero este sonaba diferente, no era de los de siempre. Miré hacia los lados, pero no vi a ningún perro, y yo ya no tengo ninguno en casa. No le di importancia a aquello y continué relajándome hasta la hora de la cena.
Pero todo comienza una mañana en la que decidí ir a dar una vuelta, como siempre, por el campo. No me suelo alejar más de tres o cuatro kilómetros. Habitualmente no me cruzo con nadie, y aquel día no fue la excepción, pero hubo algo extraño. Mientras caminaba sentí unos pasitos detrás de mí, y no solo eso, también la respiración propia de un perro cuando está algo cansado. Me volví a mirar, pero no había ningún perro cerca, ni ninguno que yo pudiera escuchar o ver en la distancia. Aquello ya me pareció extraño, pero pudo ser producto de mi imaginación, o mi deseo de volver a tener un perro. Continué con mi paseo hasta llegar a casa. Abrí la verja del jardín, pero creo que me olvidé de cerrarla, y me dirigí al salón; estaba un poco fatigado. Antes de comer, como suelo hacer, me senté en mi sillón de orejas para descansar del paseo. De repente, allí aparece, por la puerta del salón, que estaba entreabierta, un perrillo. Nada tendría de particular, ya que había dejado las puertas abiertas y estaba en el campo, excepto por una cosa. Créeme cuando te digo que se trataba de Junco, que era mi perro de cuando yo era niño.
Junco era un perrillo pequeño, blanco y con manchas marrones, una de ellas en el ojo. Era muy alegre; recuerdo con horror cuando murió. Un camión de reparto me lo atropello, delante de mí. Lo llamé Junco porque me lo encontré un día, cuando era diminuto, junto a unos juncos. Alguien debió de abandonarlo, o se debió de perder. Desde aquel día no nos separamos, conforme iba creciendo yo sabía que cuidaba de mí.
Mi gran sueño era que mis padres compraran la casa grande de las afueras del pueblo, la de la verja verde, que es en donde vivo ahora. Finalmente la compraron. Al principio la casa estaba destrozada, pero poco a poco la fuimos reformando. Recuerdo la ilusión que nos hacía a Junco y a mí correr por el jardín, incluso por dentro de la casa. Junco estaba a mi lado el día en el que murió mi padre. Aunque parezca extraño, creo que él sabía que iba a suceder, porque aquel día se despertó llorando, era un llanto de tristeza, no de dolor. Era un perro muy listo, diferente a cualquier otro, créeme. Es por esa razón por la que me alegro de que haya vuelto, aunque de una forma diferente. Siempre supe que los animales tenían alma, o si no todos, al menos, mi perro sí. Ahora lo esperaría todos los días a la hora del paseo, para irnos juntos al prado por el que nos gustaba pasear. Había un pequeño escollo que resolver, ¿cómo reaccionaría la gente al verlo?, ¿cómo podría disimular que iba con él si el resto de la gente no lo veía?. Pronto saldría de dudas…
Fue una de las tardes en las que Junco venía a visitarme cuando decidí ir por el camino del río, donde suele haber gente pescando. Al pasar al lado de unos vecinos del pueblo saludé con la mano, y ellos me contestaron, pero sin advertir la presencia de ningún perro junto a mí. Uno de los pescadores iba siempre con un perro grande y tranquilo, blanco como la nieve, que solía sentarse junto a su cesta. El perro, al vernos, se echó hacia atrás, como asustado. Fue entonces cuando me di cuenta de que él sí había visto a Junco, que ya éramos dos. En cierto modo me consolaba, ya que temía estar volviéndome loco, que era algo que también me había planteado. La primera comprobación ya la había hecho, ahora quedaba la siguiente prueba.
Llegamos a casa para la cena, y allí estaba Pepita, en la cocina. Al verme no me hizo ningún comentario fuera de lo normal, fue todo tan natural, que decidí no decirle nada respecto a Junco. Esperaría a que ella me hiciera algún comentario. Nos sentamos a la mesa, y nada, todo era como de costumbre.
-Estás un poco despeinado, Rafael- me dijo mirándome a los cuatro pelos que me quedan.
Yo miraba de reojo a Junco, que permanecía sentado a mi lado, esperando a que le diera algo, como siempre.
-Acuéstate pronto hoy, que últimamente duermes poco- continuaba hablándome, como si nada extraordinario estuviera pasando.
-Sí, me cuesta trabajo dormir. Antes nunca escuchaba el silbido del viento por las noches, pero ahora sí; es como si todos los sonidos fueran mucho más fuertes de lo habitual.
Pepita me sonrió, como siempre, y continuó cenando frente a mí. Algo me decía que era mejor no decirle nada del perro, sobre todo para no preocuparla, ya que le inquietaba mi falta de sueño. Quizás sí lo había visto, pero era ella quien no me quería decir nada a mí para que no pensara que estaba loca. En alguna ocasión, sobre todo cuando éramos novios, nos pasó algo parecido. Había un vecino en el pueblo de al lado que, según nos dijo su tía, había muerto. Ambos estuvimos viéndola durante algún tiempo, pero no nos lo decíamos el uno al otro, pensando que íbamos a hacer el ridículo. Finalmente supimos que era una equivocación, pero no habíamos sido capaces de hablarlo. Quizás ahora estaba pasando lo mismo. Es ese tipo de situaciones que se suelen resolver solas, de modo que decidí no contarle nada.
Siempre he pensado que existe una razón para todo, incluso para lo inexplicable, y pronto lo supe. Fue una mañana, que por no sé por qué, me desperté desorientado, después de haber pasado una noche de sueños desconcertantes para mí. Entre otras cosas, había soñado con el día en el que murió Junco, y cómo lo enterré yo mismo en el jardín, junto a un enorme abeto que hay junto a la verja. Fue indescriptible la tristeza que sentí cuando todo ocurrió, y al recordarlo en aquel sueño.
Cuando estaba tratando de abrir totalmente los ojos, Junco apareció por la puerta de mi habitación y tiró de las sábanas. Era justo lo que solía hacer cuando quería llevarme a algún sitio con urgencia. Todavía en pijama, porque no me dio tiempo a cambiarme, ante la insistencia del perro, salí al jardín, a unos pocos metros de mi casa. Allí, tendido en el suelo, inconsciente, me encontré a mi nieto, que se había caído de la bicicleta. Afortunadamente pude auxiliarle y llamar a una ambulancia. Fue en ese instante cuando comprendí la experiencia que estaba teniendo. Igual que el fantasma de una persona suele presentarse con algún propósito, el de un perro también.
Esta fue la experiencia insólita que me contó mi querido amigo Rafael. Lo único que él no sabía era que Junco había venido a buscarle en el trance de su muerte, que ese era su cometido, acompañar a su viejo amigo. Así como tampoco sabía el pobre que su mujer Pepita había muerto hacía muchos años, que había sido otra experiencia suya de cercanía a la muerte. Junco había ido introduciéndolo poco a poco en el mundo espiritual, facilitándole el camino, como suelen hacer las mascotas, según cuentan, en el momento final de sus amos.
Ahora les dejo, que hace un día precioso y ha venido mi querido amigo Rafael a buscarme, y nos vamos a dar una vuelta por el prado que tanto nos gusta a los dos, como cuando éramos niños. Adiós…
FIN

Imagen: obra de Adelaide Hiebel


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