LA DAMA IMPERFECTA

LA DAMA IMPERFECTA

Isabel Puyol Sánchez del Águila

Reg. : M-005501/2013

-¿Qué carta es esa?
-Es de mi abuela de Zaragoza, Tina. La encontré en un baúl lleno de trastos y viejas fotografías- me contestó Cristina mientras extendía la carta para mostrármela.
“Era el año 1916,cuando yo solo tenía dieciséis años. Mi padrastro había decidido casarme con un señor de Zaragoza mucho mayor que yo. Nada sabía de él, excepto que se llamaba Edgardo y poseía muchas tierras. Una fría mañana del mes de abril, mi padrastro me montó en un coche de caballos y le pidió al cochero que me llevara a mi destino. Tan solo llevaba una pequeña maleta y mucho miedo. La boda se celebraría una semana después de llegar al que sería mi nuevo hogar. A mi llegada solo me recibió el personal de servicio, pero ni rastro de mi futuro marido o su familia. Yo miraba a todos lados con incredulidad y desconcierto. Era la casa más grande que jamás había visto. Adela, el ama de llaves, me mostró mi habitación y me entregó algo de ropa para la cena. Cuando bajé al comedor me presentaron a una anciana en silla de ruedas que había perdido el habla. Se trataba de mi futura suegra. Después de un rato sin saber qué decir o hacer, apareció por la puerta él, Edgardo. Tengo que admitir que era mucho más apuesto de lo que me había imaginado y sus modales eran muy correctos, pero me imponía. No me imaginaba siendo su mujer, aunque en unos días lo sería. Después de una cena en la que apenas hubo conversación, subí a mi habitación y cerré bien la puerta. Me senté en la cama, incapaz de dormir, tratando de asimilar que lo había perdido todo y que aquel sería el único hogar que yo iba a conocer en lo que me quedaba de vida. En medio de mi soledad y desesperación, algo insólito me ocurrió. Un ruido sonó en la ventana, no sabía qué podía ser, así que me acerqué y aparté el visillo. Era un pájaro de colores que daba con el pico en mi ventana, como tratando de entrar. Aquello era inexplicable, ya que era de noche y no se trataba de un ave nocturna. Tampoco era ese el tipo de pájaro que se pudiera ver por la zona. Pero si extraña fue su aparición, más aún lo fue su desaparición. Fue como si se hubiese desintegrado, en cuestión de segundos ya no estaba, y yo no lo había visto volar.
A la mañana siguiente salí a dar una vuelta y familiarizarme con el entorno. En el campo me sentía menos sola. El paisaje era precioso y estaba lleno de paz. De repente me encontré con un torreón medieval. Me quedé mirándolo, extasiada, tratando de imaginarme las historias que podía haber albergado, como suelo hacer con todos los lugares. Comencé a bordearlo hasta que vi un ventanuco que apenas dejaba pasar la luz del sol. Cuando más concentrada estaba mirándolo, de repente, el mismo pájaro que la noche anterior había aparecido en mi ventana, salió volando y vino hacia donde estaba yo. Se posó en una rama junto a mí y de nuevo volvió a desaparecer de una forma inexplicable.
De vuelta a la casa, era un poco antes del mediodía, Adela me preguntó por mi paseo. Me escuchaba mientras daba órdenes a diestro y siniestro a las doncellas para que todo estuviera a punto a la hora de comer. No le conté la historia del pájaro, porque la consideraba solo mía, pero sí le hablé del torreón. Ella me contó una historia triste, una leyenda que hablaba de una joven morisca de la Edad Media. Se contaba que al ser amante de un noble aragonés en una época de intolerancia, la mantenía oculta en el torreón. Ella puso fin a su vida tirándose por la ventana y que la gente aseguraba haber visto el espectro de una morisca paseando por la zona. En aquel momento pude entender su soledad y desesperación, aunque nos separasen tantos siglos.
Pero si extraña fue la primera noche, mucho peor fue la segunda. De nuevo en mi habitación, tratando de conciliar el sueño, un golpe seco me hizo incorporarme bruscamente. Alguien llamaba a la puerta. Otro golpe fuerte y que transmitía hostilidad, sonó en la puerta. Tímidamente, con la voz temblorosa, pregunté quién era, sin atreverme a acercarme del todo. Pero no hubo respuesta. Miré por debajo de la puerta, y había una sombra. De nuevo, como había ocurrido con el pájaro, desapareció de repente, sin que yo la hubiera visto moverse. A la mañana siguiente pensé que era mejor no decir nada. Salí de nuevo al campo a dar una vuelta, creo que deseaba volver a tener un encuentro con aquel pájaro, no sé por qué. Pero no hubo ni rastro de él. Yo seguía sola en aquella casa y temiendo la noche, y tenía motivos. Fue aquella tercera noche cuando ocurrió lo peor. Cerré bien la puerta de mi habitación, incluso puse una silla delante para dificultar que alguien pudiera entrar. Cuando estaba asegurándome bien que nadie fuera a molestarme, un estruendo me hizo caer hacia atrás contra la pared. Era una piedra, lanzada desde fuera. Había roto los cristales de la ventana en mil pedazos. Empecé a temblar y a llorar con desesperación y terror. Lo peor fue cuando fui a santiguarme. De repente vi mi brazo, y puedo asegurar que no era mío, era el de un hombre. Estaba ante un fenómeno extrañísimo y tremendamente hostil. Salí corriendo escaleras abajo hasta llegar a la cocina, donde estaba Berta, la cocinera mayor. Había dos cocineras; ella, que llevaba con la familia toda su vida, y la joven, que acababa de incorporarse. Recuerdo la frase escueta de Berta: “¿Ya se ha encontrado con él?”, me dijo, como sabiendo lo que me había ocurrido. Yo le pregunté que de quién hablaba, y ella me dijo que era el señor, que se negaba a abandonar la casa. Yo pensaba que el señor era Edgardo, así que le pregunté a qué señor se refería. Ella me contestó que al antiguo señor, Norberto, el hermano mayor de mi futuro marido, que murió prematuramente. No quiso darme muchas más explicaciones, así que recurrí a Adela. Ella, con más interés por ayudarme, me habló de una médium famosa de la comarca. Se ponía en contacto con los muertos a través de un tablero que empezaba a ponerse de moda por aquel entonces, la ouija. A mi la idea me asustaba, pero me parecía necesario hacer algo, así que ella lo dispuso todo.
Recuerdo como si fuera ayer el día de la sesión. Estábamos reunidas Adela, Berta, la cocinera joven, la médium y yo. Después de constatar que había una presencia allí, y de notar todas una brusca bajada de temperatura, la médium le hacía una serie de preguntas. Yo me limitaba, como las demás a poner la mano en la tablilla. Después de asegurarnos que se llamaba Norberto, le preguntó cómo había muerto, la contestación me dejó sin habla: “Me mataron”, y cuando le preguntaron quién, contestó: “Edgardo”. Yo en ese momento, presa de pánico, salí corriendo de la sala sin saber muy bien a dónde ir. Allí estaba yo sola, a punto de casarme con un asesino, y amenazada por algo o alguien de otro mundo.
Aquella misma noche, después de cenar, cuando iba a dormir, al pasar por delante de una habitación en la que antes no había reparado escuché un sollozo, y un gemido angustioso. Traté de abrir, pero la puerta estaba totalmente cerrada. De repente, me volví hacia mi izquierda y vi a Adela mirándome, inmóvil como una estatua. Simplemente me dijo: “En esa habitación murió el hermano del señor”. Sintiendo temor por saber la verdad, le pregunté qué le había pasado, y ella me lo contó.
Norberto era un joven alegre y lleno de vitalidad, que le gustaba mucho montar a caballo. Una mañana salió, como cada día, a galopar por los campos, con la mala fortuna de que el disparo de un cazador asustó a su caballo. Él cayó al suelo sobre una roca, dándose un terrible golpe que le provocó una peritonitis. Al principio pensaron que los dolores que tenía se le pasarían, pero cada vez estaba peor. Edgardo cogió su caballo y se dispuso a traer un médico. Pero una fuerte nevada, como no había habido otra igual por la zona, le hizo permanecer aislado durante casi dos días en medio del campo. Cuando pudo llegar, Norberto ya había muerto. Dicen que él siempre sintió desconfianza hacia su hermano, y que en los momentos finales pensó que Edgardo le había abandonado a su suerte. La madre, que siempre tuvo una salud delicada, perdió el habla a raíz de la tragedia. Berta lo adoraba, era como un hijo para ella, por eso se resistía a dejar de referirse a él como “el señor”, porque pensaba que a él le hubiera gustado.
Yo misma le propuse a Adela que volviera la médium para hacer una nueva sesión y explicarle a Norberto lo que en realidad había pasado. A ella le pareció bien y así lo dispuso. Aquella misma semana tuvo lugar nuestra sesión. Volvió a pasar lo mismo. La contestación del tablero era todo el rato la misma: “Él me mató”. Lo repetía continuamente. Finalmente, la mesa comenzó a moverse bruscamente, como si alguien la estuviera agitando para tirar el tablero, incluso para dañarnos a nosotras. Algunos muebles se desplazaron de un lado a otro de la habitación, como si fueran plumas. De repente, todo se paró, todo quedó en paz, y un fuerte y agradable olor a rosas impregnaba toda la habitación. En ese momento Berta comenzó a sollozar: “Eran sus flores favoritas. Siempre me traía una cuando iba a jugar al jardín”. “Era un niño precioso, precioso…”. Adela se levantó de la silla y fue a abrazar y consolar a Berta. Yo tuve la sensación de que ya no tendría que preocuparme más, aunque la historia me parecía tremendamente triste.
Dos días antes de mi boda fui a pasear al campo y, como de costumbre me fui al torreón. Dando la vuelta alrededor de él, me topé con un anciano que fumaba en pipa. Estaba sentado en una roca y también miraba hacia la edificación, extasiado como yo. Se trataba de un viejo profesor que también solía pasear por allí, pero nunca antes lo había visto. Fue él quien comenzó a hablarme de la leyenda, pero su versión era aún más terrible que la de la morisca cautiva. Según él, cuenta la leyenda que un noble aragonés pensaba casar a su hija con un anciano de unas tierras lejanas. La joven, por rebeldía decidió desfigurar su rostro para evitar la boda. El padre por vergüenza o por castigo le obligó a llevar la cara tapada, como si fuera una morisca, y la encerró en el torreón, donde finalmente ella se quitó la vida saltando por la ventana. Hay quien asegura haber visto su espectro paseando por la zona, y lleva el rostro tapado. Pero quién sabe lo que de verdad pasó.
Todo esto ocurrió hace ya demasiados años, pero ahora, al final de mi vida, siento mucho las ausencias, y a veces me desvelo. He recordado la historia porque hace un par de días, de madrugada, algo me pasó. La madrugada es quizás la peor hora del día cuando echas de menos a los que ya no están a tu lado y te sientes solo. Estaba yo en la cama cuando un ruido extraño me despertó. Me acerqué a la ventana, y un bellísimo pájaro de colores golpeaba con su pico el cristal, como queriendo entrar. Y es que a lo mejor no estamos tan solos…
P.D. Edgardo fue el mejor compañero que una mujer puede tener. Doy gracias a Dios por cada minuto de mi vida a su lado.”

 

FIN

Imagen: obra del autor Charles Webster Hawthorne. Título: “By the window”


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