LA SALA DE PIANOS

LA SALA DE PIANOS
Ref: M-005503/2014
Isabel Puyol Sánchez del Águila

Todo aquel horror comenzó en mi primer trabajo como decoradora, me contaba mi amiga Sole. Me llamaron de un viejo colegio de monjas de las afueras de Madrid para redecorar una antiquísima sala de música.
Recuerdo que cuando crucé la verja me pareció entrar en otro siglo. Al colegio se accedía por un inmenso jardín desaliñado, y más que un colegio, era un complejo arquitectónico de varios edificios con distintos fines. Sor Hermelinda fue la encargada de recibirme en la puerta del jardín y de llevarme hasta el despacho de la madre Superiora, cuyo nombre no recuerdo, quien me explicó todos los detalles. Luego, sor Hermelinda me llevó a la sala de pianos, ya que era lo único que yo tenía que decorar. Si el jardín me había parecido desaliñado, no te puedes ni imaginar cómo me pareció el colegio. Todo eran pasillos interminables y suelos que crujían en exceso cuando caminabas por ellos, pero también hacían ruido aunque no hubiese nadie . Después de un inmenso recorrido, o al menos así me lo pareció, sor Hermelinda me mostró la tremenda sala de pianos. No sabría decir de qué época databa, pero nunca había visto nada igual. Eran siete pianos situados cada uno en un pequeño habitáculo de madera, aunque con un cristal en la parte superior. Me podía la curiosidad, ya que aquella sala era exactamente la que correspondía a un lugar como aquel.
-¿Por qué la quieren cambiar?, me refiero a que el estilo de la sala se corresponde con el resto del entorno- le dije a la monja, que me miraba con cierto asombro.
-Porque las niñas son un poco traviesas, y a veces se esconden en la sala y aporrean los pianos .Alguna de ellas es mala, muy mala. Si lo convertimos en un lugar diáfano, ya no habrá escondites y se acabarán sus juegos- me contestó de una forma enigmática, pero muy convencida de sus palabras, sobre todo cuando insistió en la maldad de alguna de las niñas..
Fue esa misma mañana, cuando ocurrió algo terrible. Al salir de la sala, cuando habíamos bajado ya al jardín, después de despedirme de la madre Superiora, vi de repente a una niña subida al tejado del edificio de enfrente. Yo, alarmada, empecé a gritar, y sor Hermelinda fue corriendo hacia allí. Pronto habían desaparecido las dos. Cuando estaba a punto de marcharme sin despedirme, apareció ella con aspecto tranquilo.
-¿Qué ha ocurrido?, ¿no está el colegio ahora vacío en verano?- le pregunté alterada.
-Nada, no tiene usted que preocuparse de nada, son las travesuras de las niñas, ya sabe. Algunas no son buenas. Sí es cierto que en verano no hay clases, pero tenemos el antiguo convento convertido en una residencia para niñas. Los padres no siempre pueden ocuparse de las niñas en verano, o nunca…- dijo de una forma enigmática.
Aquello me sorprendió tremendamente, ya que no me parecía el lugar adecuado para pasar el verano, no se trataba de ningún campamento. Tampoco me parecía un tema menor el hecho de que una niña se hubiese subido al tejado poniendo en peligro su vida. Sin embargo, sor Hermelinda parecía más molesta por mis preguntas que por lo que acababa de pasar.
Estando ya en mi casa, no sabía por qué, me sentía insegura y cerré bien la puerta, incluso las ventanas, aunque hacía calor. Por la noche no podía dejar de ver en mis sueños la imagen de aquella niña mirándonos desde el tejado. Recuerdo que no pude dormir y que me levanté a fumarme un cigarro, pero no me relajaba porque me sentía observada. Estaba claro que la visita al colegio me había alterado, pero al día siguiente sería peor.
Volví al colegio para hacer algunas fotos y tomar medidas, y volvió a recibirme sor Hermelinda en la puerta de entrada al jardín, pero esta vez estaba muy callada. Su presencia me incomodaba, había algo inquietante en ella; yo tenía la sensación de que me ocultaba algo. Iba yo observando cada detalle del jardín, cuando me di cuenta de que me había dejado sola sin mediar palabra. No era una persona muy agradable, así que me sentía más cómoda yo sola. Caminando casi sin darme cuenta, llegué hasta un viejo cementerio de lápidas en estado de abandono. Sin querer detenerme mucho tiempo allí, porque me daba escalofríos, sí pude comprobar que se trataba de un antiquísimo cementerio de monjas. Salí corriendo de allí, de modo que tropecé y me caí. Tirada allí en el suelo, bocabajo y sangrando por la nariz, puede ver delante de mí las botitas negras de una niña. Levanté la cabeza y se me cortó la respiración del susto, era una niña con la cara llena de terribles heridas. Grité al verla, pero se desvaneció delante de mí. Lo último que recuerdo fue que me desperté en un hospital. La caída me había producido un desmayo y estaba en la sala de observación de urgencias.
-¿Cómo he llegado hasta aquí?- le pregunté a una enfermera.
-Dos monjas la trajeron hasta aquí, dijeron que se la encontraron desmayada en el jardín-me contestó
-¿Dijeron sus nombres?- volví a preguntar.
-No se identificaron, pero no eran my simpáticas- dijo riéndose.
Salí pronto de urgencias, ya que solo tenía una pequeña conmoción, pero estaba obsesionada con la niña malherida que había visto, tenía que saber quién era y ayudar en lo que pudiera.
Unos días después volví al colegio. Esta vez no me recibió sor Hermelinda, y lo lamenté, ya que estaba segura de que sabía algo, y necesitaba hablar con ella. Antes de dirigirme al despacho de la madre Superiora di una vuelta por el jardín tratando de buscar alguna pista. En un par de ocasiones giré la cabeza, ya que podía escuchar con toda claridad que alguien me seguía. Tenía miedo. Quizás sor Hermelinda no quería que yo metiera las narices en los asuntos del colegio. En una de las ocasiones, al volverme hacia atrás, me di un golpe contra unos arbustos, pero me hice daño. Estaba claro que oculto entre los hierbajos había algo. Con casi más miedo que curiosidad aparté suavemente las ramas y las hojas para ver qué había allí. Me quedé helada cuando lo vi. Era una viejísima estatua de piedra que representaba a un ángel agarrando suavemente por los hombros a una niña, como tratando de protegerla. La niña llevaba exactamente el mismo uniforme que la niña que yo había visto. Era obvio que se trataba del antiguo atuendo de las colegialas. Ahora nada parecía encajar. La estatua estaba justo a la entrada del cementerio, tenía que haber alguna explicación para todo aquello. Traté de localizar a sor Hermelinda, pero no la encontré, así que me dirigí al despacho de la madre Superiora, que no me recibió precisamente bien.
-Me alegro de que esté usted recuperada, pero dígame ¿qué hacía usted sola fisgando por el jardín el día que la encontramos desmayada? – me preguntó la monja con una gran aspereza.
-No estabas sola, sor Hermelinda estaba conmigo- le contesté.
En aquel momento, sin mediar palabra, se levantó de su silla y me agarró por el brazo. Fueron momentos de gran tensión, ya que no me quería contar a dónde me llevaba. Casi arrastrándome por el jardín me llevó al viejo cementerio donde estaba la estatua y, apartando la hierba de una de las lápidas me mostro: “Sor Hermelinda de Villena 1805 -1870”
Casi no podía respirar de la impresión, saqué mi spray para el asma de bolso y procuré tranquilizarme.
-No es posible, ha sido ella quien me ha enseñado las instalaciones- le dije casi sin aliento.
-Nadie le acompañó, fue usted sola, usted habló conmigo y yo le indiqué el camino. No pude acompañarla porque tenía al Arzobispo al teléfono, y supuse que cualquier otra hermana podría haberle enseñado todo.
-¿Quiere usted decir que he hablado con un fantasma?
-No sé con quién ha hablado usted, pero es mejor que se vaya, hoy han sido demasiadas emociones. Mañana podrá continuar con su trabajo. Ya conoce el camino de salida.
Fue al volver a casa, nada más montarme en el coche cuando otro sobresalto me aguardaba. Nada más cerrar la puerta sentí un frío intenso dentro del coche, me quedé quieta; sabía que estaba pasando algo. No me atrevía a mirar hacia atrás. Había alguien allí. Temblorosa y aterrorizada, me giré lentamente. Allí estaba la pequeña con sus heridas, mirándome fijamente, con la palidez de la muerte en su rostro. Solo me dijo una palabra antes de desvanecerse : “Sácame” .
Cuando me sobrepuse del shock, me dirigí a la hemeroteca más próxima a mi casa. Estaba decidida a ayudar a aquella niña. El mensaje iba dirigido a mí y tenía que hacer algo. Después de hacer algunas averiguaciones volví al colegio. Esta vez la madre Superiora tendría que contarme qué estaba pasando allí. Estaba claro que la niña no pertenecía ya a este mundo, pero reclamaba ayuda desde el Otro Lado.
-Cuéntemelo todo, aquí he encontrado mucha información que supondría una mala reputación para el colegio- le dije poniendo un montón de papeles y recortes de periódicos antiguos.
-Eso pasó hace mucho.
-¿Tienen ustedes niñas en el edificio que está frente a este? – le pregunté.
-No, por Dios, ¿a qué siglo se remonta usted?. Eso fue en el siglo XIX y principios del XX. Aquí había un orfanato.
-¿Quién era sor Hermelinda?- le pregunté.
Después de un largo silencio, habló con voz temblorosa.
-Parece ser que fue un auténtico demonio, un monstruo a quien espero Dios haya castigado. Pertenecía a la nobleza, y fue su propio padre quien pagó una importante suma para que su hija ingresara en la Orden. Torturaba a las niñas aprovechando la impunidad que le daban estos muros y el hecho de que estaban solas en el mundo. Sobre todo hubo una pequeña a la que un día sorprendió aporreando los pianos. La castigó de tal forma que acabó suicidándose, lanzándose desde el tejado del edificio. La pobre solo había hecho la típica travesura infantil…
-¿Quedó impune? – le pregunté con indignación.
-Sí, además todo se tapó. La pequeña y la monja están enterradas en el mismo cementerio para que no quedase rastro de nada, como si la niña ni siquiera hubiera existido. Una forma de borrar la injusticia y la atrocidad que se cometió con ella. Para compensar le hicieron una pequeña estatua que colocaron junto a su tumba.
Yo en aquel momento tuve claro que convencería a la monja por las buenas o por las malas para que sacaran los restos del a pequeña Mariana, que así se llamaba, y la enterrasen en un cementerio fuera del colegio. Así se hizo, más por miedo que por convicción, pero también porque, según me confesó algún tiempo después, fue la única forma de conseguir paz después de haber hablado conmigo. A partir de aquel momento no volvió a verse ningún espectro paseando por los jardines ni sonaron los pianos solos.
Respiré con satisfacción cuando un día decidí llevarle flores al cementerio y vi que alguien había depositado un ramo de claveles blancos sobre su tumba. En aquel momento pensé que nunca es tarde para reparar una injusticia y para pedir perdón, aunque solo sea por el olvido.
FIN

Autor de la imagen: Jacob Maris


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