LAS DAMAS DEL AMANECER

LAS DAMAS DEL AMANECER

Nada sospechaba Martín de la desconcertante experiencia que le aguardaba cuando se mudó a Madrid. Había encontrado trabajo como consultor en una gran multinacional. Su situación económica era relativamente buena, pero el precio de los alquileres eran desorbitados de modo que tuvo que alquilar un piso necesitado de muchas reformas, pero en pleno centro de Madrid. Lo que más le gustó de aquella casa era su ubicación, en el céntrico barrio de Embajadores. La calle era estrecha, y con edificios variados, iban del lujo a la sencillez, como si se mezclaran los mundos y también el tiempo. Muchos de los inmuebles habían sido remozados y lucían un aspecto inmejorable, mientras que otros necesitaban, como el suyo, numerosas reformas. Su oficina, al contrario que el piso, era un rascacielos moderno de los más altos de la ciudad, que bien podría definirse como una mole de cristal con entramados de acero. Su despacho estaba en uno de los últimos pisos, pero resultaba acogedor y con unas vistas envidiables. Había un buen ambiente de trabajo, con compañeros de su edad y con los que conectó desde el primer día. Entre ellos estaba Gustavo, que también se acababa de mudar a Madrid. Una de las primeras conversaciones que tuvieron fue inevitablemente sobre la vivienda. -¿Te has instalado bien en tu piso de la calle Dos Hermanas?- le preguntó Gustavo. -No sé qué decirte, es algo extraño. Conforme entras por el portal llegas a un patio desde donde se accede a las viviendas. En principio tendría que haber conocido a algún vecino, pero es como si estuviera solo. Nunca hay nadie en esas galerías que llevan a los pisos. Lo primero que pensé cuando lo alquilé era la falta de intimidad que iba a tener. Es el lugar idóneo para el cotilleo. Me imaginaba a los vecinos mirando por la mirilla cada vez que entrara o saliera, pero es como si yo fuera el único habitante del edificio. -¿Lo eres?- le preguntó Gustavo lleno de curiosidad. -No creo, pero ni veo ni escucho a nadie. El piso es muy grande y los techos muy altos, a lo mejor es por eso. Por cierto, me gustaría que vinieras un día a casa a darme tu opinión. No sé si es una construcción muy segura, quizás por eso no hay nadie allí. Aunque no ejerzas de arquitecto sé que terminaste la carrera, por eso es importante tu opinión. Gustavo accedió a ir el sábado a su casa; aunque sería algo tarde porque tenía algunas obligaciones. Nada más pasar por la puerta de la entrada y llegar al patio, se quedó boquiabierto; aquello era como entrar en otra época, pero tenía su encanto. Cuando Martín abrió la puerta encontró a Gustavo con cara de desconcierto. -¿Qué te ocurre?- le preguntó Martín. -Pues tengo una noticia que no sé si es buena o mala. No estás solo en el edificio. Conforme subía por las escaleras me pareció ver a alguien en tu puerta. No sé quién era pero estaba a punto de llamar al timbre. No me ha dado tiempo a verla bien porque en cuanto he llegado al rellano, se ha asustado al verme y ha salido corriendo. Es extraño que haya desaparecido así de mi vista, porque en este patio se puede ver la entrada a todas las casas, y las escaleras son visibles desde todos los ángulos, demasiado, diría yo. -¿Cómo era? -Parecía una mujer joven, pero yo creo que no es una vecina. En realidad deseo por ti que no lo sea, porque tenía aspecto de ser una mendiga. Estaba muy sucia, y parecía muy desesperada. Iba entera vestida de negro con un vestido largo y roto. En fin, asegúrate de cerrar bien la puerta por la noche. Gustavo fue mirando el piso rincón por rincón, sin encontrar motivo para alarmarse, aunque seguía dándole vueltas al hecho de que no hubiera vecinos. Según él, la edificación era muy antigua aunque había sufrido reformas. No se trataba de una casa señorial, como la que había justo pegada a su derecha. Aquello más bien parecía un anexo al otro edificio, que con el tiempo se había convertido en una casa de vecinos, En otros tiempos fue con toda seguridad un lugar humilde, pero no ahora, que los alquileres eran lo suficientemente altos como para atraer a un tipo de inquilino muy distinto al que había visto en la escalera. La opinión de Gustavo sobre la seguridad del edificio reconfortó a Martín, aunque solo parcialmente, porque estaba a punto de comenzar su pesadilla. Todo comenzó al día siguiente de la visita de su amigo; fue durante la noche. Serían más o menos las tres o las cuatro de la madrugada cuando un llanto le despertó. Era extraño, porque no se sabía de dónde procedía, pero sí se distinguía que era de mujer. Salió al rellano pensando que quizás alguna mujer estaba siendo agredida por su pareja, pero en el patio ni se escuchaba ni se veía nada. Después de echar un vistazo volvió a entrar en su casa, pero esta vez echando la llave, cosa que había olvidado hacer. Una vez en la cama se sintió culpable, quizás alguna mujer necesitaba ayuda, tal y como le había ocurrido a su madre cuando él era niño. Aquellos pensamientos le mantuvieron alerta durante toda la noche, decidido a investigar al día siguiente quiénes eran sus vecinos, Pero al amanecer, cuando había conseguido echar una cabezada, un sonido extraño le despertó. Aquella mañana llegó a la oficina tarde, con la cara desencajada. Gustavo le preguntó por el motivo de su palidez, y él le contó lo que le había ocurrido al escuchar aquel ruido. -Salí al patio; estaba todo oscuro, el sol estaba saliendo, pero en el patio hay poca luz. No obstante, siguiendo la dirección de aquel sonido extraño, miré hacia abajo desde mi rellano, y no daba crédito a lo que veía. Eran dos figuras caminando por el patio en dirección a la puerta. Yo diría que eran dos mujeres, pero más bien eran como dos sombras. Vestían de negro con vestido largo, llevaban la cara tapada con un velo y miraban las dos hacia el suelo. No levantaban la cabeza, ni siquiera cuando salí al rellano y me asomé a la barandilla. Tuvieron que escucharme, pero no se inmutaron. Lo que producía aquel ruido extraño eran unos rosarios enormes que portaban. Los arrastraban por el suelo y eran de un tamaño desproporcionado. No sé lo que he visto, pero me ha producido pavor. -Será mejor que investigues a ver quién tienes por vecinos. Si quieres, yo puedo investigar sobre la historia del inmueble y de la calle. A lo mejor existe alguna conexión. Quizás nos ayude en algo, pero está claro que tienes que saber con quién compartes edificio- le propuso Gustavo de una manera convincente. Al siguiente fin de semana, Gustavo recibió una llamada angustiada de Martín, pidiéndole que fuera a su casa. No le dio muchas explicaciones, pero parecía paralizado por el miedo. Sin perder tiempo se dispuso a ir a ayudar a su amigo, cualquiera que fuera su problema. Primer pasaría por la inmobiliaria para recabar algo de información. Lo que no imaginaba era que él también tendría algo que contar. En cuanto le abrió la puerta pudo comprobar el estado en el que se encontraba su amigo. -Este lugar es el mismísimo Infierno; pienso que no podré salir jamás de aquí. No sé qué me está pasando. Cada madrugada escucho a esos dos espectros terroríficos, esas dos sombras que parecen atrapadas en el tiempo, que sugieren algo atroz, aunque no sé qué. Esta pasada madrugada volví a verlas, pero esta vez, asomé la cabeza por la puerta, porque las escuchaba más cerca. Lo terrible fue comprobar que subían las escaleras y se dirigían hacia aquí. Las escaleras, como son de hierro, producían un estruendo tremendo cuando arrastraban sus rosarios. No levantaban la cabeza del suelo, pero supe que venían a por mí. Cerré bien la puerta, y cuando comprobé que estaba bien cerrada, me giré. No te puedes imaginar lo que contemplé. Estaban en mi casa las dos, de rodillas con los brazos en cruz sin levantar la cabeza. En cuestión de segundos, hacía mucho frío dentro de la casa. Parecían estar rezando, o más bien haciendo algún tipo de ritual. Hay algo muy malo en ellas. Eché a correr escaleras abajo. A pesar del ruido de las escaleras, no había ningún vecino que se asomara. He pasado el día en la calle, sin atreverme a volver a casa. Serían más o menos las ocho de la tarde cuando he regresado, y no me lo podía creer. Estando en el patio he escuchado el llanto de una mujer, y en mi deseo de ayudarla he buscado por las casas, he ido llamando por las puertas, pero nadie me abría. De repente una puerta se ha abierto sola y he pasado, aunque aterrorizado porque no sabía qué me iba a encontrar. Allí mismo, delante de mis ojos, había una mujer joven y guapa encadenada. Tenía terribles lesiones y me pedía ayuda. No hablaba, pero con su gesto me pedía que la liberara. He venido al piso a buscar algunas herramientas para romper las cadenas, pero cuando he tratado de volver, no había ni rastro de la puerta por la que yo había pasado. Sencillamente no existía nada. Obviamente me estoy volviendo loco ¿dónde están los vecinos de este edificio? -De eso quería hablarte. He ido a la inmobiliaria y me han dicho que todos los pisos están habitados, que no hay ninguno vacío. Pero es como si estuviéramos viviendo realidades diferentes. Ya sé que suena a locura, pero yo he vivido algo parecido al llegar hoy aquí. Nada más entrar en el patio, me ha llamado la atención que sí he visto a gente. Una mujer con aspecto de estar desesperada se ha acercado a mí pidiéndome ayuda. No era la mujer que vi en tu puerta, esta era diferente. Me ha dicho que su hija se estaba muriendo, que tenía Difteria y que fuese a verla. Está claro que me ha confundido con el doctor. Yo he tratado de hablar con ella, pero no me ha hecho caso, me hacía gestos para que la siguiera. En ese momento me he fijado en su aspecto, sus ropas eran como de comienzos del siglo XX o finales del XIX, además la Difteria no creo que siga existiendo. He mirado al rededor, y estaba todo lleno de gente por las galerías de los pisos, el patio estaba animado. Lo escalofriante era que me en encontrado en otra época, aunque no la misma en la que te encuentras tú cuando te topas con esos dos demonios o lo que sean. El caso es que cuando estaba siguiendo a aquella pobre madre angustiada, he cruzado una especie de cortina de agua, algo extraño, y me he encontrado delante de tu puerta. Gustavo, impactado por lo que acababan de vivir tanto él como su amigo, decidió investigar a fondo la historia del edificio, incluso de la calle. Su condición de arquitecto le ayudaría para conseguir planos antiguos y, tirando de la información que le proporcionaran, conocer detalles escalofriantes de aquel entorno. A lo largo de la semana siguiente a aquel extraño episodio, tanto Martín como Gustavo andaban demasiado ocupados como para tener tiempo de charlar. A sus tareas habituales de la oficina se sumaba la investigación que ambos llevaban a cabo para recabar información. Fue el viernes por la mañana, a primera hora, cuando Gustavo entró por la puerta del despacho de Martín. Cerrando la puerta para asegurarse de que nadie escuchase nada, se sentó colocando sobre la mesa una carpeta llena de documentos. -Aquí está toda la información que he encontrado sobre tu casa. Es surrealista, pero creo que ya sé quiénes te visitan. -¿A qué te refieres?- le preguntó Martín con tanta curiosidad como temor. -La calle Dos Hermanas debe su nombre a dos personajes siniestros de finales del 1500. Eran las hermanas Ocampo, que son de las personas más extrañas de los que he tenido información. Eran las dueñas del terreno que corresponde a lo que hoy es toda la calle. Poseían una gran fortuna y, no sabiendo muy bien qué hacer con ella, decidieron fundar un convento de Capuchinas en sus instalaciones. Parece ser que eso era habitual entre la nobleza de la época, como también era lo normal que aquello saliera mal. Ya sabes el choque de poder entre nobleza e Iglesia. Pero en el caso de las hermanas Ocampo la cosa fue más allá. Se dedicaron a mortificar a las pobres jóvenes novicias de la Orden, hasta que finalmente las echaron a la calle dejándolas a su suerte. Yo creo que eran dos psicópatas. Eran conocidas en su época por su rareza. Vestían de negro y no dejaban ver sus rostros, además salían solo al amanecer, paseando a paso rápido mirando al suelo y haciendo sonar unos enormes rosarios que siempre llevaban con ellas. Escuchaban tres misas seguidas todos los días, pero arrodilladas y con los brazos en cruz. Prueba a arrodillarte y poner los brazos en cruz, a ver cuánto aguantas. Pues imagínate así todos los días durante tres horas. Además vivían a oscuras, sin velas, y evitando el contacto humano. Ni siquiera tenían personal de servicio. Esto es lo que he conseguido yo, ¿Has hecho tú alguna averiguación?- le decía Gustavo mientras trataba de ordenar todos los documentos que había traído. -Volví a escuchar el llanto de aquella mujer. Me he obsesionado por ayudarla, aunque parece obvio que no es de este mundo o de esta época, no sé muy bien cómo decirlo. El hecho de no haber podido ayudar a mi madre cuando mi padre la mató delante de mis propios ojos, me dejó traumatizado, y me juré que siempre ayudaría a cualquier mujer que sufriera violencia y malos tratos. Como no sabía muy bien cómo contactar con ella, puse una grabadora para ver si captaba alguna psicofonía, y esto es lo que he captado- dijo sacando de su bolsillo una pequeña grabadora. El resultado de la psicofonía era escalofriante, porque se escuchaba con demasiada claridad, como si ese ente que se manifestaba quisiera a toda costa que se le escuchara. Era una voz femenina, que repetía susurrando una y otra vez la misma palabra: -AYÚDAME. Martín estaba decidido a contactar con aquella mujer de la forma que fuera, aunque tuviera que utilizar la ouija para poder comunicarse con ella. -Esta vez voy a ir a buscarla, la voy a liberar- decía Martín angustiado. -No te dejes influir por la terrible historia de tu madre, tú no le fallaste, eras solo un niño. Además esta historia que estás viviendo no es real. Por cierto ¿sigues viendo a esas dos sombras siniestras?. -Noto que cada vez las tengo más cerca; a veces me siento acorralado y puedo sentirme como aquellas pobres novicias. Nos une la angustia, créeme. Pasaron dos meses desde aquella conversación, y una mañana, al llegar a la oficina, Gustavo tenía visita; era Saúl, el primo de Martín. Después de una breve conversación inicial Saúl le preguntó directamente. -¿Sabías tú que Martín se estaba muriendo? -No, ni siquiera creo que lo supiera él. Fue algo inesperado. Pero es cierto que empezaron a pasarle cosas; a ver y a sentir de una forma diferente. En cierto modo yo participé de su mundo; me refiero al mundo espiritual en el que estaba entrando- le dijo Gustavo. -Suena bien. Es algo importante que un amigo puede hacer por otro. Pero lo digo porque dejó una nota, justo el día anterior a su muerte súbita. Decía que se marchaba a ayudar a alguien ¿sabes algo de eso? -Lo único que sé es que hizo lo que deseaba hacer- dijo Gustavo, deseando que su amigo hubiese cruzado la barrera que separa los dos mundos para ayudar a aquella joven. Pero no podía evitar tener el temor de que aquellos dos tétricos espectros se hubieran salido con la suya, y lo hubieran arrastrado al Infierno en el que, sin duda, ellas habitaban…

FIN

Nº de registro: M-008567/2013

Isabel Puyol Sánchez del Águila

Imagen: “Estudio de hombre joven”, autor; John Singer Sar


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