RETORNO A BAILÉN

RETORNO A BAILÉN

Isabel Puyol Sánchez del Águila
Nº de registro: M-006520/2013

“Querido Marcos:
Hace ya mucho tiempo que te fuiste de Bailén y desde entonces apenas nos hemos visto. Sé que te resultará extraño recibir noticias mías a través de tu correo electrónico, que me facilitó tu prima Estela, pero necesito ayuda y sé que puedo contar contigo; siempre fue así. Te resumiré la situación. Como probablemente sabes, me quedé viuda hace algunos meses. Mi hijo Tomás y yo nos vinimos a vivir a una casa señorial y bonita, de la que te he adjuntado una foto, a las afueras de la ciudad. La idea es terminar de arreglarla, le quedan algunos retoques, y convertirla en una casa rural, con el fin de alquilar habitaciones. Sería un buen negocio, y la única manera que se me ocurre de salir adelante y criar a mi hijo. Todo iba bien al principio, hasta que algo cambió y empezaron a pasar cosas extrañas en nuestras vidas. Recurro a ti por la vieja amistad que nos une, y porque eres un experto en historia y entiendes de estos temas. No he comentado nada a nadie porque quiero una absoluta discreción, dime por favor si puedes ayudarnos.”

“Querida Lucía:
Siento una mezcla de pena y alegría de saber de ti. Siento mucho que enviudaras y que tengas problemas. Pero, por otra parte, me hace feliz saber que me recuerdas y confías en mí. Yo te intentaré ayudar sea cual sea el problema, pero antes me gustaría que me detallaras en qué consisten esas cosas extrañas que os están pasando a Tomás y a ti. Cuenta conmigo.”

“Estimado Marcos:
Supongo que ya habrás visto la foto y sabrás de qué casa se trata. Alguna vez jugábamos allí de niños, aunque era peligroso por la situación en la que se encontraba. Ahora está preciosa, con esas paredes tan blancas y esos balcones que yo he llenado de macetas. A pesar del exceso de trabajo yo estaba contenta, muy ilusionada con la aventura empresarial que iba a emprender. Todo cambió de un día para otro; sin haber advertido nada extraño antes. Un día vino Tomás del colegio y tardó un rato en entrar a casa, aunque yo sabía que estaba en el jardín de atrás, que había ido allí directamente. Cuando entró en casa se apresuró a ir a por agua, pero no era para él. Cuando yo le pregunté que para quién era el agua, me dijo que para su amigo Sebastián. Así un día tras otro. Su obsesión era llevarle agua. Como la historia me parecía extraña indagué, pregunté a todo el mundo si conocían a un niño que se llamara así, porque Tomás se negaba a darme ningún tipo de información. Pero no hubo resultado. Luego empezaron unos sonidos extraños, como de un tambor, que sonaba cada día a la misma hora de la noche. Salían de la habitación de Tomás, pero él decía que era el tambor de Sebastián, que le estaba enseñando a tocar. Comenzaba a preocuparme por la salud mental de mi hijo, pero algo me hizo cambiar de idea. Fue una noche, escuché unos pasos que subían por la escalera, la temperatura bajó bruscamente y sentí una amenaza inminente. Salí corriendo hacia la habitación de Tomás y me lo encontré debajo de la cama, tiritando, pálido y horrorizado. Lo cogí del brazo y me lo llevé a mi dormitorio. Eché el cerrojo y pasé la noche alerta, tratando de escuchar y de protegernos. La sorpresa fue cuando a la mañana siguiente encontré toda la casa revuelta; todos los muebles desplazados, como si hubiera habido un terremoto. Llamé a la Policía y todo eso, pero sin resultados. Eso y un montón de situaciones insostenibles más. Si pudieras venir te lo agradecería mucho, ya que esta casa es lo único que tenemos mi hijo y yo.”

Pasé unos días investigando algunos detalles sobre la historia de Bailén, que conozco bien, pero sobre todo de la casa y la zona en la que está ubicada. También busqué ayuda especializada sobre el tipo de problema que había que resolver. No me resultó fácil, pero finalmente lo conseguí, y emprendí el viaje hacia mi tierra, que ya echaba de menos. Salí de madrugada para no llegar tarde y aprovechar el día, y a las once de la mañana ya estaba allí.
Sentí una profunda emoción al pasar por la magnífica Iglesia de la Encarnación, y la Plaza de las Palmeras. Cuántas veces habíamos paseado Lucía y yo cogidos de la mano por aquella plaza, estaba todo ya muy lejano, pero no olvidado. No me costó trabajo encontrar su casa aunque estaba muy cambiada, llena de colorido y vida. Costaba trabajo pensar que allí estuvieran ocurriendo fenómenos paranormales, si es que se trataba de eso. Lucía y Tomás me esperaban en la puerta y, después de un emocionado abrazo, pasamos dentro y comenzó a explicarme su pesadilla, mientras el niño jugaba en el jardín. No íbamos a estar solos, yo había buscado ayuda. Se trataba de una vidente de Jaén que iba a venir a reunirse con nosotros esa misma tarde, era una señora mayor muy conocida en España, y que solía desplazarse a los lugares donde se la necesitaba.
Lucía estaba más confusa y angustiada de lo que yo había imaginado. El día anterior a mi llegada había ocurrido algo muy preocupante. Fue por la tarde, a última hora, Tomás había salido al jardín a jugar con su pelota antes de la cena. De repente, se oyó un tremendo frenazo y gritos en la calle. Lucía dejó lo que estaba haciendo y salió corriendo a ver qué había pasado. El horror fue comprobar que Tomás estaba al otro lado de la calle, mientras unos vecinos le rodeaban y comprobaban que estaba bien. Según le contó a su madre, había ido a buscar la pelota porque Sebastián le había llamado desde el otro lado de la acera para que fuera a buscarla, pero justo en el momento en el que se aproximaba un camión.
-¿Has visto o notado alguna vez la presencia de ese niño? – le pregunté.
-He notado la presencia de algo malo, hay alguien o algún tipo de presencia que quiere hacernos daño. Lo noto sobre todo por las noches, siento que no estoy sola, que me observan. Eso sin contar lo de los muebles y los pasos por la escalera. Pero hay algo más preocupante aún, que me ocurrió hace tres o cuatro días. Yo iba a recoger al niño al colegio cuando sonó mi móvil. Me sobrecogí cuando vi que era una llamada desde casa, y allí, que yo supiera no había nadie. Cuando lo cogí, una voz de niño me decía: “Mamá…mamá…mamá”. Yo salí corriendo temiéndome que Tomás se hubiera escapado del colegio y estuviera solo en casa. Cuando llegué, no podía abrir la puerta, estaba como pegada con cemento. Angustiadísima empecé a aporrear la puerta y a gritar. Mis gritos alertaron a los vecinos que vinieron a ayudarme. Cuando ellos llegaron la puerta se abrió sin ningún tipo de dificultad. Entré corriendo, pero no había nadie. En ese momento me di cuenta de que hacía rato que tendría que haber ido a por Tomás. Salí corriendo hacia el colegio y me lo encontré jugando tranquilamente con la pelota, como jugando con alguien. Cuando traté de contarle lo que me había pasado, él parecía saberlo todo, asentía con la cabeza y decía: “ya, sí”. No sé, pero creo que todo esto me está superando.
Cuando Lucía más angustiada estaba, recibimos la visita de Dolores, la vidente de Jaén que, tras una conversación inicial con ella tenía una pregunta que hacerle.
-¿Has hecho alguna ouija o alguna otra práctica de ese tipo en la casa?
Después de un rato de desconcierto, Lucía le contestó:
-Sí, me temo que sí. Lo peor es que creo que fue a partir de ese momento cuando empezó mi pesadilla. Yo quería contactar con mi marido, y una amiga vino a ayudarme, pero no lo conseguimos. No contactamos con nadie, pero desde entonces tengo la sensación de que no estamos solos. Además mi hijo comenzó a hablarme de Sebastián a raíz de aquel día. Pero él no parece tenerle miedo, es extraño.
-Pero has notado algo más ¿verdad?- le preguntó mientras tomaba unas notas.
-Sí, tengo mucho miedo. Me horroriza la hora de irme a dormir y apagar las luces. Hay noches en las que noto perfectamente como si me desdoblara. No sé, siento que ando entre una tremenda oscuridad. Tengo la sensación de que en algún momento esta oscuridad me absorberá, me hará desaparecer. Es cierto, créame que noto que me deslizo por la casa, incluso bajo las escaleras, pero sintiendo muchísimo miedo, porque no sé a dónde me dirijo, temo que algo o alguien me esté llamando hacia esa oscuridad. Hay noches que ni siquiera me acuesto, ni apago la luz.
-Lo sé- dijo Dolores asintiendo con la cabeza, como si supiera de qué hablaba Lucía.
-Llevo toda la vida en Bailén y nunca he escuchado que aquí pasasen cosas de ese tipo, ya me entiende – decía Lucía mientras fumaba compulsivamente.
-Verás no te asustes, pero nada más cruzar la puerta lo he podido sentir. Aquí hay algo o alguien muy peligroso, pero tenemos que tratar de contactar con él y saber quién es. Si no lo conseguimos, siento decirte que corréis peligro.
Lucía llevó a su hijo a casa de su madre y cuando volvió comenzamos la extraña e inquietante sesión de espiritismo. Dolores colocó velas en la mesa, y los tres nos sentamos en torno a ella, en silencio agarrándonos de las manos. En el centro, en vez de un tablero de ouija había una grabadora. La vidente formulaba una serie de preguntas, en medio de la oscuridad y un silencio tenso, incluso aterrador. Luego comprobaríamos si se había grabado alguna respuesta inteligente. Resultó sorprendente e inquietante la claridad con la que la grabadora captó una voz suave, infantil, que contestaba a nuestras preguntas:
-¿Quién eres?- SÉBASTIEN
-¿Qué haces aquí?-ME ESCONDO
La grabación se escuchaba con bastante nitidez. Había mucha angustia en la voz de aquel niño, conmovía. Estaba claro que Sébastien era Sebastián, pero en Francés, con lo que le pedí a Dolores hacerle alguna pregunta yo mismo, y así lo hicimos.
-¿Es julio de 1808?- SÍ
-¿Qué hacías cuando moriste?- TAMBOR
-¿Alguien te ayudó?-SÍ
-¿Moriste en esta casa?-SOTANO
-¿Te mataron?-NO
La palabra “sótano” la repitió varias veces, mostrando una gran angustia. Pero mientras esa voz repetía la misma palabra, un fuerte golpe nos hizo girarnos sobresaltados. De repente la puerta que llevaba al sótano se abrió, como invitándonos a ir. Lucía y yo nos levantamos para acercarnos, pero Dolores nos agarró del brazo y nos hizo un gesto para que no fuéramos.
-Es muy peligroso- nos dijo con la cara desencajada.
-Sé quién es, solo se trata de un niño- le dije.
-Sí, hay un niño, pero no solo él. Cuando Lucía hizo la sesión de espiritismo abrió una puerta que le conectó con ese pobre niño, pero con algo más. En esta casa hay dos presencias, una de ellas, muy mala, que trata de utilizar a Sébastien para ganarse la confianza de Tomás y haceros daño.
Conociendo la historia de Bailén, no me resultó difícil saber quién pudo ser Sébastien. Probablemente se trataba de uno de los pocos niños que iban con el ejército napoleónico durante la Guerra de la Independencia. Eran los que tocaban el tambor, pero tuvieron que sufrir los horrores de la guerra como si se tratara de adultos. Fue la primera batalla que perdió el ejército de Napoleón en su historia, en la que también influyó el calor y la falta de agua. Fue el 19 de julio de 1808. Por eso el niño le pedía agua a Tomás, probablemente murió por la dureza de las condiciones. El escudo de Bailén muestra un cántaro de agua roto por un balazo, porque el pueblo ayudó a los soldados dándoles agua y todo tipo de apoyo. Es más que probable que alguna familia se apiadase del niño y lo escondiese en el sótano de su casa, donde seguramente poco pudieron hacer por él.
En aquel momento Dolores nos pidió que hiciéramos el esfuerzo de continuar con la sesión y contactar con ese ente. A pesar del temor que nos producía, le hicimos caso. Cuando comenzaron las preguntas, para nuestra sorpresa, solo hubo silencio; calma total. En ese momento, con ese instinto que solo poseen las madres, Lucía se levantó bruscamente de la silla:
-Hay que ir a buscar a Tomás, está con él, lo sé- gritaba alterada y con lágrimas en los ojos.
Todos salimos corriendo tras ella, pues algo nos decía que el niño podría estar en peligro. Lucía estaba en lo cierto, lo supo al comprobar que Tomás no estaba con su madre, que según ella, un niño había ido a buscarlo para jugar con él. Después de una búsqueda angustiosa pudimos comprobar cómo jugaba a caminar por la vía del tren. Todos echamos a correr para rescatarlo, casi cuando el tren estaba a punto de pasar. Él se resistía y pataleaba, sin querer abandonar a su amigo, ignorando el peligro y el hecho de que estaba solo.
Aquella misma tarde Dolores procedió a hacer una “limpieza de la casa”, con las correspondientes oraciones y rituales. Durante algunos días, Lucía se fue con su hijo a casa de su madre hasta que la casa quedara limpia de nuevo.
Ha pasado ya un mes desde que estuve en Bailén ayudando a mi amiga y recordando viejos tiempos, y justo hoy he recibido un mensaje de Lucía:
“Mi querido amigo Marcos:
Me alegra comunicarte que tu visita fue un éxito, que la casa ha vuelto a ser habitable y acogedora. Según Dolores, ese ente, o lo que fuera que fuese, era en realidad la única presencia de la casa. Utilizó la energía de aquel pobre niño para entrar en contacto con nosotros, sobre todo con Tomás. Aunque Sébastien, o mejor dicho, su alma, no estuvieron aquí, sí parece cierto que murió en este sótano. Probablemente esté enterrado en algún lugar del jardín. Han pasado dos siglos desde que murió, pero me conmueve su historia, que es la de cualquier niño que sufre los horrores de la guerra. Ayer por la noche cogí unas flores del jardín; hice un ramo precioso, y lo bajé al sótano. Luego cerré la puerta con llave. Eran unas lilas blancas con un olor que perfumaban toda la casa. Esta mañana, al despertarme y bajar a desayunar, me he encontrado una de esas lilas, a las que yo había puesto un lazo blanco, sobre la mesa de la cocina. Sé que no tiene una explicación racional, pero para mí sí tiene sentido. Pasan los siglos y cambian las circunstancias, pero la esencia de las cosas permanece
Vuelve pronto a Bailén. Tu tierra y tus amigos te esperamos.”

 

 

FIN

Imagen: “El Saboyano” de Vasily Perov


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