LAS TABAS

LAS TABAS

 Autora: Isabel Puyol Sánchez del Águila

Ref: M-005503/2014

Berta solía volver del trabajo caminando, disfrutando del paseo cuando el tiempo lo permitía. Una tarde cálida de otoño, mientras andaba por una calle solitaria, escuchó detrás de ella el sonido de las hojas al pisarse. Aquello le extrañó, ya que no había visto a nadie durante todo el trayecto. Giró la cabeza con disimulo, y vio a un joven que mantenía la mirada fija en ella. Su cara no le era del todo desconocida, pero le inquietaba. Dejándose llevar por un miedo irracional, decidió parar y dejar que le adelantara. Aquel hombre era joven y atractivo, pero había algo desconcertante en él, aunque no sabía qué era exactamente lo que le hacía diferente. Berta, sin saber muy bien por qué, sintió un escalofrío a su paso.

Aquella noche, antes de ir a dormir se aseguró de que había cerrado bien todas las ventanas y la puerta. La sensación de amenaza le acompañaba sin saber muy bien por qué. Últimamente había tenido pesadillas, pero lo que le ocurrió esta vez fue diferente. En sus sueños, una colegiala con aspecto tétrico y antigua, como las que se ven en fotos que dan escalofríos, la contemplaba mientras ella estaba en su cama. Era demasiado real para ser un sueño, pero aquella niña no podía estar en su habitación. De repente la niña extendió la mano como para tirar de ella, y Berta, presa del pánico, se escondía debajo de la cama. Lo más aterrador de todo fue descubrir por la mañana, cuando le despertaron los primeros rayos de sol, que ella no estaba en su cama, que estaba debajo, como en la pesadilla . ¿Qué le había llevado hasta allí si solo había sido un sueño?.

Lo peor era la certeza de que comenzaba a entremezclar la realidad con el sueño, y que sus pesadillas eran peligrosas. En aquella ocasión había soñado que se escondía, pero ¿y si soñaba que se suicidaba o hacía daño a alguien?. Su miedo a quedarse dormida comenzó a atormentarla. En el trabajo estaba ausente y apenas hablaba con nadie. Tampoco tenía familia, ya que se había criado en un orfanato, y la soledad le comenzaba a afectar. Temía estar volviéndose loca y aquello complicaba todos los aspectos de su vida.

Una noche especialmente oscura, temiendo ir a dormir se quedó en el salón de su casa viendo la televisión sin tener intención de ir a la cama en toda la noche, pero tal y como era de esperar, se quedó dormida. En mitad de la noche, el sonido sutil de una bisagra la despertó. Había comenzado a llover. Paralizada por el miedo fue recorriendo las habitaciones, sintiendo una fuerte corriente de aire por todo el pasillo. Finalmente pudo observar cómo el viento había abierto la ventana de la habitación que estaba al final del pasillo. Cuando se acercó a cerrarla, un relámpago iluminó el patio. El pánico de lo que vio provocó que cayera hacia atrás contra la pared golpeándose en la cabeza. Allí, en medio del patio, estaba la misma niña de sus pesadillas. Estaba sentada en el suelo, ajena a la lluvia, jugando al antiguo juego de las tabas. Casi de inmediato levantó su cabeza despacio y se quedó mirándola. El grito de Berta alertó a los vecinos, que corrieron a socorrerla cuando corría escaleras abajo. Bajaba a tal velocidad que se cayó por las escaleras. No podía entender qué le estaba pasando. Aconsejada por un compañero de trabajo fue al hospital a que le echaran un vistazo a la herida, aunque odiaba los hospitales y tampoco quería contar los detalles de por qué se había golpeado dos veces en la cabeza. ¿Quién iba a creer que una niña de otro siglo la perseguía o quería algo de ella?. Aquello carecía de sentido. No obstante, el médico al comprobar su historial le aconsejó que fuera al hospital donde la habían tratado después del accidente. Berta no quería recordar aquel trago amargo. Era un episodio de su vida que había querido olvidar, pero quizás todo tuviese que ver con alguna secuela o física o psicológica.

Sin dejar de pensar en lo que el médico le había recomendado, de vuelta a casa volvió a ocurrirle algo, esta vez más extraño. Conforme andaba por el camino de siempre, que como todos los días estaba vacío, sentado en un banco estaba aquel joven, su rostro estaba parcialmente desfigurado, pero no parecía importarle. La otra  vez que lo vio no se había fijado en ese detalle. La miró fijamente durante unos segundos y le sonrió. Berta, asustada, echó a correr, aunque estaba segura de conocerlo de algo, y eso era quizás lo que más le inquietaba, pero ¿qué podía querer de ella?.

A la mañana siguiente se dirigió al hospital donde la habían tratado, y fue allí donde recibió la impactante noticia de que en el accidente de autobús que había tenido solo se salvaron un joven llamado Gabriel, y ella. Él había salvado a Berta sacándola de un autobús en llamas, aunque Gabriel no superó las heridas y murió después en el hospital. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando recordó su cara. Era él el joven al que veía por la calle.

-¿Está segura de que murió?- le preguntó Berta a la enfermera que había accedido a contarle los detalles.

-Claro que sí, y lo más curioso de todo es que los dos estuvisteis en coma, y al despertar contabais lo mismo. Una colegiala antigua os invitaba a jugar a las tabas. Era algo aterrador. Yo nunca he creído en esas cosas, pero a raíz de esa experiencia ha cambiado mi percepción de la realidad. Carecía de lógica que los dos hablaseis de lo mismo, incluso hicisteis dibujos en los que aparecía la misma niña. Gabriel sabía que iba a morir. Fue un héroe- le dijo la enfermera.

-¿Conserva los dibujos?- le preguntó Berta.

-Los de él sí, porque nadie vino a recuperar sus pertenencias. Los tuyos los rompiste tú misma aquí en el hospital- le dijo la enfermera mientras iba a buscarlos.

Berta no daba crédito a lo que veía cuando la enfermera le mostró el dibujo, era exactamente la misma niña, pero en su dibujo la niña llevaba el crucifijo invertido.

Ahora sus temores habían aumentado, ¿significaba aquello que la niña iba a por ella?, quizás estaba a punto de volver al estado de coma, o tal vez le aguardaba la muerte igual que a Gabriel, quien había sido como su Ángel de la Guarda.

Decidida a investigar sobre la niña a la que veía, lo primero que hizo aquella tarde al volver a casa fue buscar información sobre el atuendo de la colegiala siniestra. Se trataba de un antiguo uniforme del colegio San José, el mismo orfanato donde ella se había criado, pero el atuendo de aquella niña era de finales del siglo XIX. Su aspecto era tétrico, al ser negro con un pequeño ribete en la falda y en una capa que solo tapaba los hombros. En el uniforme original, llevaban también una cruz, pero ella no se había fijado en si la niña que ella veía la llevaba invertida o no. Ahora por lo menos sabía de dónde procedía aquella presencia que la visitaba, la cuestión era saber por qué lo hacía. Otro detalle escalofriante era que perteneciera a la misma institución donde había transcurrido su infancia.

Una tarde decidió ir al colegio de San José y tratar de saber si había alguna historia oscura. La Madre Superiora se mostró reticente a hablar del tema, pero cuando supo que Berta era una antigua alumna, finalmente accedió a hablar de una leyenda negra, que ella negaba pero que acompañó al centro durante el siglo XIX. Se trataba de una niña de doce años que había muerto de forma trágica tras realizar alguna sesión de espiritismo, o algo por el estilo donde se invocaba al Demonio. A raíz de su muerte solía aparecerse a las personas que iban a morir próximamente, incluso se decía que ella solía provocar accidentes y desgracias. Pero lo cierto era que eso eran habladurías del pasado, o al menos en eso insistía la monja.

Berta tomó la decisión de olvidar tanto a la niña como a Gabriel, a pesar de estarle muy agradecida, cuando le ocurrió algo inesperado. Fue una noche mientras veía tranquilamente la televisión. De repente todos los aparatos eléctricos dejaron de funcionar y una brisa fría le heló la nuca. Se levantó lentamente y fue a comprobar si se había vuelto a abrir la ventana de la habitación del fondo. Al ver que estaba abierta de par en par, temiéndose la aterradora visión, cerró la puerta con los ojos cerrados. Un golpe extraño le hizo girarse. En el suelo, como lanzadas desde el techo, estaban unas tabas.

A pesar de ser de noche, Berta salió corriendo de casa y se dirigió al colegio de San José, a la parte del convento donde se alojaban las religiosas. Aporreó la puerta e insistió en hablar con la Madre Superiora, quien finalmente accedió a bajar de su habitación y hablar con ella. Ya estaba amaneciendo.

-¿Qué significa esto?- le dijo mostrándole las tabas a la Madre Superiora.

-¿Se las ha lanzado ya?- le dijo santiguándose.

-¿Qué ocurre?- le preguntó Berta paralizada por el miedo.

-Nunca debió recoger las tabas, porque haciéndolo usted ha aceptado la invitación a entrar en lo que es su juego macabro- le contestó consternada.

-¿Qué me va a ocurrir ahora?- le preguntaba Berta angustiada.

-Solo Dios lo sabe, pero rece mucho. Yo también rezaré por usted, y procure no estar sola- le dijo dándole la estampita de un santo, y unas palmaditas reconfortantes en la espalda al despedirse.

La sensación era aterradora, solo podía esperar a que algo terrible le ocurriera. Estaba amaneciendo y la calle estaba solitaria, solo escuchaba el eco de sus pasos acelerados. Un pájaro negro y siniestro parecía observarla desde la copa de un árbol, cuyas hojas se movían mecidas por un viento inexistente. Sintiendo el peso amargo de las tabas en su bolsillo, y sin pararse a pensar en las consecuencias, las arrojó al suelo con determinación. El miedo y la impotencia se habían apoderado de ella y comenzó a sollozar. Un silencio desolador envolvía el ambiente, pero algo le estremeció. Un delicado viendo parecía acariciarla cuando Gabriel la adelantó y recogió las tabas. Conforme se alejaba, se volvió y le sonrió de una forma dulce que le llenó de paz. Ahora sabía que estaba a salvo.

Berta se informó de dónde estaba enterrado Gabriel y fue al cementerio a llevarle unas flores y a darle las gracias.

Nunca antes había creído en la existencia de los ángeles. Ella consideraba que siempre había estado sola, y había llegado a considerarse insignificante en demasiadas ocasiones.

Mientras caminaba sola de vuelta a casa, cuando se disponía a sacar un pañuelo del bolso para secarse las lágrimas, se le cayó la estampita que le había dado la monja, y en la que todavía no se había fijado. Se quedó paralizada cuando leyó lo que ponía justo debajo de la imagen del santo:

“Grande es la dignidad de las almas cuando cada una de ellas, desde el momento de nacer, tiene un ángel destinado para su custodia”

San Jerónimo

FIN

Isabel Puyol Sánchez del Águila

Ref: M-005503/2014


3 respuestas a “LAS TABAS

    1. Muchas gracias, Milena. A mí me gusta pensar que sí, aunque en algunas ocasiones me pregunto dónde están cuando ocurren cosas tan horribles en el mundo. Pero siempre hay que pensar que no estamos solos del todo. Un abrazo.

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