ANOCHECE EN EL CABO

ANOCHECE EN EL CABO

Ref: M-005503/2014

Isabel Puyol Sánchez del Águila

Decidí volver a Cádiz- me contaba Álvaro- Me alojé en aquella misma casa de Barbate, en la espectacular playa de los Caños de Meca, lo que ocurre es que esta vez iba solo. Necesitaba saber algo. Éramos seis las personas que estábamos en la casa dos meses antes, cuando mi móvil captó una frase. Supongo que eso es lo que se llama psicofonía. Una voz de ultratumba decía: “HE VUELTO A POR TI”. Aunque no se escuchaba muy bien, se trataba de un hombre, y al utilizar mi móvil como medio para comunicarse, supe que quería algo de mí. Admito que me daba pánico, sobre todo porque he vuelto a escuchar esa frase por las noches. Yo sabía que si no resolvía algo no me dejaría en paz.

Durante el día la luz de aquella costa es tan resplandeciente que no sentía ningún temor, pero al anochecer la cosa cambiaba. La casa estaba bastante aislada, y aunque tenía unas vistas inmejorables, por la noche todo era oscuridad. A lo lejos brillaba la luz del faro, y en el cielo las estrellas. Lo que hice la primera noche fue dejar una grabadora en el salón, y a la mañana siguiente comprobaría si había captado algo. Después de haber pasado la noche inquieto, al amanecer escuché la puerta, como si alguien hubiera entrado. Bajé al salón a comprobar si había alguien allí, pero estaba yo solo. Ambas cosas me inquietaban porque un portazo en la puerta de entrada me había despertado. Tanto si había entrado un extraño como si no, la situación me desconcertaba. Una vez que comprobé que no había nadie, encendí la grabadora. El resultado me horrorizó. Una voz que era más bien un susurro decía simplemente: “YA ESTOY AQUÍ”. Inmediatamente después comenzaba a escucharse un ruido ensordecedor, como si estuviera en medio de un bombardeo, y gritos, muchos gritos desgarradores. Al mismo tiempo, un cuadro de la pared se cayó sin motivo aparente. Apagué la grabadora, cogí mis cosas rápidamente y salí por la puerta para marcharme. En aquel momento, en la entrada, dispuesta a llamar al timbre, me encontré con una señora mayor que me aseguró que venía a limpiar y a traerme la comida del día. Era cierto que entre los servicios de la casa rural estaba la limpieza y el catering, pero no la esperaba a esas horas. Para mi sorpresa, y según me dijo, al ver mi cara supo que había tenido alguna experiencia de tipo sobrenatural. De poco me sirvió negarlo, tal y como hice, para salir lo antes posible de allí, ya que de alguna manera lo sabía.

Después de una conversación mientras nos tomábamos un café, me convenció para dejarme ayudar. Me dijo que se llamaba Candela y que había vivido siempre en Barbate. Según ella, había que escuchar lo que me querían contar; estaba convencida de que podía ser algo importante. Lo que más me llamó la atención en ella era la tristeza de sus ojos, y su interés por lo que le contaba. Fue tal su insistencia que accedí a hacer la ouija con ella. Se notaba que tenía cierta experiencia en ese tipo de prácticas. Esperamos a la noche, mejor dicho a la madrugada, que era cuando había captado la psicofonía. Comenzó la sesión con unas preguntas de rigor, y luego pasó directamente a preguntar lo que le interesaba:

-¿Quién eres?- le preguntó Candela.

-BERNARDO LEÓN- fue la contestación del tablero. Se notaba una fuerte energía en la habitación, aunque tardó en contestar.

-¿Has muerto en esta casa?

-NO

-¿Por qué estás aquí?

-BAHAMA—ASESINATO- fue la desconcertante respuesta.

-¿Dónde ocurrió?

-MAR

-¿Eras marinero?- le preguntó Candela.

-CAMPESINO, CAMPESINO, CAMPESINO. ..- el vaso comenzó a marcar una y otra vez la misma palabra.

Nosotros quitamos los dedos del vaso porque comenzó a quemar mucho. Era obvio que fuera quien fuera el que nos contestara estaba muy enfadado. Lo peor vino cuando, una vez retiradas nuestras manos del vaso, éste se movió solo, marcando claramente dos palabra: PALOMA- BLANCA.

Al ver esas palabras escritas en el tablero, Candela se levantó bruscamente de la silla y despavorida echó a correr. Intenté agarrarla del brazo, pero se negó; estaba en estado de shock. Después de un rato sin saber qué hacer decidí acercarme al pueblo para hablar con ella y saber qué era lo que le había horrorizado tanto. Preguntando a la gente supe cuál era su casa y me dirigí a ella. Candela estaba visiblemente nerviosa, con una tristeza profunda. Me costó trabajo preguntarle, pero lo hice, y su respuesta me resultó terrible.

-Paloma era mi hija. Desapareció hace más de treinta años, cuando solo tenía cuatro. Llevo toda la vida tratando de contactar con ella. Si por lo menos encontrara sus restos para poderla enterrar, tendría algo de consuelo. He probado mucho con el ocultismo, y yo sabía que en esa casa ocurren cosas. La gente habla, ya sabe… Hasta hace poco más de cinco años era una casa abandonada, pero hay mucho terreno alrededor donde podría estar. Cuando el tablero ha dicho su nombre, y ha hablado de las Bahamas y de asesinato, me he venido abajo. No sé si el que contesta tiene que ver con lo que le ocurrió a mi hija, pero me ha quitado las esperanzas- dijo Candela con enorme desesperación.

Después de escucharla entendí el porqué de su insistencia en hacer la sesión de ouija, pero yo no paraba de darle vueltas a algo.

Escuche, Candela- le dije- hay algo que no cuadra. En primer lugar, ese espíritu no ha hablado de Las Bahamas, ha dicho Bahama. Pero lo más llamativo de todo es que ha utilizado la palabra “campesino” para hablar de su oficio.

-¿Qué quiere decir?- me preguntó Candela, muy sorprendida por mi observación.

-Pues que hace siglos que no se usa esa palabra, en nuestros tiempos se dice “agricultor”. Es obvio que se trata de alguien que no vivió en tiempos de su hija; no puede tener nada que ver con aquello. Quizás quiera ayudarnos…

Me despedí de ella aquel día con la promesa de que buscaría información sobre Bernardo León y seguiría la pista de la información que nos había dado. Volví a esa casa, aunque esta vez algo más nervioso. Pasaría la noche tratando de indagar en la historia. Me preparé una cafetera y coloqué mi ordenador en una mesa junto al ventanal que daba al mar. Solo se escuchaban las olas y el viento golpeando contra los cristales. Había una luna llena muy luminosa, prácticamente podía desplazarme por la casa sin encender la luz. Me inquietaba la idea de que podría no estar solo, y lo peor de todo, ¿quién era esa presencia y por qué decía que venía a por mí?.

Cuando me quise dar cuenta me había quedado dormido sobre el teclado, y al abrir los ojos algo insólito me dejó petrificado. En el alféizar de la ventana, inmóvil y observándome, había una paloma blanca que sujetaba una margarita en el pico. La luz de la luna la iluminaba de tal manera que parecía resplandecer. Las palomas no son aves nocturnas, por eso me froté los ojos pensando que aún estaba medio dormido. Permaneció unos minutos antes de desvanecerse. Era obvio que me faltaba descanso.

Según había comprobado, Bahama no era un lugar, fue un navío español que participó en la Batalla de Trafalgar, contra la armada británica el 21 de octubre de 1805.  Las batallas que se pierden suelen olvidarse, así como las personas que participaron en ella. Campesinos y ancianos que nunca había subido a un barco fueron obligados a participar en la batalla. Muchos de los recién reclutados marineros desertaron, otros murieron y algunos fueron hechos prisioneros. El Bahama es un misterio, ya que no se sabe exactamente qué le ocurrió. Lo más probable es que se hundiese después de la batalla. Probablemente eso era lo que Bernardo León había tratado de decirme por medio de la Ouija. Seguramente él fue uno de los campesinos reclutados a la fuerza, y trataba de decirnos que su destino fue el fondo del mar. Lo único que no parecía encajar eran las dos palabras “PALOMA- BLANCA” marcada por el tablero. Quizás era solo su deseo de paz, pero era muy desconcertante.

Cuando más concentrado estaba en mis pensamientos, un golpe me sobresaltó. Era la puerta, como si alguien quisiera entrar a esas horas de la noche. Con cierta precaución fui a abrir, y allí estaba Candela, con sus ojos fijos en los míos.

-Vamos a intentar contactar. Sea quien sea esa persona, sabe algo. Alguna pista me podrá dar- me dijo con insistencia, agarrándome del brazo.

Preparamos todo para la sesión, pero esta vez sería yo quien haría las preguntas. Había tensión en la atmósfera, y una mezcla de emociones, que fluctuaban entre el miedo y la esperanza. Después de varios intentos frustrados de contactar, cuando ya íbamos a abandonar la sesión, el vaso se movió solo, dejándonos nuevamente petrificados. Después nos confirmó que se trataba de Bernardo León. Había sido obligado a embarcarse, teniendo que dejar a su hija abandonada, y sabiendo que su destino cruel sería morir de hambre. También nos dijo  que él se hundió con el barco, y nos aclaró que aquella había sido su casa. Con la voz temblorosa le pregunté:

-¿Sabes qué le ocurrió a Paloma?-

-PREGÚNTALE A ELLA- fue la terrible respuesta del tablero.

En ese momento me giré para mirarla y estaba pálida e inmóvil. Durante unos segundos me quedé sin habla, sin saber qué quería decir exactamente aquella frase. Entones, sin que nadie tocase el tablero, la tablilla se movió sola, marcando una enigmática frase.

-PALOMA- BLANCA -MARGARITAS- BUSCA.

Al reflejarse la respuesta, Candela de derrumbó y empezó a llorar, gritando una y otra vez: “PERDÓNAME, HIJA, PERDÓNAME…”

Sin darme tiempo a reaccionar, fuera de sí por el dolor, salió corriendo desapareciendo otra vez por la puerta…”

La cuestión era saber por qué Candela pedía perdón a su hija, ¿La había matado ella?, y si la había matado, ¿Por qué no sabía dónde estaba su cadáver?. Pronto me enteraría. Otro enigma eran las palabras  BLANCA Y MARGARITAS.

Al día siguiente vino a verme y me lo contó. Treinta años atrás convivía con un hombre que la maltrataba, y sentía celos de la niña que Candela tenía de una relación anterior. No tuvo valor para poner fin a todo aquello. Un día le pegó una paliza y la dejó inconsciente; cuando se despertó ni la niña ni su pareja estaban allí. No volvió a saber nada de su hija, fue como si la tierra se hubiese tragado a los dos. Toda su vida vivió con esa angustia y ese cargo de conciencia. Denunció su desaparición y los malos tratos, pero la culpa iba matándola día a día por no haber evitado lo que acabó sucediendo. Candela quería saber si seguía viva o estaba muerta, y si lo estaba, quería encontrar su cuerpo para enterrarla. Lo cierto es que lo que más necesitaba era su perdón.

Mientras yo trataba de reconfortarla en su llanto amargo, otra vez volvió a aparecer la paloma blanca con la margarita en el pico. Obviamente aquello era un mensaje.

Después de buscar por todas partes, nuestros pasos nos llevaron a un pequeño rincón junto al acantilado. Había margaritas rodeando una roca, que finalmente conseguimos mover. Allí enterrados estaban unos huesos y una caja muy vieja y humilde. La Policía posteriormente nos confirmó que eran los restos de Paloma y que la caja de madera databa de 1805 y contenían los restos de una niña, que sin duda se trataba de Blanca, la hija de Bernardo.

Candela dio sepultura a su hija, y ella misma decidió enterrarla junto a Blanca. Era lo único que ya podía hacer por ella y era la única forma en la que podía agradecerle a Bernardo su ayuda. Me entristecía imaginar el momento en el que Bernardo veía cómo se hundía en el barco, y su hija se quedaba sola. Era fácil suponer que soñaba con poderle decir a su hija: “HE VUELTO A POR TI”. A pesar de la lejanía en el tiempo, su localización y entierro eran una forma de volver a por ella.

La noche en la que me despedí de Candela, cuando le estaba dando un abrazo, dos bellas palomas blancas, como aparecidas de la nada, volaban juntas sobre el cabo.

Imagen: Obra del pintor Iván Aivazovsky “Crimea”

 

FIN

 


2 respuestas a “ANOCHECE EN EL CABO

  1. Genial otra vez Isa. Muy buen compaginada la realidad con tus conocimientos d lo paranormal. La intriga y el interés por el relato están garantizados.
    Un abrazo

    Me gusta

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