LA FLOR DE LA VERDAD

LA FLOR DE LA VERDAD

Nº Registro: M-006319/2015

Isabel Puyol Sánchez del Águila

Corría el año 1892 cuando Ramiro, esposo de la marquesa de Pedraza, sufrió una terrible pérdida. Una fría tarde de otoño su joven e idolatrada amante, Isolina, falleció a causa de unas fiebres. Su dolor era doble, ya que ante la sociedad y ante su esposa tenía que fingir normalidad. Él solía pasar las tardes en el casino, aunque también era aficionado al espiritismo, y solía reunir a su grupo de amigos para organizar sesiones; actividad que desagradaba a su esposa, pero consentía. Al finalizar uno de esos días interminables  en los que no había tenido reuniones ni salido de casa, después de la cena, estando en el salón, y una vez que la marquesa ya se había acostado, llamaron a la puerta. Extrañado por la hora, se apresuró a abrir. Allí, en la puerta, estaba un muchacho de no más de once años que le entregó una cajita sin mediar palabra. Después de pedir una propina echó a correr y desapareció. Extrañado, abrió la caja con cierto temor. Dentro halló una carta dirigida a él, que leyó de inmediato, teniéndose que sentar por la impresión. Era de su querida Isolina.

“Mi amado Ramiro:

Cuando lea esta carta significará que he muerto, que ya me he reunido con el Altísimo. Sé que era grande el afecto que me profesaba, y que usted nos ayudó mucho a mi madre y a mí cuando vivíamos de la caridad, incluso me enseñó a leer y a escribir. Pero siempre he tenido una duda. ¿Acaso sus atenciones se debían al deseo que le provocaba mi juventud, o había algo más?. Necesito saber si fui el entretenimiento de un hombre al que solo le importaba la fortuna de su esposa y sus pasiones, o si realmente me amó. Si realmente fue amor, deposite una rosa roja en mi lápida esta misma noche. Yo, por mi parte, le demostraré, como usted deseaba, que hay vida después de la muerte. Le enviaré alguna señal desde el otro lado.

Siempre suya, Isolina”

Aquellas palabras dejaron a Ramiro sin aliento, teniendo que beber una copa para recomponerse. Pasado un rato, y viendo que su esposa ya se había dormido, salió de la casa con una rosa de las de los jarrones de su salón. Le costó trabajo encontrarla, ya que la marquesa siempre adornaba la casa con claveles blancos, porque sabía que era la flor favorita de Ramiro. Con bastante temor y desconcierto se dirigió por las calles silenciosas hasta el aún más silencioso cementerio. Solo escuchaba sus pasos, y aquel temor le obligaba a volver la cabeza hacia atrás cada poco tiempo. El cementerio producía pavor a esas horas; no solo la humedad, también aquel silencio calaban los huesos .Una vez delante de su tumba, lleno de tristeza y de incertidumbre, depositó la rosa, dándole primero un apasionado beso a sus pétalos.

-Aquí tienes tu rosa, mi amor. Espero tu señal- dijo abandonando el cementerio con lágrimas en los ojos.

De vuelta a casa ya no sentía temor, solo la enorme tristeza que produce la despedida. A Isolina la había visto crecer, desde que aquella mañana de frío invierno cuando vio pidiendo limosna a una mujer con su pequeña hija. Él sintió compasión por ellas y le ofreció trabajo a la mujer para servir en su casa. Respecto a la niña, él y su esposa se ocuparon de que las monjas le dieran una buena educación. Pero conforme la pequeña iba creciendo, Ramiro no pudo evitar sentir algo mucho más fuerte que el afecto, y convertirse en su amante.

Una vez en casa, comprobó con alivio que su esposa dormía plácidamente. Aquella noche no pudo dormir, pero no solo por la tristeza; se preguntaba si realmente Isolina le enviaría alguna señal, o no. ¿Qué tipo de señal le podía enviar?. Pronto saldría de dudas.

Una noche, de vuelta del casino, su mujer le esperaba con una amplia sonrisa, cosa que sorprendió a Ramiro.

-Ha sido un bonito detalle, Ramiro- le dijo la marquesa, dejándolo desconcertado.

-¿A qué te refieres?

-A esta bellísima rosa que me has dejado sobre la cama- le contestó con una cariñosa sonrisa.

Ramiro se quedó sin habla; por fin había comprobado que sí había algo después de la muerte. Pero no solo eso le conmovió, él se sentía emocionado de pensar que Isolina le había escuchado y correspondido en su amor, ya que él también tenía dudas.

No pasaron muchos meses cuando la tragedia volvió a golpear a Ramiro. Su esposa falleció sin que nadie lo esperara, dejando a todo su entorno, y a la sociedad de su época conmocionados. Un frasco vacío de alguna medicina apareció junto a su mesilla de noche.

Varios días después, en una de esas largas tardes de invierno, mientras miraba por su ventanal, llamaron a la puerta. Sorprendido por la hora, fue a comprobar quién era. Se trataba del mismo niño de la otra vez con otra cajita. En esta ocasión otra vez había una carta dentro.

“Mi adorado esposo, Ramiro:

Cuando recibas esta carta estaré ya junto a Dios. Solo quería decirte que la otra carta te la escribí yo misma. Hacía tiempo que sabía que la joven Isolina era tu amante, pero quería saber si la amabas. Mi esperanza era que se tratara de una pequeña ilusión o pasión pasajera, pero no era así. Aproveché tu interés por el espiritismo y los temas ocultos para comprobarlo. Yo sabía que si llevabas aquella rosa a la tumba, era porque realmente la amabas, como por desgracia pude comprobar. Mis peores sospechas se confirmaban, junto con la seguridad de que me habías desposado por mi título y la riqueza de mi familia. Solo quería que lo supieras, así como mis auténticos sentimientos por ti que, para mi desgracia, no fueron nunca correspondidos.

Tu fiel y amante esposa, María Pía, Marquesa de Pedraza”

Ramiro no pudo contener las lágrimas ni el sentimiento de vergüenza al leer la carta, ¿cómo había sido tan estúpido de caer en una trampa tan simple?. Pero lo que más le atormentaba era el amor de su esposa, que él había traicionado, y lo peor de todo, era que se había quitado la vida a causa de su engaño.

Aquella misma noche, encontrándose solo en la casa, apagó las luces y se fue a dormir. Conmovido por la tristeza entró en su triste y vacía habitación. Sintió cómo su corazón dejaba de latir durante unos segundos, impidiéndole casi respirar ,cuando comprobó que un resplandeciente clavel blanco estaba sobre su cama.

FIN

Imagen:V. Hammershoi, “El coleccionista de monedas”


5 respuestas a “LA FLOR DE LA VERDAD

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