EL CASO DE LA AMANTE IMPROBABLE

EL CASO DE LA AMANTE IMPROBABLE

Nº Registro: M-006319/2015

Isabel Puyol Sánchez del Águila

 

El detective privado Herrera tuvo que resolver un extrañísimo caso, lo cual agradeció en aquel gris momento de su vida. Esto era algo diferente. Todo ocurrió así:

Estando una tarde de otoño a punto de cerrar el despacho, ya que nadie había aparecido por allí, un hombre de mediana edad y muy abrigado para la temperatura que hacía pidió permiso para pasar. Sus modales eran exquisitos y su forma de hablar pausada, a pesar de la angustia que le corroía por dentro. Herrera, después de una breve conversación inicial, le invitó a contarle qué quería de él.

-Se trata de mi hijo. Hace un año que no sé nada de él- le dijo mostrándole un retrato.

-¿Quiere que averigüe su paradero?- fue la lógica pregunta de Herrera.

-No es eso exactamente lo que me preocupa. Él se marchó porque ese fue su deseo, y sé que aparecerá cuando yo fallezca, y haya una herencia de por medio.

-No entiendo qué le preocupa, entonces- le interrumpió Herrera.

-Son varias cosas. Quiero saber a quién está viendo mi hijo, si es que está viendo a alguien. Hay quien afirma haberlo visto frecuentando un barrio del centro, y en compañía femenina. Por alguna razón la oculta. Quiero saber quién es.

-Discúlpeme, pero si no he entendido mal, a usted le preocupa la novia o amiga de su hijo, ¿puedo saber por qué?- le preguntó Herrera con mucha curiosidad.

-Quiero saber por qué la oculta. Quizás se avergüenza de ella, o se trate de un amor prohibido, y lo peor, que sea una cazafortunas. Pero hay algo más, ¿Y si no existe tal novia?. No me tome por loco, pero hay quien afirma haberlo visto solo pero hablando con alguien. No creo en fantasmas, pero sí, y mucho, en la locura. Ayúdeme, por favor, le aseguro que seré generoso. Por cierto, me llamo Fernando de Castro, y soy el marqués de Prados, pero no utilizo jamás el título.- dijo despidiéndose de Herrera, una vez se había asegurado de que él llevaría su caso.

El detective se sintió desorientado ante un caso tan insólito, pero a la mañana siguiente comenzaron sus pesquisas. Necesitaba el dinero y no parecía una búsqueda difícil. Comenzó por ir al viejo café que el marqués le había dicho que frecuentaba. El camarero vio el retrato, pero le aseguró que no lo había visto nunca. Tras buscar al joven por todas partes, llegó a la conclusión de que probablemente usaba otro nombre, y era más que seguro que al saberse buscado había cambiado de barrio.

Tras varios días infructuosos se dio cuenta de que le faltaba información, y decidió ponerse en contacto con el marqués. Buscando por los cajones su tarjeta, se dio cuenta de que no le había dejado ningún dato de contacto. Recordó que él le había dicho que se pasaría por la oficina, de modo que solo podía esperarle.

Serían las seis de la tarde cuando el marqués apareció por la oficina preguntando por los resultados. Herrera no tuvo más remedio que contarle la verdad, es decir, que no había sabido nada de él. Fue entonces cuando el marqués le aportó algo más de información.

-Puede que mi hijo Leopoldo frecuente con su amante algunos de los lugares a los que le gustaba ir cuando era muy joven. Si pretende esconder a su querida, quizás la finca que poseo en Extremadura es un buen lugar. Lo que ocurre es que hace demasiado tiempo que no voy por allí, de modo que no estará muy habitable- le dijo el marqués al detective indicándole la dirección.

Herrera se sentía incómodo ante la idea de entrar en una propiedad privada y esperar allí en la más absoluta soledad, pero se había comprometido a hacerlo. A la mañana siguiente partiría para Extremadura.

La gente del pueblo más cercano se extrañó de que él estuviera allí.

-Esa finca está en estado de abandono desde hace unos diez años. No tiene sentido ir allí- le dijo uno de los vecinos del pueblo.

Herrera salió de la situación como pudo, diciendo que estaba interesado en comprar la finca y que iría a echar un vistazo.

Cuando llegó al caserón sintió ganas de echar a correr. Le producía pavor estar solo allí al llegar la noche. Había algo muy inquietante en el ambiente, más de lo que ya de por sí hay en cualquier lugar abandonado. Fue recorriendo las estancias apartando telarañas y abriendo puertas que crujían. No había rastro de vida, no había ni siquiera gatos, y la mala hierba devoraba el jardín, trepando incluso por la pared. Pero algo iba a pasar, lo presentía.

Al caer la noche trató de acomodarse en un sillón cubierto por una sábana, pero algo le sobresaltó. No había escuchado la puerta, pero sabía que no estaba solo. Alguien había entrado en la casa muy sigilosamente. Se levantó con mucho cuidado y fue a comprobar quién era. Ya lo había encontrado. Era el mismísimo Leopoldo, y no estaba solo. Ahora tendría que fijarse en quién le acompañaba. Ahí mismo, ante sus ojos estaba el joven hijo del marqués viviendo una apasionada aventura amorosa, pero no era una joven, era un hombre de su misma edad. Ambos parecían muy enamorados, pero escondían su pasión.

Ahora comprendía por qué escondía su relación. Corría el año 1900, y en aquella época ese tipo de relaciones eran consideradas pecaminosas y reprobables. ¿Cómo le contaría aquello al marqués?

Regresó a Madrid y esperó a la visita de su cliente, que finalmente se produjo. Como era de esperar, aquello le iba a resultar inaceptable, pero tenía que decírselo. Invitándole a un vaso de coñac le contó lo que había visto, pero él no pareció inmutarse, como si ya lo supiera.

-,¿Por qué me ha hecho ir hasta allí si ya lo sabía?- le preguntó asombrado.

-Porque quiero que le entregue usted esto- le dijo colocando una carta sobre la mesa.

-¿Por qué no va usted mismo a la finca y lo deja sobre la mesa del salón?- le sugirió Herrera.

-Porque no quiero ir por allí, me trae malos recuerdos- dijo marchándose.

Herrera hizo tal y como le había indicado el marqués. Repitió la operación de meterse en aquella propiedad abandonada y depositó la carta, pero esta vez no se quedó a pasar la noche.

Al salir, de camino a la estación, volvió a encontrarse con el vecino curioso de la otra vez.

-¿Por qué ha vuelto usted por aquí?- le preguntó el vecino.

-Porque quiero ultimar detalles de la compra con el marqués- le contestó.

-¿Qué marqués?- le preguntó con asombro.

-El marqués de Prados- le contestó Herrera

El vecino comenzó a reírse ante la ocurrencia del forastero.

-El marqués de Prados murió aquí hace diez años, después de matar a tiros a su hijo y a otro hombre que, según dicen, eran amantes. Aunque eso yo no me lo creo, parecía un chico sano. Esas cosas no pasan, yo creo que se le fue la cabeza, por eso los mató y luego se suicidó él.

Perplejo ante las palabras de aquel hombre corrió de vuelta a la casa y abrió la carta. Solo eran unas pocas frases, pero lo suficiente para comprender cuál había sido su misión.

“Querido hijo, Leopoldo, necesito tu perdón. No consigo descansar en paz, y no he encontrado un mejor medio de pedírtelo. Me hubiera gustado tenerte delante y abrazarte, si te llega esta carta, sé que podré hacerlo.

Tu atormentado padre”

Herrera dejó la carta sobre la mesa y se marchó, pero esta vez comprendiendo que había hecho bien su trabajo.

FIN

Imagen: Desnudo de espaldas del pintor William Mirrett Chase

 

 

 

 

 


2 respuestas a “EL CASO DE LA AMANTE IMPROBABLE

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