BAJO EL ABETO GRANDE

BAJO EL ABETO GRANDE

Nº Registro: M-006319/2015

Isabel Puyol Sánchez del Águila

En la primavera de 1856 doña Clotilde enviudó repentinamente, y quedándose inesperadamente en la más absoluta de las ruinas. Su difunto esposo la había dejado ahogada en el dolor y en las deudas. Tras vender todas sus propiedades se vio en la necesidad de casarse nuevamente, para lo que pidió ayuda al confesor de la familia, el padre Jerónimo. Él se comprometió a esmerarse en la labor, y finalmente encontró un candidato para ella.

-Se trata de don Gervasio Gascón, un viudo adinerado de las mejores familias de Madrid- le aseguró el padre Jerónimo.

-¿Por qué ha accedido a casarse conmigo?, supongo que no le faltan damas a las que pretender. Yo soy consciente de no ser ya muy joven y tendrá que hacer frente a mis deudas.

-Esa es la clave. Hay algo por lo que una joven enamorada no pasaría. Verá, Clotilde, yo convencí a don Gervasio de la conveniencia de acallar rumores. Parece ser que tiene una amante que, aunque pone esmero en disimular sus visitas, le frecuenta habitualmente. Si contrae matrimonio con usted, cualquier otra mujer puede pasar por ser una de sus amistades, ya que nadie conoce a esa misteriosa joven- decía con seguridad el padre Jerónimo.

-¿Debo hacerle saber que estoy al corriente de la existencia de esos amoríos?

-Sea usted discreta y no pregunte nada. Haga como si no existiera. Yo se lo aconsejo, ya que no creo que él esté dispuesto a renunciar a ese pecado, ya sabe que la carne es débil.

Convencida doña Clotilde de ser ella algo así como una penitencia, contrajo matrimonio con el excéntrico viudo. Ya en la noche de bodas, Gervasio le dijo que no consumaría el matrimonio, y que ambos dormirían separados. Clotilde no replicó, ya que su interés por su recién estrenado marido era exclusivamente económico.

La primera cena como matrimonio fue peculiar. El servicio había puesto la mesa para tres, y no esperaban invitados a cenar. Clotilde, asombrada le preguntó la razón.

-Es por si tenemos visita; siempre hay que estar preparado- fue la escueta respuesta de Gervasio, que siguió cenando sin inmutarse y sin dar ningún tipo de explicación.

Recordando los consejos del padre Jerónimo, Clotilde no volvió a preguntar nada, aunque era obvio que la casa estaba preparada para alguien más. La curiosidad y el aburrimiento hizo que ella se dedicara a tratar de conocer quién era la sigilosa amante de su esposo. Ella podía dar largos paseos por la casa y alrededores, excepto por un rincón del jardín, donde había un abeto majestuoso, enorme. Desde el primer día, Gervasio le había dicho:

-No te acerques al abeto grande, es un lugar algo peligroso- fue su insólita frase, sin dar ningún tipo de explicación.

Clotilde, aunque era consciente de que aquello carecía de sentido, no se atrevió a preguntarle por qué, y simplemente se limitó a obedecer.

Cada noche escuchaba cómo se abría despacito la puerta de la habitación de su marido, pero cuando se asomaba no veía nada, hasta que una noche sí consiguió ver algo. Escuchó unos pasitos delicados que pisaba las hojas secas del jardín, y se asomó a la ventana. Con toda claridad vio a una joven deslizarse por la puerta con toda facilidad. Decidida a saber si era ella la amante, bajó al salón, aunque procurando no ser escuchada. La joven, lejos de ir a la alcoba de Gervasio, fue al comedor y cenó. Agripina, la anciana ama de llaves, le servía la cena y se mostraba cariñosa con ella. Para sorpresa de Clotilde, una vez que hubo cenado, Agripina le dio una bolsita con lo que parecía dinero, y volvió a marcharse.

La escena se repetía cada noche, hasta que Clotilde decidió bajar a recibirla ella misma y saber quién era, aunque sabía que era arriesgado. En el momento en el que se disponía a bajar las escaleras, alguien o algo le empujó con fuerza haciéndole rodar escaleras abajo. Durante su convalecencia era Agripina quien cuidaba de ella, pero guardaba silencio respecto a lo ocurrido. Hasta que finalmente Clotilde le suplicó.

-Dígame si hay alguien más en esta casa, y por qué viene esa joven cada noche. Necesito saber si corro algún peligro.

-Digamos que usted, señora, corre peligro solo si sigue persiguiendo a la joven Lucrecia. Haga como que no ve nada, ni a nadie- fue la misteriosa respuesta de Agripina.

-¿Quién me empujó?, y ¿quién es Lucrecia?.

-Quien le empujó solo pretende proteger a Lucrecia- dijo Agripina dándose la vuelta y concluyendo la conversación.

Pasaban los meses y Clotilde se sentía cada vez más insegura en aquella casa. El comportamiento de su esposo le hacía sospechar que convivía con alguien peligroso .¿Habría sido capaz Gervasio de empujarla por las escaleras tan solo por fisgar quién entraba en su propia casa?.

Una mañana ocurrió algo determinante para que Clotilde tomara una decisión. Se había puesto un traje verde algo escotado, aunque no mucho. Gervasio la miró de arriba abajo y le pidió que se cambiara de vestido. Ella lo hizo, aunque con mal gesto. A la vuelta del paseo vio a una de las doncellas metiendo trozos de tela en un hatillo , al acercarse pudo comprobar que era su vestido hecho pedazos. Al preguntarle quién había hecho eso, la doncella, mirando al suelo contestó: “Ha sido ella”, y sin decir ni una sola palabra más salió de la casa para tirar los restos de su vestido.

Clotilde se apresuró a ir a la iglesia a hablar con el padre Jerónimo. Después de detallarle cómo era la joven que aparecía cada noche en la casa y las agresiones que había sufrido, las palabras del párroco solo le llenaron de angustia.

-La mujer que frecuenta a su esposo no se corresponde con la descripción que hace usted de esa misteriosa joven. Puede que esta sea otra aventura, porque lo cierto es que hace tiempo que nadie ha visto a la mujer que le frecuentaba- le contaba en voz baja el padre Jerónimo.

-¿Como murió la esposa de Gervasio?

-Se cayó por las escaleras; una desgracia…- le contestó el párroco, dejando a Clotilde en estado de shock.

De vuelta a casa, no tenía dudas; convivía con un asesino. Se preguntaba si sería ella la siguiente. Aquella noche, después de la cena con un plato de más en la mesa, como siempre, se dirigió a su habitación. Ambos, Gervasio y ella habían permanecido en silencio, casi sin atreverse ni a cruzar las miradas.

Mientras dormía, algo le despertó. Dirigiendo su mirada hacia la puerta pudo comprobar que alguien la había abierto. Se levantó presa de pánico a cerrarla cuando pudo ver una sombra que bajaba por la escalera, sin poder llegar a distinguir de quién se trataba, aunque parecía una mujer. Se encerró en su habitación, colocando un sillón delante de la puerta, y después de comprobar que no había nadie ni debajo de la cama, ni en los armarios, se dispuso a recoger sus cosas. Se marcharía de allí, porque no tenía dudas de cuál sería su destino si se quedaba.

De madrugada, con un pequeño equipaje se dirigía a la puerta, cuando allí delante impidiendo su paso estaba Agripina.

-No se vaya, señora- le dijo con un tono misterioso, casi susurrando.

-Aquí corro peligro- le contestó Clotilde.

-Si demuestra afecto a Lucrecia estará a salvo- le volvió a decir con tono misterioso.

-No entiendo nada, ¿quién es Lucrecia?- le preguntó Clotilde con desesperación.

-Está bien, tengo que contárselo. Lucrecia es la hija ilegítima del señor; fruto de una relación pecaminosa. El señor mantenía una relación con otra mujer a pesar de estar casado. Cuando la difunta señora se enteró de que tenía una hija a consecuencia de aquella infidelidad, mató a la madre de la niña con un abrecartas de plata que le había regalado el señor. Pero ahí no quedó todo, intentó matar a la niña también. Don Gervasio nunca ha admitido la existencia de esa hija, pero nunca le ha faltado nada, aunque a escondidas, le ayuda- le contaba Agripina bajando la voz, y mirando en todas direcciones.

Después de tratar de recuperarse por lo que acababa de escuchar le preguntó por qué había sufrido ella agresiones, y quién era la persona que le atacaba.

-Verá, señora, yo nunca antes había creído en esas cosas, porque suelen ser habladurías, pero ahora es diferente. El señor, para proteger a su esposa, cuando se enteró de que había matado a su amante, la enterró en el jardín, debajo del abeto grande. Desde entonces hay quien asegura haberla visto por aquí. Yo misma fui testigo de cómo una fuerza inexplicable empujó a la difunta señora por las escaleras.

-Pero yo no tengo nada que ver con eso, ¿por qué sufro yo también su ira?- le preguntó Clotilde.

-Ella teme que su rechazo impida que el señor siga ayudando a Lucrecia. Esa era su obsesión, que a su hija no le faltara nada- le susurró Agripina sin perder de vista las escaleras por las que podía bajar Gervasio.

Tras una larga etapa de sinsabores y esfuerzos, finalmente Clotilde consiguió lo que parecía imposible. Lucrecia fue adoptada por Gervasio y comenzó a vivir con ellos. Respecto a la madre, consiguió que recibiera cristiana sepultura, aunque para evitar preguntas y responsabilidades penales, la enterró en una finca que poseía en Córdoba, en un bello cementerio familiar.

Gervasio había cambiado, ahora parecía más vivo y en paz que nunca. Atrás quedaron los secretos y las tensiones que carecían de sentido y le hacían sentir tan culpable. Poco a poco iban creciendo en él unos sentimientos por Clotilde muy alejado del frío interés que había motivado su casamiento.

Fue una preciosa noche de verano, cuando ambos habían decidido compartir el lecho por primera vez, al levantar las sábanas se quedaron sin habla. El abrecartas de plata con el que su esposa había matado a la madre de Lucrecia estaba allí, como esperándola, a pesar de que Gervasio lo había enterrado junto a su cuerpo para ocultarlo y para olvidarlo.

FIN

Imagen: obra de Gregory Frank Harris “Tea in the Garden”

 

 


2 respuestas a “BAJO EL ABETO GRANDE

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