A PROPÓSITO DE LA MUJER DE PORCELANA

A PROPÓSITO DE LA MUJER DE PORCELANA

M-006319-2015

Isabel Puyol Sánchez del Águila

Era la misma línea de metro de siempre, y me subí a la misma hora, las diez de la noche, lo que ocurre es que esta vez iba yo solo, y no sé por qué sentí miedo por primera vez en mucho tiempo. Las luces comenzaron a parpadear y solo se escuchaba el sonido mecánico de las ruedas y el parpadeo de los focos. Durante unos segundos las luces se apagaron, fue poco rato, pero se mi hizo eterno. Hubo un momento en el que no fui capaz de saber si habíamos parado o si no, justo antes de que volviera la luz. Fue entonces cuando comprobé que no estaba solo, que había más gente. Nadie me miraba, era como si fueran en otro tren, como si yo no existiera. Ninguno de ellos parecía verme, excepto una mujer. Instintivamente bajé la mirada sin atreverme a mirarle a los ojos, pero podía sentir cómo me observaba. Solo quería llegar a la próxima estación para bajarme. Lentamente giré la cabeza y comencé a mirarla desde los pies hacia arriba; no tenía expresión facial. Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando comprobé que llevaba una máscara. Aparté rápidamente la mirada de ella y me quedé temblando, mirando hacia el suelo y sin atreverme a mover un músculo. La luz volvió a titilar, y justo delante de mí estaban unos viejos zapatos. Al levantar lentamente la vista vi que era ella. Aquella mujer de rostro de porcelana permanecía inmóvil ante mí, y parecía querer algo. Intenté buscar ayuda y miré en el vagón, pero eran otros rostros diferentes a los de antes, y tampoco parecían verme. Aquello era una trampa; no tenía ninguna duda. Siempre tuve enemigos al ser un abogado muy competente; muchas víctimas se consideraban injustamente tratadas cuando sus agresores quedaban libres. O quizás era una alucinación, ya que esa noche había bebido algunas copas a la salida del trabajo. Pensé que lo mejor era preguntarle qué quería y así lo hice. Ella se limitó a mirarme fijamente. Entonces extendió en brazo y me agarró. Comenzó a tirar de mí con una fuerza inusual. Cuando más angustiado estaba, el tren llegó a la siguiente estación. Ya no había nadie en mi vagón; estaba yo completamente solo, ella también había desaparecido, y en el andén había algunas personas que subieron. Al verme en estado de shock se acercaron a ayudarme. Ahora todo parecía diferente, como si hubiera salido de alguna especie de Infierno y en aquel momento hubiese vuelto al mundo real. No tardé mucho en percatarme de que acababa de pasar por la llamada “Estación fantasma de Chamberí”, clausurada el 22 de mayo de 1966, y que tantas leyendas oscuras generó en Madrid desde el mismo día en el que dejó de funcionar. Yo nunca había creído en esas cosas, pero algo me acababa de pasar, y yo lo interpreté como un mensaje. Aquella mujer parecía haber llegado del otro mundo para mostrarme su hostilidad.

Al llegar a casa busqué entre mis casos, no tenía sueño, así que dedicaría la noche a esa búsqueda.

Después de revisar la ingente cantidad de información que tenía en mi despacho, recordé algo. Tuve un caso tremendo a comienzos de mi carrera. Una joven había sido rociada con ácido por su pareja, a quien yo conseguí dejar en libertad. No volví a acordarme de aquello, pero ahora quería saber qué fue de ella. Yo ya no era el joven abogado de antes, al que solo le importaba el dinero y el éxito; otro tipo de intereses parecían aflorar dentro de mí.

No encontraba rastro de aquella mujer en ninguna parte; era como si se la hubiera tragado la tierra, pero finalmente conseguí la dirección de su madre, que todavía vivía. Al principio se negó a recibirme, pero tras mi insistencia accedió a dejarme entrar en su casa. Después de una conversación inicial donde me disculpé por lo que yo en aquel momento ya consideraba mi gran error, ella me dijo que su hija se había suicidado. Había pasado varios años sin salir de casa y llevando una prótesis facial. En su momento comprendí su dolor, pero mi carrera era más importante. Al conocer su historia supe que ella no descansaba en paz, y que reclamaba justicia desde el Otro Lado.

Mi acción llegaba tarde para ella, pero aún así, me dediqué durante todo un año a buscar pruebas contra el asesino de la mujer de la máscara. Finalmente lo conseguí, ya que otras mujeres habían padecido también su violencia y crueldad. Facilité a su madre todo la información, y le ayudé en todas las gestiones, hasta que consiguió ganar el juicio. Habíamos logrado que el asesinato y el dolor de su hija no quedaran impunes, y habíamos ayudado a otras muchas mujeres.

Aquel día recordé la célebre frase de Horacio: “La justicia, aunque anda coja, rara vez deja de alcanzar al criminal en su carrera”.

Muchas veces me pregunto qué me ocurrió aquel día al pasar por la estación fantasma, yo diría que en ese lugar hay una puerta de conexión entre este mundo y el otro. Está claro que Susana, que así se llamaba la joven de la máscara, me estaba esperando para pedirme ayuda. Hay quien opina que solo fue mi propio sentimiento de culpa, y yo había llegado a creerlo, hasta hace un par de días. Paseando por la calle, camino del trabajo, pasé por un contenedor lleno de escombros; encima de todos ellos había una máscara idéntica a la que llevaba la mujer del metro. Alguien parecía haberla depositado allí cuidadosamente. Quizás también eso solo sea una casualidad, pero a mí me dio la sensación de que Susana ya estaba en paz. Cuando pases por la estación piensa que quizás haya otro mensaje para ti, aunque ni siquiera es necesario pasar por allí, solo hay que estar atentos y observar las señales, porque todos las recibimos…

FIN

Imagen: Mujer frente al espejo de Morgan Weistling

 


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