UN FAVOR INSÓLITO

UN FAVOR INSÓLITO

Nº Registro: M-005950/2016

Isabel Puyol Sánchez del Águila

 

Durante la Guerra de la Independencia contra el ejército Napoleónico, un hecho desconcertante ocurrió en uno de los cuarteles, justo unos días antes del final del conflicto. Unos magníficos caballos blancos habían desaparecido de las cuadras del ejército. Siendo, como eran, armas de guerra y propiedad del ejército, el hecho tuvo gran trascendencia. No tardaron mucho en darse cuenta de que el Capitán Darío Bermúdez se los había jugado debido a su incontrolable adicción al juego. En tiempos de guerra ese hecho se pagaba con la propia vida, sin embargo, algo salvó a Darío. El General Villegas impidió su fusilamiento haciendo uso de sus contactos en las altas esferas. El Capitán Bermúdez se dirigió al despacho de su general para agradecérselo, pero aquello fue el principio de un gran desconcierto.

-Mi querido Capitán, es cierto que le he salvado de una muerte segura, incluso he pagado yo mismo el importe de los caballos, pero a cambio usted tiene que hacerme un gran favor.

-Pídame lo que desee, pues estoy en deuda con usted de por vida- le contestó el capitán.

-Usted tiene que casarse con mi única y adorada hija. Quizás la conozca usted, porque en alguna ocasión la habrá visto conmigo. Es muy joven, pero espero que eso no le importe.

A Darío aquello, lejos de parecerle un inconveniente, le pareció una gran ventaja, pero no entendía que una mujer joven y rica no tuviese oportunidad de casarse con alguien de su edad, y así se lo hizo ver al General.

-Verá, Capitán, mi hija se encaprichó con usted desde que le vio en un desfile militar, siempre ha soñado con ser su esposa. Pero, una cosa sí le voy a advertir. Yo les voy a regalar mi enorme casa a las afueras de Granada; está un poco lejos de todo, pero es el lugar perfecto para vivir un matrimonio feliz. Usted tendrá que ser prudente y no hacer preguntas respecto a las continuas ausencias de mi hija. Ahora márchese, por favor, y ya le llamaré para el día de la boda.

Aquello resultó doblemente misterioso a Darío, ya que lo mínimo era conocer a la novia antes de casarse con ella, y sobre todo, ¿a qué se referiría con aquello de las continuas ausencias?. Pasaban los días, y no tuvo ninguna noticia del General, y ni mucho menos de su hija, hasta el día de la boda. Solo sabía que se llamaba Sofía.

El enlace se celebraría en la capilla de la que iba a ser su casa. Sería una ceremonia íntima, sin  invitados. Llegó el día y allí, ante el altar, se encontraba el Capitán Bermúdez vestido con el uniforme de gala esperando a su desconocida novia. Ciertamente no era extraño que la joven se hubiese encaprichado con él, ya que era un hombre de un enorme atractivo físico. Sin embargo, entre tantas cosas extrañas que había en aquella situación, había algo en lo que comenzó a reparar mientras esperaba en la capilla. No era lógico que un padre quisiera para su hija un marido adicto al juego. En circunstancias normales Darío hubiese salido huyendo, ya que aquello parecía una trampa, pero no tenía opción. En el momento en el que se encontraba más absorto en sus pensamientos, se abrió la puerta. Allí, del brazo de su padre, apareció su prometida, pero con un velo que cubría su cara.

Al llegar junto a él, y comenzar la ceremonia, se levantó el velo. Darío no daba crédito a lo que veía. Sofía era de una enorme belleza, y además le sonreía con dulzura. Ahora todo le resultaba más complicado de entender, ya que él no esperaba encontrar encanto alguno en su obligada esposa.

Si sorprendente fue descubrir la belleza de su novia, mayor aún fue la sorpresa de la increíble y apasionada noche de bodas que le aguardaba. Jamás hubiese esperado semejante consumación de matrimonio con una joven y recatada esposa. Sin embargo, a la mañana siguiente Sofía había desaparecido sin dejar carta alguna. Y aquello solo fue el comienzo de su pesadilla.

Pasaban los días, y el capitán deambulaba solo por la casa mirando siempre por la ventana a ver si aparecía, y muy de tarde en tarde lo hacía. Era mujer de pocas palabras, apenas hablaba, pero las noches con ella eran de auténtica pasión, hasta el punto de ir creciendo en él una obsesión que no le dejaba vivir. Lo único que sabía de ella era que le gustaban los bombones con forma de corazón, y él siempre tenía una cajita preparada para cuando apareciera.

No tenía otra salida que tratar de indagar a dónde iba su esposa, dónde se escondía y por qué. Lo primero que le sorprendió fue no encontrar ningún tipo de información sobre ella en la casa, y sobre todo, le intrigaba una habitación, que era imposible abrir. Estaba cerrada con llave, y no había forma de saber qué había dentro.

A su suegro lo veía poco, solo de vez en cuando por el cuartel, pero jamás le preguntaba nada sobre su hija ni sobre su recién estrenado matrimonio. Otra cosa que le llamaba la atención era su tristeza; parecía ausente, como perdido. En una de esas ocasiones en las que lo vio en el cuartel, directamente le preguntó por la habitación cerrada, ya que sobre su hija prefería ser él mismo quien averiguase dónde se escondía. El General Villegas se mostró molesto por su pregunta, por lógica que fuera, ya que ahora se trataba de la casa del capitán, no de él.

-En esa habitación guardo recuerdos de mi difunta esposa, y me niego a que nadie los toque. Yo le he regalado mi casa, y le he entregado a mi hija, pero esa habitación me pertenecerá siempre- le dijo mientras le hacía un gesto para que abandonase el despacho.

Molesto, y muy intrigado por toda la situación, decidió buscar a Sofía por todas partes, pero sobre todo porque no podía vivir sin ella.

Para ir preguntado por los diferentes barrios de Granada utilizaba su reloj de bolsillo que le había regalado su suegro, ya que dentro, al abrirse había un pequeño retrato de Sofía. Nadie parecía conocerla, ni en los lugares de cierta distinción ni en los peores antros en los que dudaba respecto a si entrar o no, pero ni allí pudieron darle referencia alguna. Sin embargo, el destino suele tenernos algo preparado, y así fue.

Pasaron unos meses, y tuvo que desplazarse a Sevilla a un acto militar y social. Estando en compañía de un coronel que había conocido durante la guerra y con quien había tenido cierta amistad, sacó el reloj para comprobar la hora. En aquel momento, el coronel giró la cabeza, y poniéndose el monóculo para ver con mayor claridad, soltó una risotada y sus palabras le dejaron perplejo.

-¿Qué hace con el retrato de La Perla del Guadalquivir en tu reloj?- le decía sin poder dejar de reírse.

Agarrándole de la solapa, y con el corazón acelerado, le obligó a decirle de qué le estaba hablando.

-Usted sabrá por qué lleva el retrato de la prostituta más solicitada y valorada de toda Sevilla. Además usted es un hombre casado, no debería llevar eso en el bolsillo.

En aquel momento de confusión salió corriendo del acto en el que se encontraba y se dirigió a buscar información, y sobre todo a buscarla a ella. Finalmente la encontró en el burdel más caro y exclusivo de la ciudad, aunque lucía un aspecto menos recatado, pero igualmente bella. La joven al verle ni siquiera se alteró, pero no deseaba hablar con él. Darío le obligó a decirle la verdad, diciéndole que se trataba de un asunto de vida o muerte. Finalmente la joven habló:

-Yo solo sé que el viejo me pagó para que me casara de una forma ficticia con usted y me hiciese pasar por su hija y me hiciese llamar Sofía. No le puedo decir más. No sé nada de él ni de su vida- le dijo dándose la vuelta, como si no le conociese de nada, y volviendo al salón donde se encontraba con un cliente.

Si aquello le había dejado perplejo y hundido por el desengaño, más le inquietaba el motivo de esa farsa. No podía haber nada bueno en ello.

Sus sentimientos estaban confusos, pero más aún su mente. Los acontecimientos se precipitaron una tarde de agosto, cuando recibió una notificación, encontrándose solo encasa. Se trataba de una invitación de su suegro a una cacería el día veinte de ese mismo mes. Aquello no tenía sentido, ya que él jamás había cazado y ni siquiera le gustaba. Tampoco compartía nada con el General, ni siquiera conversación alguna. Sonándole aquello realmente extraño, decidió hacer algo. Lo primero que tenía que saber era qué había en aquella habitación, y sin dudarlo, ya que no tenía nada que perder, la abrió de un disparo en la cerradura.

Al entrar no podía dar crédito a lo que veía. Algo tremendo le hizo caer de espaldas contra la pared. En la cama, momificado estaba el cadáver de una niña de unos dieciséis años, y vestida de novia. Sin duda se trataba de la auténtica Sofía. Respecto a qué hacía allí, sus dudas se despejaron al girar la cabeza hacia una esquina de la habitación. Apoyada sobre la pared había una lápida preparada con una terrible inscripción: “Aquí yace mi querida hija Sofía Villegas junto a su esposo, el Capitán Darío Bermúdez. Fallecidos el veinte de agosto de 1814 en un accidente de caza”.

Aquel hallazgo macabro le había aclarado todo respecto a los horrendos planes del General. Recordaba perfectamente una frase que le había dicho poco antes de casarse, y que ahora cobraba sentido: “Mi querida Sofía, desde que le vio por primera vez, siempre dijo que quería casarse con usted, y que cuando muriese le gustaría ser enterrados juntos”. Aquel comentario le había parecido casi infantil en su momento, pero el efecto que había tenido en una mente perturbada era demoledor.

El capitán, se dirigió a las cuadras y se montó en su caballo blanco para salir huyendo de allí lo antes posible. Una vez que se había montado, volvió a bajar y se dirigió a la casa, donde cogió la cajita de bombones con forma de corazón. Montó su caballo y comenzó a galopar.

FIN

Imagen: “The Wedding Morning”  del pintor F.Bacon 1892


5 respuestas a “UN FAVOR INSÓLITO

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