LOS AMANECERES DE SOR AURORA

LOS AMANECERES DE SOR AURORA

Nº Registro: M-005950/2016

Isabel Puyol Sánchez del Águila

 

En algún rincón de España hacia el año 1600

 

Un amanecer más sor Aurora se despertaba en un entorno desconocido.  Su estancia era como todas las demás, sobria y húmeda, y sin apenas espacio para respirar. Se planteaba si este sería el convento definitivo y aquella la celda donde pasaría el resto de sus días. Esa fría noche había soñado con su vida de joven noble, hija del Conde de Morella, y con la alegría de sus despertares, que tanto contrastaban con los de ahora. Pero sobre todo había vuelto a soñar con el que fuera su único amor, Uriel, el joven mozo de cuadra que desde niño jugaba con ella a escondidas, ya que su padre no consentía ni sus inocentes juegos infantiles. No obstante, Uriel había sido muy apreciado por el Conde. Lo encontró un amanecer en el bosque, y rodeado de una luz resplandeciente, casi parecía que lo habían puesto allí los ángeles. No tendría más de tres años, y su procedencia era todo un misterio. Lo había visto crecer, y era casi como ese hijo que no tuvo. Aquel amor deshonroso, a los ojos de su padre, había sido el motivo de su reclusión en el convento, pero ni siquiera allí había encontrado la anhelada paz, y ni mucho menos el olvido.

Camino del refectorio iba cruzándose con algunas monjas silenciosas, que al verla, miraban hacia abajo y aceleraban el paso. Al terminar el frugal desayuno, la Madre Superiora quiso hacerle una observación.

-Ha vuelto a ocurrir- le dijo sin darle más explicaciones y dándole la espalda para marcharse.

Sor Aurora no conseguía saber qué era aquello que ocurría y que tanto pavor provocaba en los diferentes conventos por los que iba pasando. Ni siquiera conseguía quedarse en uno de ellos definitivamente. Algo hacía que fuese trasladada de uno a otro como si ella misma fuese un peligro. Nunca le daban la información de dónde se encontraba. Aquí tampoco ninguna monja parecía dispuesta a hablar con ella. Sin embargo, aquella soleada mañana sí conseguiría que la más anciana de las hermanas le dirigiese la palabra mientras podaba minuciosamente un rosal.

-Decidme, hermana, por amor de Dios, ¿dónde me encuentro?

La monja, se detuvo durante un rato, dubitativa, sin saber si era correcto contestarle o no, pero finalmente lo hizo.

-Os encontráis en el último rincón de España, un lugar de difícil acceso, pero aparentemente más seguro que otros- le contestó de una forma enigmática, antes de continuar son su trabajo de jardinería.

Sor Aurora echaba de menos todo lo relacionado con su antigua vida, cuando se sentía viva y querida. De todas sus dudas y gran desconcierto, había algo de lo que no se atrevía a hablar, pero finalmente reunió el valor necesario para acudir a la Madre Superiora y hablar con ella. Aunque todo el mundo parecía rechazarla, su condición de noble sí le daba ciertos privilegios, como el hecho de poder hablar con la Reverenda Madre en algunas ocasiones, como en esta, en la que accedió a que entrase en su sobrio despacho.

-No sé bien si estoy tan privada de cordura como de libertad, pero todas las noches tengo la sensación de que alguien entra en mi celda. Decidme, por Dios si he de temer algo- le preguntó angustiada la joven.

-Creo que será mejor que no penséis en esas cosas, ya que alteran vuestro ánimo, y deterioran vuestra salud y también vuestra fe. Nadie entra en vuestra celda- le contestó la Reverenda Madre algo incómoda por la pregunta de la religiosa.

La actitud de la Madre Superiora le había inquietado aún más, ya que había visto con toda claridad cómo había cambiado la expresión de su rostro al mencionar el asunto. Aquello era cada vez más habitual y terrorífico para ella, ya que desconocía la naturaleza de aquel misterioso fenómeno. Todo era posible, por eso en su mente solo había una idea, que era escapar de allí. Se preguntaba a todas horas, cómo habría reaccionado Uriel ante su enclaustramiento forzoso, y si estaría haciendo todo lo posible para ir en su busca. Quizás ni siquiera sabía que había tomado los hábitos, y pensaba que le había abandonado.

En este convento, como en los otros por los que había pasado, las monjas le temían, y ni siquiera la miraban de frente, solo de reojo. A pesar de que llegaba al final del día agotada y sin fuerzas casi ni para respirar, decidió quedarse despierta toda la noche para comprobar ella misma si realmente entraba alguien en su celda, o no.

A las ocho de la noche, estando ya tumbada en su camastro, y tratando de mantenerse despierta, el sueño le venció, pero estando, como estaba, alerta, el sonido de las bisagras de su desvencijada puerta le despertó bruscamente. Lo que vio era tan real como inexplicable; dos monjas, que cubrían su rostro para ocultar su identidad, estaban en el umbral de su puerta. Al ver cómo ella se despertaba desaparecieron rápidamente de su vista.

A la mañana siguiente, al dirigirse como siempre hacia el refectorio, las monjas con las que se cruzaba por el corredor se santiguaban con ojos de terror. Sor Aurora, acelerando el paso, exigió hablar con la Madre Superiora, quien no tuvo otra opción que acceder a despachar con ella.

-¿Quiénes eran?, ¿por qué entran en mi celda durante la noche?

-Solo tratamos de protegeros a vos- le contestó la Reverenda Madre

-¿De qué?- preguntaba sor Aurora desconcertada y asustada.

La religiosa se mostraba reticente a contestar aquella difícil pregunta, porque sabía que sería difícil de asimilar, pero después de un profundo y tenso silencio, le contestó.

-Del Maligno, hermana. Estáis poseída.

Aquella contestación era lo que menos se podía haber imaginado; era algo tan desconcertante que ni siquiera tenía palabras para continuar la conversación, pero fue la propia Madre Superiora quien continuó explicándole la situación.

-Cada vez con más frecuencia recibís una visita que podría calificarse como perturbadora. Las hermanas hacen turnos para protegeros durante la noche, que es cuando se producen.

-¿Cómo pueden protegerme?- le preguntaba sor Aurora incrédula ante lo que escuchaban sus oídos.

-Porque viene a llevaros, hermana. Vuestros pecados atraen al Maligno, por eso os buscan.

Sor Aurora, a quien le temblaban las piernas por el terror ante lo que estaba escuchando, continuó preguntándole.

-¿Está mi padre informado de mi situación?- le preguntó a la Madre Superiora, justo antes de marchase.

La religiosa no quiso contestar a su pregunta, y se limitó a decirle que simplemente querían evitar que el asunto llegase a oídos de la Santa Inquisición. Sin darle más información le sugirió que fuese a cumplir con sus oraciones.

Aquella misma noche fingiría estar dormida y esperaría a que sus guardianas apareciesen por allí. En medio del silencio sepulcral de su celda, podía sentir que había alguien detrás de la puerta. Con mucho sigilo se acercó, y abrió rápidamente para agarrar a una de ellas por el brazo. La joven novicia trató de soltarse sin éxito. Sor Aurora descubrió su rostro y la metió dentro de su celda para hablar con ella. La joven, que estaba muy asustada, no tuvo otra opción, y habló.

-Decidme exactamente qué veis cuando viene el Maligno.

-Tiene apariencia humana, con una deslumbrante belleza con la que pretende seduciros. Es alto, con el pelo un poco largo y dorado como el mismo sol. Viene a por vos, hermana- le contestó titubeante la novicia mientras se santiguaba.

Nada más amanecer, sor Aurora se dirigió con paso firme hacia el despacho de la Madre Superiora. Ahora ya no se mostraba asustada.

-Reverenda Madre, ¿por qué me oculta Vuesa Merced que Uriel viene a visitarme?, por Dios os ruego que me dejéis hablar con él aunque sea por última vez. Dejadme despedirme de él. Si no podemos estar juntos, dejadme al menos explicarle lo que ocurrió, y que no fue mi voluntad tomar los hábitos. Os lo ruego por Dios.

La Madre Superiora, al ver que no había salida, la invitó a sentarse y abrió un cajón de su humilde escritorio, sacando un sobre abierto y depositándolo sobre la mesa. Sor Aurora, muy perpleja, sacó la carta y comenzó a leerla.

“Mi querida hija, Aurora:

Se acerca mi final, y no puedo partir sin tener tu perdón ni confesar mi pecado. Cuando recibas esta carta yo ya no estaré en este mundo. Yo mismo di muerte a mi querido Uriel cuando supe que te había deshonrado. Pudieron más los intereses mundanos que los dictados de mi corazón. Me enfurecí al ver cómo besaba tu pañuelo. Al clavar mi cruel espada en su pecho, volví a ver aquella luz resplandeciente que le rodeaba cuando lo hallé en el bosque. Ni siquiera vi brotar la sangre, solo luz, como si el Cielo me lo reprochase y volviese a llevárselo del mismo modo que me lo había entregado. Tal vez solo fue mi sentimiento de culpa lo que me hizo ver aquel resplandor divino, ya que el pequeño respondía al nombre de Uriel cuando lo hallé, que no es sino nombre de ángel.

Ruego no solo tu perdón, sino también tus oraciones para este anciano que ahora teme presentarse ante el Altísimo.”

Las noticias eran terribles, la muerte de su padre, la de su adorado Uriel, y la confesión de su asesinato. Aquel pañuelo que ella le había entregado había desencadenado la ira del Conde y las trágicas consecuencias que ahora conocía. Se sentía culpable, si nunca le hubiese entregado aquel pañuelo quizás Uriel seguiría vivo.

-Reverenda Madre, decidme, ¿qué hace esa supuesta presencia demoniaca cuando aparece por las noches?-le preguntó sor Aurora desolada.

-Os deja un pañuelo a los pies de vuestra cama, pero previamente lo besa, como una invitación al pecado. Las hermanas que os protegen lo retiran y lo queman- le contestó la Madre Superiora poniendo fin a la conversación.

Otro amanecer más volvió a despertarse, pero esta vez el motivo no fue la angustia ni el miedo; fue el suave roce de una caricia. Una bella luz resplandeciente  iluminaba la celda, y allí en medio, con su pañuelo en la mano estaba Uriel. Una fuerte emoción le hizo incorporarse; había soñado tantas veces con ese reencuentro, que ahora no distinguía el sueño de la realidad. Nunca había sentido tanta plenitud. Uriel extendió la mano y le ayudó a levantarse y a caminar junto a él en libertad. La mañana era por primera vez en mucho tiempo tan luminosa como las de su niñez.

FIN

 

Pintura: “Beata Petra de San José”- Autora: Isabel Guerra

 

 

 

 

 

 


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