TURNO DE NOCHE OSCURA

 

TURNO DE NOCHE OSCURA

Nº Reg.Propiedad Intelectual: M-007166/2017

Isabel Puyol Sánchez del Águila

 

 

 

-¿Por qué tienes la necesidad de contarme justo ahora algo que ocurrió hace tanto tiempo?- le preguntó Cristina a su gran amiga Julia.

-He guardado silencio todos estos años, pero ahora tengo que contarle a alguien lo que me pasó el primer año que empecé a trabajar en el hospital. Yo era muy joven, y carecía de experiencia, por lo que me asignaron un puesto de menos responsabilidad, en la planta cuarta, donde estaban los pacientes menos graves. Mi turno era el de noche, y lo cierto era que me costaba trabajo estar en aquel lugar tan solitario sin compañeras. Para ser más exactos, sí tenía una compañera, pero solía ir de planta a planta, y normalmente era yo la única enfermera que estaba allí.

Recuerdo que desde el primer día sentía miedo de aquel lugar. El pasillo era largo, y los focos del techo a veces parpadeaban. Solo había cuatro pacientes, a los que yo tenía que suministrar la medicación y controlar su temperatura. Aquel día, que recuerdo perfectamente sobre todo porque hacía un frío intenso, y ni siquiera se notaba la calefacción, habían llevado a la planta a un enfermo más. También había una habitación cerrada, que en aquel momento me intrigaba mucho. Yo seguía sintiéndome sola y necesitaba ayuda. Es cierto que el trabajo no me abrumaba, pero sí la responsabilidad, y ese miedo irracional que siempre produce el silencio durante la noche. Mi compañera aparecía muy de tarde en tarde, y nunca me hacía compañía ni hablaba conmigo; simplemente me ignoraba, y tenía demasiadas preocupaciones como para perder el tiempo con la nueva. En alguna ocasión traté de entablar una conversación con ella, pero ni siquiera levantaba la cabeza para escucharme, así que decidí no volver a intentarlo. Nunca recuerdo haber sentido una soledad tan angustiosa, las noches se me hacían eternas y ni siquiera tenía la sensación de tener otra vida fuera. Me planteaba muchas cosas, incluso el hecho de dejar mi trabajo y buscar otra cosa, aunque no sabía hacer nada más.

Una noche, estando sentada en la sala de enfermeras, escuché algo, aunque no sabría definir qué tipo de sonido era, pero me parecieron unos pies arrastrándose. Asomé la cabeza con cierto temor, pero no vi nada en el pasillo. Decidí ir habitación por habitación para comprobar si ocurría algo. Primero entré en la habitación del paciente nuevo, y algo llamó mi atención. Estaba segura de haber visto su cara en algún otro lugar, pero no sabía dónde. Al entrar, comprobé que estaba despierto, y me miraba fijamente. Sentí un escalofrío por todo el cuerpo, y al ver que no necesitaba nada, continué por las otras habitaciones. De repente, al llegar a una, comprobé que la puerta estaba entreabierta. Sin atreverme a entrar, asomé la cabeza con disimulo. Allí estaba mi compañera, y parecía contarle algo al paciente, aunque susurraba y yo no podía escuchar nada. Procurando no hacer ruido volví a mi sala.

A la noche siguiente, al hacer la ronda, pude comprobar que el paciente con el que había hablado mi compañera ya no estaba en su cama. Su habitación estaba vacía. Esperaría a que alguien me contase si le habían dado el alta o no. Aquella extraña escena volvió a repetirse, pero no me dio tiempo a hablar con la enfermera, que nunca parecía tener tiempo para mí. También sentía curiosidad por aquella habitación cerrada, de cuyo pomo colgaba un llavero con una muñequita que me era familiar, aunque no recordaba de qué.

Pasaban los días, y yo cada vez sentía más miedo de estar sola en la planta, además ya solo quedaban dos pacientes a los que atender, y por alguna razón, el que su cara me era familiar me producía temor. Quizás era un antiguo vecino de la casa de mis padres, o un profesor de mi infancia, no lo sabía, pero quizás era mejor preguntárselo directamente a él, porque también parecía reconocerme.

Fue una noche realmente oscura, sin luna, y con la mitad de los focos del techo apagados, algún fallo eléctrico parecía haberlos estropeado. Me decidí a acercarme a la habitación de aquel paciente y preguntarle, si es que acaso podía hablar, si me conocía de algo. Conforme caminaba por aquel pasillo que aquella noche me pareció interminable, y mientras las pocas luces que estaban encendidas titilaban provocándome un desasosiego difícil de explicar, algo hizo que me quedase parada. Fue al pasar por delante de la habitación donde estaba uno de los pacientes de los dos que quedaban, cuando volví a ver a mi compañera junto a su cama. En aquel momento supe que ese paciente también recibiría el alta, pero algo no encajaba.

Fingiendo no haber visto nada, pero con sensación de peligro, que el temblor de mis piernas reflejaba, entré en la habitación del paciente con el que quería hablar. Él, al verme, puso cara de terror, como si yo fuese la misma muerte. Me acerqué a él y le pregunté si me conocía, y él asintió con la cabeza. Me agarró con su temblorosa mano, y con apenas un hilo de voz me dijo :”Vete de aquí”.

En aquel momento, un terror y un frío indescriptible me recorrió el cuerpo de arriba abajo y salí corriendo de la habitación. Mi angustia y desconcierto fue en aumento cuando comprobé al salir al pasillo que las luces del techo estaban todas apagadas. En aquel terrible silencio solo escuchaba el susurro de mi compañera que salía de alguna habitación. Finalmente la vi a lo lejos, pero  la falta de luz no me impedía ver con claridad. Lo que me heló la sangre fue que se giró para mirarme, y su cara blanquecina era casi lo único que podía distinguirse. Estaba a punto de salir por la puerta del final del pasillo, y entonces me percaté de dos cosas desconcertantes. En primer lugar su uniforme no era como los de las enfermeras de nuestra época, y tuve la inquietante sensación de que no tenía piernas. No sé bien qué vi aquella noche.

-¿Qué pasó entonces?-le preguntó Cristina con mucho interés y afecto, agarrando su mano para reconfortarla.

-Pues simplemente que de repente miré al techo y había un foco muy potente. A mi alrededor había muchos médicos que sonreían con satisfacción y decían: “Lo hemos conseguido”. Me encontraba en un quirófano luchando por mi vida después de un accidente de tren. Al salir del hospital me informé de los detalles del accidente. Varias personas habían muerto, curiosamente aquellos a los que la enfermera de guardia susurraba, y su fallecimiento se había producido exactamente en el orden en el que ella los había “seleccionado”. El hombre cuya cara me sonaba de algo era el viajero que iba sentado a mi lado en el tren cuando todo ocurrió. Por desgracia él también falleció a los pocos días. Mi hora no había llegado todavía.

-¿Por qué te acuerdas de eso ahora?- le volvió a preguntar Cristina.

-Porque esta noche un susurro al oído me despertó. Era ella. Por eso he venido hasta aquí, para dar un último abrazo a mi amiga de la infancia, que murió cuando solo tenía veinte años. Te he traído el llavero de la muñeca que tanto te gustaba, y he venido a agradecerte que estuvieras allí en aquel momento tan crítico, aunque no saliste a hacerme compañía porque sabías que no había llegado mi hora.

Ambas se levantaron de la mano y caminaron juntas a la luz del crepúsculo.

“Un amigo es la mitad del alma de una persona”

San Agustín

FIN

Imagen: “Amigas”, autor: Vladimir Gusev

 

 


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