EL RETRATO DE AMANDA

EL RETRATO DE AMANDA

Reg.Propiedad Intelectual: M-007166/2017

Isabel Puyol Sánchez del Águila

 

 

Tras enviudar a causa de la terrible epidemia de cólera de 1885, Agapito seguía siempre una rutina. En su mesilla de noche tenía un retrato de su querida Amanda, y antes de dormir solía agarrarlo y contarle a su esposa  cómo le había ido el día. Ella misma, antes de morir, le había pedido que así lo hiciera, ya que sería una forma de seguir unidos.

En el retrato ella llevaba un vestido negro, y aunque solo se le veía la mitad del cuerpo, sí se podía apreciar su elegancia. Aparecía sonriendo, con una mirada penetrante que parecía que casi pudiese hablar. Agapito cada noche se sorprendía, porque según fuese su estado de ánimo, el retrato parecía cambiar de expresión. Obviamente esto no era así, era su propia mente, que al sentirse tan unido a ella, le hacía saber exactamente qué le habría dicho Amanda en cada situación. Fue ella quien le salvó de su adicción al juego que tan terribles consecuencias había tenido para él. En su última partida de póker había perdido la finca de su querida madre, Las Amapolas, que tan bellos recuerdos de su niñez le evocaba.

Agapito vivía junto a su joven y apuesto hijo en una casa en el campo, donde llevaban una vida  tranquila, aunque bastante aburrida. Aquella rutina a veces parecía asfixiar por igual a padre e hijo, pero sobre todo al joven Rodrigo, quien deseaba viajar y salir de aquel entorno. Finalmente un pariente le invitó a visitar Londres junto a él, y aprender algo sobre el mundo de las finanzas y los negocios, y Agapito pensó que aquella era una buena oportunidad para su hijo, de modo que al mes siguiente partió hacia Inglaterra.

Pronto se quedó la casa vacía,  ya que era mucha la vida que aportaba su hijo, que aunque era adoptado, siempre lo había idolatrado. En aquellos momentos de soledad recordaba el día en el que Amanda vino de la parroquia con el pequeño de la mano. Alguien sin corazón lo había abandonado en la puerta de la iglesia, y Amanda al verlo había sentido un profundo cariño por él. Agapito, que nunca podía negar nada a su querida esposa, accedió a adoptar al niño, que respondía al nombre de Rodrigo.

Una noche, mientras hablaba con el retrato, Agapito le hizo una confesión a Amanda, que no era otra que el hecho de que en ocasiones había sentido celos de Rodrigo, por acaparar éste las múltiples atenciones y desvelos de ella. Al volver a colocar el retrato en la mesilla se giró para dormir. Un golpe seco le hizo abrir los ojos bruscamente a los pocos minutos. Era el retrato, que se había caído bruscamente al suelo, como si alguien lo hubiese tirado con fuerza. El impacto había sido tal que la foto se había desprendido del marco. Al ir a recogerla, extrañado por lo absurdo de la situación, vio un pequeño sobre amarillento que estaba pegado en la parte de dentro del portarretratos. Sorprendido por el hallazgo abrió la carta y leyó lo que más podría haberle afectado. Era una carta de la hermana de Amanda que le había enviado hacía unos veinte años.

“Querida Amanda:

Después de pensarlo mucho, he llegado a la conclusión de que es mejor que adoptes al niño. Dile a Agapito que alguien lo abandonó en la parroquia y que te has encariñado con él. Jamás sospechará que el niño es tuyo, fruto de tu relación pecaminosa. Nuestros padres no llegaron a saber que habías dado a luz a un hermoso niño, creo que fue una buena idea ocultarles tu estado, así como también lo es que tu esposo no sepa nunca que  Rodrigo es tuyo. No creo que hubiese contraído matrimonio con una joven que ya había sido madre siendo soltera. Junto a esta carta de adjunto los datos del lugar donde puedes encontrar a Rodrigo. Está bien cuidado y no le falta nada, excepto el cariño de su madre.

Tu hermana, que te quiere, María.”

Fue tal el shock que le había producido aquel descubrimiento, que pasó varios días sin poder levantarse de la cama y hacer una vida normal. Hubiese preferido recibir la peor de las noticias que aquella. No podía dejar de pensar en un montón de dudas que le asaltaban.

Una vez que pudo recuperar su rutina, sintiendo un profundo pesar y dolor en el corazón, apartó el retrato de su esposa, repitiéndole una y otra vez: “¿Por qué, Amanda, por qué?”. Lo que realmente desvelaba a Agapito no era la mentira en sí, sino el temor de que ella hubiese aceptado desposarse con él por interés. Necesitaba un esposo para recuperar a su hijo y ser una familia. No tenía otra forma de poder ejercer de madre de Rodrigo. Además se preguntaba si ella había seguido enamorada del padre de su hijo y sobre todo si había seguido viéndolo.

Sin poder aguantar más aquella incertidumbre, contrató los servicios de una médium. Llevarían a cabo una sesión de espiritismo y tratarían de preguntarle directamente a Amanda si le había querido o no.

Llegó el día de la sesión, y la médium acudió a su casa, aunque algo sorprendida por el exceso de prudencia de Agapito, que no deseaba que nadie supiese que ella estaba allí. Colocando el retrato de Amanda sobre la mesa, y juntando las manos con las de su cliente, en medio de una oscuridad casi total, comenzó la sesión.

No hubo respuesta alguna, la médium no pudo contactar con ningún espíritu, pero en medio del trance que parecía estar teniendo aquella mujer, Agapito lanzó una petición desesperada: “Amanda, mi querida esposa, si me has amado envíame una señal, te lo ruego”.

Durante aquella sesión no pasó nada. Pasaban los días y sus dudas iban en aumento. Ni siquiera sabía si seguía queriendo a Rodrigo o si solo veía en él el fruto del amor de Amanda por otro hombre. Tampoco enviaba ninguna carta a Londres para saber si estaba bien o si necesitaba algo. Comenzaba a sentir un enorme vacío interior, casi como si alguien le hubiese robado el alma de golpe. Por primera vez en su vida conocía lo que era la auténtica soledad.

Cada noche caminaba por la casa esperando ver alguna señal del Más Allá. Los pequeños ruidos de la casa, a los que habitualmente no prestaba atención, se habían convertido en una obsesión. Aunque había guardado el retrato en un armario, no pudo evitar abrir para comprobar si podía captar algo en el rostro de Amanda, pero solo le parecía ver tristeza, tan profunda como la suya. De lo que sí comenzaba a estar convencido era de que ella había querido contarle la verdad, y de que había esperado a estar muerta para contárselo, por eso el retrato se había caído al suelo de aquella manera. También era extraño que no hubiese destruido la carta, era como si en el fondo desease que él la encontrase algún día.

Era tal su desilusión y angustia, que se puso en contacto con sus antiguos compañeros de juego y decidió acudir al día siguiente para retomar su perniciosa actividad. Durante la noche, mientras dormía y soñaba con los días de su juventud junto a su madre, que siempre le había querido incondicionalmente, un golpe le despertó. Sobresaltado se levantó de la cama y se dirigió sigilosamente hasta la escalera para ver el hall escondido en una esquina. Para su horror pudo comprobar que la puerta de la entrada se había abierto. Había alguien allí abajo. No se atrevía ni a mover un músculo. En aquel momento esa figura encendió el candil. Se trataba del propio Rodrigo, que había vuelto de Londres sin avisar, para darle una sorpresa.

Agapito bajó las escaleras incapaz de articular palabra. Rodrigo, también en silencio le extendió la mano con un papel. Extrañado, procedió a abrirlo. No daba crédito a lo que veía, se trataba de las escrituras de la finca de Las Amapolas, que su hijo había conseguido recuperar para él. Sin poder contener las lágrimas ambos se fundieron en un prolongado abrazo.

Subiendo rápido las escaleras fue directamente al armario para recuperar el retrato. Abrazándolo sobre su pecho le dijo: “Gracias mi amor, como siempre me has dado mucho más de lo que te pedía”. Colocando el retrato sobre su mesilla pudo comprobar que Amanda le sonreía de una forma luminosa. Rodrigo, que contemplaba la escena desde la puerta, con la voz entrecortada por la emoción le decía: “Era lo menos que podíamos hacer por quien  nos lo dio todo”

FIN

Imagen: “Madre e hijo en una barca” de Edmund Tarbell


3 respuestas a “EL RETRATO DE AMANDA

  1. He leído el relato y me ha parecido muy interesante. Te atrapa desde el principio, quieres saber de inmediato lo siguiente que sucederá. Y el final del relato… sensacional, hay que leerlo…
    Felicidades a la escritora Isabel, tiene mucho talento para escribir, para cautivar, para sorprender…

    Me gusta

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