CHOCOLATINAS Y VAMPIROS

CHOCOLATINAS Y VAMPIROS

Nº Reg.Propiedad Intelectual: M-007166/2017

Isabel Puyol Sánchez del Águila

 

 

La escalofriante  historia de Rosa:

Era el verano de 2009, y yo me acababa de divorciar. Nuestra única hija, Carol, y yo íbamos a pasar por primera vez las dos solas aquellas vacaciones. Mi economía estaba muy debilitada, de modo que para pasar aquel caluroso mes de agosto busqué una casa en un pueblo de la Sierra de Gredos. El lugar era precioso, pero el inconveniente era el estado en el que se encontraba aquel viejo caserón desvencijado. No había ningún peligro de derrumbe, pero aquellos muros imponían, y la dueña no había cambiado ni el mobiliario antiguo, ni había hecho ninguna reforma. Sin embargo Carol estaba emocionada corriendo por la casa, subiendo y bajando las escaleras y descubriendo rincones asombrosos. Aquel primer día, no paraba de decir: “mira esto, mamá”, y señalaba objetos y rincones que le llamaban la atención. Lo cierto era que todo parecía extraño, como si confluyesen allí varios siglos, y dependiendo del lugar de la casa en el que te encontrases, era como si avanzases o retrocedieses en el tiempo. Era emocionante, pero terrorífico al llegar la noche.

Carol solo tenía siete años, y una imaginación desbordante, por lo que no me chocó lo que me contó a los pocos días de instalarnos allí. Cuando yo estaba preparando el desayuno en la cocina, la vi bajar por las escaleras con una muñeca muy vieja debajo del brazo. Yo no le di importancia, ya que en aquella casa había objetos de todo tipo, pero lo que no me esperaba fue su contestación cuando le pregunté dónde la había encontrado.

-Estaba en un cofre grande de madera. Hay un montón de muñecas como esta. Chocolatina me ha llevado hasta allí y me ha dicho que hay muchísimas más por toda la casa, y que tengo que buscarlas.

Yo no había entendido bien qué era lo que me estaba contando, así que le pregunté  quién o qué era Chocolatina. Su contestación fue peor de lo que me esperaba.

-Es una de las muchas niñas que viven en esta casa. No pueden salir-me contestó poniendo fin a la conversación, y bebiéndose sus cereales con leche.

No era la primera vez que Carol se inventaba alguna historia, además yo pensé que era en parte porque echaba de menos a su padre, por ser aquellas sus primeras vacaciones sin él. Sin embargo comenzaron a pasar cosas que no tenían nada que ver con su imaginación. Cada noche, antes de dormir me entregaba un dibujo que le había regalado Chocolatina. Yo sabía que no los había hecho ella, pero quizás los había ido encontrando por la casa, aunque ella me aseguraba que esa niña se los llevaba cada noche.

Un día, sin que yo me lo esperase, me dijo: “No le gustas a Chocolatina”. En aquel momento tuve claro que Carol estaba reaccionando ante el divorcio. Estaba enfadada, dolida. Yo traté de entretenerla, y de demostrarle todo el cariño que le tenía, pero ella parecía ausente, cada vez hablaba menos. Sin embargo algo extraordinario ocurrió aquella misma noche.

Yo soy diabética, y serían las diez de la noche cuando comencé a encontrarme mal, y me senté en un sillón. Le pedí a Carol que me trajera la insulina, pero me quedé desconcertada cuando me dijo que no podía dármela, y me señaló hacia el techo. Allí arriba, suspendida en el aire, estaba mi insulina, pero tan alto que no la podía alcanzar. Entonces Carol me dijo: “Ella quiere que te vayas, quiere que te mueras”. Aquello me produzco un shock enorme, porque eso no podía provenir de la imaginación de mi hija, y ni mucho menos podía haber colgado la insulina del techo.  Lo único que podía hacer era llamar a urgencias y que me trajesen mi dosis, ya que el frasco cayó con fuerza al suelo y se rompió.

Cuando llegó el médico de urgencias más próximo que había me inyecto mi dosis y esperó a que me recuperara. Él, que me dijo que se llamaba Pedro, vivía en el pueblo que estaba más cerca, y conocía la casa. No fui capaz de explicarle lo que había ocurrido con mi insulina, a pesar de que era una persona muy agradable,  pero fue él quien comenzó a hablar de la casa, porque la conocía bien. De pequeño jugaba con sus amigos por allí cerca, pero les daba miedo. Uno de sus amigos, que se llamaba Samuel, un día desapareció, hacía ya treinta y cinco años, y nunca se volvió a saber de él. A raíz de aquel suceso no habían vuelto a acercarse. Durante las labores de búsqueda del pequeño se habían desenterrado muchos huesos, aparentemente de niños pequeños, pero no hubo detenciones, porque databan del siglo XIX. Su madre solo deseaba haber encontrado algo suyo, pero ni siquiera se encontró nada.

-¿Se sabe algo sobre quién habitó esta casa en el pasado?-le pregunté.

-Dicen que un noble de salud física y mental debilitada. En aquella época algunos pensaban que bebiendo sangre de niños recuperarían la salud, y obviamente a ese monstruo le llevaban niños. Probablemente los atraía con golosinas y muñecos. Al menos eso cuentan- me contestó el doctor.

-O sea, que los vampiros sí existieron-le dije.

-En cierto sentido sí, si nos referimos a personas que bebían sangre humana y asesinaban.

-¿Nunca encontraron ninguna pista del paradero de su amigo de la infancia?-le pregunté.

-Jamás, pero sí recuerdo vagamente que en cierta ocasión habló de una niña que miraba desde una ventana, aunque nadie le hicimos demasiado caso- dijo el doctor poniendo fin a la conversación para continuar con su jornada de trabajo.

Cuando el médico se marchó, me apresuré a buscar a Carol para decirle que sería mejor que volviésemos a casa. Además yo tenía una terrible certeza, porque le había pedido a mi hija que le preguntase a la niña cuál era su verdadero nombre, y cómo murió, y nada más entrar al salón, tenía algo que contarme.

-Le he preguntado a Chocolatina cómo se llama de verdad, pero no me lo ha dicho. No me ha contado cómo murió, porque dice que no está muerta, que sabe cómo seguir viva. Me ha dado mucho miedo, porque quiere que baje con ella al sótano, pero yo he salido corriendo. Creo que va a venir aquí- me dijo sentándose en mi regazo y abrazándome fuerte.

Recogí rápidamente nuestro equipaje, y cargué el coche. Algunas de nuestras pertenencias se quedaron allí, pero no fui capaz de volver a por ellas. Yo estaba segura de que aquella niña siniestra no era una de las víctimas, sin duda se trataba del propio asesino que se negaba a admitir que estaba muerto, y necesitaba seguir matando. Su próximo objetivo era Carol, y si nos hubiésemos quedado un solo día más, en estos momentos, y durante el resto de mi vida seguiría buscándola, como estaba convencida de que le habría pasado a la madre del pequeño Samuel. No paraba de darle vueltas al hecho de haber escogido aquella terrorífica casa para pasar mis vacaciones; carecía de sentido. Sin embargo, una sorpresa más me aguardaba.

Una semana después de desaparecer de aquel lugar, recibí un paquete con mis pertenencias. La dueña de la casa había tenido la deferencia de pedirle a una de sus empleadas que las recogieran y me las enviaran. Una mezcla de sentimientos indescriptibles me sobrecogió cuando entre mis cosas encontré una medallita del niño Jesús. Por detrás venía escrito un nombre: Samuel.

Sorprendida por el hallazgo, le envié de inmediato la medalla a Pedro, quien se la entregó a la madre de Samuel y dio parte a la Policía. Me consta que está habiendo una investigación del caso, a pesar del paso del tiempo, y estoy convencida de que ese crimen se resolverá pronto, ya que todas las pistas conducen a los anteriores dueños de la casa. No parece que los vampiros ni las niñas fantasma tuviesen nada que ver con el caso de Samuel, pero de lo que sí estoy segura es de que mi paso por ese horrible lugar tuvo un sentido.

Por cierto, no recomiendo a nadie que pase una temporada en una casa a la que precede una mala leyenda, ni tampoco cuando nada más atravesar la puerta sientes una extraña y asfixiante sensación. Hay lugares donde no somos bienvenidos…

FIN

Imagen : “Portrait of Gertrude” de Louis Betts

 

 

 

 


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