FILTRO DE AMOR

FILTRO DE AMOR

Nº Reg.Propiedad Intelectual: M-007166/2017

 

Isabel Puyol Sánchez del Águila

 

 

Doña Úrsula acababa de mudarse a vivir a un enorme caserón lejos de la ciudad. Era el frío otoño de 1842, de cortos días grises, y largas noches de soledad. Ni siquiera conseguía que crecieran lirios en su jardín, y echaba de menos su fragancia, que tanto le recordaban a su juventud, y a la casa de su madre. Su recién fallecido esposo la había hecho heredera de una gran fortuna. No habían tenido hijos, y ella, que ya no era joven, había tomado la decisión de mudarse a vivir a un lugar alejado de habladurías, ya que su matrimonio con el anciano y rico armador siempre había sido motivo de suspicacias y rumores. Era aficionada al ocultismo y lo practicaba con cierta frecuencia, como  tantas otras damas de la alta sociedad de su época, y aquello despertaba cierta desconfianza hacia ella. Sin embargo, lo que más desagradaba a su entorno era la inclinación que parecía mostrar hacia los caballeros  jóvenes y bien parecidos.

Había elegido como residencia un lugar cerca del pueblo donde residía Leonardo, su administrador, ya que sentía una profunda y obsesiva atracción por él desde que lo conoció en un baile. Al no verse correspondida, decidió acudir a pedir ayuda a alguna hechicera para que le preparase algún tipo de filtro de amor que consiguiese atraer su atención.

Llegó a sus oídos la fama de una mujer que preparaba  brebajes con fines diversos, algunos inconfesables. Era conocida como Estrella, aunque nadie sabía su verdadero nombre, y siempre andaba de paso. Consiguió ponerse en contacto con  la hechicera,  y ésta le preparó un filtro de amor, según ella, infalible, y por el que pagó una fortuna. Tal y como le aseguró,  solo tenía que ofrecerle un café al joven, quien no sería capaz de distinguir el sabor de la poción. Una tarde, siguiendo sus instrucciones, le ofreció la bebida, y Leonardo se la bebió sin sospechar lo que doña Úrsula urdía.

No era la paciencia una de sus virtudes, y no pudo esperar a que surtiera efecto el remedio; además observaba en él ciertos comportamientos extraños, parecía nervioso y ausente. Solo le quedaba pedir ayuda al Más Allá, solicitando la mediación de algún espíritu generoso. Doña Úrsula solía organizar reuniones en su casa para llevar a cabo sesiones de espiritismo, y así lo hizo, pero esta vez con un objetivo claro. Sin embargo todo resultó decepcionante, ya que no hubo contacto alguno.

No tardó mucho en darse cuenta de que todo había sido más productivo de lo que ella había pensado, ya que a los pocos días el joven Leonardo comenzó a cortejarla. Aquello hubiese sido algo insólito debido a la diferencia de edad, y de posición social, pero a Úrsula no le pareció extraño ya que las pociones de  Estrella gozaban de gran fama en el mundo oscuro en el que ella solía moverse.

En una noche fría y de luna llena, mientras dormía y soñaba con Leonardo, algo la despertó. Una ventana se había abierto de golpe, pero no era una noche de viento, y aquello le sorprendió. Al levantarse a cerrarla, iluminada por la luz de la luna, pudo distinguir aterrorizada que había una  mujer  en su jardín. Miraba hacia arriba, a su ventana. Con la luz de la luna pudo distinguir que no se trataba de una mujer joven, y tenía el rostro horriblemente desfigurado. Llevaba un camisón blanco, y extendía los brazos hacia ella. No sabía qué significaba aquello, pero le pareció una amenaza del Más Allá, quizás por haber alterado el descanso de los difuntos. Presa de pánico cerró bruscamente la ventana y volvió a la cama. Había tomado la decisión de no volver a hacer ninguna sesión de espiritismo, porque aquella situación le inquietaba de verdad. Temía haber abierto alguna puerta  peligrosa, aunque en realidad ya lo había hecho el mismo día en el que contrató los servicios de una hechicera.

Llegó el día en el que Leonardo se presentó en su casa con un anillo de compromiso. Doña Úrsula, emocionada como estaba, ni siquiera prestó atención al anillo en sí, solo sabía que era el momento más feliz de su vida. En los días siguientes a la petición de mano, ni siquiera se atrevía a ponérselo, por miedo a perderlo, pero hubo un día en el que hizo una excepción. Era una tarde en la que tenía que asistir a un evento en el que su difunto esposo iba a recibir una condecoración póstuma, y decidió acudir con el anillo, para que todo el mundo supiese de su compromiso.

En una de las ocasiones en las que se encontraba hablando con algunos amigos de su esposo, una mujer que no conocía se acercó a ella.

-¡Qué bello anillo, creo que es igual a otro que vi en una ocasión!- le dijo la mujer que se presentó como María Fernanda de Ochoa.

-Me lo acaba de regalar mi prometido- le contestó Úrsula, algo sorprendida por el comentario.

Al terminar el acto, doña Úrsula volvió a su casa. Se encontraba algo cansada, y echaba de menos a Leonardo, que siempre parecía estar ocupado, y eran pocas las ocasiones en las que se veían.

Nada más llegar a casa se fue a dormir, dejando su bello anillo en la mesilla de noche, pero no estaría dormida mucho rato. Sería el amanecer cuando un leve ruido la despertó; era como si alguien hubiese entrado en su habitación. Al incorporarse pudo ver cómo el anillo había desaparecido; se lo habían robado. Aquella misma mañana iría a denunciar el robo a la Comisaría.

Aquel disgusto no sería la única sorpresa de ese día. Al anochecer alguien llamó a su puerta. Ella misma fue a abrir esperando que fuera su amado Leonardo, pero no fue el caso. Se trataba de María Fernanda de Ochoa, quien le pidió permiso para pasar y contarle algo. Doña Úrsula, que estaba muy sorprendida accedió a que entrara en su casa. Pronto supo el motivo de su visita.

-Ya sé dónde he visto ese anillo, y sé que no me equivoco. Es el anillo de la difunta doña Valeria Vallejo, que por cierto, murió de una forma horrible. Alguien la quemó con ácido.  Aquel día me dijo que estaba a punto de casarse, aunque ya era mayor. El anillo había pertenecido a sus antepasados. La conocí en el orfanato que ella patrocinaba, durante un acto benéfico-le dijo María Fernanda antes de marcharse, por sentirse algo incómoda con aquella conversación.

Aquella visita le había causado más desasosiego que la de la misteriosa dama desfigurada, aunque ahora ya sabía quién era. A pesar de que su bello anillo misteriosamente volvía a estar en la mesilla de noche, contrató los servicios de un detective. A los pocos días tenía la respuesta, que era la que se temía.

Leonardo era el prometido de la difunta doña Valeria, pero aquello no fue lo único que confirmaba sus temores. Estrella, la presunta hechicera, era su pareja, y ambos tenían el macabro negocio de ir seduciendo a mujeres ricas como ella. Luego, con toda seguridad, las asesinaban cuando ellas ya no se dejaban sacar más dinero o descubrían la estafa. Úrsula no dudó en acudir a la Policía con aquella valiosa información, y ambos fueron arrestados.

Sin embargo, aquello no fue lo último que tenía que hacer; había algo más. Aquel anillo tenía dueña, aunque ya no estuviese en este mundo, y doña Úrsula quiso devolvérselo. Solo había una forma de que ella lo pudiese recuperar, y esa era donándola al orfanato que ella patrocinaba. Sin duda, al ser de gran valor, sería de enorme utilidad allí.

Supo que Valeria había agradecido su gesto cuando recibió una última visita. Esta vez no vio nada, pero al despertarse pudo comprobar que de una forma inexplicable, pero maravillosa, todo el jardín había florecido y estaba lleno de lirios silvestres como los que creían en casa de su madre, y ella tanto echaba de menos. Su inconfundible fragancia envolvía su hogar, y parecía acariciarla  Ahora se sentía en paz, y su ira había desaparecido por completo.

FIN

Imagen: “Retrato de la actriz Eleonora Duse” autor: Ilya Repin


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