TEMIDO ENCUENTRO

TEMIDO ENCUENTRO

Nº Reg.Propiedad Intelectual: M-007166/2017

 

Isabel Puyol Sánchez del Águila

 

La siguiente historia me ocurrió hace algunos años durante un pequeño curso para desempleados que impartía en el centro de Madrid. El edificio era extremadamente antiguo, y con un ascensor de cristal de un aspecto tan frágil que casi nadie se atrevía a usarlo. Yo, por supuesto, subía por la escalera, que también estaba en mal estado. Sin embargo, lo que realmente me llamó la atención en cuanto entré en la empresa el primer día, era que no había pasado por ningún tipo de reforma, era como si al haber subido por aquellas escaleras hubiese retrocedido en el tiempo. Yo llegué la primera, mucho antes que cualquier alumno. Miré sin demasiado interés por si había algún recepcionista, o jefe de estudios, pero no me atreví a andar por el oscuro pasillo, donde sin duda habría más aulas. Afortunadamente para mí, el aula que me correspondía era la número uno, que estaba justo a la entrada, a la izquierda de la puerta.

Sin saber qué hacer me senté en el desvencijado sillón de la entrada, y me puse a repasar los documentos que tenía que entregar al coordinador. El silencio era total, hasta que algo me sobresaltó. Era el sonido de la bisagra de una puerta que provenía del pasillo. En aquel momento mi primer impulso fue levantarme para salir de allí, pero alguien apareció en medio de aquella oscuridad. Era un hombre menudo y con gafas de cristal muy grueso. Se presentó amablemente como el jefe de estudios, y me mostró el aula en la que yo iba a dar clase. Nada más encender la luz me quedé sin palabras. Nunca había estado en un aula como aquella, ni en ningún otro lugar tan peculiar. No solo era tan viejo como el resto del piso, sus paredes estaban repletas de estanterías con animales disecados que parecían mirarte desde el otro mundo. Olía mal, y los diferentes pájaros y otras criaturas que yo no sabía ni lo que eran, estaban cubiertas de polvo. Aquel hombre apenas hablaba, solo lo justo, y pronto me dejó allí sola esperando a los alumnos. Lo primero que hice fue abrir las ventanas para que se fuera el olor y entrara oxígeno.

Nada más girarme, para mi sorpresa, había una alumna sentada en los viejos pupitres; había entrado sin decir nada. Era una joven extraña, porque llevaba una melena despeinada que le cubría media cara. Estaba pálida y tenía en los ojos una tremenda expresión de terror. Lo primero que pensé fue que el entorno le había producido la misma impresión que a mí, pero conforme pasaban los días, mi opinión sobre ella no cambió. Serían unos diez alumnos, y todos ellos rondaban los treinta años, y la mayoría tenían una vida complicada, pero era agradable trabajar allí. Todos hacían bromas con la decoración del aula, incluso más de uno colocaba de vez en cuando algún sombrerito en la cabeza de uno de los búhos. Todos reían, excepto aquella chica despeinada, que nunca hablaba, y siempre parecía ausente.

Los cursos se impartían de siete a diez de la noche, y como era invierno, siempre estaba todo oscuro. No ayudaba mucho el hecho de que las luces del techo parpadeaban a menudo. Una de aquellas noches, en mitad de la clase, mientras yo escribía en la pizarra, un grito desgarrador me sobresaltó y me giré rápidamente. Era la chica despeinada, que se llamaba Clara. Con ojos de espanto dio un grito y saltó de la silla a una velocidad que yo jamás había visto. Sin mediar palabra echó a correr y despareció de allí como si algo terrible la estuviese persiguiendo. Nadie corrimos detrás de ella, porque estábamos tan desconcertados que no sabíamos qué hacer. Ni siquiera pude hablar con el jefe de estudios, porque nunca lo veía por allí. Quizás estuviese en algún lugar del pasillo oscuro, pero nadie nos atrevíamos a atravesarlo.

Todos nos preguntábamos qué le habría ocurrido a Clara, y si volvería a aparecer por clase, ya que fuera lo que fuera lo que le había sucedido, le había producido un pánico incontrolable. Sin embargo, pasados tres días, en mitad de la clase, la puerta se abrió tímidamente y ella apareció con su aspecto gélido de siempre. Yo le saludé y ella me contestó con una leve sonrisa. Conforme la observaba, cada vez estaba más convencida de que se trataba de una desequilibrada, aunque no sabía hasta qué punto podría ser peligrosa. Para no obsesionarme decidí dejar de pensar en ella, hasta que volvió a suceder. Otra vez un grito escalofriante y su carrera huyendo de algo. Sin embargo, esta vez traté de ayudarla; solo quería saber qué le ocurría, y salí del aula detrás de ella, porque además la clase ya había terminado, solo quedaban unos minutos. No pude alcanzarla, de modo que subí de nuevo a recoger mi bolso y las carpetas. Esta vez me había quedado sola, no había nadie y aquello me preocupaba, porque además no me gustaba ir sin compañía hasta la boca de metro, porque aquel barrio era peligroso por la noche. Mientras recogía mis cosas a toda velocidad, escuché unos pasos que se aproximaban. Con los nervios se me cayó el bolso y todas las cosas que llevaba dentro rodaron por el suelo. El corazón se me aceleró, me costaba respirar. Cuando más angustiada estaba el jefe de estudios asomó la cabeza por la puerta. Yo respiré tranquila, pero tenía que contarle lo de Clara, aunque temía que eso tuviese alguna repercusión en mi contrato. Él, para mi sorpresa, me contó algo inquietante.

-No sé por qué huye esa alumna, pero desde que comenzó este curso, aquí pasan cosas extrañas. Yo estoy acostumbrado a la soledad y a la oscuridad de este lugar, pero nunca escuchaba pasos y carreras, incluso una risa pavorosa que me pone los pelos de punta. Hay alguien aquí, y no creo que sea nada bueno.

Aquello me puso aún más nerviosa, pero pensé que lo mejor sería hablar con ella. Quizás era sensitiva y temía la presencia que se manifestaba allí. También quería saber si corríamos algún peligro. No tenía nada que perder, si ella no quería contarme lo que le ocurría, pues simplemente esperaría a terminar el curso, y me olvidaría del tema, y por supuesto, no volvería a trabajar allí.

Al día siguiente, al terminar la clase, le pedí a Clara que se quedara un momento. El jefe de estudios nos dejó quedarnos un rato dentro del piso, y pidió al portero que él cerrase con llave cuando nos fuésemos. Estábamos las dos solas. El silencio era total. Directamente abordé el tema, y ella, que al principio no se atrevía a hablar, finalmente lo hizo.

-Todo comenzó cuando unas amigas y yo hicimos una psicofonía en una casa abandonada. Cometimos la imprudencia de quedarnos allí a escuchar lo que se había grabado. Al principio solo se escuchaba una respiración muy débil, pero de repente se abrieron las ventanas bruscamente y pudimos escuchar el grito desgarrador de un niño, que nos hizo salir huyendo de allí. A partir de ese momento se puede decir que abrimos las puertas del Infierno. Lo terrible es que ese niño ha entrado en nuestras vidas. Es un niño antiguo, vestido con ropa oscura, y su aspecto es de ser rico, porque lleva botitas y la ropa es de terciopelo. Tiene flequillo, y te mira fijamente, aunque no se le ven los ojos. No sé quién es, pero sí sé lo que quiere. Él ha ido apareciendo en las casas de mis amigas, pero eso no es lo peor. Lo terrible es que cuando entra en tu vida es para llevarte con él.

-¿Qué les ocurrió a tus amigas?-le pregunté asustada.

-Murieron en accidentes. Solo quedo yo, que hasta ahora no lo había visto.

-¿Lo has visto?-le volví a preguntar con angustia.

-Todavía no, pero sé que está aquí, porque he escuchado su risa. Me da la sensación de que le gustan esos animales disecados, porque falta uno- dijo señalando a una de las estanterías. Siente atracción por todo lo que tiene que ver con la muerte.

Era cierto, faltaba uno de los búhos, pero no tenía por qué ser él quien se lo había llevado. Sin embargo, Clara me aseguró que el niño andaba por allí, y que lo mejor sería que se marchara, porque así quizás podría salvarse. Además lamentaba profundamente habernos causado problemas, ya que sin quererlo ella, ese niño había entrado en nuestras vidas también.

Clara abandonó el curso esa misma noche, y yo lo dejé también al día siguiente, aunque perdiendo el sueldo. No me importó, ya que vi la amenaza real, sobre todo cuando ocurrió algo que me dejó horrorizada.

Eran las diez de la noche, y todo el mundo se había marchado. Justo en el momento en el que me dirigía a la puerta, en el sillón de la entrada me encontré con el jefe de estudios. Estaba pálido, angustiado. Yo le pregunté si le ocurría algo, y él me lo contó.

-He visto a un niño al final del pasillo. Estaba inmóvil, pero parecía reírse. Me miraba fijamente con las cuencas de sus ojos vacías. Llevaba ropa como del siglo XIX. No sé qué era eso, pero me ha superado, no he podido soportar su presencia.

Por supuesto, no le conté cuál había sido el final de las amigas de Clara que habían tenido ese encuentro. Tampoco sé qué le ocurrió a él, porque desde que ocurrió aquello, hace ahora unos diez años, hasta hoy, no he vuelto por allí.

FIN

Imagen: Retrato de niño de Ivan Kramskoy

 


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