LA CAJITA

LA CAJITA

Nº Reg.Propiedad Intelectual: M-007166/2017

 

Isabel Puyol Sánchez del Águila

 

Una tarde entré en un anticuario buscando un regalo original para una amiga mía. Era un lugar lúgubre, muy grande y oscuro, repleto de muebles y objetos que evocaban soledad, y por qué no decirlo, muerte. Era una tienda donde la gente vendía los muebles de sus familiares fallecidos, y aquello era obvio. Nada más cruzar la puerta tuve la tentación de marcharme, pero algo reluciente casi escondido entre inmensos armarios de madera profusamente decorada y tallada llamó mi atención. Me acerqué para comprobar qué era, y pude ver que se trataba de una cajita de música con un bello baño de plata muy bien trabajada. Al abrirla me encandiló su música, y el pequeño autómata que daba vueltas mientras sonaba la melodía. Era una bailarina con un traje muy antiguo y la cara de porcelana, que en cierto modo producía un escalofrío. No sé por qué, pero la compré, quizás porque pensé que aquello sería un regalo perfecto, tan original que a nadie se le hubiera ocurrido regalárselo a alguien que ya lo tenía todo.

Coloqué la cajita en mi habitación, encima del armario. Aquella noche la luz de la luna se reflejaba sobre su baño de plata y la iluminaba. Era un espectáculo lleno de belleza, pero también de misterio. Cuando el sueño me venció comencé a tener pesadillas; no me sentía bien. Me levanté para ir a la cocina a beber un vaso de leche, y tratar de relajarme, aunque no funcionó. A la mañana siguiente, al ir a trabajar, en la escalera me estaba esperando la portera, que me sorprendió con su comentario.

-Alguien vino a verla anoche, cuando yo ya había cerrado la portería y estaba en mi casa.

-¿Quién era?-le pregunté sorprendida.

-Era una señora con aspecto muy extraño; me dijo que tenía que hablar con usted, pero cuando le fui a indicar cuál era su piso, se marchó. Todo fue muy raro. Es mejor que cierre bien la puerta- me dijo con ojos de susto.

Yo no volví a prestar atención a aquella anécdota, hasta que unos días después, cuando acababa de dormirme, algo me despertó, y no fue la lluvia que caía intensamente aquella noche. La cajita de música se había abierto sola y estaba sonando mientras la bailarina daba vueltas. Rápidamente me levanté a cerrarla. Al volver a la cama, un relámpago iluminó la habitación, dejando ver con claridad la imagen de una mujer de aspecto siniestro junto a la puerta. Con el corazón acelerado encendí la luz, pero allí no había nadie. Lo peor vino después, cuando un segundo relámpago volvió a iluminar mi dormitorio. porque ahora la figura estaba sentada en mi cama. Volví a encender la luz, y volvió a desaparecer. Aquello no tenía sentido, pero alguien trataba de decirme algo. No sé por qué pero me dirigí a la cajita y la miré bien. Pude comprobar que había un compartimento oculto, y había un papel doblado, amarillento por el paso del tiempo. Estaba fechado en 1937, solo ponía:

“Ya no podrás dudar de mi amor por ti. Esta caja de música es mi despedida. Me van a fusilar, y mi última voluntad es que te la entreguen. Cada vez que la escuches, recuérdame”

Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando leí aquellas palabras. Era obvio que la última voluntad del prisionero o prisionera no se cumplió, o quizás sí, pero la cajita no podía estar en mi poder.

Esa misma tarde me dirigí a la tienda y traté de saber quién les había vendido la caja, pero el dueño no parecía recordar nada, hasta que una señora que estaba limpiando sí me pudo aportar algo de información.

-Esa caja ha ido y venido ya varias veces a la tienda. La gente la compra y la devuelve, es como si se negara a salir de aquí- dijo la señora esbozando una sonrisa.

La cuestión era que yo también quería deshacerme de ella, ya que no podía soportar el terror que me producía tenerla, porque sabía que esa presencia volvería a materializarse.

Cuando estaba a punto de abandonar la tienda, un sacerdote vestido con su sotana negra entró y se dirigió al mostrador. Para mi sorpresa, había entrado para hablar de la cajita. El dueño señaló en mi dirección para que el religioso hablase conmigo.

-Me gustaría que me entregase esa caja, yo le pagaré lo que me pida- me dijo el sacerdote.

Yo, que estaba encantada con deshacerme de ella, le dije que se la regalaba con mucho gusto, pero que me gustaría saber por qué la quería.

-Digamos que cumplo un viejo deseo. Verá, hubo una persona a la que conocí muy bien, y que por desgracia murió sola, tal y como vivió. Sus sobrinos vendieron su casa y todas sus pertenencias cuando ella murió, pero hubo algo que no hicieron. Simplemente se limitaron a obtener un beneficio económico y no pensaron en los sentimientos.

-¿Qué tiene eso que ver con la cajita?-le pregunté.

-Pues que Águeda, que así se llamaba mi difunta amiga, había perdido a su único amor durante la guerra. Fue fusilado sin piedad, y ni siquiera encontraron sus restos. Poco antes de morir, alguien le dijo que Bernardo, que así se llamaba su prometido, había entregado algo para ella como última voluntad, y tuvieron la amabilidad de enviársela. Sin embargo, la caja llegó unos días después de que ella falleciese. Los sobrinos no supieron entender el significado de aquel mensaje que llegaba con más de setenta años de retraso, y la vendieron.

Después de contarme todos aquellos detalles, yo le pregunté para qué quería él la caja. Aunque parecía una idea descabellada, la lógica era muy humana. Simplemente quería que enterrasen la cajita junto a ella, ya que esa había sido la voluntad de Bernardo, y sin duda tenía un gran significado para ella.

Finalmente fui yo misma quien depositó aquella cajita junto a su tumba, y le puse unas flores de colores alegres, porque estaba segura de que Águeda se sentía ahora así.

Ya no volví a despertarme con miedo, aunque tengo que reconocer que la melodía de la caja puedo escucharla a veces, sobre todo por las noches, pero ya no me asusta. Simplemente tengo la impresión de que alguien me da las gracias desde el Más Allá.

FIN


2 respuestas a “LA CAJITA

  1. ¡Muy hermosa y tan romántica historia!
    Me parece que mantiene el interés, la tensión y un profundo sentido humano. Después de todo, la muerte es parte de la vida.
    Gracias, Isabel.

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