COMO AYER

COMO AYER

Nº Reg.Propiedad Intelectual: M-007166/2017

Isabel Puyol Sánchez del Águila

 

Marcos estaba en su habitación, sentado en la cama y a punto de quedarse dormido, cuando sonó su móvil. Era de su querida Sara, que en esta ocasión le escribía un corto y enigmático mensaje:

“Reúnete conmigo en Villa Dorada. Tengo algo que contarte en persona. Estaré esperándote.”

Sorprendido, pero también algo asustado por lo desconcertante del mensaje, se vistió rápidamente y salió hacia la estación de tren. A pesar de las horas, él sabía que había un tren que salía a las doce. Llegaría a Sevilla por la mañana, y desde allí, podría llegar hasta Villa Dorada, el cortijo donde habían sido tan felices tiempo atrás. Sin embargo temía que algo malo le ocurriese, o que tuviese alguna noticia preocupante que darle. No entendía nada.

A esas horas la estación estaba vacía, aunque había una niebla espesa que le impedía ver con claridad. Quizás hubiese alguien más en el andén, pero sintió miedo por aquel terrible silencio. Subió al tren él solo, pero esperando encontrar a alguien más dentro, sin embargo no veía a nadie. El vagón era mucho más antiguo de lo que esperaba, aunque pensó que quizás sería por ser el horario nocturno, que apenas tenía viajeros. Se dirigió a su compartimento y se acomodó, aunque los asientos eran de madera, tan viejos como incómodos. Ni siquiera podía entretenerse mirando por la ventana, porque todo estaba oscuro. Y en medio de aquel silencio y soledad, el tren pitó y comenzó a andar lentamente.

Mientras más absorto estaba en sus pensamientos, y preocupado por qué podría ser lo que necesitaba Sara, alguien entró en su compartimento. Se trataba de un hombre de aspecto afable, pero extraño. Su ropa no se correspondía con la época del año en la que estaba, ya que hacía calor, y él llevaba gabardina y sombrero. Le saludó amablemente y le pidió permiso para sentarse frente a él, y Marcos asintió con la cabeza. Justo en el momento en el que se estaba acomodando, pudo comprobar que los zapatos de aquel extraño viajero eran muy antiguos. Comenzó a sentirse incómodo en aquel viaje, pero procuraba relajarse pensando que quizás se trataba de alguna persona excéntrica, pero inofensiva.

Pasaron unos minutos de silencio, que a Marcos le parecieron eternos, porque aquel hombre no apartaba su mirada de él. Finalmente comenzó a hablar, y conforme miraba su rostro, sus temores iban desapareciendo. Era afable y con una conversación amena, aunque en extremo personal. Sin saber cómo, la conversación derivo hacia un asunto que preocupaba especialmente a Marcos.

-¿Es usted jugador, verdad?-le preguntó el desconocido.

Marcos se sorprendió de que hubiese descubierto su pasión, o vicio, pero no dudó en preguntarle cómo lo había sabido.

-Los reconozco perfectamente porque yo también lo fui, aunque eso ya es pasado. A juzgar por las horas a las que ha tomado este tren y por su aspecto, yo diría que está usted en un apuro- le contestó el indiscreto viajero.

Era cierto que Marcos estaba pasando por un mal momento, ya que debía una importante cantidad de dinero y no sabía qué más podía vender para saldar su deuda. Sara siempre le había ayudado, pero también era consciente de haberle creado grandes problemas a su paciente esposa. Lo único que le quedaba por vender era Villa Dorada, pero ni siquiera eso serviría para pagar todo lo que debía. Además aquel lugar era el favorito de Sara, y a donde siempre acudían para relajarse, y recuperarse de los sinsabores de la vida escuchando el canto de las cigarras en los calurosos días de verano.

Al poco rato, el desconocido le preguntó por el motivo de su viaje, y Marcos, aunque sorprendido, se lo explicó.

-Parece ser que mi esposa tiene algún problema, y me reclama con urgencia. Estoy preocupado.

-¿No le ha dicho el motivo de su angustia?-le volvió a preguntar aquel hombre.

-No, pero tiene que ser importante, porque ella jamás me daría ningún susto sin motivo.

-¿Y usted a ella?-le interrumpió el desconocido.

-Me temo que yo le doy demasiados disgustos. Es una relación desigual, ella siempre me ayuda y yo solo le hago daño. Espero ser yo esta vez quien la ayude- dijo Marcos con cierta vergüenza.

El desconocido le sonrió con paternalismo, como si reconociese perfectamente sus sentimientos, pero Marcos tenía una pregunta que hacerle.

-¿Cómo consiguió dejar el juego?

Después de un rato de silencio, el viajero le contestó sin mostrar demasiado pudor al hablar de aquel tema tan delicado.

-Solo le puedo decir que yo no recibí ninguna llamada, quizás porque no me la merecía.

-No entiendo a qué se refiere usted-dijo Marcos.

-Vuelva a mirar su teléfono, quizás tenga alguna pista sobre qué hacer, y a lo mejor puede usted ahorrarse este incómodo viaje.

Marcos volvió a comprobar su teléfono, y efectivamente había un mensaje de Sara, que se apresuró a abrir.

“Nos veremos cuando sea el momento, y seremos tan felices como ayer, pero todavía no. Tienes que solucionar muchos asuntos”

Sorprendido por el extraño mensaje levantó la cabeza para mirar a su compañero de viaje, buscando algún tipo de explicación. Sin embargo, no había nadie frente a él. No podía entender lo que acababa de vivir, aunque pronto podría comprobar lo que acababa de suceder.

Marcos se encontraba en su cama, con un bote de pastillas vacío junto a él. Con toda la dificultad del momento, pero con determinación, consiguió levantarse y provocarse el vómito. Finalmente lo hizo, y volvió a tumbarse reposando la cabeza sobre su almohada. Mirando hacia el techo, y tratando de asimilar la experiencia, recordó con dolor, pero también con emoción, que Sara hacía años que ya no estaba en este mundo. No pudo evitar emocionarse cuando se dio cuenta de que ella siempre había sido su gran apoyo, y le había salvado de muchas dificultades. Ahora, como siempre, había sido ella quien había corrido en su ayuda. Además tenía la certeza de que volverían a estar juntos, pero cuando fuese el momento, todavía tenía muchas cosas por vivir. Mientras tanto, con la ventana abierta entraba la brisa de la cálida madrugada, y las cigarras cantaban, como si nada hubiese ocurrido. La vida continuaba…

FIN

Imagen: “El Tren”- Autor: José María Velasco


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