EL VIGILANTE DE LAS MUÑECAS

EL VIGILANTE DE LAS MUÑECAS

 

Nº Reg.Propiedad Intelectual: M-007166/2017

Isabel Puyol Sánchez del Águila

 

 

Germán encontró un trabajo como vigilante de seguridad en una fábrica. Su turno era de noche, y aquello le incomodaba, pero a pesar de temer tanto a la oscuridad como a la soledad, no tuvo más remedio que aceptar las condiciones.

Era una vieja fábrica de muñecas, que a la luz de la luna producía un cierto escalofrío, ya que solo disponía de una pequeña bombilla por pasillo. Apenas podía desplazarse por la falta de iluminación, aunque tenía que hacer al menos dos rondas cada noche valiéndose de una linterna, y poco más, ya que su perro, Keko, se negaba a entrar en las instalaciones y permanecía en la puerta. Después de la primera noche, tomó la decisión de renunciar a su trabajo, ya que no soportaba aquel silencio. Sin embargo, algo cambió de repente, cuando se estaba quedando dormido, un ruido le despertó. Al abrir los ojos, frente a él, se encontraba otro compañero. Habían contratado a alguien más, y aquello le hizo cambiar de opinión.

Después de intercambiar algunas palabras con él, sin dar ningún tipo de explicación, su nuevo compañero le dio la espalda y comenzó a hacer la ronda sin él. Quizás este hombre, que le había dicho que se llamaba Bermúdez, había venido a quitarle el trabajo, ya que parecía más dispuesto que él a moverse por la fábrica sin mostrar el más mínimo temor.

Cada noche, camino de la fábrica, Germán se preguntaba si vería a Bermúdez o no, ya que a veces parecía jugar con él, como si se escondiese de algo. No siempre coincidía con él, más bien al contrario, éste parecía no querer tener ningún tipo de relación.

Era la noche del jueves cuando a Germán se le heló la sangre. A lo lejos pudo distinguir perfectamente a Bermúdez hablando con una muñeca. No se trataba de ninguna broma, ya que éste se reía, como si hubiese una comunicación real. Sin duda su nuevo compañero estaba loco, y él corría peligro. Lo mejor sería informar a los jefes, pero pensó que le dirían que simplemente trataba de sobrellevar el aburrimiento bromeando con las muñecas de la fábrica, así que por el momento prefirió guardar silencio. Aquella noche no consiguió ver a su compañero cara a cara, era como si tuviese la capacidad de aparecer y desaparecer con total normalidad. Sin embargo, cuando no lo tenía frente a él, sí podía sentirse vigilado, y aquello sí lo sentía como una amenaza real.

Una de las noches, mientras hacía la ronda, escuchó un susurro. Con el vello erizado se giró, y tuvo la sensación de que una de las muñecas era la que había hablado. Sin embargo, lo que realmente le perturbó fue ver que su compañero había roto todas las muñecas que había a la vista. Las cabezas rodaban por el suelo, y les había sacado los ojos. Germán, sin saber qué hacer echó a correr para esconderse. Tenía que avisar a sus superiores, pero Bermúdez le atacaría si lo viese llamando. No sabía cómo solucionar la situación. Lo primero que haría sería ir a la puerta a buscar a su perro, él sabía que Keko no entraría en la fábrica, de modo que se quedaría junto a él en la parte de fuera. Sin embargo, nada más llegar a la entrada, algo terrible llamó su atención. El suelo estaba lleno de sangre, como si un cadáver hubiese sido arrastrado. Abrió la puerta con la mano temblorosa, y lo que vio le dejó en estado de shock. Keko yacía en el suelo cubierto de sangre y con un cuchillo clavado. Su compañero lo había matado a sangre fría, y lo mismo haría con él esa misma noche. Era como si una locura destructiva se hubiese apoderado de él.

Cuando más horrorizado y paralizado por el miedo se encontraba, pudo escuchar a lo lejos la risita cruel de Bermúdez; sus pasos se aproximaba. Germán huyó a esconderse detrás de unas estanterías, ya que en el polígono por la noche no había luz, y él no tenía coche.

Una vez detrás de la estantería, con el corazón acelerado se percató de que había pisado algo así como unas bolitas o pastillas. Palpando el suelo pudo distinguir que había un tubo de pastillas vacío en el suelo y que las píldoras estaban desparramadas. Fuera la que fuera la enfermedad de su compañero, estaba claro que no estaba tomando su medicación, y que era peligroso. Se planteaba si quizás no estuviese viviendo los últimos minutos de su vida.

De repente, cuando estaba a punto de dejarse vencer por el sueño, una mano corrió bruscamente la estantería detrás de la que se ocultaba. Eran dos hombres, que lo agarraron y se lo llevaron.

-Germán, ha vuelto usted a dejar de tomar la medicación y tenemos que llevarlo de vuelta al hospital- le dijo un hombre que parecía un enfermero.

-No soy yo, es un tal Bermúdez-le contestó Germán.

-Sí, lo sabemos, cuando usted no toma su medicación, ese Bermúdez, o sea, su otra personalidad, aparece y comete atrocidades. Me temo que esta vez no podrá volver a salir.

Camino del hospital psiquiátrico, sentado junto a él en la ambulancia, Bermúdez le miraba de reojo y comenzaba a reírse…

FIN

Imagen: Dibujo de Perro de John Singer Sargent

 


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