LO PROHIBIDO

LO PROHIBIDO

Registro Propiedad Intelectual: M-005303/2019

Isabel Puyol Sánchez del Águila

 

Los hechos tuvieron lugar en una pequeña ciudad costera hacia el año 1870. Según cuentan, don Cosme, que disfrutaba de una gran fortuna, había cumplido ya los cincuenta, y comenzaba a sentirse solo. No se había casado, ya que todas las jóvenes a las que había conocido a lo largo de su vida le habían parecido poco atractivas. O era demasiado baja, o le resultaba alta en exceso, la que era delgada no le atraía, y a la que le sobraban kilos ni la miraba. No había tenido suerte en el amor, pero tampoco había demasiadas candidatas en una ciudad tan pequeña como aquella. Siguiendo los discretos consejos de un amigo del casino, se marchó a Cuba a buscar esposa, porque según su criterio, las mujeres del Caribe eran de notable belleza y delicado encanto. Era el lugar perfecto para encontrar a la mujer idónea para él.

Carmela, su ama de llaves, le había mostrado ciertas reticencias cuando él le comunicó su decisión, pero al fin y al cabo se trataba de su vida, y haría lo que desease. También mostró cierto disgusto de quedarse sola en aquella mansión, tan aislada de la ciudad y en cierto modo tan tenebrosa. Le imponía aquel silencio que tuvo que soportar durante tres largos meses.

Llegó el día en el que don Cosme apareció por la puerta mostrando una felicidad que Carmela jamás había visto en él, ni siquiera cuando era niño. Lo primero que hizo después de darle un abrazo, fue presentarle a su flamante esposa. Se llamaba Linda Flor, un nombre que la definía bien, porque su belleza era igual de exótica e inusual. Solo había algo en ella que desagradaba a Carmela, y era que iba maquillada y adornada en exceso, sobre todo para vivir en una ciudad como aquella, tan pequeña y de costumbres tan rancias, por lo que pronto daría que hablar.

Tal y como temía Carmela, pronto comenzaron los rumores y especulaciones sobre Linda Flor. Todo el mundo desconfiaba de ese matrimonio y del hecho de que jamás don Cosme había dado ningún tipo de información sobre su procedencia ni familia, ni siquiera de cómo y dónde se habían conocido. Además, ella se mostraba reservada en exceso, y huía de la poca vida social que la ciudad le ofrecía. Sin embargo, la felicidad de la pareja era evidente, innegable, al menos por parte de Cosme.

Cada noche se repetía la misma rutina; cenaban a las nueve y después de descansar un rato en el salón, a las diez y media se iban a su habitación. Sin embargo, una de esas noches ocurrió algo que lo cambió todo.

Carmela, agotada después de su dura jornada de trabajo, dormía plácidamente cuando un ruido la despertó. Cuando abrió los ojos y se aseguró de que no era un sueño, pudo distinguir perfectamente que se escuchaban pasos en la planta baja. Con mucho cuidado, y sin encender el candelabro para no ser vista se aproximó a la barandilla de la escalera. En ese momento, y para su desconcierto, pudo distinguir que había un hombre pululando por la casa. Después de frotarse los ojos para asegurarse de que estaba viendo bien, volvió a mirar, pero ya no estaba. Se había ido o escondido. Carmela, presa de pánico, lo primero en lo que pensó era que tenía que avisar a don Cosme, porque alguien había entrado en su casa, pero cuando iba de camino hacia el dormitorio, se paró. Había un detalle en el que no había pensado. Muy probablemente Linda Flor tenía algún amante, alguien que hubiese venido de Cuba. Aquello no sería difícil, porque Cosme, aunque muy querido por Carmela, no era precisamente apuesto, y el joven que ella acababa de ver sí lo era, y mucho.

Ahora Carmela se encontraba en un dilema, tenía que elegir entre ser leal a don Cosme y romperle el corazón, o mantenerlo en la ignorancia y que fuese feliz. Sin embargo no paraba de darle vueltas al asunto, hasta que se le ocurrió algo. Esperando a que Linda Flor no estuviese presente, cosa que era bastante difícil, una mañana se dirigió al salón, donde Cosme leía la prensa, y habló con él, aunque de una forma sutil.

-Don Cosme, hay algo que quiero preguntarle.

-Dígame lo que quiera, Carmela- le contestó levantando la mirada por encima de sus anteojos.

-Me resulta difícil hablarle de esto, pero es que estoy muy asustada en esta casa. Creo que hay fantasmas. Yo misma lo he visto varias veces pululando por la casa-le dijo con timidez.

Don Cosme, lejos de reírse de Carmela, se quedó un rato pensativo, y después le contestó.

-Bueno, es una vieja leyenda de esta casa, hay alguien que se pasea por aquí, pero créame que lo mejor es hacer como que no ha visto nada, y sobre todo no hable de esto con nadie. La gente no suele creer en estas cosas, y si quisiera vender la casa, eso no ayudaría.

-Dígame, ¿lo ha visto usted también?-le preguntó Carmela tímidamente.

-Sí, alguna vez, pero prefiero no mirarle a la cara, que es lo que hay que hacer- le contestó de una forma enigmática.

Aquello, lejos de tranquilizar a Carmela, la confundió y angustió aún más. Era cierto que desde hacía algunos años, a veces escuchaba ruidos en la casa, pero nunca hasta ahora había visto que nada se materializara así, y de una forma tan real. Sin embargo algo complicaría aún más las cosas…

Fue otra de esas noches de insomnio y sugestión cuando Carmela escuchó algo parecido a una risita, un susurro. Esta vez, desoyendo a don Cosme, se acercó a ver qué era aquello. Para su sorpresa, esta vez eran dos las presencias que se movían por el salón. Sin pararse a mirar más, volvió a su habitación, pero tuvo tiempo de ver que en mitad del salón había algunas pertenencias de la señora. Una vez en la cama, incapaz de conciliar el sueño, comenzó a darle vueltas a lo que había visto. Sin embargo, al poco rato recordó que una de las doncellas le había dicho que de todos era conocido que en el Caribe no eran extrañas ciertas prácticas de santería y brujería. Ahora no tenía dudas, Linda Flor estaba practicando el ocultismo, y era ella la que atraía ciertos espíritus a la casa, pero la cuestión era saber con qué objeto, y qué buscaba.

El dilema que volvía a tener Carmela era si contarle o no algo a don Cosme, pero después de meditarlo mucho, llegó a la conclusión que para tener su conciencia tranquila tenía que hacerlo…

A la mañana siguiente, aprovechando que su esposa dormía más que él, mientras desayunaba se acercó a contarle lo que había visto. Esta vez, don Cosme, lejos de quitarle importancia se levantó bruscamente de la mesa con los ojos muy abiertos y comenzó a preguntarle por el aspecto de la otra presencia. Esto sorprendió mucho a Carmela, que le dio todo tipo de detalles mientras Cosme se derrumbaba en por momentos.

Contra toda lógica, al día siguiente Linda Flor partía de vuelta a Cuba. Fue un amigo de don Cosme quien entre copa y copa trataba de consolarle. Carmela, tratando de entender algo, se escondió para escuchar la conversación. Linda Flor era el nombre que utilizaba en el cabaret en el que trabajaba. Su verdadero nombre no era el de una mujer, pero Cosme se enamoró de él desde el primer momento que lo vio sobre el escenario. Hasta que le conoció hubo otros hombres que entraban y salían de su casa por las noches, y sin duda esos eran los ruidos extraños que se escuchaban de vez en cuando. Don Cosme nunca se había interesado por las mujeres, ni se había enamorado nunca hasta que conoció a Linda Flor. Sin embargo ahora le había sido infiel, y eso no lo había podido perdonar.

Repuesta del impacto que le había causado escuchar todo aquello, lo único que sabía Carmela era que su querido Cosme estaba cada día más apagado. Era cierto que Linda Flor, o como en realidad se llamase, no había sido leal del todo con él, pero según le aseguró antes de partir, aquel hombre que la había visitado era su pareja hasta que le conoció a él. Ahora había venido a España a buscarle y retomar su relación, pero él había preferido quedarse junto a su recién estrenado esposo en aquel remoto y pequeño pueblo. No le importaba fingir ser una mujer el resto de su vida para encajar en su mundo, y aquello lo había agradecido Cosme, pero la infidelidad no la había podido asimilar. Era demasiado doloroso, y muchas sus inseguridades. El mundo se le había derrumbado, y ya nada daba sentido a su vida. No había salida…

Poco tiempo después…

Una mañana, al levantarse Carmela y dirigirse a la cocina para que la cocinera fuese preparando el desayuno, vio una nota sobre la mesa. Iba dirigida a ella y era de don Cosme:

“Querida Carmela:

No me esperes para cenar, porque Cuba está un poco lejos. Te avisaré cuando vuelva, y por supuesto tendrás que poner la mesa para uno más.”

Aquella nota le llenó de alegría, porque entre el riesgo o el vacío, su querido Cosme había elegido el riesgo; había optado por la vida.

 

“Entre el dolor y la nada, prefiero el dolor” W. Faulkner

FIN

Imagen:  Autor: Victor Manuel García Vázquez “La Gitana Tropical”


2 respuestas a “LO PROHIBIDO

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