EN LA VENTANA OSCURA

el-martirio-de-santa-c3barsula-caravaggioEN LA VENTANA OSCURA

 

Nº Reg.Propiedad Intelectual: M-007166/2017

Isabel Puyol Sánchez del Águila

 

 

 

Esta fue la extraña declaración de Laura S.P. :

“Todo comenzó cuando alquilé un piso muy barato y extremadamente antiguo situado en el centro de Madrid.  El precio del alquiler era tan bajo, que yo supuse que en realidad la dueña quería que alguien se ocupara de la casa para que no estuviera permanentemente vacía. En realidad, lo que ocurría es que allí habían muerto tres personas en extrañas circunstancias, y nadie quiere ese tipo de casas, aunque eso al principio no me preocupó.

El panorama que me encontré era desolador en todos los aspectos. Estaba en un estado de abandono absoluto. Los pocos muebles que había eran  extraordinariamente antiguos y deteriorados. Era demasiado grande y con dos puertas, por eso siempre se tenía allí la sensación de inseguridad. Algo bastante extraño era que solo había tres  cuadros en la casa, que no eran precisamente los adecuados para la decoración. Eran especialmente oscuros y tétricos. Cada uno de ellos representaba el martirio de un santo. Se trataban de reproducciones de obras maestras, pero para estar en un museo, no para decorar tu hogar. Ni siquiera me detuve ni un minuto a contemplarlos, porque resultaban inquietantes y me bajaban el estado de ánimo.

Una tarde, mientras preparaba la cena en aquella pequeña y antigua cocina, abrí la ventana para ventilar, aunque daba a un oscuro patio de luces. No me gustaba abrir, pero de vez en cuando tenía que hacerlo. Justo enfrente había una ventana que solía estar cerrada, nunca parecía haber luz allí, ni tampoco se veía movimiento alguno. En el buzón figuraba el nombre de una mujer, de modo que supuse que el piso estaba habitado. Pero aquella tarde pude comprobarlo. Cuando estaba a punto de cerrar mi ventana, algo me llamó la atención. Estaba la luz apagada pero la ventanita estaba abierta y pude distinguir que había alguien allí, mirándome fijamente. Yo hice un gesto con la cabeza para saludar, pero no se inmutó. No podía comprender qué hacía allí aquella mujer curioseando con la luz apagada. Lo único que pude distinguir de ella era su desgarbado y abandonado aspecto, y que parecía muy mayor . Aquello me asustó porque no sabía a quién tenía por vecina, ni si podría ser peligrosa.

Después de varios episodios como aquel comencé a preocuparme, porque aquella desconocida parecía tener interés por mí, y aquello no podía ser nada bueno. Lo primero que decidí fue no abrir la ventana, aunque para ello tuviera que dejar de cocinar. Lo peor era comprobar que ella seguía allí, ya que los cristales de mi ventana y de la suya eran un poco translúcidos, de modo que sí se podía distinguir si estaba ella o no.

Decidida a no seguir sugestionándome, tomé la decisión de  sonsacarle información al portero, pero aquello no solo no me reconfortó, sino que me agobió más. Me contó que  se trataba de doña Adelaida, una mujer extraña que nunca salía de casa, excepto para ir a misa, y que nunca hablaba con nadie.

Desde aquel momento comencé a cerrar la puerta con cerrojo, sin olvidarme nunca de hacerlo. Un pánico indescriptible e irracional se apoderó de mí. Por alguna razón, independientemente de cuál fuera su locura, si es que  la padecía, aquella mujer se había fijado en mí.

Pocos días después de la conversación con el portero tuve una experiencia realmente perturbadora. Serían las doce de la noche, cuando de repente un fuerte golpe me despertó. Aunque estaba profundamente dormida cuando ocurrió, pude distinguir que se trataba de la puerta de entrada, así que me levanté aterrorizada, pero con sigilo para comprobar si había entrado alguien. Al llegar a la puerta vi que estaba cerrada, y miré por la mirilla. En aquel instante sentí frío en la nuca, y fue cuando recordé que había otra puerta en la casa, al fondo del corredor. Con el corazón acelerado me dirigí hacia el final del pasillo oscuro, y para mi sorpresa y horror, pude comprobar que estaba abierta. Asomé un poco la cabeza para ver si había alguien en la escalera, que era la de servicio, y apenas se utilizaba. Estaba tan abandonada que producía terror subir o bajar por ella; parecía que iba a derrumbarse de un momento a otro. Sin embargo, sí pude escuchar algo parecido a unos rezos. Aquello me hubiese desconcertado si no hubiese tenido la conversación con el portero, y me hubiese comentado que doña Adelaida era muy religiosa. Sin duda esos rezos provenían de su piso. Cerré la puerta rápidamente y me preparé un café para no quedarme dormida aquella noche; estaba realmente asustada.

Mientras me tomaba el café paseaba por el pasillo tratando de relajarme, y fue en ese momento  cuando me fijé en los cuadros; Había algo extraño en ellos, aunque no sabía qué. Me dispuse a buscar información sobre esas obras, y averiguar de qué santos se trataba, de modo que encendí mi portátil y me puse a buscar.

Finalmente encontré la información que buscaba. El primero era El Martirio de San Bartolomé, de José Ribera. Un terrible cuadro que muestra al mártir que te mira con horror, mientras es desollado con sadismo. El segundo era El martirio de Santa Apolonia, de Guido Reni. Otra brutal obra maestra, en el que una mujer joven, atada a un poste, espera con terror a que dos verdugos le arranquen los dientes con unas enormes tenazas. El último, tan tremendo como los otros, era El Martirio de San Andrés, de José Ribera. Muestra el momento en el que el santo está siendo atado a una cruz con forma de aspa donde fue crucificado. Solo aparece iluminado el santo, porque sus verdugos parecen como surgir de las sombras; brutal, y atroz, pero auténticas obras de arte, casi hipnóticas

Mientras los contemplaba casi petrificada, algo llamó mi atención de una forma brusca. Al mirar en Internet los cuadros y ver que eran reproducciones exactas, había algo que no coincidía. Fijándote bien, te dabas cuenta de que las caras eran diferentes, incluso el rostro de San Bartolomé parecía el de una mujer. Algo no encajaba,  y no sé por qué, pero tuve la sensación de peligro, y simplemente me marché del piso sin llevarme nada.

Un par de días después, tuve que volver a la casa a recoger mis pertenencias. Fui yo sola, y con un pánico que me impedía casi caminar. Al entrar en el piso volvió a suceder lo que me temía. La puerta trasera estaba abierta otra vez. Quizás habría alguien dentro esperándome, y en cierto modo así fue, aunque no se trataba de una persona.

Caminando por el largo pasillo oscuro para cerrar la puerta observé que había otro cuadro más, pero este estaba apoyado en el suelo, y todavía estaba sin terminar. Abajo ponía: “El Martirio de Santa Úrsula”; un espectacular y perturbador cuadro que muestra a la santa de perfil mirando hacia su pecho en el momento en el que el rey de los Hunos le ha clavado una flecha. Lo que me hizo caerme hacia atrás fue ver el rostro de la santa, ya que se parecía mucho a mí. Di un grito y eché a correr.

Sin recoger mis maletas salí corriendo escaleras abajo. pero por la de servicio, ya que la puerta estaba abierta. Aquel fue mi error, ya que apenas había luz. La experiencia más terrorífica fue descubrir que había alguien en el rellano que parecía estar esperándome. Solo pude distinguir su silueta oscura y desgarbada que yo había visto a veces en la ventana de la cocina. Yo solo traté de salvar mi vida, y la única forma fue empujar a aquella mujer por la escalera. No quería hacerle daño, solo escapar de ella.”

-Como resultado-le explicaba el Comisario- usted mató de una forma intencionada a una anciana, que al escuchar sus gritos, salió a tratar de socorrerla. Nunca salía de su casa, y era aficionada a la pintura. Simplemente le gustaba reproducir cuadros del Museo del Prado pero con rostros diferentes. Ella se fijaba en las personas que alquilaban el piso de enfrente, y luego los incorporaba a sus cuadros, porque al no tratar con nadie, eran las únicas personas a las que veía. Sus cuadros siempre eran religiosos porque ella era tremendamente devota. Respecto a la puerta trasera de la casa, si usted se ha fijado bien, la cerradura está rota, por eso se abre cuando hay algo de viento. La casera esperaba que usted misma la arreglara, ya que ella no suele hacerse cargo de las reparaciones. Es cierto que tres personas que vivieron  juntas en ese piso murieron por el consumo de drogas adulteradas. Doña Adelaida regaló esos cuadros a los fallecidos, y pensaba hacer lo mismo con usted. A mí me parecería un detalle de mal gusto, pero para sus férreas creencias religiosas y su débil estado mental, era simplemente un gesto de cortesía, que en su caso le costó la vida.

Como tantas otras veces, el Comisario se preguntaba si había algo más irracional y peligroso que el miedo, mientras daba por concluida su jornada y se marchaba a casa cuando ya había oscurecido. Lo cierto era que no le gustaba pasear por la calle por la noche, aunque no sabía por qué, y cada pocos pasos solía girarse a ver si alguien le seguía…

 

“El hombre más peligroso es aquel que tiene miedo”

Ludwig Börne

Imagen: “El Martirio de Santa Úrsula” de Caravaggio.

FIN

Nota: Conocí en cierta ocasión a una señora de edad avanzada que solía hacer este tipo de regalos,  y no creo que jamás se hubiese planteado  lo perturbadores que podrían llegar a ser sus cuadros.


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