LA FIRMA DEL CIELO

LA FIRMA DEL CIELO

Registro Propiedad Intelectual: M-005303/2019

Isabel Puyol Sánchez del Águila

 

Creo recordar que fue el caluroso verano de 1975 cuando Waldo R. Ibáñez, alias “El Huérfano”, salió de la cárcel después de haber cumplido gran parte de una condena de cinco años por diferentes robos sin violencia. Su vida nunca había sido fácil, y no eran muchas las oportunidades que le ofrecía la vida a alguien como él, sin familia ni amigos, y con antecedentes penales. Su apodo se debía al triste hecho de haber vivido solo en la calle desde muy corta edad, al morir su madre.

Ahora era libre, pero ni siquiera encontraba un lugar donde alojarse. Fue un día al salir de un taller donde había ido a solicitar trabajo cuando vio a un hombre que le esperaba a la salida. Aquello era extraño. Quería hablar con él.

-Disculpe que le moleste, pero me gustaría proponerle algo- le dijo el desconocido.

Aquello sorprendió enormemente a Waldo, ya que nadie le prestaba la más mínima atención, y menos las personas con el aspecto de aquel hombre, tan impecablemente vestido y de modales tan refinados, aunque había algo extraño en él, antinatural.

-Usted dirá- le respondió Waldo asombrado.

-Mi propuesta puede que le desconcierte, pero tiene una explicación. Sé que usted ha salido de la cárcel hace menos de un mes, y que no le sobrarán las ofertas de trabajo. Yo vengo a proponerle uno.

Waldo se mostró contento por la oferta, aunque desconfiado, fuera cual fuese el trabajo. La vida, y sobre todo la cárcel, le había enseñado a desconfiar de todo el mundo, pero no tenía a dónde ir ni un trozo de pan que llevarse a la boca, de modo que le pidió que le explicase en qué consistía lo que le estaba ofreciendo.

-Verá tengo una casa en las afueras de Madrid. Es bastante grande y con jardín, lo cual la convierte en un lugar difícil de proteger. No es precisamente de los ladrones de quien me quiero proteger, ya que sé, y no se ofenda por favor, que usted ha estado en la cárcel por robar.

-Entonces no sé a qué se refiere usted- le interrumpió Waldo.

-Me refiero a que tengo documentos importantes y hay quien está esperando a que me vaya de viaje para entrar a llevárselos. Es algo que me llevaría a la cárcel. Yo voy a estar fuera de España una temporada y necesito que haya alguien allí para vigilar. No quiero llevarlos a la caja fuerte de un banco porque no me fío.

Mientras le explicaba los detalles, Waldo observó que aquel hombre, cuyo nombre se negaba a decir, parecía asustado. Además le daba la sensación de que llevaba una peluca debajo de un anticuado sombrero. Parecía cierto que algún peligro se cernía sobre él. Aquel trabajo podría ser peligroso, pero le era imposible rechazarlo.

Ambos fueron a la casa y aquel hombre le iba mostrando diferentes rincones y habitaciones de su hogar. Le dejaría la nevera llena y tendría los gastos pagados durante un mes. Hubo un detalle que le produjo un escalofrío. Había una catana en la entrada, sobre un mueble. Cuando Waldo le preguntó qué hacía allí, él le contestó algo inquietante.

-Si entra alguien es mejor que esté armado, no es buena idea estar en esta casa sin protección de ningún tipo. Por cierto, antes de marcharme quiero decirle una última cosa, y es que no le diga a nadie que ha hablado conmigo. No quiero dar pistas. Me he tomado la molestia de cambiar la cerradura por si viniese alguien de mi entorno familiar y se encontrase con usted aquí- dijo el hombre antes de desaparecer por la puerta.

Aquella situación era quizás la más extraña que había vivido en su ajetreada vida. Nadie hubiese aceptado un trabajo como aquel, donde obviamente su vida corría peligro. Se preguntaba a quién temía, y qué era lo que ocultaba en aquellos papeles.

Desde el primer día que estuvo viviendo en aquella gran casa, no paró de mirarlo todo, no solo porque no tenía nada que hacer, sino también porque sentía una enorme curiosidad por aquella situación. Sin embargo era muy cuidadoso con los muebles y los objetos que estaban por todas partes. Lo primero que le llamó la atención fue ver los retratos de él y de su mujer que había por la casa. En ellos pudo comprobar que el hombre con el que había hablado llevaba peluca, ya que en las fotos aparecía totalmente calvo, y más delgado. Aquello no le resultó tan extraño, ya que se había percatado de su aspecto de ir disfrazado desde el primer momento en el que había hablado con él. La primera noche no pudo dormir, porque cada ruido de la casa le hacía incorporarse y levantarse de la cama para ir a comprobar si había entrado alguien. Aquello tenía que ser una trampa para él, pero le costaba trabajo imaginarse qué podría haber detrás de todo aquello. Durante el resto de la noche tampoco pudo descansar porque el teléfono sonó varias veces, y cuando contestaba, no respondía nadie.

Aquella casa era como un sueño para él. Nunca había dormido en una cama como esa ni había vivido rodeado de tanto lujo y comida exquisita en la nevera. Su vida había sido difícil desde pequeño, muy marcada por la pobreza, y ahora podía disfrutar de estos placeres, aunque corriendo peligros, o al menos eso era lo que él pensaba. Sin embargo le compensaba, aunque lamentaba que su madre jamás hubiese disfrutado, aunque solo fuera un día de su triste vida, de estar en un lugar como aquel. En sueños se veía junto a ella paseando por el jardín , y recogiendo las rosas de los bellísimos rosales que florecían por todas partes.

El hombre misterioso, a juzgar por el lugar donde vivía y las fotos que tenía por toda la casa, había llevado una vida interesante, llena de placeres y con una mujer especialmente guapa y elegante a su lado. Sus vidas contrastaban como el día y la noche.

Pasaron tres días desde que se había instalado en aquella mansión, cuando un fuerte golpe en la puerta de la entrada le sobresaltó. Era en mitad de la noche, y era obvio que estaba echando la puerta abajo. Corrió a coger la catana, pero ya era tarde. La puerta estaba abierta de par en par. Él tiró de inmediato la catana al suelo.

Un grupo de policías le apuntaban con una pistola, y detrás de ellos, el dueño de la casa le señalaba con el dedo mientras gritaba:

-Cuando volví de viaje me encontré mi casa ocupada por este hombre. Ha cambiado la cerradura. Por favor busquen a mi mujer. He estado llamando estos días, pero no contestaba nadie.

La Policía buscó rápidamente por la casa, y no tardaron en encontrar el cadáver de la desdichada mujer enterrado en el jardín. El policía, que fue el que la encontró dictaminó que esa mujer llevaba unos quince días muerta, y que el arma del crimen había sido la catana.

-Entonces este asesino la mató al día siguiente de que yo me marchara de viaje- decía el hombre señalando a Waldo.

-Pero yo solo llevo tres días aquí- respondió Waldo.

-No es verdad, porque yo llevo llamando quince días y no contestaba nadie. La Policía puede comprobar que yo he hecho esas llamadas.

Mientras se llevaban a Waldo en el coche patrulla camino de la Comisaría, él miraba por la ventana y una sonrisa le iluminó la cara mientras miraba al cielo.

Lo que no le había contado a aquel hombre cuando aceptó su extraña oferta de trabajo, era que él, al haber accedido al tercer grado de su condena, tenía que ir a firmar a la Comisaría una vez por semana, e informar dónde vivía. Justo el día en el que entró a vivir allí, había ido a firmar. Aquello le convertía en inocente, ya que la mujer del hombre había sido asesinada hacía quince días, cuando él dormía en un albergue y estaba perfectamente localizable para la Policía.

Por primera vez en su vida sentía que el Cielo se había puesto de su parte teniendo que ir a firmar. Aquella firma no solo le había salvado a él, sino que también había conseguido que el auténtico culpable fuera arrestado y no quedase impune por el asesinato de su desafortunada esposa.

FIN

“La verdad padece, pero no perece”, Santa Teresa de Jesús.

Imagen- Detalle de “Virgen con niño y ocho ángeles” de Boticelli.


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