LA PRESENCIA INCIERTA

LA PRESENCIA INCIERTA

Registro Propiedad Intelectual: M-005303/2019

Isabel Puyol Sánchez del Águila

El encuentro con lo desconocido llegó a la vida de Simón un verano de 1975. Todo ocurrió tal y como lo narro a continuación.

 Simón estaba pasando el verano en el pueblo de sus abuelos, donde no iban habitualmente porque a su abuelo le traía malos recuerdos. Pero aquella vez fue él mismo quien quiso ir para “despedirse”, según él, ya que la edad no le permitiría ya muchos desplazamientos más.

 Una calurosa tarde, Simón y sus dos mejores amigos: Agustín y Tomás estaban aburridos, ya que no había demasiadas cosas que hacer. Como suele ocurrir, el aburrimiento es mal consejero, de modo que Agustín sugirió hacer una Ouija en una casa abandonada que había junto a un huerto donde solían ir a jugar. A todos les pareció una idea emocionante y no dudaron en llevar a cabo semejante práctica, ignorando los peligros que se suelen ocultar tras la inocente apariencia de un juego intrascendente.

Entre los tres hicieron un rudimentario tablero y se llevaron un vaso para usarlo como máster. No les costó trabajo entrar en la casa, porque la puerta estaba rota. Nada más entrar, el panorama resultaba desolador, aún conservaba algunos muebles rotos y las telas de araña lo cubrían todo. Olía mal, y con toda seguridad habría alguna rata o gato dentro de la casa, que sin duda les daría algún susto que otro. Ignorando la desagradable sensación de estar allí dentro, comenzaron la sesión con las preguntas de rigor, mientras los tres colocaban el dedo sobre el vaso.

-¿HAY ALGUIEN AQUÍ?-preguntó Simón.

No había ninguna respuesta, ni siquiera se movía el vaso. Estaban decepcionados, porque la pregunta la formularon varias veces y el resultado siempre era el mismo. Cuando estaban a punto de abandonar algo sorprendente ocurrió, y que les asustó tanto que se levantaron rápidamente del suelo. Un objeto había caído del techo haciendo un tremendo ruido, y eran unas gafas antiguas, que habían caído justo encima del tablero. A pesar del estruendo y de la altura de la que había caído, no se habían roto los cristales. Aquello era muy extraño, pero más aún lo que les ocurrió cuando se giraron, porque una pequeña corriente de aire soplaba en sus espaldas. Una de las puertas se había abierto, y un perro negro, que les miraba fijamente permanecía quieto, como sin atreverse a entrar en la habitación. Todos gritaron por la impresión, y porque su presencia imponía. Sin saber qué hacer se quedaron quietos, conteniendo la respiración. En pocos segundos el perro ya no estaba allí, era como si se hubiese esfumado. Buscaron por la casa, pero ya no pululaba por allí.

Pensando que aquello había sido algo sin importancia, y olvidando el detalle de las gafas, que no se atrevieron a llevarse de la casa, pasaron los días, hasta que algo ocurrió. Fue una tarde, mientras se bañaban en el río los tres amigos, cuando de repente, todos pudieron ver con toda claridad cómo el rostro del perro se reflejaba en el agua, en la orilla. Rápidamente levantaron la cabeza para ver si estaba allí el misterioso perro, pero no había ni rastro de él. De nuevo prefirieron olvidarse del asunto, ya que algún animal podría haber ido a beber agua al río, y luego salir corriendo, aunque no le hubiese dado demasiado tiempo, pero prefirieron pensarlo así.

-¿Y si ese perro es un espíritu?, quiero decir que apareció cuando hicimos la Ouija. Quizás sea algo demoniaco. Se lo conté a mi prima, y me dijo que por si acaso no le mirásemos a los ojos, que habíamos hecho una invocación, y eso era lo que había aparecido- dijo Simón.

Todos se quedaron callados durante un rato, porque habían decidido no hablar de aquello con nadie, y Simón lo había hecho. Pero quizás era mejor así, para estar prevenidos. Lo cierto era que ese supuesto animal solo aparecía cuando estaban los tres juntos, como si necesitase la energía de los tres para manifestarse, pero era bastante probable que estuviesen en peligro. Lo mejor sería que no volviesen a verse durante un tiempo, hasta que pasase todo aquello.

Una noche, estando Simón en su habitación, el sonido de la puerta le hizo despertarse bruscamente. Lo que vio le dejó sin aliento, no podía moverse de la impresión. Era el perro, que llevaba en la boca las gafas que habían caído del techo. Caminando, casi como si flotase, las colocó a los pies de la cama, y después desapareció por completo. Simón no sabía qué hacer. Cuando a la mañana siguiente se lo contó  a sus amigos, lo increíble fue comprobar que ellos habían tenido exactamente la misma experiencia. En todos los casos, las gafas habían desaparecido al mismo tiempo que el perro. Estaba claro que quería algo de ellos, y que no pararía hasta conseguirlo, pero lo terrorífico era pensar qué podría ser lo que buscaba, y si se trataba de un ser oscuro que buscaba su propia muerte.

El miedo que sentían Simón y sus amigos les impedía salir a la calle, pero tampoco podían descansar, porque no se atrevían a quedarse dormidos, porque sabían que volvería a por ellos. Poco a poco fueron sabiendo que el perro estaba cerca, porque los animales de los establos y los domésticos enloquecían sin motivo aparente. Hasta que un día, el gato de Simón se quedó mirando fijamente a la puerta, hipnotizado, y comenzó a andar, como siguiendo a alguien. Simón, que no quería salir de casa, no tuvo más remedio que hacerlo, porque su gato se estaba escapando, de modo que fue detrás de él. Para su horror, el gato le llevó hasta la casa abandonada, incluso un poco más lejos, y al llegar a un punto algo le hizo caer en un profundo sueño. Simón, asustado, fue a socorrer a su mascota, que parecía inconsciente,  justo en el momento en el que lo recogía del suelo, al levantarse, vio al perro, que volvía a mirarle fijamente, esta vez sin moverse de un punto. Luego comenzó a hacer movimientos con la pata, como arañando la tierra. Sin pararse a pensar lo que estaba ocurriendo allí, con su gato en brazos echó a correr de vuelta a casa.

Una vez en casa, cerrando bien todas las puertas, se encontró con su padre mirándole confundido. Sus abuelos ya hacía rato que dormían. Él no quería contarle lo que había ocurrido, pero finalmente lo hizo, le explicó todo desde el principio. Su padre, lejos de quitarle importancia, le hizo una pregunta.

-¿Qué aspecto tenían las gafas? ,¿cómo era el perro?-le preguntó.

-Eran de montura fina, dorada, de cristal redondo, y muy pequeñas. El perro era grande y negro, parecido a un Labrador ¿por qué?-

En ese momento, el padre de Simón fue a buscar un álbum de fotos muy antiguo. Buscó durante un rato, y finalmente le mostró una viejísima fotografía donde aparecía un chico muy joven con esas mismas gafas, y con el perro a su lado.

-¿Quién es?-le preguntó en estado de shock.

-Es el hermano del abuelo. Era muy joven cuando lo mataron en la guerra. No se sabe dónde están sus restos. Su perro no se separaba de él. Creo que te quiere llevar junto a su amo- dijo su padre sin mostrar dudas ante semejante afirmación, y visiblemente emocionado.

No tardaron mucho en comprobar que era exactamente eso lo que buscaba aquel perro fiel, porque buscaron en el punto que había mostrado, y efectivamente allí estaban los restos del joven que fue asesinado durante la guerra. Otros pequeños huesos que se encontraron próximos al esqueleto, sin duda pertenecían al perro, que probablemente no se separó de su amo ni después de muerto. Si había muerto tratando de buscar ayuda para su amo, estaba claro que ni la muerte le había apartado de su objetivo. La familia de su padre enterró a su familiar con una norme emoción, sobre todo el abuelo, que por fin podía enterrar a su hermano pequeño, y por supuesto, a su fiel perro con él.

Aquel mismo verano, el abuelo de Simón, tal y como él había presentido, partió de este mundo, pero habiendo encontrado  a su hermano.

Durante el entierro Simón recordó las palabras que un día le dijo su abuelo mientras acariciaba a un perro: “Creo que algunas veces los ángeles nos prestan a sus mascotas para que nos acompañen en esta difícil existencia”…

FIN

Imagen: “Niño con Perro” de J. Sorolla


2 respuestas a “LA PRESENCIA INCIERTA

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