UN TRABAJO EXTRAÑO

UN TRABAJO EXTRAÑO

Registro Propiedad Intelectual: M-005303/2019

Isabel Puyol Sánchez del Águila

No recordaba Águeda con total claridad cómo había sido su primer día en aquel extraño trabajo. Alguien de la agencia de colocación la había llevado allí y su nuevo jefe le había enseñado cuáles serían sus tareas.

Los compañeros con los que compartía oficina, ya que sólo los jefes tenían despacho, no eran demasiado amables. En más de una ocasión, ya desde el primer día, los había sorprendido mirándola de soslayo, como si no se fiasen de ella. Cada movimiento que hacía generaba desconfianza. Sin duda, aquel no era un buen lugar para trabajar, pero era lo único que tenía. A las pocas semanas de estar allí, se percató de que nadie le hablaba, de que era como si no existiera. Se planteaba si no era todo aquello producto de su imaginación, ya que todos se comportaban como si no la viesen. Aquella idea comenzó a obsesionarle, hasta el punto de que un día se acercó a la compañera que tenía justo enfrente.

-¿Os ocurre algo conmigo?- le preguntó de una forma algo agresiva.

-Nada-le contestó la compañera, volviendo a centrarse en su ordenador y sin querer continuar con aquella conversación.

Águeda volvió a su mesa y comenzó a llorar. Estaba desesperada de soledad y aislamiento. Cuando más hundida estaba, incapaz  de continuar trabajando, una mano le ofreció un pañuelo. Ella levantó la cabeza, sorprendida de que su llanto le importase a alguien. Fue entonces cuando vio de quién se trataba. Era una mujer joven y que no había visto antes por allí. Después de agradecerle el gesto le preguntó quién era.

-Soy Palmira- le contestó sonriéndole.

-No te había visto por aquí, ¿eres nueva?- le preguntó Águeda.

-No, soy la más antigua de esta oficina. No se me ve mucho porque no siempre estoy en el mismo sitio, ni siquiera vengo todos los días.

-Eres la única persona amable de este horrible lugar- se lamentaba Águeda.

-Dales tiempo. La gente es desconfiada, solo eso. Mira tengo esto para ti, seguro que te gusta y te endulza el día- le dijo Palmira mientras depositaba una cajita de caramelos de violeta sobre su mesa y se marchaba.

Mientras Águeda se recuperaba de la impresión de haber hablado por primera vez con alguien amable en la oficina, al levantar la cabeza pudo observar cómo su compañera de la mesa de enfrente la miraba. Su mirada era descarada, ofensiva, hasta el punto reunió el valor para dirigirse a su mesa.

-¿Tienes algún problema conmigo?- le preguntó con descaro.

La compañera, que seguía perpleja, no era capaz de articular palabra. Estaba pálida. Simplemente se levantó de la silla y fue directamente al despacho del director, ante la atónito mirada de Águeda que no sabía cómo interpretar aquello.

Al poco rato, el propio director le pidió que ella también se reuniese con ellos. Quizás ahora se enteraría de cuál era su problema, y sabría qué ocurría allí.

-Siéntese, Águeda- le pidió el director.

-¿Ocurre algo?- preguntaba Águeda, mientras su compañera permanecía de pie junto al director, con la mirada fija en ella.

-Iré al grano- comenzó a hablar el director- sus compañeros dicen que la han visto hablando sola. Creo que eso es motivo más que suficiente para no permitir que sigua trabajando con nosotros.

-¿Cómo dice?, yo no estaba hablando sola, hablaba con una tal Palmira, que me dio su pañuelo, y me regaló una cajita de caramelos de violeta. Ella ha sido la única persona amable de esta oficina- decía Águeda aguantándose las lágrimas y mostrándoles el delicado pañuelo con la letra P bordada.

-Verá, aquí no trabaja nadie con ese nombre. Vuelva a su sitio que tengo que hacer una llamada- le dijo el director bruscamente.

Águeda no entendía nada. Palmira era tan real como ella misma, incluso más que sus compañeros que no parecían verla ni sentirla.

No tardó mucho rato en aparecer por la puerta una mujer que venía a buscarla. Se acercó a ella fríamente y la invitó a que la acompañase hasta el “coche”. Una vez dentro de la ambulancia, ella misma le explicaba la situación.

-Verá, Águeda, usted padece brotes psicóticos, y ha estado muy enferma, pero había conseguido recuperarse. Decidimos incluirla en un programa de integración para ver si conseguía integrarse en la sociedad, pero ha sido un fracaso, aunque solo de momento, no hay que perder la esperanza. Seguiremos luchando.

-¿Qué he hecho mal?- le preguntó en estado de shock.

-No es que haya hecho nada mal, es que ha vuelto a tener otro brote. La gente la ha visto hablando sola y usted ve cosas y personas que no existen- fue su última explicación antes de ingresarla de nuevo en el hospital.

Ahora comprendía la reacción de desconfianza de sus compañeros, y el miedo que podía ver en sus ojos desde el primer día.

Sin embargo, hubo un detalle que todo el mundo prefirió obviar. Fue justo al día siguiente de la marcha de Águeda. Nada más entrar en la oficina, todos los compañeros sin excepción, habían encontrado un pañuelo bordado con una P y una cajita de caramelos de violeta encima de sus mesas.

Me pregunto si Palmira, desde su mundo, había querido mostrar su apoyo a Águeda y su protesta por lo que le habían hecho, o tal vez pedir que le diesen otra oportunidad.

Pasado un tiempo, esa oportunidad finalmente llegó, y Águeda, hablando en voz alta, decía antes de salir de casa: “Querida amiga, esta vez si me encuentro contigo, haré como que no te he visto, aunque sin duda me alegrará volverte a ver”, y en medio de risas y alegría comenzó su nueva vida.

FIN


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