TENGO QUE CONTARTE ALGO

TENGO QUE CONTARTE ALGO

Isabel Puyol Sánchez del Águila

Mi querida amiga, Lorena, tengo que contarte algo que no te conté hace ahora unos quince años. Es una insignificancia pero siempre he pensado que antes o después te lo tenía que confesar. Espero que no te enfades conmigo.

Todo ocurrió aquel verano que me pediste el favor de cuidar de tu casa de la sierra. Era un lugar idílico bastante lujoso, con su precioso jardín y su espectacular piscina. En aquellos días, según se contaba, se estaban produciendo robos en la urbanización, de modo que era importante que estuviese habitada. Yo acepté encantada, y además, tuviste el detalle de dejarme la nevera llena, incluso con todo tipo de caprichos. Tú ibas a estar fuera sólo una semana, y aquello sería para mí unas pequeñas vacaciones, o al menos eso pensé. Pero las cosas no fueron como tú creíste, y ahora he reunido el valor para contártelo a través de este blog, que sé que tú lees.

La primera noche, después de haber pasado un día excepcionalmente relajante y agradable, tuve la malísima idea de ver una película de terror, que ya sabes que me encantan. Enseguida me identifiqué con la protagonista, porque ella estaba también sola en una gran casa en el campo. Aunque no soy muy miedosa, y tú lo sabes, era tan buena que comencé a sentir pavor a los pocos minutos del comienzo. Entonces sucedió la escena que cambió todo. La protagonista, que está viendo la tele por la noche, igual que yo, de repente escucha cómo llaman a la puerta. Entonces, va a abrir, y no hay nadie, pero cuando se gira, ve a un hombre enmascarado en la sombra, en un rincón del salón. En ese momento grité, cosa que nunca he hecho viendo una película. Al sentirme tan aterrorizada, apagué la tele y me fui a dormir, o a intentarlo. Y entonces, ocurrió…

Cuando estaba tratando de relajarme en la oscuridad de la habitación, algo inesperado ocurrió. Ya casi con los ojos cerrados, ¡llamaron a la puerta!.  Además, no fue en la puerta del jardín, ¡fue en la de la casa!. Jamás nada me ha generado semejante terror. No me atrevía ni siquiera a moverme en la cama. Algo me hacía temer que se estaba reproduciendo la escena de la película, y en cualquier rincón de la casa iba a aparecer ese enmascarado. ¿Quién llama a las doce de la noche a la puerta de una casa, habiendo entrado en el jardín sin permiso?. Aquello no era nada bueno.

Me costaba respirar, no sabía qué hacer. Tenía claro que no me acercaría a la puerta, pero lo que sí hice fue cerrar la puerta de la habitación, y buscar algún objeto contundente. Estaría escondida el resto de la noche, y tratando de escuchar lo que sucedía en la planta de abajo. No quería ni pensar en escuchar algún tipo de movimiento.

Nada, no se escuchaba nada, pero aquella eterna noche acabó en cuanto despuntaba el alba. La luz del sol lo iluminaba todo mientras yo seguí detrás de un armario con aquel abrecartas en la mano. Fuera quien fuese el que había llamado la noche anterior, no estaría ya en la casa. Yo, sin pararme a pensar ni un minuto, hice mi pequeña maleta rápidamente y me marché de allí. Regresé a mi casa, y no tuve el detalle de llamarte para explicarte lo sucedido.

Cuando llegó el día en el que ibas a regresar, lo que hice fue volver a la casa, y fingir que había estado allí todo el tiempo. Tú regresarías a las cinco, más o menos. Yo procuré estar allí a las cuatro. Fue en ese momento en el que iba a abrir la puerta del jardín, cuando un hombre joven se acercó a mí, y entonces me quedé sin palabras.

-Hola, soy Gustavo, el vecino de la casa de enfrente- me dijo extendiendo su mano para saludarme.

Yo me quedé mirándole mientras respondía a su saludo.

-Quería pedirte perdón por si te molesté hace unos días. Verás, escuché un grito en la casa y pensé que tal vez necesitabas ayuda. Además, la puerta del jardín estaba abierta. Sólo quería saber cómo estabas. Me alegro de que hayas vuelto, eso es buena señal- me dijo sonriéndome antes de marcharse.

En aquel momento me sonrojé como nunca, y me acordé de que aquella noche había olvidado cerrar la puerta del jardín. También recordé que yo había gritado viendo aquella terrorífica película. Sólo puede entrar en la casa y esperarte, Lorena. Sin embargo, cuando llegaste no fui capaz de contarte lo sucedido. Espero que me perdones.

Aunque pensándolo bien, y viendo que no has roto tu amistad conmigo, ni me has dicho nada, supongo que lo hiciste. He estado pensando que sin duda el vecino te contó absolutamente todo. No me pareció una persona de esas que se callan lo que ven.

Por cierto, durante esa semana tuve una aventura con tu novio.

Bueno, esto último es mentira, pero así suavizo tu reacción…

FIN

Imagen de portada: obra de Ernst Liebermann


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