EL VERANO QUE NO EXISTIÓ

EL VERANO QUE NO EXISTIÓ

Registro Propiedad Intelectual: M-005303/2019

Isabel Puyol Sánchez del Águila

Elías no recordaba lo que ocurrió aquel verano de 1958, cuando él y su amigo Bautista eran dos amigos de quince años que estaban pasando las vacaciones en Mérida. Sus padres habían alquilado dos casitas contiguas con un gran jardín donde pasar las calurosas tardes de agosto bajo la sombra de grandes y refrescantes árboles.

Todo hubiese quedado en el olvido de no ser por un recorte de periódico que encontró en una caja oculta en un altillo de su casa. No era fácil leer lo que ponía en aquella pequeña noticia, porque el paso del tiempo había hecho mella en el papel, que ahora estaba amarillento y las letras casi borradas. No daba mucha información, pero fue suficiente como para que Elías se quedara perplejo. No recordaba nada.

“Hallados con vida los niños desaparecidos durante una semana. Se encuentran en perfecto estado aunque desorientados debido a la falta de alimentos, y porque probablemente hayan consumido alguna seta alucinógena…”

En la foto reconoció de inmediato que eran él  y Bautista. Al no recordar absolutamente nada del episodio, decidió ponerse en contacto con su amigo de la niñez, pero éste había fallecido. Sin embargo, sí pudo hablar con su hija Tere, quien le invitó amablemente a que fuese a su casa y poder charlar tranquilamente. Así lo hizo, y al día siguiente se presentó en casa de la joven, quien sí podía aportarle algo de información.

-Verá, mi padre tuvo la misma experiencia que usted, y tampoco recordaba nada. Sin embargo, cuando estaba a punto de fallecer, en su lecho de muerte, fue como si algo o alguien le hubiese contado todos los detalles de lo ocurrido- le explicaba Tere con tristeza al recordar a su padre.

-¿Qué nos ocurrió?-le preguntó Elías muy desconcertado.

-Mi padre y usted fueron a  jugar a unas ruinas romanas de la ciudad. Estaban cerca de donde estaban sus padres, pero aquella tarde no había mucha gente por allí, y simplemente desaparecieron durante una semana. La Policía, y sus propios padres los buscaron por todas partes, pero fue imposible encontrar ni una sola pista que les llevara hasta ustedes. Es como si se hubiesen desvanecido en el aire, sin dejar rastro. Un día, cuando la búsqueda empezaba a darse por perdida, aparecieron ustedes en medio de una extraña niebla. Estaban bien, pero era como si no reconociesen a nadie. Usted llevaba una cruz de madera en la mano, que tampoco supo explicar de dónde la había sacado. Estuvieron así durante algún tiempo. Lo más extraño es que usted decía que se llamaba Alipio, y mi padre Adelphos.

-Eso pudo ser por una insolación, y porque estábamos influenciados por las ruinas romanas. Probablemente vimos esos nombres inscritos en alguna parte- le interrumpió Elías.

-Sin duda, esa fue la versión oficial, y la que todos creyeron, pero hubo algún detalle desconcertante. Parece ser que durante los primeros días, al menos mi padre, hablaba de cosas que a la fuerza tenía que desconocer. Decía estar preocupado por Alipio porque estaba muy obsesionado con los juegos circenses y se estaba acostumbrando a su crueldad. Temía por su alma, ya que mi padre, o el personaje que él creía ser, se había convertido al cristianismo, y quería que Alipio también lo hiciera. Luego utilizaba palabras que él tampoco podía conocer, por ejemplo, decía que ellos dos estaban formándose en Retórica, y que Alipio viajaría pronto a Babilonia donde estaban los mejores maestros.

-¿Qué sentido tiene que nosotros viviésemos esa extraña experiencia?-le preguntaba Elías.

-No lo sé, pero según la versión de mi padre, Adelphos quería salvar a su querido amigo antes de que éste se viera completamente anulado espiritualmente por la crueldad del circo, que ya se había convertido en una potente adicción. Cada vez necesitaba más y más sangre, y gritaba de emoción cada vez que un gladiador caía herido de muerte a la arena.- le contaba Tere a Elías con la emoción con la que su propio padre debió de contárselo.

-¿Cómo acaba esa historia?, al menos hasta donde su padre le pudo contar.

-Cuando Adelphos estaba más angustiado porque veía que no podría salvar el alma de su amigo, y no conseguiría convertirlo al cristianismo, unas fiebres acabaron con su vida, y ni siquiera pudo viajar a Babilonia. Alipio, que ya tenía gran fama como orador, murió siendo muy joven, y para Adelphos fue una doble tragedia, ya que perdía a su gran amigo y además se iba de este mundo con el alma ensombrecida por sus oscuras aficiones.

La historia que le acababa de contar la hija de Bautista, aunque desconcertante, tenía su lógica. Siendo Elías un gran historiador, no le costó trabajo investigar sobre la existencia de estos dos amigos, y para su sorpresa  descubrió que quizás sí existieron esos dos jóvenes hacia el siglo IV, aunque no estaba probado del todo.

Por alguna extraña experiencia de imposible explicación, ambos amigos habían conectado con Alipio y Adelphos, y durante una semana habían vuelto a estar juntos. Era como si el cielo les hubiera dado esa oportunidad de retroceder en el tiempo y acompañarse en esos momentos finales muchos siglos atrás.

Volviendo a abrir la cajita en la que había encontrado el recorte de periódico, para su sorpresa encontró la cruz de madera entre los papeles. Ahora comprendía que su amigo Adelphos había conseguido su objetivo, volviendo del Más Allá para darle la cruz a su adorado Alipio. No existiendo ni el tiempo ni el espacio, lo que sí perduran son los sentimientos.

Elías sacó la cruz de la caja y la puso en su mesilla de noche, mientras miraba al cielo por la ventana y decía: “Ya no tienes que preocuparte más por mí, querido amigo”.

FIN

Imagen: Autor- Èmile Friant


2 respuestas a “EL VERANO QUE NO EXISTIÓ

  1. Muy bueno, intrigante, original y con un final que hace pensar en que puede que existan misterios cerca de nosotros de los que ni siquiera seamos conscientes. Quizá sería cuestión de conectar la atención a una frecuencia diferente…por qué no..
    ..

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