EL GRAN SECRETO.

EL GRAN SECRETO

Nº Reg.Propiedad Intelectual: M-007166/2017

Isabel Puyol Sánchez del Águila

Una misteriosa carta amarillenta por el paso del tiempo apareció debajo de una baldosa de la casa de Elsa mientras hacía una reforma. El piso había pertenecido a su abuela Pilar, pero ahora vivía ella allí. Aquello era realmente extraño, porque nadie esconde una carta en su casa. Pronto descubriría algo  perturbador.

Su abuela había llevado una vida acomodada, sin grandes problemas, y viviendo en una gran ciudad, pero no parecía que eso hubiese sido así siempre. Había algo en su pasado de lo que nunca había hablado, y ni siquiera su madre sabía.

Cuando se dispuso a leer la carta, lo primero que pudo comprobar Elsa fue que su abuela había llevado una vida terrible cuando era niña. Vivía en un pueblo minúsculo y de costumbres decimonónicas. Ella había nacido a finales del siglo XIX, pero en aquel lugar no parecía haber ningún tipo de progreso. Se quedó huérfana siendo una niña, y con apenas diez años comenzó a trabajar. Iba por las casas recogiendo ropa sucia, lavándola en el río, y luego llevándola a sus dueños. Apenas podía comer, y fueron muchas las enfermedades que había tenido que soportar en soledad y desamparo. Sin embargo, cuando Elsa tenía un nudo en la garganta, llegó a una parte de la carta que le pareció extremadamente misteriosa. Comenzó a leerla, y le atrapó  desde el principio,  no pudiendo dejar de leer casi sin pestañear hasta el final.

«…Una tarde llegó una mujer extraña al pueblo. Vestía de negro, de luto riguroso. Tendría unos cuarenta años, y en su rostro, que cubría con un velo muy transparente, había mucha amargura. Nadie sabíamos quién era, ni por qué había ido a parar a un lugar como aquel, donde no había nada. Ella parecía disponer de cierta fortuna, o al menos eso aparentaba. Cuando alguien le preguntaba por su nombre ella solo decía que la llamasen «Señora». La señora alquiló la casa más lujosa del pueblo, que llevaba tiempo deshabitada, y ahí se confinó. No salía a la calle ni hablaba con los vecinos. A veces la veía observándome desde su ventana cómo cargaba con la enorme pila de ropa mojada, y cómo la distribuía por las casas. Siempre me miraba a los pies, porque iba descalza y normalmente algo herida.

A los pocos días vino otra mujer que se unió a ella en la casa; todo parecía indicar que era su criada, y era la única que de vez en cuando salía a la calle. Sólo salía para cosas imprescindibles, pero tampoco hablaba con nadie. Jamás respondía a ninguna pregunta de los curiosos del pueblo. Parecía una mujer de total confianza de aquella señora de negro.

Un día, estando yo en el río, sola y helada, con una pila enorme de ropa para lavar, la criada de la señora apareció por allí. Me trajo unos zapatos y unas medias de lana, y me sonrió. Pero lo más sorprendente fue que se arrodilló junto a mí y me ayudó a terminar de lavar la ropa y cargar con ella. Sin embargo no abría la boca, aunque me sonreía, y eso era suficiente para mí, porque nadie solía ni mirarme.

En el pueblo todo eran conjeturas acerca de la señora, aunque el hecho de que aparentemente fuese rica facilitaba las cosas. Compraba muchos productos, y daba importantes propinas a quienes llevaban la compra a su casa. No solo necesitaba comida, también encargaba muebles, y ropa; parecía encapricharse justo con lo que la gente del lugar producía.

No había muchos vecinos en el pueblo, casi todos habían emigrado a la ciudad o habían muerto. Había más ancianos que jóvenes, pero eran los de más edad los que sentían auténtica curiosidad por la señora. Su vida no parecía encajar allí, quizás huía de alguien, o de la Justicia. El boticario se planteaba si no sería una buena idea denunciarla, aunque pronto se encontró con la oposición de los vecinos, ya que veían en ella una gran oportunidad de negocio. No sobraba la gente rica por aquellas tierras, y menos tan generosas. Sin embargo, pronto comenzó a haber todo tipo de comentarios sobre ella, incluso algunos parecían tenerle mucho miedo. La poca gente joven que quedaba en el pueblo era la que más cordura aportaba a todo aquello. No había ningún motivo para sospechar de ella, solo generaba riqueza en el pueblo y no se metía con nadie.

Un día ocurrió el hecho que cambió mi vida. Todo sucedió cuando estaba yo en el río, arrodillada y agotada de lavar tanto. De repente apareció la criada de la señora y me pidió que me fuese con ella, que aquello sería nuestro secreto. No sabía muy bien a dónde, pero sentí afecto y confianza, y estaba sola en la vida. Esa misma noche salimos las dos de viaje rumbo a la costa, donde nos montaríamos en un barco que nos llevaría a América. Allí nos reuniríamos con la señora en un par de meses, porque ella tenía algo que hacer.

Todo ocurrió tal y como la criada, que se llamaba Amparo, me había dicho. La señora, es decir, Beatriz, se reunió con nosotras en Colombia, donde  fuimos muy felices las tres. Cuando ella murió yo regresé a España, pero ya tenía formación, y el suficiente dinero como para llevar una vida digna, ya que ella me había hecho heredera de su fortuna.

Seas quien seas la persona que leerá esta carta, se estará preguntando por qué guardé esta historia debajo de una baldosa, pues bien, te lo contaré. Esta es mi confesión de algo que necesito explicar.

Beatriz había sido una niña huérfana, como yo, en aquel terrible pueblo. Siendo niña, y cuando iba a llevar la ropa a lavar al río, el boticario, y su grupo de amigos la raptaron. La tuvieron atada en una caseta, y siendo repetidamente forzada por varios de los hombres del pueblo. Nadie parecía saber nada, pero más bien habían mirado para otro lado porque ella era insignificante para todos ellos. La cuestión fue que un día la niña consiguió huir, y la vida le dio fortuna, aunque nunca pregunté cómo. Jamás consiguió sentir cierta paz hasta que se hiciese justicia.

 Un día regresó al pueblo y ocultó su identidad. Solo quedaban diez hombres de los que le habían destrozado la vida. Una noche, todos y cada uno de ellos recibió una carta para asistir a una cena a la casa de la misteriosa señora. Sí, consiguió que acudieran, aunque desconfiaban, sabían que podrían obtener algún tipo de negocio o beneficio. Lo que no podían ni imaginar fue que lo que encontrarían sería su merecido destino.

El mundo le parecía más respirable sin la existencia de aquellos hombres. Todo lo había preparado a la perfección, y consiguió reunirse con nosotras en Colombia, donde llevamos una vida tranquila, aunque en su caso nunca feliz, porque tal y como ella me confesó en sus últimos momentos, la venganza nunca te hace feliz, pero sí le había dado plena satisfacción el hecho de haberme sacado de allí. Desde la primera vez que me vio supo que nadie me daría una oportunidad, y no quiso para mí un destino como el suyo.

Este ha sido el gran secreto de mi vida, y necesitaba contárselo a alguien. Ojala quien lo lea sea capaz de comprender mi silencio, del que jamás me arrepentí.»

Elsa no fue capaz de juzgar a su abuela por su secreto, ni tampoco a Beatriz por su venganza. Sin embargo, de lo único de lo que sí estaba segura era de que lo que realmente había dado paz a aquella mujer había sido rescatar a su abuela de un futuro atroz, y de que ese había sido su cometido en la vida.

«Todo el mundo es como la luna:  tiene un lado oscuro que no muestra a nadie»

Mark Twain.

FIN

Imagen: «Figura a la luz de la luna! de John Atkinson


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