NOCHES DE TORMENTA

NOCHES DE TORMENTA

Registro Propiedad Intelectual: M-005303/2019

Isabel Puyol Sánchez del Águila

Fue un amigo de la infancia, llamado Carlos, quien me contó la terrorífica y misteriosa experiencia de la que fue testigo un verano de hace algunos años. Poca gente cree este tipo de historias, pero esta merece la pena ser contada.

Un caluroso verano en el que paseaba con unos amigos por el campo, donde habían ido a pasar el día, de repente les sorprendió una fuerte tormenta. El primer lugar que encontraron para refugiarse fue una gran casa abandonada. Debió de haber sido una mansión en el siglo XIX, pero ya estaba en mal estado.

-Es peligroso entrar ahí, el techo o el suelo pueden ceder- dijo Bernardo, que era aparejador, y por tanto sabía de lo que hablaba.

-Si tienes miedo quédate tú fuera, porque nosotros vamos a entrar por la ventana, porque la puerta está cerrada- le contestaron todos.

Finalmente todos accedieron a la casa por la ventana, incluido Bernardo, a pesar de sus reticencias, porque era precisamente él quién más temía las tormentas. Su madre le había inculcado desde pequeño un miedo irracional pero muy potente hacia ellas. Sin poder evitarlo las asociaba al peligro, estuviese o no bajo un techo.

 Allí se encontraron los cuatro, rodeados de oscuridad, y un silencio pavoroso. El olor a polvo y humedad lo impregnaba todo, creando una atmósfera casi irrespirable. Para poder ver algo utilizaban las luces de sus móviles, pero no era suficiente. Lo que más les preocupaba era que hubiese algún agujero en el suelo por el que caer. Bernardo apuntó con su luz al techo para comprobar si estaba en un estado aceptable o a punto de derrumbarse. Todo estaba más o menos en buenas condiciones, pero estaban deseando salir de allí. La lluvia golpeaba fuertemente las ventanas, con la suficiente fuerza como para poder romperlas. Todos tenían miedo, no se sentían seguros en aquel lugar.

No recordaba Carlos cuánto tiempo estuvieron en aquella casa, pero sí lo que pasó cuando llevaban un rato allí dentro. Había ruidos extraños, incluso se escuchaba a un gato maullando. Probablemente él también se había refugiado de la tormenta.

Cuando más tensos estaban los cuatro, de repente un rayo acompañado de su inmenso estruendo lo iluminó todo. Había caído muy cerca, prácticamente encima de la casa. Pero lo que dejó a todos desconcertados fue la reacción de Bernardo. Señalando hacia una esquina de la habitación, gritó.

-¿Quién es esa niña?. La he visto justo cuando el rayo lo ha iluminado todo.

Todos apuntaron con sus móviles hacia la esquina, y hacia todos los rincones visibles, pero allí no había nadie. Fue Bernardo el que comenzó a llamarla, aunque estaba temblando de miedo e incredulidad.

-¿Hay alguien aquí?, ¿quién eres?, ¿estás sola?- preguntaba en voz alta.

-Aquí no hay nadie, ha sido una ilusión óptica- le dijeron todos.

Los cuatro amigos salieron rápidamente de allí, porque era obvio que no había ninguna niña perdida dentro de la casa, y porque sentían un temor irracional a estar allí dentro. Corrieron hacia el coche y emprendieron el regreso a casa. Todos iban callados, ni siquiera comentaban nada respecto a la lluvia persistente y la peligrosa tormenta, y ni mucho menos sobre el incidente de la niña.

Aquel episodio, que podría haber sido una simple anécdota sin mayor importancia, tuvo sus consecuencias. Según me contó Carlos, aquella noche la tormenta parecía no tener fin, era difícil conciliar el sueño. Bernardo vivía solo en una amplia casa del centro, que nunca le había producido el más mínimo temor. Sin embargo, estando en su cama, aunque todavía despierto por la tormenta y por lo que había visto en aquella casa del campo, algo le ocurrió. Un potentísimo rayo iluminó su habitación, y para su horror, allí estaba otra vez la misma niña, mirándole fijamente a los pies de su cama. Por alguna razón sabía que esa pequeña que parecía traída desde otro mundo por los rayos, le perseguiría siempre, pero no sabía por qué. Estaba horrorizado, y se sentía amenazado.

Lo siguiente que le ocurrió fue aún peor. Otro rayo volvió a iluminar la habitación. Esta vez Bernardo se tapó los ojos gritando: «No, no, no». Sin embargo, pudo sentir con toda certeza cómo una manita fría le tocaba la mano con la que se tapaba los ojos. Aquello era demasiado para él. Sin apenas vestirse salió corriendo de la casa para ir a casa de su madre y buscar su protección, como cuando era pequeño. La lluvia había cesado y se alejaba la tormenta, podía escucharla a lo lejos mientras conducía.

Al llegar a casa de su madre, ésta se asustó al verlo a medio vestir y llamando a su puerta a esas horas de la noche. Ella le preguntó qué le pasaba mientras le abrazaba para reconfortarlo. Bernardo, que al principio no quería contarle nada respecto a la niña, finalmente lo hizo. Su madre se quedó rígida, horrorizada. Ya era muy mayor y había tenido una vida intensa, que ya llegaba a su fin, pero tuvo la oportunidad de contarle algo mientras le agarraba la mano.

-¿Es una niña de unos cuatro años con el pelito rizado?- le preguntó.

-Sí, ¿cómo lo sabes?-le preguntó Bernardo sorprendido.

-Porque es tu hermana- le contestó quedándose de repente callada.

Bernardo no daba crédito a lo que acababa de escuchar, jamás había tenido una hermana. Sin embargo, su madre tenía algo que contarle, que no tenía la más mínima intención de haberlo hecho.

-Verás, hijo mío, yo tuve una hija siendo soltera, antes de conocer a tu padre. Una tarde mientras jugaba en el campo, un rayo la mató, es por eso por lo que me horrorizan las tormentas.

Bernardo, que no podía creer lo que estaba escuchando le preguntó por qué no le había contado nada, por qué se había comportado siempre como si no hubiese existido.

-Ese era mi secreto. Se llamaba Clara, y la tuve cuando yo solo tenía dieciséis años. Su padre era un hombre casado. Cuando me trasladé a vivir a Madrid, decidí no contarle a nadie que había sido madre y que mi pequeña había muerto. Cuando nació Clarita mis padres la inscribieron en el registro como si fuera hija suya. Solo deseaba comenzar una nueva vida y olvidarme de todo aquello. Quería borrar de mi mente tanto dolor como sentía, además tenía miedo de que tu padre hubiese tenido una mala opinión sobre mí de haber sabido que había tenido una hija con un hombre casado. No quería perderlo por nada de este mundo, ya había sufrido bastante y él era como un soplo de aire fresco en mi vida.

-¿Sabes lo que creo, mamá?, que mi hermana Clara no está de acuerdo con que no me hayas contado que existió, o que más bien existe, aunque en otro  plano. Sigue siendo mi hermana.

-Sí, y ha tenido que ser ella la que te lo contara, no sabes cómo lo lamento, hijo- dijo la mujer sollozando.

La madre de Bernardo le contó que su hermana estaba enterrada en Galicia, y ambos fueron a visitarla, tal y como hubiese tenido que ser desde siempre. Ahora las cosas parecían estar en su sitio.

Carlos dice que Bernardo le ha confesado casi en secreto que ahora no solo no teme a las tormentas, sino que las espera. Nunca pierde la esperanza de volver a ver a su hermana aunque solo sea durante unos segundos. Él está seguro de que sin duda la volverá a ver…

«Las tormentas nos recuerdan que el Cielo está enfadado», solía decir sor Gabriela, mi maestra de la infancia.

FIN


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