AL FINAL DE LA SENDA

AL FINAL DE LA SENDA

Isabel Puyol Sánchez del Águila

Nº Reg.Propiedad Intelectual: M-007166/2017

No fue una buena idea, pero Darío, que no conseguía superar la muerte de su gran amor, Lucía, había decidido hacer una sesión de Ouija junto con sus tres mejores amigos, que siempre habían estado junto a él en los buenos y en los malos momentos. Su  deseo no era otro que el de contactar con ella de alguna forma; necesitaba volver a sentirla cerca. La idea era bastante irracional, pero uno de sus amigos solía realizar este tipo de prácticas, y fue él quien se lo propuso.

 Al principio tenían dudas respecto a dónde llevar a cabo la sesión, si en la casa que ambos habían compartido, o en la que ella había crecido, en el pueblo de sus padres.

 Aquella tarde, una vez que ya había oscurecido, colocaron el tablero en el suelo, pero al poco rato decidieron que el mejor sitio sería la casa del pueblo, de modo que recogieron y comenzaron el viaje en el coche de Darío. No podían evitar sentir una mezcla de emociones cuando pensaban en lo que estaban a punto de hacer, ni siquiera estaba seguro de que Lucía, su esposa, lo hubiese aprobado.

Nada más cruzar la puerta sintieron un escalofrío. Todo estaba abandonado, pero era como si ella aún habitase allí de alguna manera, como si pudiese sentirla correteando por la casa. Lo primero que hicieron fue abrir las ventanas y acomodarse. Darío tenía que reprimir las lágrimas cuando iba recorriendo los rincones de la casa y sacando de los armarios los objetos que habían pertenecido a ella. Sobre todo le aceleraba el corazón cuando veía fotos suyas de niña, y cuando empezaron su relación siendo apenas unos adolescentes. Lucía había guardado todos esos recuerdos como si fueran reliquias.

 Al llegar la noche, decidieron que era el momento de llevar a cabo la sesión de Ouija. Prepararon el ambiente adecuado, con velas, y muy poca luz, y pronunciaron algunas frases a modo de plegaria. Luego comenzaron a hacer las preguntas de rigor, antes de intentar saber más. Cuando más concentrados estaban, de repente se apagaron las velas sin motivo aparente, produciéndose una brusca bajada de temperatura, y Darío tuvo la sensación de que le observaban. Se giró despacio, y con la luz de la luna pudo distinguir la silueta de Lucía en la parte de arriba de la escalera. Desde su fallecimiento nadie había subido al segundo piso, porque había algo tenebroso allí, aunque siempre lo había habido, como si dos mundos confluyesen en ese punto.

 Cuando estaba petrificado mirándola, y tratando de distinguir si era ella, la silueta le hizo un gesto para que subiera. Él, como si estuviera hipnotizado se dirigió hacia ella, pero pronto se dio cuenta de que aquello parecía una trampa y se volvió a girar. La sorpresa terrorífica fue descubrir que fuera lo que fuera aquello, se había llevado a sus amigos. Algo, o alguien siniestro había conseguido engañarle, y ahora estaba solo.

La casa estaba apartada de todo, al final de una senda, por lo que no podía pedir ayuda a nadie. El móvil no funcionaba allí; se sentía desesperado porque no tenía a dónde acudir. Después de rastrear toda la zona, caminando con su linterna por caminos tan solo iluminados por la luna, y escuchando aullidos de lobos, volvió a la casa que tanto terror le producía.

Al regresar a la casa cerró la puerta con llave, mientras su corazón se aceleraba por momentos. No sabía qué era lo más aterrador, si el hecho de estar solo en la oscuridad, o de estar quizás acompañado. No había luz, pero pudo encender una vela, y había luna llena. Pasado un rato de desesperación, pensando sobre todo en el sentido que tenía todo aquello, de repente el máster del tablero comenzó a moverse solo, marcando un mensaje tan enigmático como desconcertante; simplemente decía: «Nos encontraremos al final de la senda».

 Casi sin respiración por el terror y la angustia, se dispuso a salir, pero pronto le asaltó una duda, ¿y si era otra trampa?, porque también era obvio que la silueta que había visto no era la de Lucía. Pero el deseo de volver a ver a sus amigos y escapar de aquella situación estaba por encima de su miedo, de modo que, linterna en mano, salió en su búsqueda.

 Caminado por la senda escuchando los ruidos de la noche, apenas podía ver si iba en la buena dirección. Después de un largo camino de silencio y miedo distinguió algo al final del camino; era una luz. Conforme se acercaba la luz iba tomando forma, comenzaba a distinguir lo que era. Al final de la senda se topó con la puerta de una casa. Tenía miedo, pero no tenía otra opción,  porque además no tenía a dónde ir y se sentía incapaz de volver a la casa de Lucía, de modo que llamó con los nudillos. Para su sorpresa la puerta estaba abierta, y la empujó suavemente y con temor. Sin poder creerse lo que veía, delante de él estaban su amigos, que  se levantaron a abrazarlo mientras le decían: «Menos mal que has vuelto. Cuando subiste aquella escalera desapareciste». En ese preciso instante, y para su sorpresa e incredulidad, Darío se dio cuenta de que estaba en la casa de Lucía, y de que había sido él quien había estado en algún otro mundo. Ahora tenían que huir de allí sin hacerse preguntas.

 Rápidamente se montaron todos en el coche y Darío pisó el acelerador. Pasado un rato, un sudor frío le recorrió el cuerpo cuando miró por el espejo retrovisor y descubrió  que estaba  solo.

De repente, abriendo bruscamente los ojos, se percataron de que estaban los cuatro en el suelo alrededor del tablero de Ouija. No se habían movido del apartamento de Darío, y desde luego no habían viajado a la casa de Lucía. Simplemente habían perdido el conocimiento, y sufrido aquella terrible pesadilla.  Lo más sorprendente fue descubrir que todos habían tenido exactamente el mismo sueño.

Todo aquello, aparentemente carente de sentido, había sido un mensaje claro. Darío supo en aquel momento que Lucía le había querido decir que no tuviese angustia, porque volverían a verse, pero cuando él hubiese vivido su vida, es decir; al final de la senda, que era como ella se refería siempre a la vida.

Sin que ninguno de los tres hiciese ningún movimiento, y contemplando la escena con un silencio lleno de emoción y respeto, la tablilla del tablero se desplazó sola marcando la palabra: «ADIOS».

 Darío, con la mano en el corazón le contestó:: «Adiós no, Lucía, hasta luego»

FIN


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