EL ANFITRIÓN EN LA SOMBRA

EL ANFITRIÓN EN LA SOMBRA

Nº Registro: M-006319/2015

Isabel Puyol Sánchez del Águila

No es fácil saber qué le ocurrió al joven marqués de Ibros aquella madrugada, ya que siempre había dado muestra de su arrojo y determinación. Era el otoño de 1819 cuando retó a duelo al hijo del Duque de Villa Luna, quien fuera su mejor amigo de la niñez, pero que le había robado el amor de su prometida, Eugenia, traicionando así su amistad.

La mañana del duelo, cuando despuntaba el alba, era muy fría, casi como un presagio de la muerte. Se presentaron ambos con sus respectivos padrinos y siguiendo las reglas se apuntaron con sus pistolas. Una densa niebla les envolvió de repente, y Tristán, que así se llamaba el marqués, lo interpretó como una invitación a la huida. Sin ni siquiera soltar su pistola echó a correr huyendo de una muerte segura, ya que su oponente, Matías, era más diestro en el uso de las armas. Corrió sin mirar hacia atrás, y sin comprender bien su actitud, aunque la niebla le impedía reconocer el camino. Podía sentir que alguien le perseguía, pero dudaba de que no fuera su propio miedo. Aunque el duelo se había producido en una pradera a las afueras de la ciudad, él pudo notar que había llegado a un lugar habitado. Cegado por la niebla utilizó las manos para reconocer dónde estaba, y llegando a la conclusión de que estaba a las puertas de una vivienda llamó pidiendo ayuda. Pasados unos minutos, o al vez segundos, y sintiéndose en peligro, decidió forzar la puerta para entrar. Su sorpresa fue descubrir que alguien le había abierto, pero no veía a nadie. Tras preguntar si había alguien allí, y no obtener respuesta alguna, decidió quedarse dentro de la vivienda durante un rato, hasta que al menos desapareciera la niebla.

Pasado un rato, que a él se le hizo eterno, y viendo que la niebla seguía cubriéndolo todo, comenzó a echar un vistazo a la casa. Lo que más le sorprendía es que estuviese vacía, ya que alguien le había abierto la puerta. Con gran admiración pudo comprobar la belleza de la casa, o más bien mansión, en la que se había refugiado. Había cuadros y muebles de gran valor. Fue recorriendo las distintas estancias de la casa, pero con temor, sintiéndose observado en todo momento. Era curioso, pero había algo familiar en aquel entorno, como si ya hubiese estado antes allí. La angustia de sentirse perseguido, y de estar en un lugar desconocido, y quizás peligroso, le hizo olvidarse durante un momento de la vergüenza de su actitud cobarde, y de la opinión que su prometida, Eugenia, tendría de él.

La cuestión ahora era saber dónde estaba, y si estaba solo ¿quién era su anfitrión?. Un miedo helador le recorría por la venas y le paralizaba. ¿Y si aquello era una trampa de Matías?. No sabía qué hora era, pero comenzó a sentir hambre, y al abrir una de las puertas se encontró con un comedor repleto de comida, pero no había nadie. Se sentó a comer, pero mirando de reojo a los lados. A pesar del miedo, solo podía pensar en Eugenia, y si le habría perdonado su cobardía. En aquel momento de ensimismamiento sintió que alguien le observaba, se volvió a mirar, pero no vio a nadie. Sin tener valor para moverse continuó sentado, hasta que escuchó el chirriar de una bisagra. Se levantó despacio y fue hasta la puerta en medio de un perturbador silencio. Entonces escuchó un sonido, miró hacia abajo, y una pelotita diminuta rodaba hasta él. Se agachó a cogerla y un escalofrío le heló la sangre. Era la pelota que Matías le había quitado cuando eran niños una tarde que se habían peleado. Ahora no tenía dudas, era él quien le había preparado la trampa, pero ¿por qué no lo había matado ya?. Quizás quería que sintiera miedo, en cualquier caso lo mejor era salir huyendo de allí. Se apresuró hacia la puerta, pero con horror pudo comprobar que no se abría, ni la de la entrada, ni las ventanas, ni ninguna. Le habían encerrado. La muerte allí era segura, si por lo menos supiera quién era su anfitrión quizás podría tratar de averiguar qué quería de él. Comenzaba a dudar de si estaba sufriendo algún tipo de alucinación a causa de la tensión nerviosa y emocional.

Sintiéndose perdido, y sin saber cómo resolver la situación, algo perturbador comenzó a pasar. Podía escuchar con toda claridad unos sollozos que se aproximaban a él, pero no veía a nadie. Su corazón se aceleró, mientras con voz angustiada preguntaba si había alguien ahí, pero no había respuesta. Decidió quedarse quieto, sentado en el suelo junto a la puerta y con la cabeza entre las piernas; no se atrevía a levantar la vista hasta que aquello pasase. Sin ser consciente del tiempo transcurrido, los sollozos pararon, pero algo más terrorífico comenzó a pasar. Una voz que él no distinguía ni siquiera si era masculina o femenina comenzó a pronunciar su nombre  susurrando: «TRISTAN…TRISTAN..»

Tristán, otra vez presa del pánico, comenzó a correr, a tratar de buscar una salida. Comenzaba a tener la sensación de que aquel lugar no estaba habitado por nadie de este mundo. Subió por la escalera de caracol hasta la primera planta, pero casi se arrastraba, ya que comenzaba a faltarle el oxígeno. La sensación de asfixia allí dentro era casi insoportable. Una vez arriba observó que las habitaciones estaban cerradas, pero no con llave, de modo que abrió una. Mirando el aspecto de la habitación nada le era familiar, excepto algo que le sobresaltó. Sobre la mesilla de noche había una carta, que él se apresuró a leer, aunque era consciente de no estar obrando bien. A La luz de una vela pudo leer:

«Mi amado Matías:

A pesar de mis recurrentes oraciones, nadie es conocedor de mis desvelos por  sentir este amor que se me antoja prohibido. Siempre fuiste el mejor amigo de Tristán, y sé que tu lealtad hacia él está por encima de todo. Si tu amor me fuera negado, y rogando a Dios su perdón, no encontraría sentido a seguir en este mundo. Me faltan las fuerzas y el coraje para ser yo quien se lo comunique. Te suplico que seas tú mismo quien hable con él y le hagas comprender esta traición.

Siempre tuya, Eugenia»

En aquel momento sintió que el mundo se le venía abajo. Ahora reconocía el lugar en el que estaba. Era la casa en la que  vivió Matías cuando era niño, que era la casa de su difunto abuelo Llevaba cerrada durante años, desde el día en el que falleció. Estaba encerrado allí, y  seguía sin saber quién era su anfitrión.

Mientras recorría la casa para encontrar una salida, procuraba moverse con sigilo, sabiendo que no estaba solo. Fuese quien fuese quien le retenía allí, era por algún propósito, y aquello le inquietaba. Mientras recorría las habitaciones algo llamó su atención, era un murmullo que venía del piso de abajo. Se acercó con cuidado para ver quién estaba allí, pero para su sorpresa, no había nadie, al menos nadie a la vista.

Desesperado y cansado, cuando estaba a punto de abandonar su intento de huida, un escalofrío le recorrió por el cuerpo, y pudo sentir cómo una ventana se abría detrás de él. No se trataba de una ventana que diera al exterior de la vivienda, conectaba con una sala de aspecto señorial. Se giró lentamente y durante unos segundos le pareció ver la silueta de Matías.

-¡Matías, ábreme!- le gritaba suplicándole, aunque sin estar muy seguro de que fuera él.

Al no obtener ninguna respuesta dejó de gritar y se derrumbó. Las fuerzas ya no le daban para mantenerse en pie. No fue consciente del tiempo transcurrido, pero de repente escuchó un susurro.

-VETE YA- fue todo lo que dijo aquella voz.

Tristán, desorientado fue en la dirección de la voz, pero ya no había nadie. Cuando se disponía a salir por una de las puertas, la voz volvió a surgir de la nada.

-NO VAYAS POR ESA, VEN HACIA AQUÍ- volvió a indicarle.

En ese momento, sin preocuparle si se trataba de una trampa o no, ya que no tenía otra opción, así lo hizo. Fue hacia la puerta y salió.

Una vez que abrió la puerta, para su sorpresa vio a Eugenia llorando sobre él, que se encontraba en el suelo.

-¿Dónde estoy?- le preguntó a su prometida, aunque apenas podía hablar por el dolor que sentía en el pecho.

-Te han disparado. Creíamos que te perdíamos, ya viene el médico en camino- le dijo Eugenia secándose las lágrimas.

-¿Dónde está Matías?- le preguntó ya casi sin aliento.

Después de un rato, sin apenas poder hablar, rompió a llorar.

-Ha muerto. Tu disparo lo mató y tú quedaste malherido.

En aquel momento pudo comprender la situación. Durante el trance por el que había pasado en su experiencia de muerte, se había encontrado con Matías. Él ya había cruzado la frontera, y le había ayudado a él a volver a este mundo.

Hubiese estado el resto de su vida pensando que su amigo se había marchado odiándole por lo ocurrido, pero un pequeño detalle le hizo cambiar de opinión. Cuando se llevaba la mano al pecho por el dolor pudo comprobar que allí estaba la pelotita de acero que le había devuelto Matías. Sin duda aquello era una forma de poner fin a la que había sido su última pelea.

FIN

Imagen: «El Duelo» de Hamilton-Burr


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