UN SECRETO DE FAMILIA

UN SECRETO DE FAMILIA

Registro Propiedad Intelectual: M-005303/2019

Isabel Puyol Sánchez del Águila

La siguiente historia, que según cuentan sucedió hacia finales de 1980, tuvo lugar en un pueblo de Segovia.

 Una joven a la que todo el mundo conocía como Lea, iba cada verano a pasar las vacaciones con sus padres cuando terminaba el curso, y así poder estar con ellos al menos los meses de verano. Sin embargo había un tabú en la familia, su hermana Fátima.

-¿Dice que va usted a ir a visitar a su hermana?- le preguntaba la cocinera de la casa de sus padres mientras le preparaba el desayuno en la cocina.

-Ya sabe que suelo hacerlo cuando vengo-le contestó con rotundidad.

-Por favor, no le diga nada ni a sus padres ni a nadie. No me pregunte nada al respecto por favor- dijo la cocinera zanjando la conversación.

Fátima y ella siempre habían estado muy unidas, pero ahora nadie quería saber nada de su hermana. Algo había ocurrido, pero jamás sus padres ni ningún otro miembro de la familia le habían querido contar nada al respecto.

Se contaba que Fátima había decidido tomar los hábitos, y por eso permanecía recluida en un pequeño convento próximo al pueblo. Quizás había cometido algún pecado imperdonable para los padres, o tal vez el hecho de haber decidido consagrar su vida a Dios y en cierto modo olvidarse de ellos era lo que les había enfurecido. El caso era que no podían ni siquiera escuchar hablar sobre ella, y por supuesto jamás se interesaban por su nueva vida.

Lea, consciente de la injusticia que se estaba cometiendo con su hermana, cuando iba al pueblo, y siempre a escondidas, iba a visitarla. Tal vez se estaba equivocando, y era peligroso hablar con ella, pero la quería mucho, y fuese lo que fuese lo que había hecho, ella no la olvidaba.

La noche anterior a ir a visitarla, tumbada en la cama, y mirando al techo, recordó los consejos de una compañera del internado:

-Pregúntale a ella por qué tus padres están tan enfadados- le había dicho su compañera.

-Me da un poco de miedo- había sido su respuesta.

Tal vez, si la respuesta era horrible, jamás volvería a hablar con ella, y Lea no quería perder el vínculo, pero esta vez estaba decidida a hacerlo.

La tarde en la que se dirigía al convento, cosa que hacía con mucha dificultad para no ser vista por nadie, sentía miedo, temía la reacción de su hermana, y la suya propia. Al llegar a la puerta, ésta estaba abierta, y aprovechó para pasar. Estaba aterrorizada. Miró a ambos lados, pero no había nadie, de repente, al mirar al frente, allí estaba Fátima, sentada en el borde de un pozo y mirándola fijamente.

-Sabía que vendrías, nunca fallas- le dijo con seguridad.

Lea se acercó a ella, en parte emocionada al verla, pero también nerviosa. Después de abrazarla durante un rato, y de preguntarle si estaba bien o necesitaba algo, pasó directamente a preguntarle.

-¿Por qué nuestros padres se olvidaron de ti?

Fátima la miró fijamente, y después de un largo silencio le contestó.

-¿No te han contado nada?

En ese momento tan desconcertante, algo aún más perturbador pasó. Una monja, que parecía la Madre Superiora apareció por uno de los laterales. Al verla, sin mostrar la más mínima humanidad comenzó a gritarle:

-¡Vete de aquí!, ¡no eres bienvenida!

Lea salió corriendo de allí despavorida,  la hostilidad era extrema, y su hermana permanecía callada, inmóvil, sin hacer la más mínima intención de ayudarla. Solo hubo una frase por parte de Fátima, aunque la dijo sin inmutarse:

-Dile a papá que se aparte de su nuevo socio…

Lea no tenía ni idea de qué estaba hablando, lo único que hizo fue correr como si la vida le fuera en ello. Corría de tal forma que cayó en medio del campo, y se desmayó. Afortunadamente, un pastor que pasaba por la zona  la socorrió, y le ayudó a incorporarse. Lea le contó de dónde venía, y la reacción del pastor fue de extrañeza.

-Allí no hay ningún convento, bueno, mejor dicho, lo hubo, pero hace años que se incendió. Murieron todas las monjas.

Lea, que no daba crédito a lo que estaba escuchando, trató de entender de qué estaba hablando aquel hombre. Éste continuó explicándole lo sucedido.

-Parece ser que hace unos veinte años, una niña, que había ido a visitar a una de las monjas, le prendió el hábito con la llama de una vela. El fuego se extendió pronto, y solo pudo salir la niña.

-¿Quién era esa niña?- le preguntó Lea.

-No lo sé, parece ser que era familia de la monja a la que entregó la vela. Hay quien dice que lo hizo a propósito porque siempre tuvo celos de la hermana, pero eso son habladurías del pueblo.

Aquella historia no tenía el más mínimo sentido, pero Lea le hizo la pregunta definitiva para ella.

-¿Qué fue de la niña?

-La llevaron a un hospital psiquiátrico donde lleva veinte años, aunque creo que viene de vez en cuando al pueblo, pero como casi todo en esa familia, es un misterio- le dijo el pastor antes de comprobar que ella estaba bien y marcharse.

Al escuchar la historia, y enterarse de que llevaba veinte años en aquel hospital, y que no era un internado, fue cuando por primera vez fue consciente de su edad y de la horrible situación que había vivido y estaba todavía sufriendo. Ahora todo tenía sentido, incluso sus visitas a su hermana fallecida que le hacían olvidar lo sucedido.

Al llegar a casa y mirarse en el espejo, fue cuando fue consciente del paso del tiempo. Sus padres, al verla en aquel estado se preocuparon por ella, y Lea les contó lo sucedido. Tal y como le explicaron, su estado mental le hacía ir continuamente al lugar de la tragedia, por eso ellos trataban siempre de impedírselo y de que hablara de su hermana como si estuviese viva. Era obvio que sufría alucinaciones propias de su enfermedad o quizás de los medicamentos que tomaba en grandes cantidades. Sin embargo, ocurrió algo inesperado durante la cena.

-No voy a volver a hablar de Fátima nunca más, pero no sé por qué me advirtió sobre un socio tuyo. Yo no sé nada de eso- le dijo a su padre.

El padre, al escuchar aquello se quedó petrificado, ya que Lea no tenía la menor idea de que él tenía un socio del que no se fiaba en absoluto. Gracias a aquella información pudo reaccionar a tiempo y terminar su relación profesional con él, quien resultó ser un estafador que hubiese arruinado a toda la familia.

Cuando llegó el final del verano, y ya comenzaban a caer las primeras hojas de los árboles, Lea preparaba sus maletas para volver al «internado». Un coche vendría a recogerla. Aquella mañana, justo antes de subirse con su maleta en aquel coche, su padre le dio un fuerte abrazo, esta vez ya deseoso de que terminase su estancia en el sanatorio, cosa que estaba a punto de suceder. Después de decirle lo mucho que la quería y que pronto  volverían a verse, le pidió un favor:

-Cuando vuelvas a ver a Fátima, dale las gracias de mi parte.

Aquellas últimas palabras significaron mucho para Lea, que ahora no solo comprendía cuál era su situación real, sino también el motivo por el que había seguido viendo a Fátima; simplemente tenía una última misión que cumplir en esta vida antes de descansar en paz.

FIN

Imagen: «Coro de Religiosas» de Antonio Muños de Grain


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