LA SENDA DE LOS SECRETOS

 

 

LA SENDA DE LOS SECRETOS

Nº de Registro: M-006317/2015

Isabel Puyol Sánchez del Águila

SINOPSIS

La protagonista nos cuenta su terrorífica y agitada experiencia como profesora en un recóndito y misterioso internado de la sierra.

Junto con el asfixiante ambiente del que se ve rodeada desde el primer día, tiene que enfrentarse a una serie de experiencias paranormales sobrecogedoras. Tanto el entorno, como sus propios compañeros parecen ocultar algún terrible secreto.

En su búsqueda de la verdad se adentrará en el oscuro mundo de lo sobrenatural, o tal vez como una peligrosa sugestión. Solo el final lo desvelará.

(Imagen de portada; “Figure in Moonlight” de John Atkinson Grimshaw)

Puedes leer toda mi novela en esta misma página:

 

LA SENDA DE LOS SECRETOS

Autora: Isabel Puyol Sánchez del Águila

Datos del Registro de la Propiedad Intelectual:

Solicitud: M-6317-15                               Número de Asiento Registral: 16/2015/6847

 

ÍNDICE

 

  1. LLEGADA A SENDA DE LOS PINARES 7
  2. EL HUERTO ABANDONADO 12
  3. LA LLAVE SILENCIOSA 16
  4. LA NOCHE TEMIDA 20
  5. SUSPIROS Y ESCALOFRÍOS 27
  6. DESDE LA OSCURIDAD 33
  7. EL SILENCIO 38
  8. LA CERTEZA 42
  9. ENTRE DOS MUNDOS 47
  10. PREGUNTA POR TI 53
  11. QUE NO LO SEPA NADIE 58
  12. EL CEMENTERIO OLVIDADO 64
  13. HAY ALGUIEN MÁS 69
  14. EN TIEMPOS DE MIEDO 73
  15. DETRÁS DEL SILENCIO 77
  16. DE LÁGRIMAS Y CARTAS 82
  17. SOSPECHA 88
  18. RENGLONES OSCUROS 92
  19. LA PRESENCIA NO INVOCADA 97
  20. JUNTO A LA LAGUNA 101
  21. AMOR ENVENENADO 106
  22. PAREDES QUE HABLAN 110
  23. ENTRE EL ODIO Y LA TRISTEZA 114
  24. QUERIDO SEGISMUNDO 119
  25. EL LARGO CAMINO HACIA LA VERDAD 123
  26. EL SECRETO DE LAS JARAS 126
  27. LO INCONFESABLE 130
  28. EN HONOR A LA VERDAD 135
  29. EL CAMINO HACIA LA LUZ 139
  30. LA SENDA SIN RETORNO 143

 

 

  1. CUANDO SE APAGAN LAS LUCES

 

“A quien dices tu secreto das tu libertad”

Fernando de Rojas (1465-1541)

 

 

Ha sucedido de nuevo esta noche, he vuelto a aquel lugar, como tantas otras madrugadas. Cuando cierro los ojos me veo caminando por aquella senda, atravesando algo más que un camino, y una distancia física; atravieso el tiempo. Siempre se repite el mismo sueño: voy avanzando por ese camino de tierra, y escucho pasos detrás de mí. Me doy la vuelta, y estoy sola.

Mi viaje a lo desconocido comenzó al finalizar mi exitosa carrera de modelo. Cambié la luz cegadora de los focos por la más siniestra oscuridad. Desde muy pequeña comencé a moverme por el mundo de las pasarelas y la publicidad, aunque mi padre me convenció para que estudiara. Me licencié en Historia sin demasiado éxito, y convencida de que jamás me serviría de nada aquella licenciatura. Durante mis aburridas jornadas de estudios, que compaginaba con dificultad con mi agitada vida profesional, estuve tentada de probar lo desconocido. En la Universidad, contacté con un grupo de aficionados a la parapsicología, y compartí con ellos algunas experiencias. Fue entonces cuando descubrí que el espiritismo no es un juego.

Es cierto, como en alguna ocasión se me reprochó, que mi perfil no encajaba en aquel grupo; ya que mis intereses eran más mundanos,  pero me apasionaba explorar en lo desconocido. Mi vida transcurría tal y como yo la iba planeando hasta que ocurrió algo inquietante. Fue en una de esas jornadas de Ouija en las que hacíamos preguntas. El tablero solía responder a nuestras inquietudes, que habitualmente eran banales, pero una noche en casa de uno de los amigos ocurrió algo.

Estábamos solos en su finca de la sierra y recuerdo que era una noche muy fría. Había algo lúgubre en el ambiente mientras preguntábamos cosas a un ente que se manifestaba, y que decía ser la niñera del dueño de la casa. Él no había vuelto a saber nada de ella desde la niñez, ni siquiera sabía que había muerto, pero ahí estaba, contestando a nuestras preguntas. Hubo un momento en el que mi amigo le preguntó si quería decirnos algo, y sí hubo respuesta, aunque enigmática:

-CIERRA LA PUERTA

Fue el escueto mensaje, sin especificar nada. De repente, sin que nos lo esperásemos escuchamos unos pasos en el piso de abajo. Agarrándonos de las manos, aterrorizados nos acercamos a la escalera para mirar si había alguien allí. Justo a la entrada, junto a la puerta, había alguien. Era un hombre, pero solo se veía su sombra; su presencia resultaba siniestra. No se movía, y miraba hacia abajo. Pronto nos dimos cuenta de que llevaba ropa antigua, y de que no se le veían los pies. Simplemente no era de este mundo. De repente levantó la cabeza y se quedó mirándonos, aunque no se le distinguía el rostro. Cuando estábamos a punto de gritar, y con el corazón latiendo a toda velocidad, sin dejarnos casi respirar, se desvaneció. No sabíamos qué había pasado allí, pero dos cosas sí teníamos claras: que la niñera nos había advertido del peligro, y de que acabábamos de recibir una amenaza. Desconocíamos quién o qué era aquello que habíamos visto, pero sí sabíamos que nos había amenazado, y que corríamos peligro.

Después de aquella terrorífica experiencia decidimos no volver a hacer ninguna otra sesión de espiritismo, ni Ouija. Fue tal el pavor que sentimos que sin hacerlo a propósito, incluso nosotros dejamos de vernos.

Aunque siempre he tratado de no ver ningún tipo de relación entre aquello y lo que luego me ocurrió a mí, no puedo evitar pensar que sí lo hubo. Un par de semanas después de aquella sesión mis padres murieron en un extraño accidente de tráfico. Me quedé sola. Mi soledad no solo se produjo en mi vida personal, también en la profesional. Mi padre era mi representante, quien manejaba todo el dinero que ganaba y todos mis contratos. Pronto conocí a Ignacio, mi nuevo representante y administrador, que también se convertiría en mi marido.

Mi matrimonio duró lo que mi carrera. Poco a poco comenzaron a decaer la calidad de los contratos y el dinero que ingresaba. Aunque no era vieja, sí me sentía acabada. Las desastrosas gestiones de mi marido me llevaron a la ruina, y a su abandono. Volví a quedarme sola, y sin trabajo ni ahorros. Incluso tuvimos que vender la casa para pagar las deudas. Solo tuve suerte en una cosa, y es que la hermana de mi marido resultó ser una buena persona que se esforzó para buscarme un trabajo. Era la primera vez que iba a utilizar mi título universitario, que yo nunca había valorado.

Se trataba de un internado donde había una vacante para profesora de Historia. Allí tendría alojamiento y un sueldo que, aunque no era alto, sí sería suficiente, porque yo no tendría que pagar ni alquiler ni comida.

Estaba a punto de comenzar la aventura más extraña y aterradora de mi vida. Después de lo vivido allí comprendí el significado de la frase que había aparecido en la Ouija en mis años de universitaria. Hay puertas que una vez que abres, ya no las puedes cerrar. Me aguardaba lo desconocido y no solo en el aspecto profesional.

 

 

 

2. LLEGADA A SENDA DE LOS PINARES

 

El verano estaba a punto de comenzar, pero la vacante estaba disponible, ya que también se impartían clases en verano. El internado estaba especializado en niños problemáticos que habían sido expulsados de otros centros. Aquello me horrorizaba, pero peor era la idea de verme casi en la indigencia. Ni siquiera fui a hacer la entrevista allí; me seleccionaron a través de una consultora, aunque en realidad fue mi excuñada quien habló previamente con algún contacto suyo. Lo único que sabía del colegio el día que fui para quedarme, sin ninguna otra opción, era que se llamaba Senda de los Pinares, y que estaba regentado por unas monjas que vivían bastante apartadas del mundo.

Mi llegada fue algo accidentada, ya que yo ignoraba que el autobús te dejaba en medio de la carretera, y luego  tenía que andar un par de kilómetros por un camino de tierra. Yo llevaba sandalias de tacón alto y dos maletas, además el calor era insoportable. En otras circunstancias, el camino me hubiera parecido de una enorme belleza. Era una senda flanqueada por pinos con vistas a un valle florido, y con un olor a jara que lo impregnaba todo. Solo se escuchaba el canto de los pájaros y el de las cigarras. A mitad del camino me senté en una piedra a descansar y a reponerme un poco. Allí sentada, sola y agotada, me planteaba cómo había llegado a aquella situación. Yo, que lo había tenido todo, y nunca me había faltado el cariño y las atenciones, me veía arrastrando las maletas por un camino polvoriento, y hacia un destino tan incierto como poco prometedor.

Cuando estaba a punto de reanudar mi camino, pude distinguir en la lejanía que alguien se aproximaba. Me froté los ojos pensando que era fruto del cansancio y el calor, pero pronto comprobé que no era así. Andando por el camino con más dificultad que yo, se acercaba a mí una mujer. Su aspecto era desconcertante. Tendría cincuenta y algún años, pero no parecía aceptarlo. Iba vestida con un vestido veraniego de tirantes de colores estridentes, con un pelo no menos llamativo de mechas de diferentes colores. Su dificultad para caminar se debía a las altísimas sandalias de color dorado que llevaba. Al verme pareció sorprenderse, incluso incomodarse, pero pronto comenzó a sonreírme con afecto.

-¿Eres Carmen?- me preguntó de una forma directa y descarada.

-Sí, y ¿quién eres tú?- le pregunté muy desconcertada.

-Soy Trini, la profesora de Literatura. Todos sabíamos que venías hoy, y nos preguntábamos cómo serías. La verdad es que yo te imaginaba algo más joven- me dijo sin dejar de sonreír ni por un momento, a pesar de la impertinencia de su comentario.

Charlamos durante un rato, y sin decirme hacia dónde se dirigía, me propuso acompañarme al colegio. Trini me explicó que durante el verano apenas había una treintena de alumnos, divididos en grupos de diez, por lo que no me sería tan difícil dar clase. No le dije en ningún momento que era la primera vez que ejercía de profesora, aunque me dio la sensación de que ella se había percatado de mi falta de experiencia profesional.

La llegada al colegio me impactó; era realmente espectacular. Nada más cruzar la verja, lo primero con lo que te encontrabas era con un inmenso jardín, con un artístico estanque de peces en el centro. Eran varios edificios, aunque al principio era difícil saber cuántos, ya que el terreno era amplio y había mucha vegetación. En el edificio principal me esperaba la directora, sor Gumersinda.

Sor Gumersinda era una mujer peculiar, que parecía haber nacido para estar en aquel lugar. Era menuda y pálida, de unos cincuenta años más o menos. Tenía fama de ser muy lista y todo el mundo valoraba mucho sus conocimientos de medicina. Aquello era un misterio para mí, ya que obviamente había tenido algún destino o trabajo, o incluso una vida fuera de aquellos muros, pero nadie sabía nada sobre ella. Tenía una mirada profunda y enigmática, y se notaba que era desconfiada. Antes de mantener una conversación conmigo y de explicarme los detalles de mi alojamiento y trabajo, se dirigió a Trini.

-¿A dónde iba usted? – le preguntó, como si se tratase de una niña.

-Sabía que iba a venir Carmen y he ido a buscarla- le contestó a modo de excusa, ya que en ningún momento me había dicho eso a mí.

Era obvio que había algo en Trini que molestaba a sor Gumersinda, y que desconfiaba de ella, pero tampoco le presté mucha atención a la situación. Cuando Trini se fue, ella me explicó los detalles de mi nuevo hogar y trabajo.

-En verano hay mucho trasiego de profesores, unos vienen y otros van, ya sabe. Pero hay un grupo, al que usted va a pertenecer, que viven aquí. Aunque son pocos sus compañeros, el espacio es limitado. Las habitaciones están en el edificio que está justo aquí, pegado a la derecha. El problema es que para usted hemos tenido que habilitar una habitación que está en un edificio más lejano, al fondo, detrás del invernadero. Se trata de una antigua residencia de monjas de clausura, con lo que se puede imaginar que no es tan confortable como el resto de las habitaciones. Espero que no sea usted miedosa- me dijo de una forma enigmática y desconcertante.

Yo sí tenía miedo, pero no al edificio, a todo en general. Tampoco era agradable tener que atravesar todas las noches ese jardín oscuro para ir a mi habitación, sobre todo en invierno. El comedor estaba en el edificio donde residían los profesores, que conocería justo aquella misma noche.

Después de enseñarme las aulas y de presentarme a algunos profesores y monjas con las que nos íbamos cruzando por los pasillos, me llevó hasta la que sería mi habitación. Estaba tan desconcertada y nerviosa que apenas recuerdo a quién me había presentado y a quién no en aquel primer recorrido por el colegio, que era grande y desvencijado. A esas horas había algunos alumnos practicando algún deporte en el jardín.

El edificio en el que me iba a alojar me resultaba terrorífico. Le costó trabajo abrir la puerta, que estaba atascada probablemente por la falta de uso. Por fuera era elegante y sobrio, de dos plantas y un sótano. Mi habitación estaba en la planta superior, a la que se accedía por una elegante escalera de barandilla de foja. Lo primero que me llamó la atención fue lo mucho que relucía el suelo y los muebles. Estaba cuidado con esmero, pero se notaba que allí hacía mucho tiempo que no vivía nadie. La decoración era escasa, con algún crucifijo y cuadro religioso en las paredes, y algún armario y alacena, aparte de unas cuantas antiguas vasijas para el agua, que aún conservaban. Mi habitación parecía la celda de una monja, de hecho lo había sido, la de la monja que asistía a la madre fundadora del colegio, pero no parecía que hubieran cambiado nada. Todo allí me llamaba la atención y me imponía. Yo estuve callada durante todo el rato, aunque sor Gumersinda no paraba de explicarme cada detalle del lugar.

-¿Qué le parece su suite? – me preguntó tratando de ser ingeniosa.

-Diferente a la de mis compañeros, de eso estoy segura, pero ¿de qué época es?.

-Es del siglo XIX. Es un privilegio estar en el viejo edificio, espero que lo disfrute. Aquí hay mucho silencio, eso es bueno para el trabajo y el estudio. Espero que lo sepa apreciar y aprovechar- me dijo con su aguda e inconfundible voz.

Sor Gumersinda me dijo la hora a la que se servía la cena y se dirigió a la puerta dejándome las llaves sobre una mesita que había a la entrada de la habitación. Antes de que se fuera, me podía la curiosidad.

-¿Qué hay detrás de este edificio?. le pregunté rápidamente antes de que desapareciese por la puerta.

-Continúa la senda de los pinares por la que vino usted, y finalmente llega a un huerto- me contestó algo nerviosa, como si mi pregunta le hubiese incomodado.

-¿Qué hay plantado en ese huerto? – le volví a preguntar, a pesar de que ella no quería hablar de aquel lugar.

-Nada. Fue el huerto de la madre fundadora, desde su fallecimiento no volvió a tocarse- me dijo bruscamente mientras cerraba la puerta y me dejaba sola.

Hasta la hora de la cena colocaría mis cosas en el diminuto armario de madera crujiente que había junto a la ventana, que a mí me recordaba a un confesionario. Me reconfortaba el hecho de que contaba con mi portátil para no sentirme tan sola durante las largas horas que me esperaban en aquel lugar. La habitación y el edificio vacío en el que me encontraba me producían pavor. Cuando más nerviosa y asustada me sentía, alguien aporreó la puerta de mi habitación. Me quedé paralizada.

 

 

 

3. EL HUERTO ABANDONADO

 

Al principio no me atrevía a mover un solo músculo, ni pestañear; aquel lugar me sugestionaba hasta tal punto que estaba segura de que no habría nadie al otro lado de la puerta, hasta que finalmente escuché la voz de Trini pidiéndome que le dejase pasar. Cuando abrí la puerta entró de una forma descarada mirando cada detalle de la habitación y todas mis cosas.

-¿Te importaría que yo me quedase esta habitación y tú te fueses a la mía?- me preguntó con su sonrisa y tono de voz alto. Al principio pensé que estaba alterada, pero poco a poco me fui dando cuenta de que era su forma de hablar.

-Me encantaría irme de aquí, pero habla con sor Gumersinda; es ella quien decide.

-No, prefiero que seas tú quien la convenza, es que a mí no me tiene mucho cariño- me dijo sin mostrar ningún tipo de preocupación por lo que me acababa de decir.

-¿Por qué?- le pregunté.

-Da igual. Por cierto ponte algo más sexi que nos vamos a alguno de los pueblos de la sierra después de la cena. Al fin y al cabo es viernes- me dijo marchándose sin darme opción a contestarle.

Yo me había quedado con las ganas de preguntarle por qué quería esa habitación, pero no me había dado la más mínima oportunidad de hacerlo. Era de ese tipo de personas que no dejan espacio para que se le hagan preguntas. Aprovecharía esa misma noche para intentar enterarme.

Llegó la hora de la cena y me dirigí hacia el edificio donde estaba el comedor. Estaba algo nerviosa porque esa misma noche conocería a los que iban a ser mis compañeros de trabajo y con los que iba a convivir. Al pasar por el invernadero, que necesitaba alguna reforma, vi a una monja junto a su perro haciendo labores de jardinería, a pesar de que ya era tarde. Llevaba el mismo hábito que las demás, negro y antiguo, pero ella se lo había recogido por abajo y dejaba ver unas botas adecuadas para las labores que estaba realizando. Era una mujer de unos setenta años y rostro serio. Yo me acerqué a saludarla, pero simplemente me miró, y sin mediar palabra, siguió con lo que estaba haciendo. Después de aquel desagradable primer encuentro llegué al comedor.

Lo primero que me sorprendió es que las monjas no compartían comedor con el resto de los profesores. Nada más llegar allí, Trini me estaba esperando, y me presentó a algunos de mis futuros compañeros. Lo único agradable de aquel viejo lugar eran los ventanales que daban al jardín.

Aquella noche solo estaban en el comedor, Susana y Raúl, que eran un simpático matrimonio que vivían allí junto con sus dos hijos, que eran alumnos del colegio. También esta Jacobo, que era un hombre peculiar, algo más joven que yo. En realidad todos me producían curiosidad, ya que yo consideraba que aquel modo de vida solo era una opción en situaciones extremas, como la mía. Sin embargo, todos ellos, incluida Trini, parecían aceptar su vida de buen grado.

Susana y Raúl daban clases de idiomas, y eran muy agradables, especialmente Susana, que tenía una actitud positiva y alegre en todo momento. Raúl me desconcertaba más, me resultaba difícil saber si era de mi agrado o no, pero ambos me recibieron muy bien. Raúl, durante la cena, en un par de ocasiones hizo algún comentario despectivo de las monjas y del colegio, con lo que pude deducir que no estaba demasiado a gusto allí.

Jacobo era reservado y de buenos modales. A pesar del entorno y la situación, había algo en él que me producía confianza, y la sensación de que podríamos ser buenos amigos. Daba clases de Informática y matemáticas, y según me dijo, pasaba horas en su habitación leyendo y navegando por Internet.

Casi sin darme tiempo a terminar de cenar, Trini me agarró por el brazo y me llevó hasta su coche. No me había dado opción a decirle que no tenía ningún interés por salir a tomar una copa con ella. Cuando quise darme cuenta estaba montada en su viejo coche, que conducía con muy poca destreza, y dirigiéndonos hasta algún pueblo cercano.

Finalmente acabamos en El Escorial, bastante lejos del colegio. Ella no paraba de hablar ni de hacerme preguntas indiscretas. Finalmente, cuando estábamos sentadas en una animada terraza, me decidí a preguntarle directamente por la habitación.

-¿Por qué quieres mudarte a ese lugar? – le pregunté sin demasiadas esperanzas de que me contestase, ya que ella me estaba hablando de otros temas.

-Pues para tener más intimidad, para entrar y salir cuando quiera sin que me vea sor Gumersinda.

En aquel momento yo comencé a reírme a carcajadas.

-Como si fueses una niña pequeña- le dije.

-No te rías, Carmen, ya verás lo que es esa monja. No se le escapa nada, estoy harta de ella.

-No parece muy peligrosa- le dije volviéndome a reír.

-Para mí sí lo es. Yo ahora tengo la oportunidad de vivir un poco y no quiero que nadie lo estropee.

-Créeme que estar junto a ese huerto abandonado, y ese invernadero con una monja que no te dirige la palabra, no es la mejor opción- le contesté.

-La monja que no te habla es muda, está en su mundo. Raúl la llama sor Geranio, pero se llama Teresa. A mí me da igual que esté ese huerto al lado, yo lo que quiero es poder llevar a gente allí. Soy una mujer adulta, ya me entiendes…

-¿Te gusta vivir aquí?- le pregunté sorprendida.

-Desde que me divorcié las cosas cambiaron. Mi hija, de doce años, me amarga la vida desde por la mañana hasta la noche. No me costó trabajo tomar la decisión de mandarla  a estudiar a Estados Unidos.  El piso lo he alquilado. Me resulta rentable vivir aquí, que lo tengo todo hecho y pagado. Además el dinero que recibo por el alquiler lo utilizo para pagar los gastos de la niña, que son muy elevados. A cambio, quiero un poco de intimidad, y eso me lo proporcionaría tu habitación, así que te pido que hables mañana mismo con sor Gumersinda.

No me parecía justo que yo tuviese que hablar con sor Gumersinda para hacerle un favor a Trini, a la que acababa de conocer. Pero en realidad a mí no me gustaba la habitación, así que hablaría con la monja al día siguiente.

Después de interrogarme sobre mi vida privada y de enterarse de cómo había acabado allí, nos volvimos al colegio. Ella había bebido más de la cuenta, de modo que no sé cómo pudimos llegar sin sufrir ningún percance. Al despedirnos, ella volvió a insistirme varias veces en lo de la habitación. Deseando poner fin a aquella jornada interminable, me dirigí a mi edificio. Sentí un enorme escalofrío nada más cruzar la puerta. No creo que nadie pueda imaginar el pavor que producía aquel lugar. Subí corriendo las escaleras y me encerré en mi habitación, asegurándome de que la llave estaba bien echada. Tenía el corazón acelerado y necesitaba fumarme un cigarro antes de intentar dormir. Allí no se podía fumar, pero la ventaja que tenía era la que anhelaba Trini, que en aquel lugar nadie podía controlarte.

Allí, fumando apoyada en la ventana y contemplando la luminosa luna llena que había, de repente algo me llamó la atención. Me pareció ver a alguien que venía del huerto. Iba andando por la senda. En un primer momento pensé que el sueño y las copas me estaban jugando una mala pasada. Me asusté tanto que cerré la ventana, pero me pudo la curiosidad y volví a abrirla. Parecía una monja, pero se le veían unas botas, por lo que pensé que sería sor Geranio, pero ¿qué haría a la una de la madrugada andando en medio de semejante oscuridad?. Pronto descubrí con la luz de la luna que algo le brillaba en la cara. Eran las gafas de sor Gumersinda, y sus andares eran inconfundibles. Otra vez la pregunta que me hacía era inevitable ¿qué hacía allí?.

Quizás al día siguiente podría hablar con alguien y obtener algo de información. Era más que evidente que había un montón de cosas que yo no sabía de aquel lugar, pero no tardaría en ir descubriéndolas.

4. LA LLAVE SILENCIOSA

 

Aquel sábado me desperté pronto, pero ya se colaba el sol a través de la cortina, que había dejado entreabierta. Había demasiada luz para seguir durmiendo. Me levanté para ir a ducharme y dirigirme al comedor a desayunar. Mi habitación tenía un pequeño aseo con una minúscula ducha, que obviamente había sido construida en una época no muy lejana, pero era suficiente para mí. Nada más ponerme en pie, casi me vuelvo a caer del susto. Allí mismo, en mi mesilla de noche, en la que yo solo tenía el despertador, había una llave. Era pequeñita, y muy vieja, yo diría que de otro siglo. Era de cobre y muy desgastada. La angustia me paralizaba ¿quién había entrado por la noche en mi habitación? ¿qué significaba aquello?. Me arreglé rápidamente y fue corriendo a buscar a sor Gumersinda. Aquello tenía que tener alguna explicación. La vi de lejos, andando por el jardín, y al verme tan alterada se detuvo mirándome con cara de preocupación.

-¿Qué le ocurre?- me preguntó.

-Me he encontrado esto en mi habitación. Ayer no estaba, se lo puedo asegurar – le dije mostrándole la llave.

Sor Gumersinda reaccionó de una forma que jamás me hubiera imaginado. Me quitó la llave bruscamente de la mano y me preguntó con mucha aspereza.

-¿De dónde la ha sacado?

-Ya le he dicho que estaba en la mesilla de mi habitación, ¿quién ha podido entrar por la noche?. ¿Es seguro ese lugar? – le pregunté angustiada.

-Nadie ha podido entrar, seguramente estaba en la habitación y usted no la había visto. Eso es todo – me dijo dándose la vuelta para continuar su camino. Parecía muy molesta por el episodio. Ahora tenía claro que me ocultaba algo.

-¿Qué abre esa llave?- le pregunté.

-No lo sé, supongo que pertenecerá a algún mueble del convento- me dijo, dando por finalizada la conversación.

En ese momento, aunque la actitud de la monja no invitaba al diálogo, recordé que Trini me había pedido que hablara con ella para cambiarle la habitación. En vista de lo que me había ocurrido aquella noche, y de que obviamente allí no me sentía segura, tomé aire y se lo propuse.

-Un momento, sor Gumersinda, ¿podría cambiarle la habitación a Trini?, a mí me da un poco de miedo y a ella le gusta.

En ese momento se quedó callada, como impactada por mi sugerencia. Girándose con brusquedad se quedó mirándome fijamente, hasta que finalmente habló:

-¿Se lo ha pedido Trini a usted?- me lo preguntó de una forma que pude saber que conocía la respuesta.

-Sí – le contesté tímidamente.

-Esa es su habitación, pero si le da un miedo que no puede soportar, busque un piso fuera del colegio. No quiero que Trini aparezca por allí. Le ruego que si la ve rondando la zona, me lo haga saber- me dijo con tal contundencia, que no fui capaz de insistir.

Sor Gumersinda desapareció rápidamente por el jardín, dejándome en un estado de confusión y de indignación. No me había molestado tanto su desagradable comentario sobre mi alojamiento, como el hecho de restarle importancia a que alguien hubiese entrado por la noche en mi habitación.

Una vez en el comedor, mientras desayunábamos, apenas pude hablar con Trini, porque los fines de semana solía tener planes, según me dijo. Solo me dio tiempo a comunicarle la negativa de la directora a cambiarme de habitación. Trini, aunque contrariada, estaba más pendiente de marcharse lo antes posible que de enfadarse por los resultados de mis gestiones.

Me senté en la misma mesa que Susana y Raúl, uniéndose un poco más tarde Jacobo. Durante el desayuno les comenté el incidente de la llave, y para mi sorpresa, ellos sí me prestaron atención.

-¿Estás segura de que no entró nadie en tu habitación? – me preguntó Susana con cara de preocupación.

-Las llaves siempre las dejo puestas, es imposible entrar, a menos que entrasen por la ventana, no sé…

-Digamos que si entró alguien, no sería de este mundo – dijo Raúl riéndose.

-No te rías- le interrumpió Susana ,brusca pero cariñosamente a la vez.

-No me asustéis, aunque yo prefiero no pensar en esas cosas, ese lugar por la noche os aseguro que impone – les dije yo.

Jacobo, que había estado escuchándonos todo el rato sin abrir la boca, aportó un dato que aumentó mis temores.

-Este lugar en general, y ese edificio en particular está lleno de leyendas. Yo no le doy mucha importancia a esos temas, pero lo que más preocupante me resulta es que generan un ambiente de impunidad para otras cosas.

-No te entiendo – le dije.

-Me refiero a que cuando la gente ve algo raro en un lugar al que precede la fama de misterioso, no suele darle importancia. Por ejemplo, es más fácil considerar un fenómeno paranormal la aparición de esa llave, que investigar a ver quién, cómo  y por qué ha entrado en tu habitación- me contestó Jacobo.

Raúl, que parecía tomarse a broma todo aquello, estaba más preocupado por la llave y por la actitud de sor Gumersinda que por ninguna otra cosa de las que estábamos hablando. Él tenía una obsesión:

-Esa llave, según la describes, por su antigüedad y elegancia, tiene que pertenecer a algún mueble de la capilla cerrada.

-¿Qué es eso? – interrumpí a Raúl.

-Hay una antigua capilla que está junto a tu edificio, supongo que te habrás fijado. Las monjas las tienen cerrada al culto; mejor dicho, cerrada para todo el mundo. Solo entran ellas, pero nunca vemos entrar ni salir a nadie. En una ocasión le pregunté a sor Gumersinda el porqué de aquel misterio, pero me dijo que no era ningún misterio. Según ella, la capilla alberga ciertas obras de arte de gran valor, y en alguna ocasión ha habido algún pequeño robo, por lo que la tienen cerrada por seguridad. Según me cuentas, a juzgar por su reacción, esa llave pertenece a algo de la capilla que ella teme que podamos robar. Es una mujer muy desconfiada. Aunque nunca entenderé qué hace una mujer tan lista como esa metida en este lugar.

Lo que me contó Raúl era bastante lógico, aunque yo seguía sin poder comprender quién había dejado la llave en mi habitación, y cómo podían haber entrado sin hacer ruido.

Al terminar aquel primer desayuno nos hicimos una foto que todavía conservo. En ella Susana aparecía tal cual era, sencilla, con una sonrisa carismática. Siempre llevaba la cara lavada, sin maquillaje de ningún tipo, y una pequeña coleta. Su cara redonda y juvenil contrastaba con la ropa rancia de persona mayor que siempre llevaba. Raúl salió en la foto con un gesto irónico, aunque sonriente. Regordete, bajito y sin complejos, pero con una personalidad desconcertante. Finalmente, Jacobo, que aparecía con el brazo sobre mi hombro, no sonreía en la foto. Lo cierto es que no sonreía mucho. Su aspecto era juvenil, casi de adolescente, a pesar de sus treintaicinco años. Tenía un pelo castaño y fino algo largo por la nuca; era extremadamente delgado y llevaba gafas, aunque no siempre. A veces llevaba una barba incipiente y a veces no. Todo en él parecía inestable.

Aquella foto fue la última que nos pudimos hacer, porque luego comenzamos a tener problemas para  retratarnos juntos.

 

 

5. LA NOCHE TEMIDA

 

El sábado transcurrió rápido para mí, porque estuve prácticamente todo el día preparando mis clases para el lunes. Tenía un miedo atroz a mi primera clase, aunque iban a ser solo cinco alumnos y el colegio tenía suficiente material didáctico como para facilitarme las cosas. Al salir de la biblioteca, que era donde los profesores corregíamos y preparábamos nuestras clases, me fui a pasear antes de ir a cenar. Me acerqué hasta la vieja capilla y pude comprobar que efectivamente estaba cerrada. Algo me incitaba a ir a visitar el  huerto abandonado, pero me daba algo de miedo. Estaba un poco alejado del colegio y no había nadie por allí, pero aún así, me decidí a ir a conocerlo. Andando por la senda presentía algo extraño, en aquel momento no lo supe interpretar, pero en el ambiente era tenso.  Cuando estaba acercándome pude observar a cierta distancia, que había alguien allí. Sabiendo que a sor Gumersinda no le gustaba que la gente fisgase en los asuntos del colegio, sigilosamente me di la vuelta y volví a la zona del comedor a paso acelerado.

Afortunadamente me encontré allí con Jacobo, y entramos los dos a cenar. Raúl y Susana habían salido a pasar el día a casa de los abuelos, y llegarían tarde. Durante la cena Jacobo me contó curiosidades sobre el colegio, alumnos, compañeros, etc. pero yo quería hacerle sobre todo una pregunta:

-¿A qué te referías cuando dijiste en el desayuno que hay leyendas sobre este lugar?

-Bueno, yo es que no creo en esas cosas. Quiero decir que, aunque en todos los lugares del mundo han ocurrido cosas terribles en el pasado, no tiene por qué influir en el presente. Si eso fuese así, no podríamos vivir – me contestó.

-¿Qué ocurrió aquí?

-Muchas cosas. Imagínate, desde el convulso siglo XIX, pasando por el no menos agitado siglo XX. No le presto atención a estas cosas, pero sí sé que en la Guerra Civil hubo fusilamientos por esta zona, pero como en casi todas, supongo. Lo supe el verano pasado porque un grupo de investigadores paranormales vinieron con todos sus aparatos a hacer psicofonías y buscar evidencias – me contestó de una forma desapasionada.

-¿Qué resultados obtuvieron?

-No lo sé. No compartieron nada. Lo único que sé es que pagaron una cantidad importante de dinero para que las monjas les dejaran llevar a cabo sus investigaciones – me contestó

La conversación con Jacobo me había preocupado todavía más. No me agradaba la idea de pasar la noche en un lugar donde habían tenido lugar ciertas prácticas esotéricas. Respecto a los horrores de la Historia, Jacobo tenía razón, en todas partes han pasado cosas. Él, al verme tan asustada, se ofreció a acompañarme hasta mi edificio. Yo acepté de buen grado, ya que teníamos que atravesar el jardín, y de noche sin apenas luz, me imponía.

Después de haberme ayudado a abrir la puerta, se marchó, y yo volví a verme sola en un lugar aterrador.  A pesar de que lo primero que hice fue encender la luz del hall, todo estaba tan absolutamente silencioso que lo único que se me ocurría hacer era correr como una niña pequeña y subir las escaleras casi como si volara, para encerrarme en mi habitación. Cerré bien la puerta, habiendo apagado antes la luz del pasillo. Me había olvidado de cerrar la ventana, y se había levantado algo de viento. El visillo volaba y habían entrado algunas hojas. Después de poner un poco de orden, miré bien por todas partes, por si había algún otro objeto que no fuera mío, pero no había nada.  Después de fumarme un cigarro y de beber un poco de ginebra que tenía en mi habitación, me metí en la cama para intentar dormir.

No dejaba de dar vueltas y más vueltas en la cama. No me sentía segura, sabía que en aquel lugar había algo hostil. Cuando finalmente me quedé dormida, me veía a mí misma andando por un bosque por la noche. Podía escuchar mis pisadas, y las de alguien más detrás de mí. Sentía un frío intenso, a pesar de ser una calurosa noche de verano. Entonces giré la cabeza y vi a dos monjas vestidas de negro que ocultaban sus rostros. Estaban quietas y tenían una actitud amenazante. De repente comenzaban a andar rápido hacia mí, y yo me desperté sudando, casi asfixiada.

Tratando de recomponerme me senté en la cama, y después de beberme un vaso de agua, me encendí un cigarro. Todavía me temblaban las manos, pero lo peor estaba aún por venir. Escuché el ruido de la bisagra del armario cuando se abre la puerta. Lo aterrador era que la puerta estaba perfectamente cerrada y había que hacer fuerza para abrirla. No se podía abrir sola. Me levanté aterrada y me dirigí temblando hacia el armario. Aquello tenía que tener alguna explicación, y yo ya estaba despierta, por lo que no podía ser una pesadilla. Con mucho cuidado y miedo comprobé que no había nadie allí dentro. Me giré para volver a la cama, y de repente, para mi horror, vi a una niña pequeña vestida de negro tratando de ocultarse detrás de la cortina. No sabría describir el horror que vi en sus ojos al verme, como si hubiese visto al mismísimo Demonio. Yo grité de la impresión. Luego me quedé quieta, casi petrificada mientras la pequeña huía despavorida. Mi otra sorpresa fue comprobar con indignación que la puerta estaba abierta. Yo la había cerrado de tal forma que nadie pudiese entrar, o eso creía yo. Salí corriendo detrás de ella, pero al salir al pasillo ya no la pude ver. Debió de bajar las escaleras a una enorme velocidad. Yo estaba confusa porque todo había ocurrido cuando todavía no me había repuesto de la pesadilla. Estaba muy sugestionada por el entorno y mis temores. Tampoco me ayudaba el hecho de que mezclaba antidepresivos con alcohol.  Volví a mi cama, allí quieta, sin atreverme a dormir, decidí esperar a que amaneciera.

Durante las horas que permanecí petrificada sentada en la cama, noté que la temperatura había bajado mucho dentro de la habitación, aunque fuera hacía el mismo calor. Me planteaba si era buena idea contarle a alguien mi experiencia o si era mejor tratar de olvidarla. No estaba segura de si me tomarían en serio o no. Quizás daría la imagen de desequilibrada, y aquello no me convenía.

Cuando se me estaban cerrando los ojos por el cansancio, algo me volvió a despertar. Escuché que alguien abría la puerta de la entrada y encendía las luces .No podría ser la niña otra vez, a juzgar por el susto que se había llevado y cómo había huido. Si era alguien que venía a robar, yo allí estaba indefensa, y si gritaba no me escucharía nadie. Decidí salir a observar con disimulo. En cuestión de pocos minutos, la luz volvió a apagarse y la puerta se cerró de un portazo. Dentro de la poca lógica que tenía esto, quizás  lo más probable era que hubiese sido sor Gumersinda. Por lo que había visto la noche anterior, ella solía frecuentar la zona por la noche. Quizás había venido a comprobar algo, o a dejar papeles en un cajón. A la mañana siguiente saldría de dudas y se lo preguntaría.

Serían las ocho de la mañana cuando ya me había duchado y me disponía a ir a desayunar, pero antes quería hacer un recorrido por el viejo convento en el que me alojaba. Quizás algún detalle despejaría mis dudas. Yo tenía miedo, pero de día las cosas se ven diferentes.

Comencé mi recorrido por el piso de abajo, que de forma era idéntico a la segunda planta, donde estaba mi habitación. Era más grande de lo que me había parecido el día anterior. El edificio era cuadrado con habitaciones cerradas, que supongo fueron celdas de las monjas de hace un par de siglos.  Había un pequeño claustro en el centro. Los pasillos eran anchos y los rayos de sol entraban por todas partes gracias a sus magníficos ventanales, que eran de arco de medio punto con rejas negras en forma de cuadrícula. En la planta segunda no había rejas, y aquello me facilitaba asomarme a fumar y a respirar aire fresco por las noches. Todo estaba vacío de vida, como si allí no habitase ni un solo insecto, pero era obvio que sí había otro tipo de vida, aunque no de este mundo. El suelo era de una bellísima cerámica que formaba un discreto y elegante dibujo en el suelo. No parecía aquel un lugar de pobreza y privaciones, como suele ser el de las monjas de clausura.

El mobiliario era escaso, pero también elegante. Yo buscaba insistentemente algún cajón o mueble con llaves como la que había visto. También quería saber si había algo guardado que quizás la noche anterior hubiese guardado alguna monja. Solo había alguna antiquísima alacena, aunque muy cuidada, de madera oscura y tallada minuciosamente. Apenas había algún escritorio o cómoda, no sé muy bien qué utilidad tuvieron en su tiempo, pero los cajones no se podían abrir. Yo me preguntaba por qué cerraban los cajones si no había nada, en cualquier caso, lo cierto era que si sor Gumersinda me sorprendía fisgando, me podía olvidar del trabajo. Desistí de tratar de abrir los cajones y armaritos y miré en el piso de arriba, que repetía el mismo patrón que el que acababa de recorrer. Todas las puertas, los armarios y cajones, así como las habitaciones, estaban cerradas. Cuando me disponía a marcharme, me di cuenta de que no había abierto la puerta que daba al sótano, así que me dirigí a ella. Hubo una doble sorpresa, ya que esta sí estaba abierta, pero no menos sorprendente fue descubrir que la entrada al sótano estaba tapiada.

Una vez fuera del viejo convento me dirigí hacia el comedor, pasando por delante del invernadero, donde estaba sor Geranio centrada en sus trabajos de jardinería. Esta vez solo nos miramos, pero no le saludé porque sabía que ella prefería que la dejasen tranquila en su mundo. Estaba decidida a preguntarle a sor Gumersinda si había entrado alguien aquella noche en mi edificio. También quería saber quién era esa niña, aunque era mejor no hablarle de aquello. Esperaría a que pasara la hora del desayuno, antes de la misa.

En el comedor me estaban esperando Raúl y Susana, que iban a pasar el domingo en el colegio, y Jacobo. Al verme pálida me preguntaron si había pasado mala noche, de modo que decidí contarles lo que me había sucedido, pero Susana me interrumpió mientras les contaba lo de la niña:

-¿Pero de qué edad sería más o menos?- me preguntó.

-No se veía bien, estaba todo oscuro, pero menos de diez años, creo yo.

-Entonces no se trata de ninguna alumna del centro, porque aquí en verano solo hay niños  de trece años en adelante, excepto nuestros hijos. A lo mejor no la viste bien, y era más mayor. Aquí hay niños conflictivos, pudo colarse en tu habitación para hacer una gamberrada- me dijo Susana.

-A lo mejor se trata de una hija secreta de sor Gumersinda, o de sor Geranio- nos interrumpió Raúl con una risotada.

Cuando les conté que también había entrado alguien por la noche, no les pareció mala idea que se lo comentara a sor Gumersinda, de modo que me dirigí a  hablar con ella cuando terminamos de desayunar.

Sor Gumersinda, que estaba encerrada en su despacho ocupada con unos papeles, mientras esperaba la hora de la misa, apenas levantó la cabeza cuando entré. Su despacho estaba situado en el edificio donde se impartían las clases, pero había que recorrer un largo y tétrico pasillo hasta llegar hasta él.

Después de un escueto buenos días, lo primero que hice fue contarle lo de la niña, no sé por qué lo hice, porque me arrepentí nada más hacerlo.  Su reacción fue extrañísima, ya que cambió de conversación. Al darme cuenta de que no quería hablar de aquel tema, sí le pregunté si entraba alguna monja, o ella misma, de madrugada en el viejo convento. Ella, mirándome de una forma hostil me contestó.

-No es asunto suyo si cualquiera de nosotras entramos o salimos del edificio. Estamos en nuestra casa. Usted limítese a estar en su habitación. Por cierto, ¿cómo reaccionó Trini cuando le dijo que no iba a cambiarle la habitación?- me preguntó con mucho interés.

-Simplemente se resignó- le dije mientras abría la puerta para marcharme.

Cuando ya salía por la puerta me sorprendió con una pregunta final:

-¿Cómo era la niña que supuestamente vio en su habitación?

-Pequeña y frágil. Parecía muy asustada y muy pálida. Llevaba un vestidito oscuro y extraño- le contesté algo sorprendida por su repentino interés.

Sor Gumersinda, después de un breve silencio, con la mirada perdida, se limitó a decirme:

-Cierre bien la puerta antes de marcharse.

A la salida de su despacho, en el jardín me esperaban Susana y Raúl para ir a dar un paseo y enseñarme los rincones e instalaciones que todavía no conocía. Esa misma mañana algo extraño nos ocurriría…

 

 

 

 

6. SUSPIROS Y ESCALOFRÍOS

 

Después de preguntarme sobre mi entrevista con la directora, se dedicaron a enseñarme los lugares curiosos y desconocidos del colegio. Susana lo hacía con entusiasmo, porque de alguna manera no solo se había resignado a estar allí, sino que además le gustaba aquella vida. Raúl, aunque también sonreía, lo hacía con cierto sarcasmo. Yo no sabía qué les había llevado a vivir en el colegio, pero fuera lo que fuera, a él no le agradaba la situación, y daba la impresión de que no tenía la intención de quedarse allí por mucho más tiempo. Pero algo le atrapaba en aquel lugar y aquel tipo de vida, era como si se escondiera de alguien, o del mundo en general.

Eran muchos los rincones, jardines y edificaciones; los suficientes como para sentir todo tipo de temores. A mí no me parecía un tema menor el hecho de que distintas personas pudieran entrar y salir de mi habitación. Comenzaba a sospechar de todo el mundo, incluso de los alumnos con los que nos cruzábamos por el jardín. Además, no resultaba difícil acceder a las instalaciones del colegio desde fuera, y aquel lugar estaba lejos de todo, perdido en la nada.

Raúl estaba especialmente interesado por la capilla, donde nunca le habían dejado entrar. No comprendía la razón por la que no se la habían mostrado nunca. Quizás era desconfianza, pero aquello carecía de lógica, ya que los supuestos robos que se habían producido en la capilla, habían tenido lugar cuando ellos no estaban allí. Después de intentar abrir la puerta, por si acaso había alguna monja dentro y se podía echar un vistazo, resignado, quiso que nos hiciésemos una foto allí mismo.

La capilla era muy antigua y no muy grande, con una pequeña bóveda, y ventanas de arco de medio punto con espectaculares vidrieras. Susana y yo nos colocamos en los escalones de la puerta, y Raúl nos hizo la foto con su móvil. Cuando miró el resultado se quedó callado durante un rato, hasta que Susana se acercó a él.

-¿Por qué no nos la enseñas?- le pregunto sorprendida mientras echaba mano al móvil para ver la foto.

-No hay ni rastro de vosotras- nos dijo sorprendido, atónito.

-Tiene que ser un fallo del móvil, vamos a intentarlo otra vez-le sugirió Susana.

-No, no hay ningún fallo de móvil que anule la presencia de las personas y solo se vea el entorno. Además fíjate en un detalle más: la capilla está más nueva, la puerta está abierta y hay unas plantas que ahora no las veo por ninguna parte.

-Es cierto, hay unas macetas grandes con flores de color rosa a ambos lados de la entrada. Esto es interesante, Raúl- le dijo Susana con mucho más entusiasmo que él.

-Es mejor que olvidemos este incidente y no se lo contemos a nadie- dijo Raúl, cuya actitud era mucho más prudente que la de Susana.

Aquella fue la razón por la que no nos volvimos a hacer ninguna foto, porque algo no solo nos lo impedía, además era obvio que aquello nos invitaba a entrar en una zona desconocida. Creo que yo era la más sorprendida de los tres; aquel hecho me había helado la sangre. Pero hubo algo más que me llamó la atención, y fue que Susana, en un descuido de Raúl, se hizo con su móvil y tecleó algo. Yo no pregunté nada, ya que me di cuenta de que no quería que Raúl se enterara de lo que acababa de hacer.

La inquietud que me producía aquel colegio y mi nueva, y aparentemente nada segura vida, contrastaba con la buena acogida de mis compañeros. Ellos eran el único apoyo que tenía en aquel momento, si no hubiera sido por el afecto que me demostraban, no me hubiera quedado en un lugar tan hostil y, para mí, terrorífico.

Durante el resto del día estuve en la biblioteca, no tuve valor para ir a mi habitación. La biblioteca era agradable; tenía los mismos ventanales que el comedor, y solo se escuchaba el canto de los pájaros. La compartíamos profesores y alumnos, aunque pasé casi toda la tarde sola, sin contar con la presencia de sor Pilar, la bibliotecaria, que sería de la misma edad que sor Geranio, e igual de poco habladora y amable.

A la hora de la cena nos reunimos Susana, Raúl, Jacobo, y yo. Pasamos un rato agradable hasta que yo saqué el tema.

-¿Le habéis contado a Jacobo lo de la foto?- les pregunté.

-No, porque es una tontería, cosas de la cámara- dijo Susana algo nerviosa, mientras Raúl cambiaba de tema.

-Por ahí viene Trini, casi no llega a la cena – dijo Raúl señalando hacia la puerta.

Era cierto, Trini aparecía en ese momento en el comedor, con aspecto algo desaseado, pero sonriente al vernos.

-¿Qué tal el fin de semana? ¿Alguna pesca interesante?- le preguntó Raúl con un tono burlón y desenfadado.

-Más o menos- contestó Trini con una risilla nerviosa.

-Es que Trini está buscando pareja de una forma muy activa- me dijo Susana, mientras Trini asentía con la cabeza sin perder la sonrisa.

-¿Dónde buscas?, lo digo porque aquí estamos lejos de todo, como apartados de la civilización- le pregunté.

-Donde todo el mundo, por Internet- me contestó sin demasiadas ganas de continuar la conversación.

Trini cenó rápido y se marchó a su habitación; tenía que consultar su correo, y aquello parecía generarle bastante estrés. Durante su rápida cena consultó su móvil unas cinco o seis veces. Una vez que se había marchado, yo tenía una pregunta que hacer; algo que me producía mucha curiosidad:

-¿Es Trini una buena profesora?- les pregunté a mis compañeros.

-Pésima, ¿por qué lo preguntas?- me contestó Raúl.

-Siento curiosidad por saber por qué sor Gumersinda la mantiene en el puesto, porque es obvio que no hay nada en ella que le agrade- le contesté.

-Esa es otra de las contradicciones de este lugar tan peculiar- me contestó Raúl.

-Quizás sea amiga de algún familiar de ella. Yo creo que no se atreve a despedirla para no tener problemas con alguien- dijo Susana, quitándole misterio al asunto.

Terminamos la conversación justo al acabar de cenar, pero nos entretuvimos un rato charlando y se hizo de noche . Luego,  cada uno nos marchamos a nuestra habitación. Aquella noche Jacobo no me acompañó y crucé yo sola el jardín. Estaba todo muy solitario. Solo se escuchaban mis pasos y el viento soplando y removiendo las hojas de los árboles. Comencé a acelerar el paso, pero tampoco me agradaba llegar al viejo convento, que cada vez me daba más miedo. Cuando estaba llegando me pareció ver luz en mi habitación, pero pronto descubrí que era la luna reflejada en el cristal. Pensé que aquello había sido una especie de ilusión óptica, o quizás el miedo y la sugestión. Sentía la necesidad de beberme un vaso de ginebra, aunque deseaba abandonar el hábito. Nunca me parecía el momento adecuado para dejarlo; siempre había alguna excusa, que generalmente era el deseo de olvidar, pero en este caso era el miedo.

Nada más abrir la puerta, encendí todas las luces y subí corriendo a mi habitación. Una vez dentro, cerré con llave y puse una silla en la puerta. Después  saqué del armario una botella de ginebra y comencé a beber. Debí de caer medio desmayada , porque de madrugada me desperté vestida en la cama. Lo cierto es que algo me despertó. Cuando  conseguí despertarme del todo pude escuchar algo, aunque al principio me resultaba confuso, poco a poco pude distinguir con claridad que se trataba de unos suspiros.

Había alguien en la habitación contigua a la mía, de eso no había duda, pero ¿qué debía hacer yo?, no me atrevía ni a moverme, pero tampoco podía quedarme dormida como si no estuviera pasando nada. Procurando no hacer ruido me levanté de la cama y fui hacia la puerta para escuchar mejor. Otra vez volví a escuchar los suspiros, pero con más claridad que antes. Decidí salir de la habitación para comprobar si estaba yo sola o había alguien más. Todo estaba oscuro y silencioso, y hacía mucho frío. Conforme me acercaba a la habitación más próxima a la mía, aumentaba la sensación de frío. Me quedé petrificada cuando pude ver que había luz por debajo de la puerta. No sabía qué hacer, así que decidí volver a mi habitación y no meterme en los asuntos de nadie, pero estando en todo momento atenta a lo que ocurría. Al poco rato dejé de escuchar los suspiros y volví a salir. No solo no había luz en la habitación, sino que además la puerta estaba entreabierta. Aquello me extrañó porque  allí todas las puertas estaban cerradas con llave. Me acerqué con mucho cuidado, y pude comprobar que en aquella estancia no podía haber estado nadie. Todos los muebles estaban tapados con sábanas, y se podía sentir que había estado vacía durante muchísimos años; había incluso telarañas. Volví rápidamente a mi habitación y me di una ducha para despejarme. Aunque era muy pronto aún,  bajé al jardín a esperar a que llegara la hora del desayuno.

Paseando por el jardín, dejando pasar el tiempo, pude ver a lo lejos que se acercaba Jacobo. Le saludé con la mano y él se acercó, lo que fue un alivio para mí, porque me producía escalofríos estar sola en aquel lugar. Después de dudar durante un rato si contarle lo ocurrido o no, por fin me decidí. Jacobo me escuchaba con mucha más atención de la que esperaba .

-No sé qué o quién ha estado esta noche en esa habitación, pero no se me ocurre ninguna explicación tranquilizadora- me dijo con cara de preocupación.

-¿A qué te refieres?- le pregunté.

-Pues que solo hay tres opciones: has sufrido alguna alucinación; alguien entra a escondidas en el edificio, y lo último, hay presencias del Otro Mundo – dijo con un tono convincente.

-No había rastro de que alguien hubiese estado allí, así que aunque parezca una locura, creo que allí ocurren cosas…

-¿Te acuerdas que te dije que el verano pasado estuvieron un grupo de investigadores de lo paranormal?, pues creo recordar que al finalizar su trabajo, uno de ellos, el que lideraba el grupo, le dio su teléfono a Susana- me dijo tratando de recordar el nombre del parapsicólogo.

-Hablaré con ella.

-Pero ten cuidado, que no se entere nadie, ni siquiera Raúl, que no quiere saber nada de esas cosas- me advirtió Jacobo, justo antes de entrar los dos al comedor, donde nos esperaban los demás.

Durante el desayuno traté de disimular lo nerviosa que estaba, no solo por la experiencia vivida durante la noche, también porque me enfrentaba a mi primer día como profesora.  Ya pensaría a lo largo del día si me atrevería a hablar con Susana sobre el incidente. Ahora me esperaba la vida real, o eso creía yo…

 

 

 

 

7. DESDE LA OSCURIDAD

 

Al terminar el desayuno me dirigí a mi aula. Me temblaban las piernas, porque aunque trataba de disimularlo, no tenía ni idea de cómo se daba una clase. Los alumnos lo notarían y se reirían de mí. Pensé que lo mejor sería ponerles una película sobre la Segunda Guerra Mundial, y luego comentarla con ellos. Afortunadamente el colegio disponía de una buena cantidad de material audiovisual, que sería mi salvación. Camino del aula por aquellos inmensos pasillos me preguntaba cómo era posible que hubiera tan pocos alumnos en un lugar tan enorme. Era una sensación de soledad e indefensión insoportable. Aceleré el paso, porque no se oía nada por los pasillos, como si todo estuviese desierto. Miraba a cada lado por si veía a alguien; tenía la sensación de estar siendo observada. Finalmente llegué al aula, ya casi sin aliento por el miedo y por la velocidad a la que había ido, cargando además con todo el material.

Nada más cruzar la puerta, los siete adolescentes, que estaban charlando animadamente cuando llegué yo, se quedaron callados. Me observaban fijamente, como si supieran que jamás había dado una clase. Apenas sin mirarlos les pedí que prestaran atención a la película que íbamos a ver. Ellos parecieron sorprendidos por aquella primera clase, pero no me dijeron nada. Con la luz apagada me sería más fácil disimular mi ansiedad, o por lo menos esa era mi esperanza. Durante la película no se escuchaba nada en el aula, era como si estuviera yo sola allí. En un par de ocasiones hice un comentario sobre lo que estábamos viendo, pero nadie abrió la boca. Mientras tanto, saqué de mi carpeta siete hojas y repartí una a cada uno. Era un pequeño resumen de los hechos de la Guerra. Cuando terminó la película encendí la luz, y con una enorme angustia comprobé que uno de los jóvenes había abandonado el aula, dejando el folio sobre la mesa.

Ahora venía lo peor, que era contarle a sor Gumersinda que durante mi clase uno de los alumnos había desaparecido.

-¿Dónde está el alumno o alumna que falta? – les pregunté casi al borde de la histeria.

-¿Quién?-  preguntó uno de los adolescentes, que se llamaba Roberto.

-Eráis siete cuando he puesto la película, incluso le he dejado el folio encima de su mesa- le contesté.

-Ha contado usted mal, somos seis los alumnos de esta clase, no hay ningún fantasma- me dijo con tono burlón en el momento en el que yo ya me disponía a abandonar el aula, en medio de las risotadas de sus compañeros.

Yo estaba completamente segura de que eran siete, de que había alguien más allí. Quizás se estaban riendo de mí, y me estaban gastando una broma. Necesitaba un trago, era lo único que me calmaba los nervios. Sin hablar del incidente con nadie me dirigí a mi habitación, ya que hasta una hora después no tenía otra clase. Una vez allí, me serví una ginebra, pero con cuidado, ya que si sor Gumersinda descubría que yo bebía en mi habitación, la expulsión sería segura. Decidí no pensar en aquello, aunque yo estaba segura de que alguien me observaba desde la oscuridad; pude notarlo durante la película.

De vuelta a la clase siguiente, Susana me esperaba sonriente, como siempre, a las puertas del edificio aulario.

-¿Qué tal tu primera clase?- me preguntó.

-Bueno, si a eso se le puede llamar una clase, pues, digamos que bien…

-Una cosa te tengo que decir. Ten cuidado, no subas a ningún alumno ni alumna a tu habitación, porque como se entere sor Gumersinda te despedirán- me dijo bajando el tono.

-Claro que nunca subiría a nadie ¿por qué lo dices?

-Porque hace un rato había una niña mirando por la ventana desde tu habitación- me contestó Susana muy convencida de sus palabras.

-¿Una niña?- le pregunté yo en estado de shock.

-Sí, era una adolescente, pero desde aquí no he podido ver quién era.

-Te aseguro que estaba yo sola- le dije, sin contarle que estaba un poco bebida, para que no pensara que no me había enterado de lo que había pasado.

-Alguien sí había, eso es seguro porque tu habitación es la única que está habitada y que tiene la ventana abierta.

-¿Cómo era la niña, pequeñita y pálida?- le pregunté, temiéndome la respuesta. Si era esa la niña que yo había visto, entonces no había sido un mal sueño.

-No, era más mayor, y cuando yo la he mirado, ha fijado su mirada en mí, así que me he girado, porque he notado cierta hostilidad. No sé ha sido todo muy extraño, la verdad

-Aquí todo es extraño, como lo de la foto, y otras cosas más- le dije.

-Sí, yo lo guardo todo. La foto me la envié a mi móvil cuando Raúl no se dio cuenta, porque él la iba a borrar. Su miedo a perder el trabajo es siempre lo que prima sobre todo lo demás- me dijo Susana despidiéndose de mí, porque ya teníamos que dar otra clase.

El resto de la mañana transcurrió mal; yo no dejaba de darle vueltas a lo de la niña de mi habitación y a todas las otras cosas extrañas que me estaban ocurriendo. Pero aquello no fue lo único que me hizo perder los nervios aquel día.

Las clases fueron desastrosas, mi falta de experiencia la notaron de inmediato y aquello complicaba mi relación con los alumnos. A aquel día le siguieron otros cuantos igual de malos, o incluso peores, hasta que una de las monjas vino a avisarme una mañana durante el desayuno de que sor Gumersinda quería verme en su despacho. Rápidamente acudí, aunque sabía que no sería para nada bueno, era mejor saberlo cuanto antes. Al llegar a su despacho, encontré la puerta entreabierta y me hizo un gesto para que pasara. Estaba muy seria.

-La cosa va mal- me dijo con un tono áspero.

-¿A qué se refiere?- le pregunté, aunque estaba segura a lo que se refería.

-Me refiero a que sus clases están resultando un desastre y hay quejas de usted. Le doy una semana para mejorar, o si no, tendrá que marcharse. Cierre la puerta al marcharse- me dijo volviendo a bajar la cabeza a sus papeles.

Aquello me dejó sin habla, petrificada, ni siquiera me había dado opción a explicarme. Tampoco sabía en qué tenía que mejorar, ni si aquello tenía que ver con el incidente del alumno desaparecido repentinamente o la niña de mi habitación. Quizás había llegado algo a sus oídos. Yo no podía soportar la presión. Tampoco entendía la dureza con respecto a mi trabajo y la permisibilidad con Trini, con quien nadie estaba contento.

Al salir de su despacho, estando todavía aturdida, me encontré con Susana, que al verme en tan mal estado, se paró a ver qué me ocurría, y tratar de reconfortarme.

-Esta misma tarde me voy, Susana, ya lo he decidido. No aguanto más.

-No te precipites, espera a que te eche ella, a lo mejor la cosa cambia. No le des tanta importancia a su brusquedad. Sor Gumersinda no es mala, créeme. Es una persona peculiar, pero tiene buen corazón- me dijo para reconfortarme.

-Quizás con Trini, pero conmigo no.

-Lo de Trini es otra cosa, Carmen, eso es un pequeño misterio, pero con Jacobo ha sido una buena persona.

-¿Por qué con Jacobo?- le pregunté sorprendida.

-Ya te lo contará él, porque vosotros soléis hablar y os lleváis bien. Piénsate bien eso de marcharte. Yo te echaría de menos, quiero que te quedes- me dijo justo antes de marcharse para sus clases.

Yo estaba completamente decidida a marcharme, incluso sin despedirme. Haría me equipaje y me marcharía en el autobús de las ocho sin que ella ni nadie me viese. Me despediría por móvil, una vez en Madrid.

Aprovechando la soledad del jardín salí con mi maleta y me dirigí hacia la carretera a esperar al autobús por aquella polvorienta senda. Faltaba media hora para que pasara. Me hacía sentir mal el hecho de no haberme despedido de nadie, pero no tuve valor para hacerlo. Quizás fue el agotamiento de tantos fracasos, o el orgullo, pero no pude soportarlo más. A pesar de que ya era tarde, hacía mucho calor y el camino estaba solitario. El olor a jara propio de aquel lugar lo impregnaba todo, igual que el día que llegué. De repente, aunque el canto de las cigarras era muy persistente, me pareció escuchar algo. La sugestión me podía estar jugando una mala pasada, pero me paré y giré la cabeza…

 

 

 

 

8. EL SILENCIO

 

El camino serpenteaba, y justo detrás de mí, había una curva, pero yo estaba segura de haber escuchado unos pasos. Estaba paralizada por el miedo, porque aquel lugar era el propicio para que te ocurriera cualquier cosa, y ninguna buena. A pesar de las dificultades de andar rápido por un camino de tierra y con equipaje, comencé a correr, pero en uno de los momentos en los que giré la cabeza mientras corría, tropecé con una piedra y caí al suelo. Cuando abrí los ojos, Jacobo estaba a mi lado.

-¿Cómo estás?- me preguntó mientras me ayudaba a levantarme.

-Creo que bien, no sé si he perdido el conocimiento durante unos segundos, porque no recuerdo cómo me he caído- le contesté.

-Te vi correr por el camino y fui detrás de ti para ver si te ocurría algo. Además me ha sorprendido que llevases tu maleta ¿por qué te quieres marchar?

-No sé hacer este trabajo, y estar aquí apartada del mundo no me va a ayudar a rehacer mi vida. Yo esperaba alguna ayuda por parte del colegio, pero sor Gumersinda me ha dado un ultimátum. Necesito marcharme y comenzar una nueva vida; una de verdad – le dije tragándome las lágrimas.

-¿Tienes a dónde ir?- me preguntó directamente, sin rodeos.

-La verdad es que no- le contesté después de haberme quedado callada durante un rato.

Jacobo me tranquilizó y me ayudó a recomponerme un poco. La caída me había provocado un pequeño corte en la mejilla, que él me limpió cuidadosamente. Después me propuso enseñarme rincones preciosos de las proximidades. Él me aconsejó que escondiese la maleta entre unos arbustos por donde no pasaba nunca nadie, para que las monjas ni los compañeros me vieran volver con ellas. Era buena idea, al fin y al cabo no tenía a dónde ir y sería mejor tratar de conservar el trabajo. Aquella había sido una decisión precipitada, pero no sabía si equivocada o no.

El silencio nos envolvía; era como si por aquella senda y los lugares próximos no hubiera pasado nunca nadie. Jacobo me ayudó a bajar una pequeña cuesta a un lado del camino, y me guió hasta un bellísimo valle cubierto de flores de colorido variado.

-¿Sabes qué lugar es este?- me preguntó.

-No, ¿por qué me lo preguntas?

-Porque durante las largas horas que paso en mi habitación con el ordenador, me dedico a investigar- me dijo de forma enigmática.

-¿Qué investigas?

-Me gusta la Historia, y este lugar en cierto modo me cautiva. Por lo que he podido averiguar, los fusilamientos de la Guerra Civil tuvieron lugar justo aquí. Las fosas donde enterraron a los fusilados están debajo de nuestros pies- me comentaba, muy convencido de lo que decía.

-¿Estuvieron aquí los investigadores paranormales que vinieron el verano pasado?

-No, y eso es lo que me sorprende, porque ellos pensaban que era la zona del huerto la que tenía actividad paranormal – decía mientras limpiaba el cristal de sus gafas.

-¿Cómo has averiguado algo así?- le pregunté sorprendida.

-Digamos que buscar información es lo mío. También es esa la razón por la que he acabado en un lugar como este. A mí también me gustaría comenzar una nueva vida, pero de momento va a ser difícil.

-No te comprendo- le dije.

-Es una larga historia, pero resumiendo te diré que yo era un buen informático. Vivía con mi padre, él me crió porque mi madre murió al nacer yo. Para mí él lo era todo. Cuando cayó enfermo no había tratamiento que aliviara sus sufrimientos, excepto uno. Había un hospital en Suiza donde se estaban llevando a cabo tratamientos experimentales, pero con muy buenos resultados. El problema era el precio tan elevado que tenía. Me resultaba imposible pagarlo. Alguien me ofreció vender información privada por Internet. Los beneficios eran altísimos, y aunque se trataba de un delito, la vida de mi padre estaba por encima de todo. Me convertí en un pirata informático, pero aquello acabo de la peor manera. Pasé cinco años en la cárcel y mi padre murió sin que yo pudiese estar a su lado.

-Lo siento mucho; es cierto que cometiste un gran error, pero tú solo querías ayudar a tu padre y estabas desesperado. Aunque no sé qué tiene que ver tu paso por la cárcel con el hecho de que estés aquí- le dije.

-Pues está claro. Nadie da trabajo de informático a un pirata que además ha estado en la cárcel. Para mi sorpresa, a sor Gumersinda no le importó mi delito. Simplemente me dijo que era humano tratar de ayudar a las personas que queremos. Además no me vio como una amenaza, ¿qué información puede haber aquí?.

-Bueno, tú acabas de descubrir dónde están las fosas- le dije a modo de broma.

-Sí, pero no pienso vender la información- me contestó guiñándome el ojo.

Cuando ya estaba oscureciendo emprendimos el camino de vuelta al colegio. Yo no paraba de darle vueltas a la historia que me había contado sobre su paso por la cárcel y la actitud de sor Gumersinda. Susana tenía razón cuando me había dicho que no era una mala persona, pero quizás le era más fácil ser indulgente con un buen hijo que con una ex modelo divorciada.

Durante el camino le comenté todos los hechos insólitos que estaba viviendo en el colegio, sobre todo en la parte en la que me alojaba. Llevaba muy poco tiempo allí y ya comenzaba a tener unas ojeras muy oscuras debajo de mis ojos. Jacobo me escuchaba con atención, y yo diría que con preocupación.

-¿Por qué no te pones en contacto con los parapsicólogos que vinieron aquí?, Susana te puede dar su tarjeta – me sugirió.

-Esas cosas son mucho más peligrosas de lo que la gente piensa, créeme que sé de lo que hablo, pero querría que alguien me dijera si esto tiene que ver conmigo. Quiero saber qué ocurrió aquí o qué está ocurriendo, y si yo corro algún peligro. Ellos tendrán información de lo que vivieron en este lugar. Habrán hecho grabaciones y fotos. Estoy segura de que saben algo.

Durante el camino de vuelta Jacobo me convenció de que lo hiciera, y me fue poniendo al día con detalles de los que había averiguado sobre los fusilamientos y otros aspectos históricos.

Aquella noche llegamos al colegio ya a la hora de cenar; hablaría con Susana después de la cena para pedirle el teléfono que quería. De alguna manera aquel lugar estaba rodeado de silencio; como si todo el mundo callase algo. Ahora yo también callaba el hecho de que había intentado huir sin despedirme de nadie.

Después de la cena me aguardaba otra sorpresa…

 

 

 

 

9. LA CERTEZA

 

Antes de dirigirme a mi habitación, después de dar las buenas noches a todos, y aprovechando un descuido de Raúl, hablé con Susana para pedirle el teléfono de los parapsicólogos.

-Tienen un programa de radio que yo escucho cada noche. El que dirige el grupo y el programa es un joven mexicano que se llama Alejandro. Me dijo que si veía cosas inexplicables o me ocurría algo, que le llamase. Estaría bien enterarse de quién entra en tu habitación y se mete en tus aulas, si es que no se trata de cualquier alumno de los que tenemos por aquí- me dijo abriendo el bolso para darme la tarjeta, y mirando con disimulo para que Raúl no se diese cuenta de lo que estaba haciendo.

Me despedí de Susana y comencé a andar por aquel jardín oscuro camino de mi habitación. Era una noche tenebrosa y se movían las copas de los árboles. Cualquier ave nocturna me sobresaltaba, y la imagen de los edificios tan antiguos e imponentes me sobrecogía. Aquel lugar tuvo que haber sido de una belleza singular, pero ahora producía escalofríos. Apenas había comenzado a caminar cuando me di cuenta de que mi maleta estaba escondida en el camino y yo no tenía nada en la habitación. Me había llevado las llaves en el bolsillo para devolvérselas a las monjas desde Madrid. Pero no solo me hacían falta mis cosas, también necesitaba con urgencia beber aunque solo fuera un trago de ginebra. Mi botella estaba en la maleta, así que tendría que ir por esa terrorífica senda yo sola y por la noche. Recordé que en el edificio donde me alojaba había visto una linterna, así que me dirigí a buscarla. Al llegar allí, me quedé paralizada; la puerta estaba abierta.

Al principio me quedé en la puerta sin atreverme a entrar, pero no podía quedarme allí toda la noche, así que finalmente entré. Algunas luces estaban encendidas, por lo que había algo de luz. Andando despacio, procurando desplazarme sin hacer ruido, y conteniendo la respiración, subí a mi habitación. La puerta estaba abierta. Aquello no podía ser nada bueno, pero avancé a comprobar si había alguien, aunque la luz estaba apagada. Me temblaban las piernas, pero no tenía otra opción que encender la luz, y lo hice.

El corazón me dio un vuelco cuando vi lo que había allí, junto a mi cama. ¡Era mi maleta! ¿Cómo había llegado hasta allí?. Comprobé cada rincón por si había alguien escondido, pero estaba yo sola. Rápidamente abrí la maleta para sacar mi botella de ginebra . Todo estaba tal y como yo lo había guardado; no parecía que nadie hubiese tocado nada.

Después de dar un trago a la botella, llamé a Jacobo, que todavía no podía haberse acostado.

“-La maleta, Jacobo, estaba en mi habitación ¿quién ha podido ser?.

-No lo puedo asegurar, pero creo que no es un misterio exactamente.

-Explícate, porque yo solo sé que la ocultamos en un sitio donde nadie pudiese verla y ahora me la he encontrado junto a mi cama ¿Quién nos ha seguido?.

-Si no te importa hablamos mañana, porque ahora tengo que comprobar algo. Buenas noches, Carmen.”

Así acabó nuestra conversación, dejándome con muchas más incertidumbre que al principio, y pasando, como siempre, una noche intranquila hasta la mañana siguiente. El día siguiente era festivo y no teníamos clases, de modo que tendríamos más tiempo para charlar, preferiblemente fuera del colegio.

Jacobo no quería hablar conmigo de esos temas allí, así que decidimos ir a El Escorial a pasar la mañana y tomarnos un aperitivo.

Cuando estábamos a punto de montarnos en el coche de Jacobo, apareció Trini.

-¿A dónde vais?, hoy no tengo con quien salir, me voy con vosotros – nos dijo.

-Lo siento, es que vamos al hospital a que me echen un vistazo a mi rodilla- le contestó Jacobo metiéndose rápidamente en el coche.

Yo entré también y cerré la puerta, dejando a Trini allí parada, mirándonos con cara de desconcierto.

-¿Por qué le has mentido?- le pregunté.

-Porque no me gusta estar con ella, además quería hablar contigo de lo de la maleta, pero más tranquilamente, cuando salgamos de aquí.

Cuando llegamos a El Escorial, Jacobo me llevó a una rosaleda preciosa donde había una terraza muy adecuada para charlar sin que nadie nos escuchase.

-Sor Gumersinda fue quien te llevó la maleta- fue lo primero que me dijo nada más sentarnos.

-¿Cómo lo sabes? ¿Por qué haría algo así?

-Lo sé porque la vi por la noche, desde mi ventana. Respecto a por qué lo hizo, está claro que supo que te ibas a marchar y te siguió.

-¿Quiere que me quede?, no lo entiendo- le dije sorprendida.

-Sí, seguramente se dio cuenta de que estabas cometiendo una equivocación, y es una forma de decirte que te quedes.

-Es extraño que la vieras, que te asomaras a la ventana justo cuando pasaba ella- le dije.

-No es tan extraño. Hace tiempo que la observo, porque hay algo extraño en su comportamiento.

-¿Desconfías de ella?- le pregunté.

-No, al contrario. Tengo la certeza de  que busca algo, y me gustaría ayudarla. Sale a veces por las noches y va al huerto. Otras veces entra y sale de la capilla. En algunas ocasiones la he visto con papeles que ella oculta. A mí se me da bien buscar información, si me pidiese ayuda se la daría.

-¿Qué puede buscar una monja en un lugar como ese?- le pregunté llena de curiosidad.

-Pues no lo sé, pero trataré de averiguarlo. En el internado me siento lejos del mundo, aislado y aburrido, es una manera de matar el tiempo, antes de que él acabe conmigo- me contestó con una sonrisa triste de resignación.

-¿Lleva sor Gumersinda muchos años viviendo en el internado?

-No, apenas dos años. Antes la madre superiora era sor Pilar, la bibliotecaria. Sor Gumersinda y yo llegamos casi al mismo tiempo al colegio. Sor Pilar y ella se llevan mal. Hay algo que las enfrenta, y me gustaría saber qué es. Aunque a veces me pregunto quién se lleva bien con alguien en un lugar como ese- dijo Jacobo mientras nos levantábamos para marcharnos.

De vuelta al internado vimos a Trini dando vueltas por las proximidades, como esperando a alguien. Su aspecto y su comportamiento eran extravagantes y llamativos; siempre parecía estar a punto de sufrir un ataque de ansiedad. Nosotros fingimos no verla y continuamos nuestro camino. Hasta que, de repente reflexioné:

-¿Y si necesita ayuda?, tendríamos que acercarnos a ver qué quiere- le dije a Jacobo.

-No. No le pasa nada. Ella suele quedar con desconocidos de Internet y vienen a buscarla a este camino. Creo que tendría que ser más discreta y quedar en Madrid o en pueblos próximos. No es una mujer prudente, la verdad.

Las palabras de Jacobo me tranquilizaron, y en ese momento comprendí por qué me había encontrado con ella por la senda el día en el que llegué al internado. Parecía obvio que yo no era la única que padecía algún tipo de adicción en aquel lugar.

Aquella tarde la pasé en la biblioteca preparando algunos ejercicios para las clases del día siguiente. Sentada junto a uno de los ventanales, podía observar parte del jardín. El viento comenzaba a agitar fuertemente las hojas, y el cielo se oscurecía. Amenazaba tormenta. Sor Pilar permanecía en su puesto como petrificada, tenía más aspecto de estatua que de persona. Cuando me disponía a marcharme, sor Gumersinda entró por la puerta. Pasó por delante de la bibliotecaria sin dirigirle la mirada. De camino hacia una puerta cerrada con llave que había al fondo de la biblioteca, se detuvo al verme, clavando su mirada en mí. Me sentía abochornada por mi intento de abandono del puesto sin haber avisado.

-Se aproxima tormenta- fueron sus simples palabras. Nada más.

-Sí, por eso he decidido volver a mi habitación- le dije con la voz temblorosa.

-Hace usted muy bien. Es bueno tener un lugar al que volver, sobre todo cuando el cielo comienza a oscurecerse…

Esas fueron sus extrañas palabras, aunque yo sabía que no hablaba de la tormenta exactamente. Me estaba dando una nueva oportunidad.

Sor Gumersinda continuó su camino hacia aquella estancia cerrada, sin hacer ningún otro comentario.

Recogí mis cosas y eché a correr por el jardín. Comenzaban a caer las primeras gotas, y el cielo estaba tan oscuro que había muy poca luz. Un primer relámpago iluminó el viejo convento. Tenía miedo. Cuando fui a sacar las llaves de mi bolsillo, me topé con la tarjeta que Susana me había dado: Alejandro Vázquez- Parapsicología. Hablaría con él esa misma noche y trataría de obtener algún tipo de información sobre aquel tétrico lugar. Quizás todo aquello me iba a complicar más la vida, pero lo intentaría, porque probablemente él tuviera algo que contarme.

 

 

 

 

10. ENTRE DOS MUNDOS

 

Una vez dentro del edificio, me sentía más insegura que nunca. Las ramas golpeaban con fuerza las ventas y el silbido del viento imponía. Los relámpagos lo iluminaban todo, cada galería y rincón. Tenía la sensación de que en cualquier momento esa luz me sorprendería con algo, en algún recoveco o al final de la escalera. Antes de que eso ocurriera, subí rápido a mi habitación, sin mirar a los lados. Me aseguré de cerrar bien la puerta y la ventana, como siempre. Yo estaba segura de que no estaba sola, aunque no sabía qué o quién me acompañaba cada noche. Tampoco sabía si corría algún peligro o si alguien me estaba mandando algún mensaje. No podía evitar recordar aquella siniestra experiencia paranormal durante mi época de universitaria, y aquel claro mensaje: CIERRA LA PUERTA. Lo fácil aparentemente hubiese sido marcharme de aquel lugar, pero mi realidad era complicada en aquellos momentos. Me decidí a buscar ayuda, y la persona adecuada era probablemente ese parapsicólogo que había estado allí.

Antes de ponerme en contacto con él, escuché su programa de radio: Entre Dos Mundos. Quería tener algún indicio de que se trataba de alguien informado, de un experto en aquellos temas tan escabrosos. El programa me apasionó, y sobre todo él, Alejandro. Tenía una voz que transmitía seguridad y empatía. Lo primero que hice fue buscar en Internet información sobre él. Era un hombre joven, de treintaicinco años, mexicano, pero afincado en España desde hacía algunos años. Tenía publicados algunos libros sobre sus experiencias e investigaciones. No obstante lo que realmente me impactó fueron sus fotografías. Era realmente atractivo, más bien parecía un actor que un parapsicólogo. Tenía la piel oscura y el pelo negro y un poco ondulado. Su sonrisa era perfecta. No era como me lo había imaginado, pensaba que sería viejo y con aire misterioso.

Antes de marcar su número, preferí enviarle un correo electrónico preguntándole si aceptaría hablar conmigo, y puse también mi número de teléfono. Su respuesta fue inmediata, y aquello me sorprendió, pero también me alteró. Yo me había identificado diciéndole dónde trabajaba, y obviamente él recordaba sus experiencias en el internado. Ni siquiera tuve que llamar yo; él fue quien me llamó a mí, y me invitó a acudir a la emisora el siguiente fin de semana. Al principio me negué pensando que quería entrevistarme o algo así, pero no era el caso. Alejandro quería hablar conmigo y pensó que aquel era un buen lugar.

Llegó el sábado que iba a visitar a Alejandro, pero yo no se lo había contado a nadie. Prefería guardarme para mí aquel pequeño secreto. No sabía si me contaría cosas personales, o incluso escabrosas, de mis compañeros, así que era preferible guardar silencio.

La emisora estaba en el centro de Madrid, y él me esperaba a las ocho. Aquella noche dormiría en casa de una amiga, porque no tenía forma de volver al internado a partir de las diez. Estaba muy nerviosa y tenía muchas inseguridades respecto a mi ropa y mi aspecto en general. Lo cierto era que no me había cuidado mucho últimamente, y en momentos como aquel lo lamentaba. Me puse mi vestido rojo, que ya no me sentaba igual que antes, y me arreglé  la melena. Sabía que no se trataba de una cita amorosa, pero la idea de conocer a Alejandro me emocionaba, y no solo por la información que podría aportarme sobre mis experiencias en el internado.

Nada más llegar al edificio donde estaba la emisora, en la mitad de La Gran Vía, lo primero que hice fue mirar hacia arriba. Era un edificio muy alto, antiguo y elegantemente remodelado, conservando su aspecto original. El cielo amenazaba tormenta y a pesar de estar en el centro de la ciudad, olía a tierra mojada. Al bajar la mirada hacia el portal, ahí estaba él, Alejandro, fumando tranquilamente un cigarro mientras me esperaba. A pesar del ajetreo de la calle, él parecía estar aislado.  Al verme fijó su mirada penetrante en mí y me sonrió. No me conocía, pero por mis nervios y la forma de mirarle  supo que yo era Carmen. Después de unos segundos de silencio, se acercó a mí y me saludó afectuosamente.

-No te imaginaba así- me dijo después de saludarme.

-¿A qué te refieres?

-Pues que no imaginaba que nadie con tu aspecto pudiese vivir en ese internado- me dijo con su amplia sonrisa.

-Es una larga historia- le contesté, sin querer entrar en detalles.

Alejandro me propuso ir a una cafetería que estaba justo en la calle de atrás del edificio. No quería que nadie nos interrumpiese durante nuestra conversación.

La cafetería era muy tranquila, y con compartimentos separados por paneles de madera, lo que proporcionaba una mayor intimidad. Para mí era más fácil hablar de aquellos temas con una copa en la mano, y eso fue lo que hicimos. Después de haber hablado durante un rato sobre temas triviales, fui yo quien habló por primera vez del tema que me preocupaba. Le detallé mis terroríficas experiencias en mi habitación y otros muchos pequeños detalles.

-Necesito saber qué me está pasando ¿por qué me ocurre a mí?- le dije angustiada.

-Quizás no tenga nada que ver contigo, pero lo que sí te puedo asegurar es que estás en un lugar especial, de enorme actividad paranormal.

-¿Obtuvisteis algún resultado el verano pasado?- le pregunté, mientras trataba de buscar en la profundidad de su mirada alguna respuesta.

-Cosas sorprendentes, pero no lo que buscábamos. Nosotros íbamos tras la pista de unos supuestos fusilamientos que hubo por aquella zona durante la Guerra Civil. Todo ese valle está plagado de historia y de tragedias. El lugar más marcado por los fenómenos paranormales, según la información que teníamos, era el viejo huerto, así que realizamos nuestra investigación justo en ese lugar. Lo que más llamó nuestra atención fue que los aparatos eléctricos fallaban mucho, y los sensores de movimiento saltaban continuamente, como si hubiese allá mucha gente.  Hay algo en ese huerto, en ese internado, pero yo creo que no es lo que buscábamos- me dijo Alejandro de una forma enigmática.

-¿Por qué dices eso?

-Porque, que yo sepa, en las proximidades del convento hubo un campo de concentración y unos fusilamientos, o algo así, pero lo que captaron nuestras grabadoras era algo diferente. Todavía me estremezco al recordar la voz que escuchamos, y los sonidos en general- continuaba Alejandro hasta que le interrumpí.

-¿Qué había en esa grabación?

-Era la voz temblorosa y débil de una niña pequeña que decía: “QUIERO VIVIR” entre sollozos claramente audibles- me contestó Alejandro, con gesto de dolor al volver a hablar de aquello después de un año.

-Pero por desgracia en la guerra también mataron a un montón de niños ¿por qué no iba a ser esa niña uno de los fusilados?

-Porque los fusilamientos de la zona, que yo sepa, fue de militares, no civiles. Aunque lo cierto es que no pudimos seguir adelante con nuestras investigaciones. Los aparatos eléctricos parecían volverse locos cuando pasábamos por delante del viejo convento, donde duermes, o tratas de dormir tú. Nosotros considerábamos que la clave estaba allá, pero sor Gumersinda no nos dejó entrar. Luego está el tema de la cajita…- dijo Alejandro, parándose bruscamente, sin querer hablar de aquello.

-¿Qué caja?- le pregunté con mucha curiosidad.

-Bueno, no sé cómo explicártelo sin que suene mal. Espero que comprendas lo que te voy a contar. Verás, una de las noches detectamos un punto junto a un árbol, donde había una alta concentración de energía. Sé que no teníamos permiso para excavar, pero lo hicimos a escondidas. Fue entonces cuando vimos que allá había una pequeña caja de madera, en bastante mal estado. La abrimos y pudimos comprobar que había una serie de biblias y de misales del siglo XIX. No creo que tuvieran un gran valor en el mercado, pero sí nos podían aportar algo de información. El hallazgo en sí no hubiese sido sorprendente, al estar en el terreno perteneciente a un convento. Pero había algo más. Entremezcladas entre las viejas páginas había unas cartas amarillentas. No parecían muy interesantes, ya que eran unas misivas dirigidas a un arzobispo. No obstante, aunque sabíamos que no nos pertenecían y que tendríamos que haber informado de inmediato del hallazgo, no lo hicimos. Aquello hubiese supuesto el final de nuestra investigación, y habíamos pagado mucho dinero por estar allá. Además, no teníamos permiso para excavar. Lo que consideramos más conveniente en aquel momento era que uno de nosotros, Carlos, custodiase la caja hasta el final, para poder nosotros buscar información en aquellas cartas, alguna pista que nos interesase.

-¿Qué hicisteis con la caja?- le interrumpí.

-Bueno, nosotros pensábamos dejar la caja justo donde la habíamos encontrado. Lo mejor era hablar con sor Gumersinda y sugerirle que excavase en la zona, como si nosotros no lo hubiésemos hecho ya.

-Sor Gumersinda se hubiese dado cuenta. No se le escapa ningún detalle – volví a interrumpirle.

-Lo sé, pero hubiese sido lo más honesto. El problema vino después, al finalizar nuestra investigación. Carlos había abandonado el grupo y se había llevado la caja. Él atravesaba por un momento difícil y necesitaba dinero, así que vendió las biblias y los misales.

-¿Crees que era importante lo que ponía en esas cartas?- le pregunté.

-No lo sé. Las primeras cartas que vi, solo les eché un vistazo, parecía una petición de suministros o algo así. De todas formas, aunque lo que captamos nosotros no fue mucho, lo que sí era evidente era la tristeza y el dolor que había allá. Es como si se hubiese quedado atrapado en la atmósfera. No creo que sea un lugar para vivir. Sé que no es asunto mío, pero deberías buscar otro alojamiento y a poder ser, otro trabajo.

-¿Crees que corro algún peligro?- le pregunté angustiada.

-Puede ser, pero tendría que volver a repetir las grabaciones y sería importante tratar de contactar dentro del convento donde estás tú.

– Eso sería complicadísimo, es mejor no intentar nada. Además las monjas llevan tiempo viviendo allí y no les ha pasado nada- le dije.

-Ellas pertenecen a ese entorno, forman parte casi del paisaje. También parecen atrapadas en el tiempo, como las historias que arrastra aquel lugar. ¿Qué te parece que un día vaya yo a tu habitación de incógnito y hagamos alguna grabación?- me preguntó de una forma inesperada.

-No sé, ya te he dicho que lo veo complicado, pero veré si hay alguna posibilidad- le contesté poniendo fin a la conversación. De todo lo que él podía haber dicho, eso era lo último que deseaba. Lo que me proponía era arriesgadísimo.

Las palabras de Alejandro y la anécdota de la caja que me había contado me dejaron obsesionada. Aquella noche nos despedimos con el compromiso por mi parte de tratar de encontrar la manera de llevar a cabo aquella investigación. Yo tenía la sensación de que él intentaría volver al internado para continuar con sus pesquisas, tanto si yo le facilitaba el trabajo como si no lo hacía. Parecía testarudo. Pero las emociones del día todavía no habían concluido, me esperaba algo más.

 

 

 

11. PREGUNTA POR TI

El apartamento de Elsa, mi antigua compañera de trabajo, estaba al lado de la emisora. A las once y media, más o menos, llegué a su casa. Ella me estaba esperando con una copa de vino, elegantemente servido en unas copas que sugerían un pasado de éxito y lujo. Elsa y yo solíamos beber más de la cuenta cuando viajábamos por motivos laborales en nuestra época de modelos. Aquella noche, tal y como me temía, no fue menos. Bebimos hasta altas horas de la madrugada, pero no fue eso lo sorprendente. Hubo algo que sí lo fue.

Serían las cuatro o las cinco de la madrugada, cuando Elsa, derrumbada en el sofá, y ya medio inconsciente, me dijo algo desconcertante:

-Se me olvidó decirte que poco antes de que llegaras llamó alguien por teléfono y preguntó por ti.

-¿Qué dijo?- le pregunté sorprendida, aunque los efectos del alcohol mitigaban mi curiosidad.

-No dijo nada, solo dijo: CARMEN. Era una voz que me dio miedo, como amenazante, entonces colgué el teléfono.

-Nadie conoce este número y además el estar hoy aquí es un secreto que solo sabemos tú y yo; bueno además de Alejandro- le dije, sintiendo más miedo que curiosidad.

-No era Alejandro, era una mujer, yo creo que era la monja esa que dirige tu colegio. Era mala gente; eso lo sé. Por desgracia me he topado con muy mala gente en mi vida y los reconozco.

El exceso de alcohol y el cansancio hicieron que aquella anécdota no me impactase demasiado cuando ya el sueño nos venció. Pero a la mañana siguiente, de vuelta al internado en el autobús, comencé a pensar en aquello. No sabía quién podría haber sido, pero sí estaba convencida de que era alguien que tenía que ver con el convento y con la congregación religiosa a la que pertenecía. Desde aquel primer día en el que llegué, me sentí observada, como si no pudiese dar ni un paso sin que alguien lo supiera. Esa tremenda sensación aumentaría con el paso de los días.

Las clases no iban todo lo bien que yo hubiese deseado, pero poco a poco iba aprendiendo a manejarme. Como me dijo Susana en una ocasión, aprender a dar una clase es como aprender a manejar una marioneta, que hay que coordinar un montón de cuerdas. Un movimiento equivocado, y las cuerdas se enredan. Así lo sentí casi desde el principio. Yo sabía que nunca manejaría mi marioneta con destreza, pero que aprendería a hacerlo correctamente. No obstante, en uno de esos movimientos torpes perdí el control en una de las aulas, donde estaba Roberto, el alumno que había bromeado con ese supuesto fantasma cuando yo había contado mal.

Roberto era un adolescente que provenía de una familia desestructurada y rica. Tenía un físico muy privilegiado, pero también una actitud chulesca que me repelía. Siempre llevaba el flequillo tapándole parte de la cara y sus ojos verdes. Solía mirarme con la cabeza ligeramente hacia abajo y levantando los ojos, lo que le daba un aire amenazante. En aquel aburrido lugar yo parecía ser su diversión. Cada día tenía que soportar sus burlas, unas más inocentes que otras. Pero llegó ese día en el que perdí el control de la situación y lo expulsé del aula. Al principio él no se movía de su asiento, y continuaba mirándome como él lo hacía, hasta que finalmente se levantó lentamente y me miró de una forma que me asustó. Las rodillas me temblaban, entre otras cosas, porque suponía que aquello tendría consecuencias para mí.

Al terminar la clase busqué a Roberto, pero no lo veía por ninguna parte. Mientras buscaba por el jardín me encontré con Susana y le conté lo que me había ocurrido. Las dos lo buscamos durante un rato, pero no había ni rastro de él.

-Roberto es un alumno complicado, y yo diría que diferente- me dijo Susana.

-¿A qué te refieres?- le pregunté nerviosa.

-Pues que no es un niño querido y él lo sabe; además tiene una inteligencia por encima de la media. Odia este lugar y a todos los que estamos en él. Luego está lo que ocurrió el verano pasado – me dijo bajando la voz al tratarse obviamente de un tema delicado.

-¿Qué pasó?

-Se intentó suicidar. Intentó ahogarse en el lago, pero consiguieron salvarle la vida. Según los médicos, había estado muerto durante unos minutos. Fue horrible. Su padre ni siquiera apareció por aquí, y su madre vino unos días después y se marchó a las pocas horas. A mí me da mucha pena de él, aunque es muy difícil de tratar porque está lleno de odio. Pero no cuentes nada, por favor- me pidió, mientras miraba a los lados por si alguien nos había escuchado.

Susana se marchó al poco rato y yo di por concluida la búsqueda. Ahora me quedaba la parte que siempre resultaba la más complicada, que era explicarle a sor Gumersinda lo que había ocurrido. Cuando me dirigía a su despacho escuché unos pasos detrás de mí. Me di la vuelta con temor, y allí estaba él, Roberto. Llevaba algo, pero ocultaba su brazo derecho detrás de la espalda para que yo no lo viera. En aquel momento sentí pánico y comencé a correr, y él hizo lo mismo, pero me atrapó con facilidad.

-Un momento, no corra, que tengo algo para usted- me dijo agarrándome del brazo.

-Suéltame, vete a tu aula- le dije apartando su mano bruscamente.

-En serio, alguien me ha dado esto para usted- me dijo mostrándome unas ramas de jara.

-¿Quién ha sido?- le dijo sorprendida mientras agarraba el ramillete.

-Una niña que no conozco. Estaba junto al lago, y me ha dicho que se lo diera.

-¿Te dijo su nombre?- le pregunté asustada.

-No- contestó de forma chulesca, dándose la vuelta para marcharse.

-Un momento, ¿qué aspecto tenía?- le pregunté.

-Malo- me contestó de forma brusca sin querer continuar con la conversación.

Roberto se marchó rápidamente, sin aportarme ningún otro tipo de información y dejándome desconcertada.

Aquella noche, durante la cena, le conté el incidente a mis compañeros con los que cenaba siempre. Había un aspecto en el que no había pensado, pero Jacobo fue el primero en darse cuenta.

-Puede que Roberto esté tratando de reírse de ti por lo del incidente del otro día, cuando creíste ver a fantasma en el aula. Es muy astuto.

-Roberto es un mal bicho; cuidado con él- interrumpió Raúl- Cualquier día agarra una escopeta y fusila a todas estas monjas. Mira hasta va a hacer un bien a la humanidad.

-No digas eso ni en broma, Raúl, ni él es tan mal chico ni las monjas merecen eso- le dijo Susana mientras Raúl soltaba su risotada habitual.

En aquel momento entró Trini en el comedor y se unió a nosotros. Al ver de quién hablábamos, ella también participó en la conversación.

-Roberto es un monstruo, a mí me odia- dijo Trini.

-Eso es verdad, ya te ha pinchado las ruedas del coche en  varias ocasiones. Tu coche está más tiempo dentro del taller que fuera, por eso tienes que ir en autobús casi siempre. Te conviene venderlo- dijo Raúl riéndose.

-Y muchas cosas más, pero yo no me dejo maltratar por un niño insignificante. Cualquier día promoveré su expulsión del internado; yo no lo quiero ver por aquí. Ya se me ocurrirá algo- dijo Trini llena de ira.

-Bueno, bueno, seamos racionales, no digáis barbaridades. Es un chaval complicado, pero es que su vida es desoladora ¿a qué puede aferrarse alguien que no tiene nada?- dijo Susana.

-A todo el dinero que tiene- dijo Raúl en un tono áspero.

-No me refiero a eso. Hay muchas cosas más importantes que el dinero, aunque te cueste trabajo creerlo- le contestó Susana.

Así terminó la cena, sin ponernos nadie de acuerdo sobre si Roberto era malvado o una pobre víctima, pero no llegamos a ninguna conclusión.

Aquella noche me fui a mi habitación con la misma prevención de siempre. Miraba a todos los lados, y entraba en el edificio casi como si atravesase la barrera que separa a este mundo del otro. La sensación de frío y humedad allí dentro carecía de toda lógica, pero te envolvía por completo. Todo estaba tranquilo, no se escuchaba nada, y todas las luces estaban apagadas hasta que las encendí yo. Como siempre, subí las escaleras corriendo para encerrarme en mi dormitorio, buscando una protección irracional.

Allí, tumbada en la cama, y luchando para no beberme el último trago del día, no paraba de hacerme preguntas: ¿Y si Roberto no se está riendo de mí? quizás una niña quería ponerse en contacto conmigo, pero ¿qué niña, y por qué?. Y quién sabe si no era él mismo a quien yo había confundido con la presencia de una niña, ya que su pelo era algo largo, suave y dorado, y en la oscuridad podría desconcertar.

En menos de veinticuatro horas recibiría una llamada determinante para intentar encontrarle algún sentido a todo aquello…

 

 

 

 

12. QUE NO LO SEPA NADIE

 

Me desperté a la mañana siguiente con la misma rutina de todos los días. Lo primero que hacía era mirar por la ventana a ver si veía a alguien por la senda que llevaba al huerto. Aquello se había convertido en una obsesión. No había nadie por allí, solo se escuchaba el sonido de las hojas que el viento con olor a jara de la sierra solía agitar por las mañanas. A lo lejos se escuchaba otro sonido; el rastrillo de sor Geranio, pero era un sonido muy débil que provenía del invernadero. Miré a mi alrededor a ver si todo estaba en orden y, como siempre, comprobé la puerta a ver si estaba cerrada o si alguien la había abierto durante la noche. Parecía que aquella noche todo había estado en calma, excepto mi mente, que no paraba de darle vueltas a las cosas que me estaban ocurriendo.

Una vez arreglada, y tratando de maquillar mis ojeras, me dirigí al comedor, pero hubo algo que me llamó la atención en el camino. A un lado del jardín, al fondo, junto a un antiguo y desvencijado cementerio de monjas, pude ver a sor Gumersinda discutiendo con Trini. Aunque estaban lejos, ambas me vieron e interrumpieron su agria conversación. No podía saber de qué hablaban, pero sí parecía obvio que estaban muy enfadadas. Yo aceleré el paso mirando hacia el suelo, sin ni siquiera saludar. Al llegar al comedor me senté con Raúl y Susana, y con Jacobo, como siempre. Al poco rato entró Trini y se unió a nosotros. No había muchos profesores en el internado en verano, y además, los otros que había eran muy mayores, a punto de jubilarse. Trini no se sentía muy a gusto con nosotros, aunque yo creo que con nadie, pero prefería estar con gente más o menos joven. Yo no le pregunté nada respecto al incidente que acababa de presenciar, pero fue ella quien sacó el tema.

-Sor Gumersinda es una entrometida, no hace más que amargarme la vida- dijo acalorada y nerviosa.

-Como a todo el mundo- le interrumpió Raúl con su risa amarga, que comenzaba a incomodarme.

-¿Qué te ha dicho?- le preguntó Susana con interés.

-Se mete en lo que no le concierne. Es por mi padre, que está en el hospital. Insiste en que vaya a verle, pero yo tengo un viaje de fin de semana- dijo sin inmutarse mientras extendía la mantequilla en su tostada.

-¿No vas a ir a ver a tu padre? ¿está grave?- le preguntó Jacobo muy sorprendido.

-Creo que sí es grave, pero yo no voy a permitir que las cosas desagradables de la vida me fastidien mis planes. Yo también seré vieja y mi hija me va a ignorar. Así es la vida- dijo bruscamente levantándose de la mesa y poniendo fin a la conversación.

Todos nos quedamos callados sin saber qué decir respecto a sus palabras y actitud, pero enseguida Raúl rompió el silencio.

-Trini no se complica la vida ni por su padre. En el fondo me da envidia- dijo riéndose otra vez.

-A mí no solo no me da envidia, me da pena que tenga esas prioridades en la vida- le interrumpió Jacobo.

Así comenzó aquel extraño día, con un desayuno de reflexiones trascendentales. Cada día me costaba más entender la presencia de Trini en el internado; pero estaba segura de que antes o después lo descubriría. Tendría que darme prisa en hacerlo porque mi intención era abandonar aquel lugar lo antes posible. Cuando miraba a los profesores ancianos y pensaba que acabaría mis días como ellos, encerrada allí, me activaba en mis esfuerzos por reconducir mi vida.

El día transcurrió sin sobresaltos, pero también sin ilusión, como todos los otros. A última hora de la tarde Jacobo vino a buscarme a la biblioteca para dar una vuelta por los alrededores. Él continuaba investigando sobre la historia de aquel lugar, aunque yo no estaba segura de que fuese solo evasión, y no interés. Mientras paseábamos por la senda me iba contando los resultados de sus investigaciones.

-¿Sabes que van a beatificar a la fundadora del colegio?- me dijo.

-¿Quién era?, ¿Por qué la beatifican?

-Era sor Gabriela María. Fundó un colegio para niñas huérfanas y luego, durante la Guerra de la Independencia contra los franceses, lo convirtió también en hospital- me contestó.

-Pero eso lo harían muchas más monjas de la época ¿no?

-Sí, pero ella murió por defender el hospital, y a sus niñas. Aunque tampoco sé muy bien si hubo algún milagro aquí, o no- dijo quedándose pensativo durante un rato.

-Como la resurrección de Roberto ¿no?- le dije yo medio en broma.

-Bueno, eso más que un milagro fue la rápida intervención de sor Gumersinda. Ella le practicó una maniobra de reanimación antes de la llegada de la ambulancia.

-Sor Gumersinda parece estar en todas partes, a veces pienso que no es humana- le dije más en serio que en broma.

Mientras Jacobo me iba hablando de la personalidad peculiar de sor Gumersinda, y de los detalles de la fundación del colegio, llegó la hora de la cena. Yo no tenía demasiada hambre así que me despedí de él y me dirigí a mi habitación. Una vez allí, hice lo que solía hacer cada vez que me sentía sola, que era casi siempre, encendí mi ordenador para ver si tenía algún mensaje. Los mensajes que solía recibir eran de mi abogada, que intentaba poner fin al engorroso proceso de mi divorcio. Pero aquella noche había uno diferente; era de Alejandro. Por algún extraño motivo me daba cierto temor abrirlo, pero fue el primero que abrí. Sabía que antes o después me pediría algo así:

“Buenas noches, Carmencita:

Espero que estés pasando una agradable velada por allá. Después de nuestra conversación, pensé que sería una buena idea que me dejases ir a tu edificio a hacer alguna psicofonía y tratar de contactar. Ya sabes que la investigación quedó a medias, y me gustaría terminarla. Yo sé que en ese lugar está la clave de lo que estoy buscando. ¿Podría ser la noche del sábado?. Espero que me digas que sí.

Fue un placer conocerte. Besos”

Yo no sabía cómo contestar a aquel mensaje, realmente me daba pavor pensar en que me pudiesen descubrir con él en la habitación, y tratar de entrar sin que nadie nos viese era muy complicado. Sin saber qué contestar decidí esperar al día siguiente para escribirle una respuesta.

“Hola, Alejandro:

He estado pensando qué te iba a responder, pues lo que me pides es complicado. Sin embargo, yo también quiero saber qué está ocurriendo aquí. Te propongo que nos veamos este sábado en la parada del autobús de la carretera en la que termina la senda, a las nueve. Si alguien me ve allí, incluso contigo, no creo que sospechen nada. Por cierto, ponte una gorra y no te afeites, para que nadie pueda relacionarte con la persona que estuvo aquí el verano pasado. De todas formas, por la noche no creo que nos vea nadie. Ya buscaremos la manera de “deslizarnos” entre las sombras para no ser descubiertos. Te ruego una máxima prudencia, ya que no solo perdería mi trabajo, también estaríamos cometiendo un delito.

Un abrazo”

Cuando le di al botón de “enviar”, comencé a sentirme nerviosa; aquello era una imprudencia. Lo cierto era que aquel lugar solo me producía rechazo, no interés, y mi único objetivo era salir de allí. Pero algo dentro de mí me había empujado a hacerlo, aunque siendo sincera, no era otra cosa que mi deseo de volver a ver a Alejandro.

Llegó el sábado, y aquello estaba muy tranquilo por la tarde. Susana y Raúl se habían ido a pasar el día con los niños a casa de los abuelos. A Jacobo no lo había visto desde la comida porque aquel día, como tantos otros, prefirió quedarse encerrado en su habitación pegado al ordenador. El resto del escaso profesorado, al igual que los alumnos, habían ido a visitar a familiares o a realizar compras en Madrid. Era un día extraño, en el que ni siquiera las monjas se dejaban ver mucho. Habían acudido a sus servicios religiosos y luego también parecían haberse encerrado. La única que andaba por allí era sor Geranio en su invernadero. Estaba muy concentrada en su labor de quitar flores secas y poner algunos ramilletes nuevos. Como siempre, pasé por delante de ella y ni se inmutó. Yo no hice ningún ademán de saludarla y continué mi camino. Por primera vez me fijé en aquel triste cementerio de las monjas. Estaba tan olvidado que no parecía que nadie estuviese enterrado allí. En aquel momento no pude acercarme a las lápidas, pero ya tendría tiempo de hacerlo en otra ocasión.

El camino hasta la carretera me pareció en aquellos momentos eterno. Estaba oscureciendo y parecía estar yo sola en el internado, aunque no era así. Las dos opciones me asustaban: estar sola del todo, o no estarlo y poder ser observada. Yo sabía que los sábados al anochecer las monjas no salían al jardín, excepto sor Gumersinda, a la que ya había visto en una ocasión ir al huerto abandonado. Por suerte, el huerto estaba en dirección contraria a donde me dirigía yo, por lo que no era probable encontrarme con ella. Respecto a sor Geranio, estaba a punto de terminar su jornada y encerrarse en su habitación. Comencé a andar por la senda, pero mi corazón latía a tal velocidad que me faltaba el aliento. Cada vez andaba más deprisa, casi corría. Me había llevado una pequeña linterna para poder ver el camino, aún así, pocas cosas imponen más que el campo por la noche, sin luz y estando sola como estaba yo. Sabía que me quedaba poco camino porque comenzaba a escuchar algún coche pasar por la carretera, finalmente llegué a la parada de autobús en la que había quedado con Alejandro. La parada estaba vacía y solo había una pequeña luz que alumbraba la marquesina. El silencio era total, ya ni pasaban coches. Ese fue el momento en el que me preguntaba si no estaba equivocándome. El simple hecho de verme allí sola en medio de la oscuridad esperando a un desconocido, ya era en sí una imprudencia. Además, quizás aquella misma noche abriría alguna puerta que me llevara a otro tipo de oscuridad más aterradora que la de aquella carretera.

Mientras estaba allí sola, comencé a temblar de miedo, cada sonido, cada sombra, me producía pavor. De repente, pude escuchar con toda claridad unos pasos detrás de mí. No me atrevía a moverme, mi consuelo era que Alejandro estaría a punto de llegar, si es que venía, que esa era otra de mis dudas. Pero no escuchaba el sonido de ningún coche y las pisadas se escuchaban cada vez más cerca. En ese momento de angustia, una mano me agarró por el hombro. Mi grito se escuchó en toda la carretera. Me giré intentando defenderme, y era él, Alejandro. Pronto me tranquilizó y bromeó sobre mi intención de pasar desapercibidos, ya que mi grito podía escucharse a un kilómetro de distancia, según me dijo él.

Alejandro había aparcado el coche lejos de la parada para evitar que alguna monja o profesor pudiese verlo y reconocer la matrícula. Nadie tenía que saber que él estaba allí.

De este modo, casi deslizándonos entre las sombras emprendimos nuestro camino hasta el internado. Alejandro portaba su mochila, donde guardaba alguno de los aparatos que solía utilizar, y una linterna más potente que la mía. Yo miraba continuamente hacia los lados para ver si alguien nos seguía. Ya casi a punto de llegar, nos aguardaba una sorpresa.

 

 

 

 

13. EL CEMENTERIO OLVIDADO

Cuando más asustada estaba yo, y a pesar de que Alejandro no parecía temer a nada, algo sucedió al pasar por el viejo cementerio de monjas. Sentí de repente un escalofrío; algo me hizo girar la cabeza; no daba crédito a lo que veía.

-Hay alguien ahí- le dije con la voz temblorosa a Alejandro, mientras señalaba al cementerio.

-Sí, algo parece moverse; esconderse tras una lápida. No te asustes; me acercaré a comprobar quién es- me dijo, mientras se acercaba con su linterna.

En ese momento, la sombra salió rápidamente de detrás de la lápida. No podía creer lo que estaba viendo. Era Jacobo, que al vernos no se mostró muy sorprendido. Alejandro me miró asombrado cuando vio que nos saludábamos con naturalidad. En el fondo prefería que él supiese lo que estábamos a punto de hacer, además no me sentía bien por habérselo ocultado. Me vi obligada a explicarle nuestra presencia allí, aunque Alejandro nos miraba con cierto recelo, e interrumpió nuestra conversación.

-Por cierto, ¿qué haces aquí?, un cementerio abandonado no es el lugar habitual para ir a pasear por la noche-le dijo

-Hago lo mismo que vosotros; tengo la impresión de que buscamos lo mismo aunque no lo sabemos- contestó Jacobo.

-¿Qué hay de interés en este cementerio?- le pregunté.

-Mejor dicho, qué no hay. Me refiero a que algunas lápidas no tienen inscripción. Yo busco la tumba de la madre fundadora, de sor Gabriela María. Supuestamente tendría que estar enterrada aquí, pero no veo su tumba, y sin embargo hay otras que no sé de quiénes son.

-Me imagino que estará en la capilla; enterrada con honores- le contesté.

-Sí, dicen que está allí, pero las fechas no concuerdan. Quiero decir, que la sepultura que dicen que está dentro de la capilla, fue muy posterior. Pudo ser trasladada posteriormente, pero no sé qué pensar- me contestó Jacobo, que parecía muy orientado en su búsqueda.

-Únete a nosotros esta noche, así investigaremos juntos. Tú nos puedes aportar información, y nosotros a ti- le propuso Alejandro.

Jacobo no parecía muy convencido de nuestra forma de investigar, pero después de pensárselo durante unos segundos, accedió a venir con nosotros.

El jardín tenía un aspecto tenebroso, sobre todo después del inesperado encuentro con Jacobo. Resultaba inquietante la idea de que cualquiera pudiese estar observándonos desde las sombras, o incluso desde otro mundo, que esa era la sensación que yo tenía.

Procurando no hacer ruido, a un paso acelerado y mirando con desconfianza hacia todos los lados, llegamos al viejo convento. La puerta, como siempre, chirriaba al abrirse, por lo que nos apresuramos a entrar por si alguien andaba por allí cerca y pudiese descubrirnos.

Nada más cruzar el umbral de la puerta, Alejandro, boquiabierto y maravillado por el edificio, comenzó a hacer fotos a cada rincón, cada lámpara, y cada mueble. Todo parecía interesarle. Jacobo y yo contemplábamos con asombro su entusiasmo.

-Aquí está la clave de algo importante, lo presiento- decía mientras continuaba con su intensa sesión fotográfica.

-Algo tiene que haber, porque este es el antiguo convento, y está cargado de historia. A mí también me interesa especialmente, pero hay mucho hermetismo a la hora de buscar información- nos decía Jacobo mientras él también contemplaba embelesado el interior.

-Seguro que encuentras la forma de enterarte; eso se te da muy bien- le dije riéndome, sin querer insistir mucho en aquello de su pericia para buscar información.

No recuerdo cuánto tiempo estuvimos deambulando por los pasillos de la planta baja, pero se me hizo eterno. Había algo inquietante aquella noche; era como si algo nos estuviese esperando, y fuera lo que fuera, no éramos bien recibidos. Después de un largo rato, Alejandro quiso subir a mi habitación a echar un vistazo, pero él estaba más interesado en la planta baja. Una vez en mi habitación, Jacobo y Alejandro comenzaron a mirar cada detalla con mucha curiosidad, aunque con más delicadeza, ya que mis cosas estaban por el medio.

-¿A quién perteneció esta habitación?- me preguntó Alejandro.

-Parece ser que a la monja que asistía a la madre superiora, la fundadora del colegio- le contesté.

-¿Cuál era la habitación de la madre superiora?

-Creo que la que está al lado de esta, es de donde escucho a veces como si hubiese alguien dentro. Puede que no sea nada paranormal, porque las monjas entran y salen de este edificio con mucho sigilo y sin avisar- le dije.

Alejandro se dirigió a la habitación contigua sin decir nada, casi como si hubiese sido atraído por una fuerza sobrenatural. La puerta, para mi sorpresa, estaba abierta. Nosotros, perplejos, le seguimos sin decir ni una sola palabra. Entonces, con el vello erizado, nos dijo:

-¿Lo notáis vosotros también?

-¿El qué? – le preguntamos casi al unísono.

-No estamos solos.

Aquella fue su inquietante respuesta mientras inspeccionaba la habitación con el mismo interés y concentración como había hecho con el resto del edificio. Después de un corto espacio de tiempo, y pidiéndonos que echásemos un vistazo por si venía alguien, sacó sus grabadoras y las fue colocando por la habitación. Por algún motivo él pensó que aquella habitación era el primer lugar donde teníamos que buscar alguna pista. Lo que más me sorprendió fue que nos pidió quedarse solo en la habitación para hacer una serie de preguntas por si obtenía respuestas inteligentes. Nosotros, desconcertados, accedimos a salir de allí y vigilar por si alguien pasaba por delante del edificio y sospechaban que estábamos haciendo algo.

La habitación de la Madre Superiora era sencilla pero había algo majestuoso en ella. Tenía una cama cubierta con una sobria colcha, un armario de madera muy artísticamente trabajado, un escritorio, un crucifijo y una lámpara de cobre que comenzó a balancearse al entrar nosotros. Aquello fue lo último que vimos Jacobo y yo. Pronto salimos de allí, casi corriendo, tal y como nos había pedido Alejandro.

Encerrados en mi habitación, abrimos la ventana para vigilar el acceso al edificio y las zonas cercanas. No habrían pasado ni diez minutos cuando a lo lejos, en la senda, volví a ver la silueta de sor Gumersinda. Agarrando del brazo a Jacobo se la mostré, sin ser capaz de hablar. Su presencia en la senda por la noche me intrigaba y me asustaba. Era obvio que iba allí por las noches para no ser vista, pero la cuestión era saber por qué lo hacía.

-Yo también la he visto alguna vez; ya sabes que sigo sus pasos- me dijo mientras la observaba sin perder detalle.

-Menos mal que tenemos la luz apagada, si no nos hubiera visto, aunque está lejos ¿A dónde irá?.

-Va al huerto. Busca algo allí, y no quiere que nadie lo sepa, pero también va a la capilla cerrada por las noches. Dudo entre dos posibilidades: o hay algo que le ocultan y ella lo quiere descubrir, o hay algo que no quiere que los demás descubran- me contestó Jacobo.

En aquel instante me vino a la cabeza lo que Alejandro me había contado de la caja y de los papeles que contenían. Después de dudar durante un rato,  decidí  contárselo. Si estábamos investigando juntos, tendríamos que compartir la información.

-¿No podríamos tratar de encontrar a ese tal Carlos que se llevó la caja y tratar de averiguar algo?- me sugirió.

-Es difícil conseguir nada. Se trata en realidad de un doble robo. Robó a la Orden Religiosa, y robó al equipo de investigación. Además la vendió.

-No es tan difícil seguir el rastro de un objeto vendido- dijo, mientras se quedaba pensativo.

Por la seguridad con la que me sugirió seguir la pista de la caja, me dio la sensación de que tenía cierta experiencia. Tiempo más tarde me contó que una de sus tías había vendido algunos objetos de su padre mientras él estaba en la cárcel, y no paró hasta recuperarlos todos cuando terminó su condena.

De repente comenzaron a aporrear la puerta; parecía que se iba a venir abajo.

 

 

 

14. HAY ALGUIEN MÁS

Jacobo y yo abrimos la puerta paralizados por el miedo. Era Alejandro, que aseguraba haber vivido algo tremendo en aquella habitación. Me agarró de la mano y nos hizo un gesto para que le acompañásemos al dormitorio Fue impresionante lo que vimos allí. Todo estaba revuelto; la cama estaba puesta boca abajo, e incluso la lámpara estaba en el suelo. Nosotros no habíamos escuchado nada, y eso era imposible por el estado en el que estaba todo. Me horrorizó ver que incluso el Cristo había sido arrancado de la cruz. Lo peor fue descubrir unas letras escritas con sangre en la pared; ponía: “ASESINA” ” ¿Cómo iba yo a explicar todo aquel destrozo?. No solo iba a perder el trabajo; me iban a denunciar. Alejandro trataba de consolarme mientras nos sacaba de allí. Una vez en mi habitación, Alejandro nos explicaba lo que había ocurrido.

– Cuando os marchasteis de la habitación, la lámpara comenzó a agitarse más bruscamente que cuando estabais vosotros, como si una fuerza sobrenatural la estuviera empujando con furia. Comenzó a hacer mucho frío y a oler muy mal. Había una enorme hostilidad en el ambiente. Hice algunas preguntas, pero no pude acabar. Alguien me agarró por el cuello y me empujó hacia la pared mientras todos los muebles comenzaban a moverse como si alguien muy furioso estuviese tratando de romperlos. Cuando vi lo de la pared, agarré mi grabadora y me marché.

Después de tranquilizarse un poco, Alejandro colocó la grabadora en el pequeño escritorio de mi habitación. Nos dispusimos a escuchar los resultados de la grabación, aunque paralizados por el miedo. Era complicado escuchar con claridad lo que una voz infantil decía, ya que unos sollozos y gritos que estremecían interrumpían continuamente la grabación.

“¿Hay alguien aquí?

-AYÚDAME

-¿Quién eres?

-ROSITA

-¿Por qué estás aquí?

-MÁRCHATE DE AQUÍ, MÁRCHATE DE AQUÍ…”

En aquel momento, un fuerte estruendo se escuchó en la grabadora. Según Alejandro, ese había sido el instante en el que habían comenzado a moverse los muebles, y cuando él se había marchado.

-No entiendo nada. Primero pide ayuda y luego te pide que te marches, ¿qué sentido tiene?- se preguntaba Jacobo.

Alejandro, volvió a poner la grabación pidiéndonos que prestásemos atención.

-¿No os dais cuenta?. Yo juraría que se trata de dos entidades distintas. La segunda es tremendamente hostil. Hay alguien más aquí que en las grabaciones que obtuvimos el verano pasado. La cuestión es saber quiénes son- nos dijo Alejandro.

-Y saber qué quieren- apunté yo

Después de haber escuchado la psicofonía varias veces más, les pedí que me ayudaran a ordenar la habitación que había sufrido aquel Poltergeist. Sobre todo, yo no quería perder mi trabajo ni tener que pagar ningún desperfecto. Ambos accedieron a ayudarme, pero sin saber la sorpresa que nos esperaba.

Nada más entrar en la habitación de la fundadora del internado, descubrimos con incredulidad, que todo estaba en perfecto orden. No había pasado nada. Todo estaba intacto. Lo único que demostraba que no habíamos sufrido ningún tipo de alucinación era la psicofonía.

Estaba ya amaneciendo cuando Alejandro se marchó, acompañado por Jacobo. Ambos querían seguir investigando en los próximos días. Alejandro, al igual que Jacobo, pensaba que teníamos que intentar bajar a la bodega. Aquello era muy complicado, porque esa puerta estaba tapiada y no creía yo que hubiese ninguna posibilidad de entrar, pero como en una ocasión había comentado Alejandro, todo era cuestión de proponérselo, ya que todo mudo puede derribarse; los físicos y los que no lo son.

Los días que siguieron a la experiencia fueron extraños. Por una parte sabía que estaba viviendo en un lugar con una presencia hostil, y por otra, temía las consecuencias que podría tener para mí que sor Gumersinda se enterara de lo que estábamos haciendo. Yo sabía que tenía que ser prudente, pero una tarde olvidé por un momento el peligro que corría. Fue paseando por el jardín con Susana. Aquella mañana había tenido un pequeño altercado con Roberto, y él se había quejado de mí ante sor Gumersinda. Susana me echó una mano y calmó mis nervios dando un paseo y tratando de distraerme con pequeños cotilleos. En uno de esos momentos de distensión, le conté todo lo que había pasado, ya que ella había sido quien me dio la tarjeta de Alejandro. Creo que no olvidé ningún detalle.  Aquello propició que ella me diera una información fundamental.

-Pues justo ayer vi aquí a uno de los parapsicólogos que vino el verano pasado. Lo vi entrando en el edificio de las monjas. Yo sentí curiosidad y le seguí. Iba al despacho de sor Gumersinda. Estuvo allí bastante tiempo, y luego salió solo y alterado. No tengo ni idea de qué podrían estar hablando- me dijo Susana con cara de perplejidad

-Pues yo estoy segura de que se trata de un tal Carlos, que es el que se fue del grupo con la caja de la que te he hablado. Seguro que le está tratando de vender algo a las monjas.

-Pero si lo encontraron aquí, entonces eso es un robo, ¿cómo se atrevería nadie a venderte algo que te ha robado?- se preguntaba Susana.

-Claro que es un robo, pero quizás él sepa algo que le interese a sor Gumersinda. Por alguna razón, él sabe que la monja no lo va a denunciar a la Policía.

-Sea lo que sea no le voy a contar nada a Raúl. Él no quiere saber nada de estos temas, pero tú sí tienes que contarle esto a Alejandro y a Jacobo. Pero de todo esto lo que más me preocupa es esa entidad hostil que parece acosarte. Quizás estés removiendo demasiado las cosas, a lo mejor Raúl tiene razón, a veces me lo planteo, y es mejor ignorarlo todo. Él siempre dice que el pasado ya no existe.- me dijo Susana al despedirse.

Probablemente Susana tenía razón, y me estaba poniendo en peligro inútilmente, pero aquella misma noche pude darme cuenta de que ya era demasiado tarde. Serían las once de la noche cuando mi amiga Elsa me llamó. Tenía algo que contarme. Acababa de recibir una llamada, la misma que la noche que dormí en su casa. Una voz de ultratumba preguntaba: “¿Está Carmen?”. Estaba claro que era una forma de decirme que sabía lo que estaba haciendo y probablemente mi presencia en el internado le molestaba.

Cuando terminé mi conversación con Elsa, sin perder tiempo, llamé a Alejandro para contarle lo que me había contado Susana. Al principio me sentí algo incómoda porque sabía que había interrumpido algo, porque escuché una voz femenina con él. Él no solo no se enfadó conmigo, sino que se mostró muy contento con la noticia.

-Trataré de localizar a Carlos. Estoy seguro de que ha tratado de venderle algo a la monja. Ojala que no lo haya hecho ya. Por cierto, quiero entrar en el sótano de tu edificio, no sé cómo pero lo haré. Tú no te preocupes de nada, es cosa mía- me dijo para tranquilizarme, justo antes de colgar.

¿Cómo no me iba a preocupar?, lo cierto era que un desconocido que yo misma había introducido en el Internado, estaba dispuesto a derribar una tapia para conseguir sus objetivos. Muy probablemente para él no tendría consecuencias derribar muros, del tipo que fueran, pero para mí sí las tendría.

Después de una noche de incertidumbres, celos por la compañía de Alejandro,  preocupaciones, y más alcohol del que debía, a primera hora de la mañana, recibí una llamada.

 

 

 

 

15. EN TIEMPOS DE MIEDO

Era Jacobo, que quería que viera una cosa. Antes de ir al comedor quedamos en el viejo cementerio. Ya de lejos vi que tenía un papel en la mano, y aquello me intrigaba. Pronto saldría de dudas.

Allí en el tétrico y desvencijado cementerio, antes de que hubiese nadie por el jardín, me mostró el papel.

-Mira esto. Ya tengo la forma de entrar en el sótano- me dijo mientras me entregaba un plano.

-¿Qué es esto?- le pregunté mientras le echaba un vistazo.

-Conseguí los antiguos planos del convento. Llevo tiempo buscándolos, y finalmente los he encontrado. Teóricamente tiene que haber algún tipo de túnel que una el convento con este viejo cementerio.

-No tiene sentido- le interrumpí.

-No tiene sentido visto desde nuestro tiempo, pero teniendo en cuenta la cruenta historia de esta zona, sí es lógico. Me refiero a que este tipo de pasadizos siempre están motivados por el miedo.

-¿Te refieres a que son para escapar de algo?- le pregunté.

-Exactamente. En épocas de guerras y persecuciones han sido siempre muy utilizados. Alejandro quiere entrar en el sótano, y yo también. Obviamente no podemos derribar el muro, pero sí podemos tratar de encontrar la entrada, que según el plano, tiene que estar aquí.

-No creo que sea nada seguro entrar en ese túnel, suponiendo que siga existiendo- volví a interrumpirle.

-Lo sé, pero es un riesgo que a mí no me importa correr, y estoy seguro de que a Alejandro tampoco.

Mientras echábamos un vistazo al cementerio, escuchamos unos pasos, pronto nos dimos cuenta de que sor Geranio se acercaba, de modo que nos fuimos al comedor. Jacobo estaba convencido de que encontraríamos lo que buscábamos. Él no se daba por vencido, su curiosidad podía sobre cualquier miedo o sentido de la responsabilidad.

Los días que siguieron a mi conversación con Jacobo fueron extraños. Todo parecía ir mal, tanto en las aulas como fuera de ellas. Cuando llegaba a mi habitación por las noches tenía miedo. Había comenzado a dormir con la luz encendida, pero así me costaba conciliar el sueño. Una de esas noches, estando a punto de dormirme, sonaron unos golpes en la puerta de abajo. El miedo me podía, no sabía qué hacer, excepto quedarme quieta y callada hasta que desaparecieran los golpes. De repente, comencé a escuchar que alguien me llamaba. Con mucho miedo me asomé a la ventana. Era Trini, que me hacía gestos para que le abriese la puerta con urgencia. Yo bajé rápidamente, aunque me imaginaba que no sería para nada bueno. Nada más abrirle la puerta entró visiblemente alterada.

-Tienes que ayudarme- me dijo agarrándome por el brazo.

-¿A qué te refieres?

-Préstame tu habitación esta noche. Tengo compañía, me está esperando junto al huerto- me decía como si se tratase de un asunto de vida o muerte.

-Eso es imposible, Trini, nos despedirían a las dos. Además, no sé cómo traes compañía aquí. A sor Gumersinda no se le escapa ningún detalle.

-Si no me ayudas, le contaré a todo el mundo que eres una borracha- me dijo encolerizada y llena de odio.

Yo, sin saber muy bien qué decir ni qué hacer ante su actitud, dudé durante unos segundos. Pero su amenaza me había puesto tan rabiosa que preferí que ella hablase de mi adicción con tal de que se marchara. La empujé para echarla y cerrar la puerta, pero con tan mala fortuna que se cayó al suelo. Yo ni siquiera salí a socorrerla, estaba demasiado furiosa con ella. Trini se levantó fuera de sí, y repitiendo una y otra vez: “Te va a costar caro esto. Lo vas a lamentar”

A la mañana siguiente seguía tan alterada como había pasado la noche, pero al salir al jardín vi algo agradable. Siempre me gustaba encontrarme con el perro de sor Geranio, que era un Labrador. Se llamaba Pinto, y solía acercarse a saludarme. Llevaba algo en la boca y lo dejó justo delante de mi puerta. Era un pendiente de piedrecitas de colores, de esos que cuelgan. Yo acaricié al perro y luego me guardé el pendiente en el bolsillo. Obviamente pertenecía a alguna alumna o profesora, ya investigaría yo quién era su dueña.

Afortunadamente Trini no estaba en el comedor ni coincidí con ella el resto de la jornada, porque era su día libre. Yo comenté el incidente a mis compañeros, pero no parecieron sorprenderse. Cuando les enseñé el pendiente, Raúl comenzó a reírse.

-Está claro que es de Trini, que cuando la tiraste al suelo se le cayó, pero cualquiera se lo devuelve- decía Raúl sin parar de reírse.

Yo no le veía la gracia a la situación, solo me incomodaba. Quizás sería una buena idea entregárselo a sor Gumersinda, pero había riesgos. Si hablaba con Trini, ella aprovecharía para vengarse de mí. Sería mejor que lo guardase yo, y eso fue lo que hice.

No tardó mucho tiempo Jacobo en deducir cuál era la entrada al túnel. Con enorme entusiasmo dedicó gran parte de una tarde calurosa a explicármelo con detalle. Fuimos al viejo cementerio aprovechando el hecho de que no había nadie por allí a esas horas de calor. Solo se escuchaba el canto de las cigarras y nuestros pasos moviéndonos entre las lápidas.

-¿Ves esa lápida desgastada? ¿no notas nada raro?- me preguntaba mientras señalaba una roca.

-Es como el resto- le contesté.

-No lo es, simplemente porque no es una lápida, solo es una piedra colocada estratégicamente para despistar. No lleva inscripciones, pero aquí hay tumbas que tampoco las llevan. Me llamó la atención que está colocada demasiado cerca de otra lápida, lo que impediría que hubiera otro cuerpo ahí.

Mientras me iba explicando el resultado de sus pesquisas movió ligeramente la roca. Justo debajo había una rejilla como de alcantarilla, pero obviamente no lo era. Jacobo tenía razón, ahí había algo, y yo tenía la certeza de que era justo lo que andábamos buscando.

-Llama a Alejandro, creo que va a estar encantado de venir a comprobar a ver qué hay aquí debajo- me dijo mientras volvía  a colocar la piedra justamente donde estaba.

Así terminamos aquella tarde, buscando pruebas y especulando, mientras mirábamos de reojo a ambos lados por si alguien nos había seguido. No había sido muy prudente lo que habíamos hecho, pero menos aún lo era ponerse en contacto con Alejandro y entrar en aquel lugar, y aún así lo íbamos a hacer. Yo estaba segura de que fuera lo que fuera lo que había ahí abajo, sería espeluznante. Tampoco convenía obviar el hecho de que adentrarse en ese túnel, si es que lo había, tenía sus peligros.

Aquella no fue la única sorpresa del día. Al llegar a mi habitación, antes de llamar a Alejandro, encendí mi portátil, y encontré un mensaje suyo, que me apresuré a abrir.

 

 

 

 

16. DETRÁS DEL SILENCIO

 

“Saludos Carmencita:

Espero que tu estancia en el internado esté siendo tranquila en todos los sentidos, sobre todo en el paranormal. Yo tengo noticias prometedoras, aunque de momento no puedo decir que favorables. He conseguido localizar a Carlos. Tuve una breve conversación con él sobre el destino de la caja y sobre su visita al internado. Te puedes imaginar que no le ha gustado nada que le preguntara por esos temas, pero voy a ir a verle a su apartamento para que me explique todo. Él sabe que yo le puedo denunciar por robo, de modo que supongo que colaborará con nosotros, aunque solo sea un poco.

Por cierto, princesa, ¿cuándo puedo ir a investigar en ese sugerente sótano que se oculta tras la tapia?

Cuídate. Besos”

 

Después de leer varias veces su mensaje, y de pensar una y otra vez qué detalles explicarle, le llamé. Le conté todo lo que había descubierto Jacobo sobre la forma de acceder al sótano. Lejos de parecerle peligroso, se mostró entusiasmado con la idea de acceder por un lugar que, según él, guardaría  abundantes secretos. La pasión de Alejandro por el misterio le llevaba siempre al límite de todo, sin importarle demasiado si su vida corría peligro o no. Pero yo sí me planteaba las cosas, y la idea de que ellos dos entraran en un túnel subterráneo abandonado y olvidado durante varios siglos, me preocupaba mucho.

Alejandro estaba muy impaciente por volver al convento, tanto que no pudo esperar a ir al apartamento de Carlos para hablar. Aquel mismo sábado, aprovechando que el Internado estaría prácticamente vacío, vendría provisto de todo tipo de aparatos y deseando encontrarse cara a cara con lo desconocido.

Jacobo y yo le esperaríamos el sábado, pero no sin antes asegurarnos de que no había casi nadie por las inmediaciones. Los pocos alumnos que quedaban no se dejaban ver, o bien jugaban con sus ordenadores o practicaban algún deporte. El que me preocupaba era Roberto, que siempre me daba la sensación de que me vigilaba. Lo único que podíamos hacer era estar pendientes de sus movimientos. Las monjas tampoco serían un problema, ya que andaban muy centradas preparando la beatificación de sor Gabriela María.

Llegó el sábado, a las diez de la noche, como habíamos quedado, y Jacobo y yo le esperábamos en el cementerio. Aunque hacía calor, yo sentía escalofríos. Cualquiera podría sorprendernos allí, aunque yo me quedaría fuera vigilando por si venía alguien. También me preocupaba Pinto, que no solo poseía el olfato de cualquier otro perro, sino que también estábamos ocupando un lugar donde él solía estar. Estaba segura de que sabría que habíamos estado allí, pero afortunadamente no podría contarlo.

A lo lejos en la senda pudimos distinguir la luz de la linterna de Alejandro, que hizo un gesto con ella para saludarnos. En aquellos momentos, todos los sonidos de la noche me asustaban. Me horrorizaba pensar en lo que me esperaba allí sola, mientras ellos entraban en el túnel. Tres eran los temores que me aguardaban: el ser descubierta, el peligro que corrían entrando en el túnel, y el más inexplicable de todos, el miedo a lo desconocido.

Nada más llegar Alejandro, después de un breve y sigiloso saludo, se dispusieron a mover la roca. Consiguieron desplazarla con no poca dificultad, y no fue mucho más fácil levantar la rejilla. Llevaba tantísimos años pegada al suelo debajo de la roca, que ya formaba parte de él. Una vez descubierto el túnel, me asomé con la linterna para echar un vistazo. Era más amplio de lo que cabía esperar, pero el olor a humedad y putrefacción era insoportable. Lo peor de todo era el silencio; un silencio que sin duda ocultaba algo, y mucho me temía que no querría desvelar sus secretos fácilmente.

La entrada al túnel fue más fácil de lo que habíamos imaginado, ya que tenía una escalera de acceso en buen estado. Mientras yo esperaba fuera, iba escuchando sus pasos cada vez más lejos, hasta que finalmente no se oía nada ni podía ver la luz de sus linternas. En aquel momento me sentí sola y asustada. No sé cuánto tiempo estuve allí hasta que escuché algo. Al principio cerré los ojos, porque el pánico me impedía moverme ni reaccionar. Al abrir los ojos pude comprobar que alguien se acercaba. Me escondí detrás de una lápida, con la esperanza de que en la oscuridad nadie se percatase de que una de las lápidas había sido desplazada. Asomando ligeramente la cabeza, casi sin respiración, pude ver con claridad que se trataba de una monja. No podía distinguir quién era, pero me horrorizó lo que hizo. Lentamente se giró hacia el hueco donde estaba el túnel, como si supiera que Jacobo y Alejandro estuviesen allí, y simplemente comenzó a bajar las escaleras con una enorme tranquilidad.

Ante una situación como aquella que no sabía ni cómo definir, y suponiendo lo que iba a pasar, solo pensé en mí, y huí. Obviamente no me había visto, de modo que podía desvincularme de aquello volviendo a mi habitación. Una vez a salvo, y asegurándome de cerrar bien la puerta, una duda me asaltó. Si ella sabía que habíamos abierto el túnel, eso era porque nos había estado espiando, luego sabía que yo estaba allí también. La otra cuestión era saber quién era aquella monja y qué quería. Con una enorme angustia y miedo, permanecí toda la noche asomada a la ventana disimuladamente. Tengo que admitir que el miedo me hizo beber más ginebra de la cuenta, hasta que de madrugada caí en la cama casi sin conocimiento. Una sensación extraña me hizo abrir los ojos al poco rato. Era consciente de estar en mi habitación, pero parecía otro lugar. Aquella desorientación me aceleró el corazón y me dificultaba la respiración. Fue justo en ese momento de mayor incertidumbre cuando me pareció ver una sombra en una esquina de la habitación. Había algo amenazante en ella, y al principio solo pude distinguir que se trataba de una monja. Por su hostilidad me resultaba fácil imaginar que me estaba echando de allí. Poco a poco pude ir viéndola un poco mejor. Sus rasgos eran duros y tenía una expresión de amargura infinita. Pronto me percaté de que su hábito era muy antiguo y estaba muy sucio. Olía muy mal en la habitación y una sensación de tristeza inmensa me abatió completamente; no lo pude resistir. Lo único que recuerdo es que Jacobo y Alejandro trataban de reanimarme. Me había desmayado y afortunadamente ellos estaban allí a salvo y justo a tiempo para ayudarme.

-¿Qué ha ocurrido?- les pregunté

-Que te hemos encontrado aquí desmayada. Afortunadamente la puerta estaba abierta- me dijo Jacobo.

-Eso es imposible, porque yo las cerré todas. Alguien ha debido de abrirlas. Ha tenido que ser la monja que estaba aquí, que yo creo que es la misma que ha entrado en el túnel cuando vosotros estabais allí.

-No hemos visto a ninguna monja, ni aquí ni en el túnel- me aseguró Alejandro

-¿Qué hay ahí abajo?- les pregunté con más temor que curiosidad.

-Lo que no hemos visto es a una monja, por lo menos viva- continuaba contándome Alejandro- Es un pasadizo que une este edificio con el cementerio y con la capilla.

-¿Solo eso?

-Lo del pasadizo es típico de siglos atrás, de las épocas de guerras. Había que encontrar una forma de huir y de refugiarse. Lo que más llama la atención es lo que hay aquí abajo, en el sótano. Es un antiquísimo hospital de camas pequeñas que llevan abandonadas durante un par de siglos, diría yo. La atmósfera ahí abajo es irrespirable. Una tristeza indescriptible e insoportable te invade por completo cuando entras en ese lugar. He colocado una grabadora para ver si captamos algo. La intuición me dice que la clave de todo lo que ocurre aquí está en ese sótano y en la monja que te ha visitado hoy. Sin duda la monja que has visto entrando en el túnel y la que ha estado aquí es la misma presencia.

-¿Puede tratarse de la madre Superiora, de la fundadora del colegio?- me preguntó Alejandro.

-No lo creo, porque no me imagino que sor Gabriela María tuviera el aspecto rudo de la que yo he visto.

-Seguro que no- me interrumpió Jacobo- Sor Gabriela María era muy guapa. He visto alguna estampita con un retrato suyo y una oración, ya sabéis esas cosas típicas de las monjas..

-¿Quién me dijiste que ocupó esta habitación?- me preguntó Alejandro.

-La monja que asistía a la Superiora- le contesté.

-Sor Benigna Bejarano. Me he informado de su nombre porque pensé que podría sernos de utilidad- nos dijo Jacobo

-Pues está claro que quiere que te vayas de su habitación y quiere que nos digas que nos alejemos del sótano. La cuestión es saber por qué, y os aseguro que lo vamos a averiguar- nos dijo Alejandro de una forma convincente.

Con la seguridad de que Alejandro no pararía hasta llegar al fondo del asunto, nos despedimos hasta dentro de unos días, cuando hubiese hablado con Carlos sobre las cartas. Algo me decía que nos aguardaban grandes sorpresas.

A la mañana siguiente Jacobo iría a recuperar la grabadora. Yo lamentaba que fuese a entrar solo, pero no me sentía con fuerzas de acompañarle.

 

 

 

 

17. DE LÁGRIMAS Y CARTAS

A la mañana siguiente, de madrugada, Jacobo recuperó la grabadora. No nos atrevimos a encenderla, y decidimos esperar a Alejandro, al que veríamos esa misma semana.

Al viernes siguiente, Jacobo y yo iríamos a Madrid, al apartamento de Alejandro para llevarle la grabadora y hablar con él. Tenía algo que mostrarnos.

Yo tenía un nudo en el estómago de los nervios cuando íbamos en el coche de Jacobo. Apenas hablamos durante todo el camino. Alejandro vivía en un pequeño apartamento cerca de la emisora, en La Gran Vía. Era elegante y misterioso, como él mismo. Tenía todo tipo de aparatos, fotos, libros, y material que indicaban su gran actividad en la que era su pasión: la parapsicología.

Él nos estaba esperando con la puerta abierta y parecía impaciente por vernos. Casi sin mediar palabra extendió la mano para que Jacobo le diese la grabadora.

-Estoy deseando escuchar lo que haya podido captar la grabación, pero no sé si enseñaros primero la sorpresa que tengo para vosotros o escuchar la cinta- decía mientras nos invitaba a pasar y sentarnos en el sofá.

Alejandro, sin poder contener su deseo de enseñarnos la sorpresa que nos tenía guardada, decidió primero compartirla con nosotros. Se apresuró a abrir un cajón enfrente del sofá en el que estábamos sentados y sacó un papel.

-Lo he conseguido. Esta es una copia de la carta que Carlos vendió por fin a sor Gumersinda. Después de hablar conmigo, hizo una copia y me la entregó. La original sí se la ha vendido. La monja ha pagado más de dos mil euros por la carta- nos dijo Alejandro mirando la carta como si de un tesoro se tratara.

-¿Qué información puede haber en ese papel que valga esa suma?- le pregunté yo.

-Os la leeré y vosotros mismos juzgáis. Lo extraño es que se trata de una carta dirigida al arzobispo de Toledo; fechada el 18 de diciembre de 1808- comentó Alejandro extrañado.

-Tampoco entiendo qué hacía la carta en el convento, ¿no llegaría a enviarse?- volví a preguntar.

Jacobo alargó la mano para que Alejandro le dejara echar un vistazo. Después de examinarla durante un rato y mirar bien la fecha, llegó a una conclusión.

-Ya sabéis que últimamente estoy estudiando cosas sobre la historia del Internado, y la mayoría de las informaciones que busco están muy ocultas. Sin embargo, hay algo que sí sé. La carta no llegó nunca a su destino, fue devuelta.

-¿Cómo sabes tú eso?- le pregunté llena de curiosidad.

-En primer lugar, la carta va dirigida al arzobispo de Toledo porque en el siglo XIX Madrid dependía eclesiásticamente del arzobispado de aquella ciudad, porque aquí no había. En segundo lugar, a principios de diciembre de 1808 es, si no me falla la memoria, es cuando las tropas napoleónicas entran en Toledo. Aquí está el otro misterio resuelto. El arzobispo huyó a Sevilla y el arzobispado fue saqueado, por eso no llegaban las cartas – nos comentaba Jacobo este tipo de detalles históricos mientras le escuchábamos con mucho interés.

-Es interesante, pero ¿qué contiene esa carta que no llegó a su destino?- le pregunté a Alejandro.

-Os la leo y ya me diréis si vale la pena pagar por ella o no- dijo Alejandro comenzando a leer la carta en voz alta.

“Madrid, 18 de diciembre de 1808

Ilustrísimo y Reverendísimo Señor D. Luis María de Borbón y Villabriga, Obispo de Toledo.

Ilustrísima, desconociendo el motivo por el que mis anteriores cartas no han recibido respuesta, y temiendo que la Guerra haya cortado las comunicaciones, le escribo la que sin duda es mi última misiva.

No pretendo comprender los motivos por los que Dios Nuestro Señor nos hace vivir en este valle de lágrimas, que a veces es tan difícil de soportar. Sé que lo que Él más odia después del pecado es la tristeza, porque nos predispone a pecar, tal y como nos enseña San Agustín. He procurado aferrarme a mi fe y huir de la pena, pero mis fuerzas se agotan día a día. No hallando una razón para seguir en este mundo, solo pido al Altísimo que en su inmensa misericordia se apiade de mi atormentada alma y  me acoja en su seno, a pesar de todo.

Ruego a su Ilustrísima su perdón, y valoraría enormemente sus oraciones por mi alma pecadora.

Sor Benigna Bejarano, que besa el anillo de su sacerdotal mano.”

 

-Aquí tenéis la respuesta- nos dijo Alejandro.

-Se suicidó- dijimos Jacobo y yo casi a la vez.

-No sabemos la razón exacta, porque seguro que las circunstancias eran terribles, pero ya sabemos que sor Gumersinda no quiere ese tipo de escándalos en la historia de su internado.

-Parece obvio que lo que quiere ella es preservar el secreto que guardan esos muros, sobre todo cuando se va a producir la beatificación de Sor Gabriela María- dijo Jacobo.

-Parece encajar. La monja que te ha visitado siente hostilidad hacia ti por ocupar su habitación. Está claro que es un alma atormentada la que vaga por el convento. Me pregunto si ella fue culpable de algo o fue la víctima- dijo Alejandro.

-La imagen que vi yo transmitía un sufrimiento extremo; una enorme tristeza- le interrumpí yo.

Durante un rato estuvimos discutiendo sobre las diferentes circunstancias que pudieron haberla llevado a poner fin a su vida, pero Alejandro decidió que era mejor escuchar la grabación y luego tratar de hacer conjeturas.

Colocó la grabadora encima de la mesa, y los tres nos quedamos callados, con un silencio casi reverencial, mientras tratábamos de escuchar algo. Durante un rato no había ningún tipo de sonido en la grabadora, era tal el silencio, que Alejandro comprobó a ver si estaba funcionando correctamente. Cuando estábamos a punto de convencernos de que allí no había nada, un sonido apareció como de la nada. Al principio no se distinguía bien qué era, pero poco a poco pudimos escuchar un sollozo. Quizás eran varios llantos a la vez, pero el sonido era tan tenue que resultaba difícil distinguirlo. Luego sí se escuchó una voz. Era tan desgarradora que a mí se me erizó el vello. Claramente, una voz de niña decía:

-ESTAMOS TODAS, ESTAMOS TODAS…

La frase se repetía, y se escuchaba cada vez con más nitidez, pero de repente, pasaba a escucharse el sonido atronador de unos disparos. A lo lejos parecían escucharse gritos de mujeres. Los resultados de la psicofonía me alteraron el ánimo. Nunca hubiera imaginado que unas voces en una grabadora pudieran abatirme de aquel modo.

Escuchando una y otra vez y releyendo la carta, se nos había hecho tarde. Nosotros teníamos que volver al internado, ya que el camino era largo. Continuaríamos otro día con nuestras pesquisas. Pero antes de marcharnos, estando ya esperando al ascensor,  Alejandro nos recordó algo en lo que no habíamos vuelto a pensar:

-Había más cartas. Carlos las vendió, pero me dijo que eran muchas como para leerlas. Leyó algunas, pero eran aburridas, así que lo dejó. Tengo la impresión de que si recuperamos las otras cartas, sabremos por qué se suicidó.

-¿Te dijo a quién se las vendió?- le preguntó Jacobo.

-No, pero ya procuraré enterarme- le contestó Alejandro.

Cuando nos fuimos de casa de Alejandro teníamos la sensación de estar avanzando en la dirección correcta. Parecía claro que había como mínimo tres presencias: Rosita, que parecía una niña pequeña e indefensa, sor Benigna, que no sabíamos qué tipo de presencia era, y otra niña llena de odio y hostilidad. Lo que ignorábamos por completo en aquellos momentos era qué buscaban cada una de ellas.

Durante el camino, ya cerca del Internado, Jacobo me sorprendió con algo.

-Creo que ya sé quién tiene las cartas que buscamos- me dijo repentinamente.

-¿Quién?

-Sor Gumersinda. Por lo menos las va a tener antes o después- me aseguró, sin dejar lugar a la duda.

-¿Cómo sabes eso?

-Ya te conté en una ocasión que sor Gumersinda me dio la oportunidad de trabajar en su colegio, y sabes que yo no tengo un pasado impecable. Pero siempre me utiliza para buscar informaciones de todo tipo. Hace unos días me pidió información sobre una editorial- continuaba Jacobo con mucho entusiasmo.

-No veo la relación- le contesté yo.

-Pues la clave está en la editorial. Se llama Ediciones Sospecha, y se caracteriza por su claro anticlericalismo. Está claro que Carlos fue allí a vender las cartas y ella las ha debido de comprar ya. Lo difícil va a ser buscarlas; esa mujer es muy astuta.

-No más que tú, por lo que veo- le contesté riéndome

-Yo juego con ventaja, porque ella no sabe que estamos buscando lo mismo.

A pesar de nuestras bromas y risas, estábamos poniendo en riesgo no solo nuestros trabajos, también toda nuestra vida. Ni Jacobo ni yo teníamos a dónde ir si nos despedían. Por lo que se desprendía de aquella carta,  sor Benigna había tenido las cosas más complicadas que nosotros. Leyendo sus palabras casi podía escucharse el llanto. No quería ni imaginar el contenido de las otras cartas.

 

 

 

 

18. SOSPECHA

 

Transcurría la semana con el ajetreo propio de la proximidad del inicio del curso académico. Había muchas cosas que preparar, y todo era un continuo devenir de personas, material didáctico y un largo etcétera. Pero también sería ese mismo otoño la beatificación de la fundadora del colegio, por lo que aquella semana en nada se parecía a las anteriores. No hubo muchas horas lectivas, pero sí muchas reuniones de todo tipo.

Fue en una de esas reuniones con los padres de un alumno cuando  ocurrió algo curioso. Eran un matrimonio que estaba interesándose por el centro, y yo les estaba enseñando las instalaciones. De repente me di cuenta de que ella llevaba unos pendientes idénticos al que había encontrado yo. Sin darme cuenta me quedé mirándolos. La señora, al ver cómo los miraba hizo un comentario sobre ellos.

-Son bonitos ¿verdad?- me dijo.

-Perdón, no he podido evitar mirarlos, me gustan mucho, ¿dónde los ha comprado?- le pregunté algo avergonzada por mi falta de disimulo.

-No son comprados, son de una herencia. Eran de mi abuela, pero resultan muy alegres, por eso los uso mucho. Creo que son venecianos- me dijo sonriendo mientras se los agarraba.

Cuando concluyó la visita les acompañé a la puerta del jardín. En el camino nos cruzamos con Roberto, que se quedó mirando a la señora de una forma descarada. Cuando los despedí, me dirigí a él, que iba unos pasos por delante de mí.

-¿Por qué mirabas a esa señora con ese descaro?- le pregunté con un tono áspero.

-Cosas mías…-me contestó de una forma enigmática y chulesca.

Si mi estancia en el internado estaba acabando con mi paciencia, la actitud de Roberto minaba mis nervios aún más. Siempre parecía jugar con ventaja, saber algo, pero no estaba dispuesto a compartirlo, ni a ayudarme.

Susana y Raúl insistían en que Roberto jugaba a asustarme, y que seguramente no tenía ningún tipo de información ni pretendía nada. En una de esas tardes de paseos y charlas con Susana, a la que ya había llegado a apreciar, le conté lo que habíamos averiguado. Ella, aun siendo de naturaleza curiosa, no veía la utilidad de nuestra peligrosa investigación.

-Una cosa es llevar a cabo una pequeña investigación para saciar vuestra curiosidad, y otra muy distinta es correr tantos riesgos. Suponiendo que esa editorial vendiera las cartas a sor Gumersinda, ¿se las vais a robar?- me preguntó.

No supe cómo contestar a aquella pregunta. No le faltaba razón, aún así,  esa misma noche hablé por teléfono con Alejandro y decidimos ir a la editorial al día siguiente. Jacobo también vendría con nosotros. Habíamos comenzado algo que ya no éramos capaces de parar.

Ediciones Sospecha era una pequeña editorial situada en un piso minúsculo del centro de Madrid. A pesar de estar al lado de la concurrida Puerta del Sol, la calle parecía pertenecer a una ciudad fantasma. No había nadie por allí cuando llegamos nosotros, aunque eran las ocho de la noche. Habíamos quedado allí con el editor para intentar conocer el destino de las cartas. Nada más llegar, Garrido, que así se llamaba el editor, nos invitó a pasar a su despacho. Parecía sentir mucha curiosidad por nuestra visita. En aquel momento estaba él solo en el piso, en medio de un mar de papeles y cajas. No era un lugar muy adecuado para trabajar.

Después de una breve conversación de cortesía, Alejandro le preguntó directamente por las cartas. Lejos de mostrarse receloso, comenzó a reírse.

-No os preguntaré cómo llegasteis a saber que un tal Carlos vino a venderme un jugoso material. Pero si queréis saber si se le compré las cartas, os diré que sí.

-¿Qué eran esas cartas?, ¿Las van a publicar ustedes?- le preguntó Alejandro.

Después de preguntarnos el motivo de nuestro interés por aquel material, y a pesar de que Alejandro se negó a explicarle la verdad de nuestra búsqueda, Garrido habló abiertamente del tema.

-La única razón por la que os voy a contar qué había en esas cartas es que no las voy a publicar. Las vendí. La editorial tenía difícil publicar todo el contenido, ya que faltaban algunas cartas y por lo tanto información. Además, una tarde, cuando yo estaba solo en el despacho, una monja apareció por la puerta. Creía que era una aparición- dijo Garrido soltando una risotada.

-¿Sor Gumersinda?- le interrumpió Jacobo.

-Sí, así se llamaba. Mostró tanto interés por las cartas que decidí vendérselas a un precio muy superior a lo que valían. Es una mujer insistente y lista, pero me ponía nervioso su forma de mirarme, parecía casi amenazante. Se las vendí y desapareció. Eso es todo.

-¿Qué información contenían? ¿Por qué le interesaban tanto a la monja?- le preguntó Alejandro.

-Bueno, la mayoría de las cartas hablaban de penalidades de la Guerra de la Independencia, y denunciaban horrores. Casi todas ellas tenían como destinatario al Arzobispo de Toledo. Pero había una carta diferente- continuaba Garrido- se trataba de una carta de amor, pero muy misteriosa.

-¿Por qué misteriosa?- le pregunté yo llena de curiosidad.

-Porque no se sabía quién escribía la carta. Me refiero a que no es el tipo de material del que dispone un convento. Todo era desconcertante- contestó Garrido.

-¿Era letra de hombre o de mujer?- le preguntó Alejandro.

-De mujer. Además firma una mujer. De todas formas, esa carta no se la enseñé. Me la quedé yo. Me resultó curiosa, y la monja no parecía saber que existía. Además los amoríos no son cosa de monjas…

Después de charlar un rato con él, y sin darle demasiados detalles de nuestro interés, Alejandro le convenció para que nos diese una copia de la carta. Como era de esperar, Garrido nos la dio previo pago.

Una vez tuvimos la carta, salimos de la editorial y nos dirigimos al apartamento de Alejandro. Allí estaríamos tranquilos y podríamos leerla sin interrupciones.

 

 

 

 

19. RENGLONES OSCUROS

 

La carta resultaba complicada de leer; no solo porque la letra era de un estilo muy antiguo, sino también por la suciedad acumulada de los siglos. La oscuridad no estaba solo en los renglones casi ilegibles, también en su contenido. Alejandro aseguraba además, que ese tipo de letra correspondía a una persona en un estado agudo de ansiedad, que no era la primera vez que lo veía. Él comenzó a leer en voz alta aquellas misteriosas palabras.

” Mi amado D.

Muy a mi pesar escribo esta carta, que sin duda será la última, pues no está en mi ánimo arrastrarle al abismo en el que me hallo yo. Solo Dios Nuestro Señor puede haberme elevado al cielo que me ha hecho conocer, del mismo modo que solo el Maligno puede provocar este dolor. Quizás sea el justo precio que hay que pagar a tanto júbilo, pues soy consciente de que ese tipo de amor me había sido negado.

Tan solo busco una respuesta, no a mis sentimientos, ya que yo misma reniego de ellos, sino a su situación. Temo que la muerte le haya sorprendido por los caminos, o que incluso algún destino más cruel le aguardara. Me ahoga la angustia de esperar noticias suyas, incluso más que mi propia culpa. Ruego a Dios por su vida e imploro su perdón, que no creo merecer, a pesar de ser este dolor que siento peor que cualquier Infierno que alcance a imaginar.

Si no recibo respuesta alguna habré de dar por cierto su fallecimiento o cautiverio. Si no encontró la muerte ni fue hecho prisionero, entonces seré yo quien padezca ambas cosas: muerte en vida y prisionera de unos sentimientos que me atormentan.

Siempre suya, Leonor. ”

Cuando terminamos de leer la carta nos quedamos callados durante un rato, tratando de comprender el sentido de aquellas palabras en un lugar como aquel. ¿Quién era Leonor, y qué hacía aquella carta allí?. Lo único que estaba claro era el dolor que había en aquellos renglones, de los que se intuía algún final trágico. De momento las dos cartas a las que habíamos tenido acceso estaban llenas de tensión y amargura. Producía cierto vértigo seguir tirando del hilo hasta conseguir que aquella historia tuviera algún sentido.

Alejandro insistía en continuar con nuestra investigación, aunque yo ahora comenzaba a querer dejarlo todo, a buscar otro trabajo y llevar una vida normal. Al fin y al cabo, fuera lo que fuera lo que había ocurrido allí, estaba enterrado por el paso de los siglos, y mi vida en el internado no tenía futuro. En aquel lugar todo parecía morir.

Una vez que llegamos al internado, me despedí de Jacobo y me dirigí a mi habitación. Él solía acompañarme a mi edificio, pero aquel día estaba algo cansado, de modo que yo insistí para que se quedara en su habitación. Como siempre, atravesar el jardín por la noche me producía escalofríos. El camino era oscuro y el lugar sugestionaba. Aquella noche me pareció escuchar unos pasos detrás de mí. Me volví varias veces, con el corazón acelerado, pero no veía a nadie. Cuando más convencida estaba de que el miedo me estaba jugando una mala pasada, una mano agarró mi hombro. El corazón se me paró de golpe, creía que me iba a morir. Giré la cabeza con pavor y detrás de mí, con su mirada desafiante, estaba Roberto. Después de mirarme fijamente durante unos segundos, y disfrutando de mi terror, comenzó a hablarme en voz baja.

-Tengo una cosa que contarle- me decía acercándose a mi oído, quizás intentando asustarme.

-¿Qué quieres?, ¿por qué me esperabas a estas horas?- le pregunté aterrorizada.

-Porque es ahora cuando me acabo de dar cuenta de una cosa, y no quería que hubiese nadie delante. Se trata de la visita que vino el otro día a ver las instalaciones. Usted se quejó de mi mirada descarada.

-Ah, sí. Ya me acuerdo ¿Que mirabas?- le pregunté algo desconcertada.

-Miraba los pendientes de la señora. Me sonaban de algo, pero no sabía exactamente de qué. Ahora sé dónde los he visto antes. Seguro que ni se lo imagina- dijo Roberto de una forma misteriosa, guardando un repentino silencio para ponerme nerviosa.

-No sé de qué puedes estar hablando.

-Hablo de su fantasma, del que me dio la ramita de jara como regalo para usted. Los llevaba puestos. Mejor dicho; solo llevaba uno- dijo dándome la espalda para marcharse, mientras yo trataba de retenerlo.

-¿Qué sabes de ella? ¡Cuéntamelo, por favor!- le suplicaba, levantando la voz por los nervios.

-No sé nada de ella, pero estoy seguro de que está llena de odio. Yo que usted me marchaba de aquí- dijo finalmente marchándose rápidamente para no seguir hablando conmigo.

Perpleja, sin saber si se estaba burlando de mí, me quedé en el jardín durante unos minutos. Me preguntaba si él había visto cómo me guardaba el pendiente el día en el que Pinto  lo trajo a mi puerta. Roberto solía espiarme, o quizás también eso era sugestión mía. Cuando finalmente reaccioné corrí hacia mi habitación y cerré bien la puerta. Era muy probable que lo que me amenazaba en aquel lugar no era el mundo paranormal, sino el real. Roberto parecía obsesionado conmigo, deseoso de hacerme daño y de asustarme.

Tratando de poder dormir me tomé un vaso de ginebra, pero cuando iba a servirme el segundo, me planteé dejar aquella adicción. Yo necesitaba un cambio de vida, no una evasión. Cerré la botella y me metí en la cama.

Por la mañana me desperté algo mejor que de costumbre; el hecho de haber dormido habiendo bebido menos me hacía sentir más joven y fuerte. Aquel día no teníamos clases ni reuniones; el día sería libre casi por completo. Durante el desayuno Susana me propuso que nos fuésemos a Madrid de compras. Raúl y los niños irían al taller a hacer una revisión del coche, y luego irían al cine. Me pareció perfecto. Pasaríamos el día juntas y lejos de aquel lugar.

Después de pasar la mañana probándonos ropa y mirando tiendas, aunque no comprando mucho, nos fuimos a comer. Elegimos un modesto restaurante chino próximo a la plaza de Callao. Era silencioso y con poca luz; el lugar perfecto para contarle lo que me había pasado con Roberto y todo lo demás. Ella me daba confianza; quizás porque era positiva y fuerte; además era mucho más inteligente de lo que fingía ser. Quizás esa fuera la única forma de conservar el trabajo en un lugar como aquel, y también su matrimonio con un hombre como Raúl. A mitad de la conversación, sin que yo me lo esperara, me propuso algo insólito.

-¿Por qué no hacemos una ouija para saber quién es esa niña?- me dijo con entusiasmo.

-No creo que eso sirviera de mucho, además ¿quiénes la haríamos?.

-Tú, Jacobo, y yo. Raúl, por supuesto no se va a enterar de nada. Se enfadaría. Yo creo que la clave está en la niña de la que habla Roberto. No puede ser la niña pequeña que viste en tu habitación. Es imposible que se trate de nadie de la época del orfanato de las monjas de principios del XIX- afirmó con rotundidad.

-¿Por qué dices eso?

-Por los pendientes. En aquella época ni las mujeres ni las niñas pobres llevaban pendientes, y menos de oro. Tenemos que saber quién es y sobre todo, qué quiere. A mí me gusta el espiritismo. Cuando era soltera lo practiqué alguna vez, aunque con sustos-  dijo riéndose con alegría, como quien habla de un juego.

Lo que decía Susana respecto a lo de los pendientes era bastante lógico, pero lo de la sesión de ouija no me parecía una buena idea. Yo sabía que Alejandro descartaba ese tipo de prácticas, con alguna exepción, no solo por parecerle inútiles, sino también peligrosas. Pero Susana insistía.

-Yo también quiero saber quién es esa niña o niñas que están aquí, porque a mí también me afecta- me confesó con voz baja.

-¿Qué quieres decir?

-Pues que Raúl lleva varias noches con pesadillas, y él nunca las ha tenido. Me cuesta trabajo que hable del tema, pero en su pesadilla siempre aparece una niña, o una adolescente, no lo sé porque no quiere hablar del tema. Dice que se siente amenazado, aunque no sabe por qué. Últimamente está obsesionado con buscar otro trabajo, pero eso lo veo difícil- dijo callándose de repente, como tratando de apartar de su mente el problema al que tendría que enfrentarse antes o después.

Al verla tan angustiada, y sin gustarme la idea de hacer una sesión de espiritismo, acepté. Hablaría con Jacobo y lo haríamos en mi habitación. No era el mejor lugar, pero bajar a la bodega era peligroso, y demasiado tenebroso. Susana tendría, además, que ocultarle a Raúl lo que iba a hacer, y eso no sería tarea fácil.

Al día siguiente hablamos con Jacobo y él accedió, aunque con reticencias, como yo. Esa misma noche haríamos la sesión. No teníamos tablero, pero Susana había fabricado uno de cartón, muy rudimentario, pero válido.

Eran las doce de la noche cuando habíamos quedado en mi habitación. Fueron puntuales, y estaban visiblemente nerviosos. Susana mostraba más preocupación e inseguridad de lo habitual, como si temiera algo inesperado. Y no estaba equivocada.

 

 

 

 

20. LA PRESENCIA NO INVOCADA

Nos sentamos los tres alrededor de una pequeña mesa redonda que había en mi habitación y colocamos las manos sobre un vaso. Estábamos nerviosos. Susana haría las preguntas, ya que era ella quien más interesada estaba por conocer la verdad sobre aquella niña.

-¿Hay alguien aquí?- preguntó Susana, pero sin obtener ningún tipo de respuesta.

Pasaron diez minutos durante los cuales estuvimos preguntando una y otra vez lo mismo, pero ahí nada se movía. Quitamos el dedo del vaso, y para nuestra sorpresa, comenzó a moverse solo. De una forma brusca iba marcando un nombre

-R-A-Q-U-EL

-¿Te llamas Raquel?- le preguntó Susana.

-N-O

-¿Quién es Raquel?- volvió a preguntar.

-R-A-Ú-L-S-A-B-E

En aquel momento la temperatura bajó tan bruscamente que comenzamos a tiritar. De repente la coleta de Susana comenzó a levantarse como si alguien estuviese tirando de ella hacia arriba. Susana estaba pálida, inmóvil, y con los ojos abiertos con gesto de espanto.

¿Quién eres?- le preguntó Jacobo al tablero.

-T-R-I-NI-S-A-B-E

En ese momento la luz comenzó a apagarse y a encenderse y el armario se abría y cerraba con una fuerza casi inhumana. Luego, de repente, vino la calma. Un silencio como de otro mundo se apoderó del ambiente. Un golpe seco hizo que nos girásemos hacia la puerta. Se había abierto bruscamente. Los tres pudimos distinguir perfectamente la figura de una monja pálida y enfermiza. Percibíamos su mirada heladora que pedía ayuda, pero también odiaba. Era la misma que había visto yo en mi habitación. Luego se desvaneció de la misma forma en la que había aparecido.

Después de tratar de recomponernos del susto, Jacobo lo tenía claro.

-Es sor Benigna. Pide alguna oración por su alma por su suicidio.

-¿Pero quién ha respondido a la ouija?. ¿Qué tiene que ver Raúl con una tal Raquel?, tampoco entiendo qué puede saber Trini de la presencia que se materializa aquí. Quizás Raúl tenga razón y Trini conserva el trabajo porque sabe algo- dijo Susana todavía perpleja por la experiencia que acababa de vivir.

Con mucho miedo concluimos aquella noche la sesión de espiritismo. Mi posición era la peor, ya que yo tenía que pasar la noche allí sola, y después de lo que había presenciado me sería difícil. Tampoco sería una noche fácil para Susana, a la que el hecho de que un ser hostil del Más Allá hubiese mencionado a su marido, le había causado un enorme desconcierto.

Después de una noche en vela, un mensaje en mi móvil me despertó. Era Jacobo, que tenía algo que contarme. Justo antes del desayuno me esperaba en el viejo cementerio.

-Es importante lo que acabo de descubrir. Sor Gumersinda me ha enviado un mensaje esta mañana. Lo he leído nada más despertarme. Me ha pedido que le ayude a buscar algo de documentación que le faltaba de la niñez de sor Gabriela María. Era algo sin importancia, pero me ha dado, sin saberlo ella, un dato fundamental. La madre fundadora no se llamaba Gabriela, ese era el nombre que le dieron al ingresar en la Orden. Su verdadero nombre era Leonor. Ella es la que firma la carta de amor desesperado, y a juzgar por la fecha, ya era la Madre Superiora- me contaba Jacobo con una emoción que no podía disimular.

-¿Y para qué nos sirve esa información?- le pregunté.

-Es fundamental. Las monjas no viven historias de amor, y menos en aquella época. Eso huele a tragedia, ¿no lo ves?

-¿Por qué no llama a su amante por su nombre?, solo pone una D.- le pregunté.

-Me imagino que si la carta era interceptada, su nombre quedaba a salvo y el de su amante también. Él sería alguien conocido, de eso no tengo dudas.

-Entonces la atormentada sería ella, no sor Benigna, que es sin duda la presencia perturbadora que recorre estos pasillos- puntualicé.

-Se tratará de dos tragedias distintas, aunque puede que conectadas, porque ambas coincidieron en lugar y tiempo. Será mejor que hablemos con Alejandro, seguro que él puede darle a la investigación la orientación apropiada- dijo Jacobo.

-En toda esta historia desconcierta la presencia hostil. Es alguien que no consigo relacionar ni con las monjas ni con la niña pequeña.

-Yo voy a aprovechar estos días en los que sor Gumersinda me está pidiendo alguna pequeña ayuda para preparar los papeles de la beatificación para buscar información. Creo que puedo averiguar dónde guarda esas cartas- me aseguró Jacobo con bastante rotundidad.

La idea de llegar al final del asunto me inquietaba, aunque presentía que era algo necesario para desenterrar más de un secreto.

Con todas estas dudas y certezas nos dirigimos al comedor, pero aquel día era diferente. No estaban ni Susana ni Raúl por ninguna parte, y Trini se había sentado en su lugar, y no paraba de hablar.

-Dentro de poco me podré marchar de aquí y empezar una nueva vida- nos dijo con una ilusión desconcertante.

-¿Has encontrado trabajo?- le pregunté.

-No. No pienso volver a trabajar en mi vida. Si me sale todo bien, en unos meses estaré casada con un notario. Es un poco viejo, pero tiene el suficiente dinero para mantenerme- decía de una forma jactanciosa.

-¿Se lo has contado a tu hija?- le pregunté.

-Es asunto mío, no de mi hija. Ella no tiene derecho a fastidiarme la vida. Además a él no le importa pagar sus estudios y caprichos. Está loco por mí- dijo dándole un último bocado a la tostada y levantándose bruscamente de la mesa.

Nosotros no prestábamos demasiada atención a los alardes de Trini; estábamos extrañados por la ausencia de Susana y Raúl.

Sin que nadie lo esperáramos, sor Gumersinda entró en el comedor y se dirigió a nosotros. Ella confiaba en Jacobo y solía pedirle ayuda cuando había cualquier problema. Con su paso firme y rígida, como siempre, pero con cara de preocupación, se acercó a nuestra mesa.

-No encuentro ni a Susana ni a Raúl, ¿Podríais ayudarme a buscarlos?, no han podido ir muy lejos, porque su coche está aquí. Sus hijos tampoco saben dónde están.

Ante un hecho tan insólito como aquel nos fuimos detrás de ella para ayudar en la búsqueda. En aquellos momentos no podíamos ni imaginar lo que estábamos a punto de descubrir.

 

 

 

21. JUNTO A LA LAGUNA

Sor Gumersinda andaba rápido, visiblemente nerviosa, como venía siendo habitual en ella últimamente. Pero esta vez se mostraba desorientada.

-Es mejor que nos separemos, que vosotros vayáis hacia la parte de la laguna, y yo iré al huerto abandonado- sentenció de tal forma que no pudimos negarnos.

Como siempre, ella prefería ir hacia aquel huerto, parecía que quisiera ocultar algo. Aquella sensación la había tenido desde el primer día que pisé el internado.

Jacobo y yo caminábamos más despacio que ella, pero también sentíamos preocupación. Algo iba mal. La proximidad del otoño había cubierto el suelo de una alfombra de hojas crujientes. Cualquier ruido nos sobresaltaba, como si Susana o Raúl fueran a aparecer detrás de cualquier árbol de un momento a otro. Conforme nos acercábamos a la zona de la laguna, una niebla iba cubriéndolo todo, haciendo difícil la visibilidad. De repente me pareció ver algo. Parecía una persona sentada junto a la orilla de la laguna. Estaba de espaldas. Los dos fuimos acercándonos despacio, muy asustados, y procurando no ser vistos. Temíamos que fuese quien fuese nos descubriese, pero el sonido de las hojas que pisábamos tendría que haberle sobresaltado. Cuando ya estábamos a dos metros más o menos, se giró. Era Susana, inmóvil, sin expresión.

-¡Susana!, ¿qué haces aquí?- le grité agarrándola por los hombros.

Ella, con la mirada perdida, sin mediar palabra miró hacia el agua. Ahí, flotando bocabajo, estaba Raúl. Ahogado.

Jacobo saltó al agua para rescatar el cadáver, pero Susana no se inmutaba. Yo la miraba, pero sus ojos parecían no ver. Obviamente estaba en estado de shock. Ni Jacobo ni yo sospechábamos qué podía haber pasado.

Unas horas después, ya en el hospital, Jacobo y yo acompañábamos a Susana en su habitación, en la que se recuperaba del shock. Sor Gumersinda estaba ocupándose de toda la burocracia que acompaña a un suicidio.

-¿Qué tal estás?- le pregunté en cuanto vi que había recuperado el habla.

-Quisiera estar a solas contigo- dijo mientras miraba de reojo a Jacobo para que saliera de la habitación.

Cuando nos quedamos solas le agarré de la mano para reconfortarla. Ella parecía tener necesidad de hablar. Por alguna razón aquella absurda sesión de Ouija que habíamos hecho había tenido consecuencias.

-Directamente le pregunté si conocía a alguna Raquel- me dijo con la voz entrecortada.

-¿Y qué hizo él?, ¿qué te contó?

Después de un tenso silencio, comenzó a hablar.

-Lo que jamás hubiese imaginado. No puedo asimilarlo. Sé que Raúl era un hombre sin ambición, incluso mi familia lo consideraba cobarde y vago. A mí me parecía que eran prejuicios contra él, porque era un buen padre y marido. Es cierto que me aislé totalmente del mundo junto a él, pero era cariñoso; lo que se puede considerar una buena persona. Así lo pensé hasta ayer por la noche. Yo no tenía pensado contarle lo de la Ouija, pero aquel nombre, Raquel, me venía una y otra vez a la cabeza. Simplemente, le pregunté: “¿Quién era Raquel?”- dijo callándose de repente.

-¿Quién era Raquel?-le pregunté yo.

-Cuando pronuncié su nombre se quedó pálido, y mudo, no parecía él. Luego me agarró por los hombros y empezó a zarandearme preguntándome quién me había hablado de ella. Yo no pude ocultarle lo de la Ouija, y él reaccionó violentamente. Comenzó a gritarme fuera de sí, enloquecido. Luego me empujó y caí en la cama, mientras él, sin que yo me lo esperase, comenzó a llorar como un niño. Apenas podía hablar, pero me lo contó. Fue el día de su despedida de soltero. Sus amigos y él habían decidido divertirse y beber hasta perder el conocimiento. Yo no sé qué mal se apoderó de ellos, pero decidieron abusar de una joven, era casi una niña. Luego la dejaron malherida en una cuneta. Ni siquiera se interesaron por saber si estaba viva o muerta. Raúl estuvo atormentado toda su vida, y no pudo soportar que yo lo supiera- continuaba contándome Susana cuando la interrumpí.

-¿Qué vas a hacer ahora?

-No lo sé. De momento me iré a Alemania con mi hermana. Ella puede buscarme trabajo y llevaré allí al colegio a los niños. Todavía no sé si les contaré alguna vez la verdad o simplemente les diré que su padre sufrió una depresión. Pero tengo que poder distancia y empezar una nueva vida, donde nada me recuerde a él ni a este lugar.

Diciéndole algunas palabras de ánimo, aunque pocas y seguro que inadecuadas, abandoné la habitación. Jacobo y yo volvimos al internado, aunque jamás le contaríamos a nadie la confesión que me había hecho Susana. Jacobo sí lo supo porque necesitaba hablar con alguien para calmarme después de lo que había escuchado.

Me costaba trabajo regresar a aquel lugar. Era como si atrapase a la gente y solo pudiesen escapar de allí suicidándose, como había hecho en el siglo XIX sor Benigna. En el caso de Raúl, era él mismo su propia cárcel, y quizás aquella religiosa también lo había sido, pero ahora más que nunca quería saber qué había ocurrido allí, y por qué yo estaba siendo visitada por presencias de otro mundo. También existía la posibilidad de que la atmósfera asfixiante del entorno me estuviera volviendo loca, como al resto de la gente.

Durante los días siguientes al incidente, Jacobo y yo, junto con algunos compañeros y religiosas más, tuvimos que declarar durante largas horas en Comisaría. Yo no conté nada de la confesión que me había hecho Susana, y nadie sospechó que yo supiera algo del pasado de Raúl. Pero sor Gumersinda me llamó una mañana, tres días después, para que fuera a su despacho. Yo acudí como lo hacía siempre que ella me llamaba, asustada. Su presencia y personalidad me imponían, me resultaba difícil sentarme a hablar con ella estando completamente sobria. Ella me hizo un gesto para que me sentara.

-Iré directamente al grano, sin rodeos. ¿Le contó algo Susana sobre Raúl en el hospital?- me preguntó muy seria, con la mirada fija en mis ojos, mientras se subía con el dedo las gafas.

-No- le contesté con la voz temblorosa y poco convincente.

-Sea lo que fuere, supongo que sería algo personal y que no tiene nada que ver con el internado. De todas formas este tipo de noticias no son las que le conviene a la Congregación unos días antes de la beatificación de la fundadora.

-Lo sé- le repliqué con cierto aire de disgusto, ya que aquello no tenía nada que ver conmigo.

-Tengo que pedirte un favor- me dijo cuando me estaba levantando para marcharme.

-Usted dirá…

-Quiero que vigile a Trini- me contestó

Sor Gumersinda siempre me desconcertaba, y parecía pedirme lo que jamás me imaginaba.

-¿Puedo preguntarle por qué?- le pregunté con miedo a la respuesta.

-Sé que sale por las noches, y que incluso a veces se trae compañía masculina, pero quiero saber si la ve ir a algún lugar de este internado cuando nadie la ve.

-¿Qué es lo que le preocupa de ella?, quiero decir que usted ya sabe lo que hace- le pregunté extrañada.

-Todo en su momento, todo en su momento- me contestó mirando hacia abajo a sus papeles y haciéndome un gesto con la mano para que abandonara el despacho.

Mi desconcierto ahora era total. ¿Qué podría querer saber de una mujer como aquella?. Recordaba que Raúl sospechaba que Trini sabía algo, quizás estaba muy cerca de saber qué era. Presentía que dentro de muy poco lo sabría.

 

 

 

22. AMOR ENVENENADO

Aquella mañana de septiembre, al levantarme de la cama y abrir la ventana, como siempre, no sospechaba la sorpresa que me tenía preparada Jacobo. Después del desayuno teníamos reunión en la Sala de Profesores. Él parecía inquieto, con ganas de hablar conmigo. No tuvimos que esperar mucho porque la reunión fue corta, lo suficiente como para disponer del resto del día para nosotros. El curso empezaría en un par de semanas, y las clases de verano ya habían terminado. Agarrándome del codo en el jardín, me llevó hacia un lugar más apartado, junto a una vieja fuente sin agua.

-Tengo algo importante. Tenemos que llamar a Alejandro, seguro que él sabe qué hacer con esta información- me dijo lleno de emoción.

-¿Qué tienes?- le pregunté asustada.

-Una carta. Quiero que la leamos juntos, yo quiero volver a leerla. Luego llamaremos a Alejandro para ver si es el hilo del que podemos tirar.

-¿Cómo la has conseguido?

-La llevo en el móvil, le hice una foto. Estaba en un cajón en la capilla cerrada. Sor Gumersinda me pidió ayuda para llevar algunas cajas y recoger cosas que necesitaba para la beatificación. En un descuido de ella, digamos que cotilleé un poco, y encontré esto- me dijo mostrándome el móvil.

-¿De quién es la carta?

-Es de sor Benigna. Va dirigida al Obispo de Toledo- me dijo callándose de repente, ya que se acercaba Trini.

Trini se acercó a nosotros con ganas de charlar. Tenía el día libre y parecía no tener ningún tipo de entretenimiento. En cualquier otra ocasión hubiera pasado la tarde con ella para tratar de sonsacarle información, pero aquel día Jacobo y yo teníamos planes. Pensábamos reunirnos con Alejandro, si él podía, para enseñarle el contenido de la carta. Trini, decepcionada, nos dio la espalda y se marchó sin despedirse. Nosotros nos fuimos a dar una vuelta por los alrededores para leer la carta. El día invitaba a estar al aire libre. Los nervios no me dejaban pensar en nada más, estaba ansiosa por ver qué contaba aquella pobre monja. Por alguna razón me sentía un poco identificada con ella. Quizás era el hecho de sentirme atrapada en aquel lugar lo que me generaba cierta empatía.

Finalmente llegamos a una zona tranquila y aromática detrás del viejo huerto. Nunca antes había paseado por aquella parte del internado, quizás porque estaba un poco lejos.

Nos sentamos en una roca y comenzamos a leer la carta. La fecha estaba borrosa, pero era anterior a la que habíamos leído ya de ella. No se distinguía bien todas las palabras, ni siquiera todas las frases, pero más o menos sí pudimos ver que se trataba de una queja, casi un llanto de desesperación.

“Ruego al Altísimo para que su Ilustrísima se haga cargo de la situación. No está en mi ánimo el menosprecio de la persona de la Reverenda Madre, a quien siempre obedecí y respeté, pero los demonios de la guerra se han apoderado de ella. Su corazón piadoso dejó de servir a Dios para dejarse llevar por los más bajos instintos que pueden arrastrar y degradar a un ser humano.

Todo comenzó cuando las tropas del capitán Damien Fontaine se instalaron en nuestro convento, convertido en hospicio y hospital. Nuestras niñas huérfanas padecían el tormento del hambre y de la enfermedad, viéndose su situación tremendamente comprometida por los invasores. Injusto sería no admitir el respeto que el capitán Fontaine exigió a sus hombres para con nuestras hermanas y niñas. No obstante, poco a poco, el apuesto capitán comenzó a sentir una inclinación enfermiza y prohibida por la Reverenda Madre. Tuvo que ser cosa del Maligno el hecho de que ella comenzara a apreciar sus atenciones. Poco a poco fue olvidando el drama que se vivía dentro de nuestros muros, para rendirse al encanto del capitán invasor. Sé que nuestra fe nos obliga a no odiar, pero era difícil no ver el daño que aquellos soldados nos producían. Día tras día nos llegaban más niñas al hospicio; huérfanas, enfermas y hambrientas. El Cólera, el Paludismo, y la Viruela han causado estragos. Creo que está llegando el fin del mundo. Si su Ilustrísima me lo permite, no creo que el Infierno pueda ser peor que este dolor que me rodea. Dios en su infinita misericordia perdonará a la Reverenda Madre por ese amor envenenado que padece y el abandono de estas pequeñas. Pero también imploro su perdón y las oraciones de su Ilustrísima, pues el hambre, la enfermedad, y el odio han nublado mi entendimiento y han quebrado mi fe. En tiempos de guerra, la vida de los inocentes se salva acabando con la de los que no lo son.

Ruego una oración por mi alma.

Benigna Bejarano, que besa el anillo de vuestra Ilustrísima.”

– No me puedo creer lo que acabamos de leer- le dije a Jacobo.

-Todo encaja bastante bien. Mató al capitán, que al fin y al cabo era el enemigo, y luego se suicidó- me contestó.

Jacobo parecía verlo claro. Sor Benigna, que era la monja desarrapada que yo veía,  desesperada por la negligencia y los amoríos de sor Gabriela María, se había tomado la justicia por su mano. Quizás había matado a más gente, ya que la comida era escasa y estaba cegada por el odio, y probablemente por alguna enfermedad cruel. Yo no lo veía tan claro como él; había mucho dolor detrás de sus palabras. Tenía la sensación de que había algo más detrás de su denuncia, como si callara algún secreto más.

Si la carta que me había mostrado Jacobo me había dejado sin palabras, no menos impacto me produjo lo que ocurrió a continuación . Estando como estábamos, centrados en el móvil de Jacobo, no nos habíamos percatado de que había alguien detrás de nosotros. Era Trini, que para nuestra sorpresa nos debía de haber seguido. Tenía la cara desencajada. Antes de pronunciar palabra le arrebató violentamente el móvil a Jacobo, dejándonos desconcertados.

-¿Qué hacéis aquí?- nos dijo levantándonos la voz, como si fuésemos dos niños que se habían escapado.

-¿A qué viene esto?, ¡Devuélveme el móvil!- le dijo Jacobo bruscamente a la vez que trataba de arrancárselol de la mano.

Trini miró el móvil y se lo devolvió, echando después a correr, sin querer darnos ningún tipo de explicación por su actitud. Después de unos segundos de desconcierto, recordé que sor Gumersinda me había pedido que vigilara sus movimientos. Me preguntaba si debiera contarle lo que nos había ocurrido allí. Pero pronto nuestros pensamientos volvieron a estar centrados en aquella carta. Esa misma noche iríamos a Madrid a reunirnos con Alejandro, y enseñarle lo que acabábamos de leer.

Antes de montarnos en el coche aquella tarde, nos cruzamos con un anciano que saludó amablemente a Jacobo. Se trataba del padre Julián, que era el sacerdote que oficiaba las misas en la capilla cerrada cuando él llegó al internado. Pero llevaba mucho tiempo sin aparecer por allí. En aquella ocasión su presencia se debía al evento de la beatificación. Él acudiría a Roma junto con la madre Superiora y otras monjas más, no muchas, y luego oficiaría la correspondiente misa en la capilla.

Llegamos a casa de Alejandro, y él ya  tenía todo el plan preparado para los próximos días. La carta que le llevamos le había proporcionado suficiente información para orientar la investigación. Estaba emocionado, además, había algo más que quería comprobar allí abajo, en el sótano. Esta vez era su intuición la que le guiaba.

 

 

 

23. PAREDES QUE HABLAN

El día elegido para reunirnos con Alejandro en el sótano fue un sábado en el que el internado estaba prácticamente vacío. La mayoría de las monjas se habían marchado a Roma para la beatificación. No eran muchas, pero sí constituían el grupo “peligroso” para nosotros. Las religiosas que no viajaron eran las ancianas que apenas salían de sus habitaciones, excepto sor Pilar, la bibliotecaria, que se había quedado al mando. Teníamos el terreno libre para investigar, o al menos más libre de lo habitual. Los profesores también habían salido a pasar el día fuera y, como era habitual los sábados,  apenas había alumnos.

Alejandro estaba convencido de que aquella noche pasaría algo, de hecho se había traído con él a una compatriota suya que a veces colaboraba en su programa. Era una famosa sensitiva que tenía esa capacidad de ver y sentir cosas que los demás no podemos. Se llamaba Paula. Ella veía cosas a través del tacto. Alejandro, por su parte, prefería los sistemas antiguos de comunicación, al contrario que el resto de los investigadores paranormales. Le gustaba el encanto de las viejas grabadoras y péndulos.

Jacobo y Alejandro fueron los primeros en entrar y asegurarse de que el suelo estaba en buenas condiciones, ya que había llovido la noche anterior. Paula y yo  les seguíamos, bajando con algo más de dificultad de que ellos. Conforme descendíamos, el frío y la humedad se hacían insoportables. Sin saber por qué, comencé a sentir una enorme tristeza que me hacía llorar, pero no comprendía la razón. Paula se volvió a mirarme y me sonrió con complicidad, como si entendiese perfectamente mi estado anímico.

-Aquí hay mucho dolor, y tú lo estás captando- me dijo mientras me acariciaba la mano para reconfortarme.

Al llegar al sótano me quedé inmóvil, abatida por el espectáculo que tenía ante mis ojos. Unas camas maltratadas por el paso del tiempo que parecían conservar el dolor vivido. ¿Cómo era posible que allí abajo hubiese un hospital?, no podía ni imaginar la claustrofobia de las niñas enfermas, muriendo en un lugar sin luz ni oxígeno limpio.

-¿Por qué tendrían el hospital situado aquí abajo?- les pregunté sin salir de mi asombro.

-Probablemente aquí estarían las niñas con enfermedades contagiosas, como la Viruela- me contestó Jacobo.

Mientras recorríamos con respeto y miedo cada rincón de aquel siniestro sótano, Paula iba tocando cosas. Estaba como ausente, en otro lugar diferente al nuestro.

-Hay mucha gente aquí abajo- nos dijo Paula, dejándonos sin saber qué decir.

Yo me agarré de la mano de Jacobo, ahora sí tenía miedo de verdad. Aquello comenzaba a parecerme una mala idea. Quería salir de allí, pero ellos querían quedarse y yo no me atrevía a atravesar el túnel sola. En aquel momento, Alejandro nos hizo un gesto para que guardásemos silencio. Paula señaló hacia un rincón muy oscuro y comenzó a andar en esa dirección.

-Aquí hay niñas. Están llorando con mucha desolación- dijo Paula mientras parecía comunicarse con alguien.

Alejandro se disponía a encender su grabadora cuando Paula le hizo un gesto para que no lo hiciera. Era como si supiera que aquello incomodaría a alguien.

-¿Qué os pasa?- preguntó Paula al aire, como si tuviese algún interlocutor.

Paula asentía con la cabeza y parecía mantener una conversación. A veces hacía gestos como si alguien se le acercara al oído y le contara algún secreto. Yo no sabía muy bien cómo interpretar aquella escena, ni si estábamos realmente a salvo. Jacobo prestaba mucha atención a todo lo que Paula decía y hacía. Al principio yo no quería mirar, porque tenía demasiado miedo, pero poco a poco fui centrándome más en todo aquel sinsentido. Mientras tanto, Paula seguía su aparente monólogo. Luego se volvió hacia nosotros y nos explicó qué veía y escuchaba.

-Dicen que están enfermas y que tienen miedo y mucha hambre. No quieren abandonar este lugar porque temen que las maten- nos explicó.

-Pregúntales dónde murieron- le propuso Alejandro.

-Ellas dicen que aquí- le contestó Paula.

-Fijaos en esa pared- nos dijo Alejandro señalando a la pared delante de la que estaba Paula.

Nosotros mirábamos sin saber muy bien a qué se refería.

-Esta pared tiene una parte diferente al resto de las paredes, es como si los ladrillos hubiesen sido colocados posteriormente- nos dijo acercándose para tocarla.

Alejandro sacó una navaja de su bolsillo y comenzó a raspar el cemento. Parecía muy poco consistente. Pronto pudo sacar uno de los ladrillos y mirar con su linterna en el interior.

-¡Está hueco!- exclamó ante nuestra atenta mirada, mientras continuaba tirando del  resto de los ladrillos, que se desprendían con facilidad.

Alumbrando con su linterna, todos nos quedamos sin habla. Había muchos esqueletos de niñas, unos apilados sobre otros, que aún conservaban sus vestiditos ajados. De repente, la pared comenzó a derrumbarse provocando un atronador sonido; el sótano se nos venía encima. Todos echamos a correr hacia la salida sin mirar hacia atrás. Una vez fuera, a salvo, colocamos la piedra en su lugar y decidimos separarnos. Si alguien se percataba del derrumbe del sótano, no queríamos que nos relacionaran con los hechos. Yo me fui a mi habitación, Jacobo a la suya y Alejandro y Paula se marcharon del internado, con las máximas precauciones para no ser vistos.

Una vez en mi habitación, tratando de recomponerme, y de beber lo menos posible, me fui a la cama intentando olvidar la imagen que había visto. El paso de los años no había quitado dramatismo a la escena, y la pena me envolvía por completo. Sentía que habíamos removido cosas que era mejor haberlas dejado como estaban, pero en las próximas horas aún pasaría algo más…

 

 

 

24. ENTRE EL ODIO Y LA TRISTEZA

Aquella noche en la que parecía que el sueño se me había negado, solo conseguía dormir a cabezadas. En uno de esos momentos en los que había conseguido comenzar a soñar, solo veía una y otra vez la misma escena del sótano. Ya no me sentía segura en ninguna parte, pero donde realmente me sentía vulnerable era en mi propia habitación. Cuando ya de madrugada había logrado quedarme adormilada, un golpe seco sonó en la puerta de mi habitación. Otra vez volví a dudar de si se trataba de algo real, o de si era otra cosa. Cerré los ojos y decidí ignorarlo, pero volvieron a llamar. El corazón se me aceleraba por segundos, hasta que me decidí a abrir. Me levanté de la cama casi sin respiración, y me acerqué a la puerta. Antes de abrir pregunté si había alguien ahí, pero no hubo respuesta. Con mi mano temblorosa abrí lentamente, lo justo para asomar la cabeza, pero allí no había nadie. Los golpes habían sido reales, pero estaba yo sola. Nada más cerrar, me giré para volver a mi cama, y me quedé inmóvil, gélida, sin apenas poder respirar. Había alguien sentado en mi escritorio, de espaldas a mí. No distinguía bien de quién se trataba, no se movía. La reacción natural hubiera sido echar a correr, salir de la habitación lo antes posible, pero las piernas no se me movían, era como si me hubiesen pegado al suelo.

Pasaron unos segundos, y de repente, esa presencia que había allí, giró lentamente la cabeza y se volvió a mirarme. Era sor Benigna, con su mirada llena de odio y de tristeza a la vez. Me mantuvo la mirada fija, y yo no sabía qué hacer, ni siquiera sabía qué quería. Parecía estar escribiendo alguna carta. Cuando yo ya no podía resistir la tensión, sin apenas darme cuenta, se desvaneció su imagen, quedando la habitación otra vez vacía.  Lo único que resultaba evidente era que yo estaba ocupando su habitación, y que aquello le molestaba. Quizás quería comunicarme algo, y con seguridad que se trataba de algo terrible.

Cuando todavía no me había repuesto del susto volvieron a llamar a la puerta insistentemente. Esta vez no estaba dispuesta a abrir, pero alguien comenzó a llamarme por mi nombre. Era sor Pilar.

-¿Está usted bien?- me preguntó.

-Sí, ¿por qué?- le contesté mientras abría la puerta.

-Porque son las diez de la mañana y no ha aparecido por el comedor. Me ha resultado muy extraño.

Entonces me di cuenta de que durante la visita del Más Allá que había tenido, aunque había sido una cuestión de segundos, habían transcurrido horas.

Después de disculparme me arreglé y fui a la misa que se daba en honor a la madre fundadora, a cumplir con mis obligaciones. Todos parecían mirarme algo sorprendidos por mis ojeras y mi mal aspecto. Susana había acudido a la misa por última vez, no solo por educación, también para despedirse de nosotros. Después de una hora, o algo más, terminó el servicio religioso, y ella se acercó a mí.

– Estás desmejorada, pero casi prefiero no preguntarte las razones; creo que hay muchas- me dijo con tristeza.

-Siento mucho todo lo que pasó, Susana, y te voy a echar mucho de menos- le dije dándole un abrazo de despedida.

-Raúl siempre soñó con marcharse de aquí, pero estaba atrapado por las circunstancias y, como luego pude comprobar, por sus propios fantasmas. En alguna ocasión me dijo que en este lugar había muchas leyendas, y que una de ellas era que la laguna te atrapa. Decía que era como si no dejara que nadie se marchara de aquí, pero no solo en este mundo, también cuando mueres. Ojala sea todo solo eso, leyendas. Espero que pronto puedas marcharte, que a ti no te atrape- me susurró al oído, tratando de evitar que alguien nos escuchara y nos considerara un par de locas.

Luego llamó a sus hijos, que andaban por el jardín, y se montaron en el coche, donde ella ya había cargado todo su equipaje. Aquella fue la última vez que la vi.

Jacobo y yo nos quedamos solos en el jardín cuando ya se había marchado Susana. Yo le conté lo que me había ocurrido aquella noche y él me dijo que había pasado la noche entera con pesadillas, pero que Alejandro y Paula lo habían pasado peor. Todo ocurrió esa misma noche, de vuelta a casa por la carretera. La oscuridad del entorno tampoco ayudaba mucho. Durante el tramo que iba desde la senda hasta la autopista, en aquella carretera tremendamente oscura y estrecha, habían tenido una experiencia extraña.

Conforme avanzaban, el motor del coche iba parándose, como si le faltase fuerza, y las faros comenzaron a parpadear. De repente, Paula gritó de una forma que Alejandro tuvo que frenar de inmediato. Según me contó Jacobo, había gente espiándoles detrás de los matorrales. Eran muchos, y ambos tuvieron una sensación aguda de peligro. Alejandro intentó volver a arrancar, pero el coche no respondía. Hacía mucho frío y una niebla densa había descendido en cuestión de minutos. Entonces, para su horror, pudieron comprobar que había alguien tumbado en mitad de la carretera. Tenían que salir del coche, pero les daba pavor, porque aquello parecía una trampa. Después de unos minutos de incertidumbre, bajaron y comenzaron a caminar hacia el cuerpo yacente. Conforme se acercaban, la figura se iba desvaneciendo. En aquel momento en el que se percataron de que no había nadie allí, miraron hacia los lados. No podían creer  lo que veían delante de sus ojos. Esas personas que estaban escondidas en los arbustos eran soldados, pero a juzgar por sus uniformes llevaban unos doscientos años muertos. Era el ejército de Napoleón. Sin decir nada, salieron corriendo hacia el coche, que esta vez sí andaba, y como en mi caso, había transcurrido mucho más tiempo del que ellos habían pasado en aquella carretera.

-¿Te das cuenta?- me dijo Jacobo- al derribar aquel muro del sótano es como si hubiésemos derribado la barrera del tiempo.

-Me imagino que Alejandro y Paula habrán podido sentir el mismo pavor que debieron de sufrir aquellas pobres monjas y niñas durante la guerra- le dije yo.

-Sí, porque Alejandro me ha dicho que el terror que sintieron durante la experiencia fue mucho más intenso al principio, cuando se sintieron amenazados.

En aquel momento comprendí que aunque pasen los siglos y olvidemos la historia, los sentimientos son siempre los mismos. De alguna manera habíamos conectado con el sufrimiento de aquellas personas.

-No sé si decirte lo que he pensado hacer, porque sé que no está bien- me dijo Jacobo bajando la voz.

-¿A qué te refieres?

-Pues a que creo que sé dónde guarda sor Gumersinda algunas cartas, y ahora que está en Roma, quizás sea el momento de entrar. Creo que sé dónde pueden estar por la llave que apareció en tu habitación. Uno de los días en los que le acompañé a llevar documentación a su dormitorio, vi un mueble con las mismas llaves que la que te apareció a ti nada más llegar. Estoy seguro de que era una especie de invitación del Más Allá para que curioseemos- me propuso de una forma convincente.

-¿Quieres decir que vas a entrar allí?

-Sí, y tiene que ser hoy, porque mañana ya vuelven de Roma todas las monjas- me contestó con una tremenda seguridad.

La idea era una locura, pero algo nos impulsaba a seguir investigando, y habíamos llegado a un punto de no retorno. Teníamos que completar el puzle. Esperaríamos a la noche para asegurarnos de que las pocas monjas que quedaban en el edificio estaban dormidas. Yo le acompañaría para quedarme vigilando por las inmediaciones, por si alguien se acercaba.

Eran ya las doce de la noche cuando nos lanzamos a nuestra aventura, con más interés que precauciones, pero algo sí conseguimos.

 

 

 

25. QUERIDO SEGISMUNDO

No fue fácil sacar de aquella habitación ningún documento. Jacobo hizo lo que la otra vez, hacer fotos con su móvil, pero había un exceso de papeles. Casi todo eran documentos de tipo económico; cosas que nada tenían que ver con lo que buscábamos, pero sí encontró otra carta de sor Benigna, y eso fue lo que fotografió. A pesar de haber estado en aquella habitación durante casi una hora, eso fue todo lo que conseguimos. Yo estaba impaciente por saber más cosas sobre su historia. El hecho de que aquella mujer me visitase desde el Otro Mundo, me había generado no solo temor, también una cierta responsabilidad y empatía con su sufrimiento. Pero en realidad no sabía si estábamos frente a un monstruo, una psicópata, o algo parecido.

Jacobo bajó las escaleras con el móvil en la mano a modo de trofeo. Él también estaba ansioso por saber si ahí encontraríamos más información sobre los terribles hechos que sin duda habían tenido lugar en aquel internado. Ambos decidimos que en mi habitación estábamos más alejados del resto de la gente, de modo que allí fuimos a leer lo que ponía en aquellos viejos renglones.

Esta carta era diferente a las otras, era más personal, y no iba dirigida a ninguna personalidad eclesiástica.

“Mi querido hermano Segismundo:

Te escribo la que sin duda será mi última carta, y lo hago con el corazón roto. Nada tiene que ver esta hermana mayor tuya con aquella que cuidó te ti cuando nuestros padres dejaron este mundo. Aún recuerdo nuestros juegos infantiles por el monte, y cómo yo trataba de mostrarme alegre ante ti para aliviar tu dolor al verte huérfano con tan solo cinco años. Mucho ha llovido desde entonces, pero sigo sintiéndome responsable de ti, aunque tuve que atender la llamada de Dios para tomar los Votos. Te abandoné a ti, y ahora le he dado la espalda a Nuestro Señor, aunque a veces pienso que ha sido él quien me la ha dado a mí.

Solo espero que algún día puedas perdonarme por el gran pecado que he cometido. Esta terrible guerra nos ha cambiado a todos. La situación del orfanato es desesperada. Cada día nos llegan más niñas moribundas; al hambre, a las epidemias, y a la guerra se une otra gran tragedia. La almorta que se distribuyó por Madrid para paliar la hambruna está causando estragos. Es un veneno que mata de una forma cruel. Me pregunto qué Dios permite que criaturas que no han hecho ningún daño vean su vida convertida solo en sufrimiento. Las que mueren son afortunadas, las otras quedarán postradas en una cama para el resto de sus días, y en la más oscura soledad. Mi querido Segismundo, me hundo al pensar a quiénes les importarán, y quiénes cuidarán de ellas.

En medio de tanto dolor y tanta impotencia, y viendo mi fe flaquear, no pude soportarlo más. Quizás sea este paludismo que me aqueja y que me hace tener visiones, a veces diabólicas, el que me ha conducido a obrar de esta manera. No lo pude evitar. Me siento sola ante tanta desolación. La Reverenda Madre solo tiene ojos para ese capitán invasor, cuyo ejército tanto daño nos ha causado. Hubo un tiempo en el que pensé que Dios me había escuchado porque él y sus hombres se marcharon y nos dejaron libres, pero el capitán Fontaine volvió. Sí, querido Segismundo, el invasor volvió, pero esta vez solo. Pudo la lascivia y el pecado a sus propias obligaciones militares. Volvió para yacer con ella mientras mis niñas morían de hambre, dolor y soledad, y yo con ellas. Usé su propio fusil, y mientras se dejaban llevar por la lujuria les maté. Quizás debería entregarme a la Justicia, pero estoy aquí, junto a mis niñas, condenadas todas a muerte por inanición y la enfermedad.

Mis días llegan a su fin, queridísimo hermano, pero quería despedirme de ti y explicarte mis razones. Te ruego que me perdones y que reces mucho por mí. Nos volveremos a ver, pero en otro mundo, donde es seguro que volveremos a correr por los prados, como cuando éramos niños.

Tu hermana, que te quiere con toda su alma, Benigna.”

 

Era increíble lo que acabábamos de leer. Sor Benigna no era solo una suicida, también había cometido dos crímenes. Todo parecía encajar. Era lógico que sor Gumersinda quisiera ocultar a toda costa cualquier tipo de información sobre la historia del internado. Ni la fundadora ni su ayudante eran lo que se esperaba de ellas. Me preguntaba después de leer la carta cuántos mitos caerían si escarbásemos en la historia real de las personas que admiramos.

-Yo no creo que fuese una asesina- Jacobo rompió el silencio de repente.

-Es obvio que sí lo era.

-Imagínate la situación: el terror que se siente en una guerra cuando te ves invadido. El hambre desesperante, junto con unas terribles enfermedades sin medicamentos. La impotencia de ver a la Madre Superiora disfrutando del amor, mientras ella, junto con las otras monjas, y las niñas sufren lo inimaginable. Se tuvo que ver sola ante la injusticia, por no mencionar su paludismo. Las fiebres palúdicas provocan alucinaciones. Yo la veo como una víctima, no como verdugo, y no es que la justifique, es que siento mucha compasión por ella. Hay mucho dolor en todas sus cartas- dijo Jacobo con cierta tristeza.

-Lo que no encaja en toda esta historia es el motivo de sus apariciones terrorífica, ¿qué busca?, ¿qué le ata a este mundo?. Me refiero a que ella sabía que había obrado mal matando a los amantes, y consideraba que era un pecado suicidarse, pero lo aceptó. El hecho de escribir las cartas ya era en sí una especie de catarsis para ella- le dije a un pensativo Jacobo.

-Hay algo que me ha extrañado allí arriba- continuaba Jacobo-Había demasiados documentos como para fotografiar todos, pero he visto un puñado importante de cartas sujetas con una cuerda. Eran todas de sor Benigna dirigidas a su hermano. Ya sabemos que las cartas eran interceptadas, pero lo que he visto por encima era que las fechas eran muy variadas. Lo que quiero decir es que todas, excepto esta última de despedida, eran anteriores a la guerra, ¿por qué no llegaron a su destino?, es obvio que la Madre Superiora las guardaba todas, pero me pregunto por qué.

Eran todavía muchas las incógnitas que teníamos que resolver, pero a Jacobo se le ocurrió ir aquella misma semana, a poder ser ese mismo lunes, al Archivo Histórico Nacional. Aprovecharía su carné de profesor para tener acceso a algunos documentos. Mucha información estaría en los archivos eclesiásticos, pero tenía que haber algún dato sobre qué ocurrió finalmente allí.

Al día siguiente llegaban las monjas y el padre Julián de Roma, y no hubo tiempo para el descanso. No solo por la preparación del curso y las misas y homenajes a sor Gabriela María, sino por algo mucho más determinante y terrible.

A la mañana siguiente, ya habían llegado las monjas de su ilusionante viaje, y lo primero que hizo sor Gumersinda, fue hacerme ir a su despacho después del desayuno, y lo que ocurrió a partir de aquel momento fue algo inesperado para mí.

 

 

 

26. EL LARGO CAMINO HACIA LA VERDAD

Mientras recorría el largo pasillo que llevaba hasta el despacho de sor Gumersinda, las piernas me temblaban. Me preguntaba si sospechaba que habíamos entrado en su habitación durante su ausencia. Quizás Jacobo se había dejado algo, o había movido algún papel o mueble de sitio. Aquella mujer era demasiado lista como para engañarla, y quizás nosotros no lo éramos tanto. El camino se me hizo más largo que nunca. Al llegar llamé tímidamente a la puerta con los nudillos, y ella me hizo pasar y me invitó a sentarme. Sin casi ni poder tragar saliva, no me atrevía ni a preguntarle por qué quería hablar conmigo, pero fue ella quien comenzó la conversación.

-¿Qué tal ha ido todo este fin de semana?- me preguntó.

En aquel momento comencé a sospechar que sabía que habíamos entrado en el sótano y que la pared se había venido abajo. Yo me quedé callada durante un rato, y luego traté de desviar la conversación.

-Todo bien. ¿Qué tal ha ido la beatificación?.

-Excelente, tal y como imaginábamos que sería, pero yo quería hablar de Trini ¿ha notado algo extraño últimamente?. Recordará que le dije que la vigilara- me preguntó mirándome a los ojos de una forma casi intimidante.

Sin saber si debía contarle lo que nos había ocurrido a Jacobo y a mí, dudé antes de hablar, pero tenía la sensación de que realmente esperaba una respuesta positiva.

-Bueno, verá, hay algo que no sé si tiene importancia, pero como tiene que ver con ella, se lo contaré…

Sin contarle lo que realmente estábamos leyendo Jacobo y yo cuando Trini nos arrebató el móvil, sí le describí la escena. Sor Gumersinda escuchaba con mucho interés, pero como si supiera algo.

-¿Qué hacían ustedes allí?- me preguntó mirando por encima de las gafas.

-Nada en especial, Jacobo me estaba enseñando algunas aplicaciones nuevas de móviles, ya sabe.

-¿Era un móvil como este?- dijo sor Gumersinda sacando un móvil rojo de un cajón y mostrándomelo.

En ese momento me levanté de una forma impulsiva para arrebatárselo. Era el móvil de Jacobo.

-Es el móvil de Jacobo- le dije muy alterada mientras alargaba la mano..

-Se equivoca. Digamos que es un móvil como el de Jacobo. Quiero que me indique el punto exacto donde se sentaron ustedes a hablar.

Después de explicárselo con un enorme desconcierto, dudé sobre si darle el pendiente que supuse era de Trini, pero finalmente lo hice.

-Creo que este pendiente es de Trini, lo trajo Pinto en la boca- le dije entregándoselo.

-Démelo, por favor. Ahora márchese, tengo muchas cosas que hacer.

Sor Gumersinda parecía muy alterada, y lejos de lo que yo me habría imaginado, la beatificación de sor Gabriela María no era el centro de sus pensamientos.

Durante el resto del día no vi a sor Gumersinda, era como si hubiese desaparecido; no había ni rastro de ella por ninguna parte. Esperé hasta la media tarde a que viniese Jacobo del Archivo Histórico, para ver si había averiguado algo. Serían las ocho de la tarde cuando apareció por el internado, y parecía muy alterado. Dando una vuelta por el jardín, lo más alejado posible, me detalló su experiencia en el Archivo, mientras yo le contaba lo de sor Gumersinda.

-¿Quieres decir que no hay nada sobre este lugar?- le pregunté sorprendida, incrédula.

-Exactamente. Después de la Guerra de la Independencia este lugar desaparece. Estuvo abandonado, lo cual me hace pensar que mataron a todo el mundo. Los esqueletos de las niñas lo indican, pero ¿por qué no fueron enterradas?. Me falta información, pero no ha sido una visita inútil. Allí he conocido a un historiador que me hablado sobre el tema. Dice que él tiene acceso a archivos eclesiásticos, y que puede venir conmigo mañana mismo a consultar algunas cosas. Allí hay historiadores especializados. Creo que estamos cerca de conocer la verdad.

-Eso es una forma de hablar; quiero decir que la verdad siempre tiene muchos matices, ya sabes- le dije.

-Lo sé, pero lo básico sí lo podemos conocer. Tengo la sensación de que no nos vamos a poder librar de este lugar si no dejamos esto resuelto. No creo que las visitas del Más Allá sean por nada. Luego me gustaría plantearme el cambiar de vida, marcharme de aquí. Tú deberías hacer lo mismo, Carmen, porque este lugar parece atrapar y matar a la gente.

-No es tan fácil, pero yo tampoco quiero quedarme aquí este curso. Jamás he sentido más miedo que el que he pasado en el internado este verano. Además tengo la intuición de que si me quedo un curso más, ya no podré salir.

-Algo se nos ocurrirá- me reconfortó Jacobo.

Mientras paseábamos tranquilamente por aquellos jardines llenos de misterio, no sospechábamos la escabrosa noticia que nos aguardaba al día siguiente.

 

 

 

27. EL SECRETO DE LAS JARAS

Eran las siete de la mañana, cuando un enorme alboroto me despertó. Aquello era algo inusual en un lugar como aquel, donde el tiempo parecía haberse detenido. Abrí la ventana, y vi a mucha gente a lo lejos, por el jardín, un enorme trasiego de coches de policía y de agentes. Había refrescado, así que me puse la bata y bajé corriendo al jardín. Era obvio que algo terrible había pasado. Conseguí acercarme a tiempo para ver cómo la Policía se llevaba esposada a Trini, que se mostraba fría, y ni siquiera nos miraba a nadie. Sor Gumersinda hablaba con quien parecía estar al mando de la operación.

-¡Qué horror!- me dijo sor Pilar, que se llevaba las manos a la cara mostrando incredulidad.

-¿Qué ha ocurrido?- le pregunté

-Parece ser que Trini asesinó a su hija y la había enterrado en el campo de las jaras.

En ese momento, tratando de recuperarme del shock que me había producido la noticia, comprendí muchas cosas. Era justo allí donde el fin de semana habíamos estado Jacobo y yo leyendo la carta del móvil cuando llegó Trini.  Todo tenía ahora más lógica.

La Policía ordenó que dejásemos el espacio despejado, y sor Gumersinda nos pidió que fuésemos a nuestras habitaciones, y así lo hicimos.

Después de una mañana de confusión y perplejidad, tratando de recomponerme, fui a la capilla. Era la primera vez que estaba abierta, y la razón era la misa que ese día a las ocho de la noche se iba a dedicar a la madre fundadora.

Había monjas que entraban y salían con flores, y todo lo necesario para que don Julián oficiase la Eucaristía. Yo me senté en un banco, tratando de digerir el hecho de que había convivido con una asesina. Cuando más concentrada estaba sentí que alguien se sentaba a mi lado; era sor Gumersinda.

-El móvil de Jacobo es muy parecido al de su pobre hija. Ella lo había perdido el día que la enterró en el jaral. Yo lo encontré, pero llevo tiempo buscando el cuerpo. Sin cuerpo no hay delito, y yo sabía que ella buscaría el teléfono. El pendiente también era de su niña- me decía sor Gumersinda casi susurrando.

-¿Por eso mantenía su puesto en el colegio?

-Sí. Antes o después visitaría el lugar donde la había enterrado. Lo supe desde el principio, pero necesitaba que ella me llevara hasta el punto en el que estaba. Por eso quería su habitación, porque está apartada de todo y así podía salir a buscar pistas y asegurarse de que nadie encontraba nada. Yo buscaba por el viejo huerto, pero esto es tan grande que era casi imposible saber dónde estaba. Tengo dudas de que Trini no supiera que yo sospechaba de ella. Se sentía vigilada.

Mientras sor Gumersinda me iba aportando datos sobre sus sospechas y gestiones, yo pensaba en Roberto. Recordaba con estupor aquel día en el que me entregó una flor de jara y me dijo que una niña se la había entregado para mí. Estaba claro que trataba de darme alguna pista sobre su enterramiento. Me preguntaba qué diría Alejandro de todo aquello.  Esa misma noche le llamaría.

-Por cierto, ¿qué hacían Jacobo y usted en aquel lugar?- interrumpió sor Gumersinda mis pensamientos, volviendo a preguntarme por nuestra presencia en aquel lugar.

Después de un rato de desconcierto, de no saber qué contestar, y de sospechar que ella podía imaginarse algo, le contesté lo primero que se me ocurrió.

-Estábamos jugando con una aplicación de su móvil, ya sabe, es bueno dar un paseo por el campo y a la vez entretenerse un rato con las nuevas tecnologías.

-Siempre es bueno alejarse un poco de todo para hacer algo interesante. Todos deberíamos hacerlo de vez en cuando- me dijo con media sonrisa enigmática, mientras se levantaba del banco y se marchaba.

Aquella noche, después de la misa, fui  yo quien llamó a Alejandro para contarle lo sucedido. Todavía no había tenido tiempo de hablar con Jacobo, que había pasado la tarde en los Archivos Eclesiásticos de Madrid.

Antes de hacer la correspondiente llamada a Alejandro miré bien cada rincón de mi habitación. Me preguntaba si esa noche también recibiría una visita tenebrosa de sor Benigna, que seguía siendo un gran misterio para nosotros. Me producía cierta tensión hablar con Alejandro, siempre me sentía nerviosa cuando me disponía a llamarle, y en este caso todavía más, ya que las noticias eran importantes. Marqué su número y hablé con él. Después de una breve conversación inicial, le conté lo que había ocurrido con Trini, y también lo de la carta de sor Benigna.

“-Esa pobre niña es claramente la presencia hostil que se colaba en las psicofonías y que te visitaba a ti- afirmó sin dejar lugar a las dudas.

-Sí, pero nos falta por saber qué quiere sor Benigna, y qué ocurrió con el internado.

-En cuanto Jacobo consiga algo más de información, tenemos que tratar de contactar con ella. Tengo la impresión de que esa monja no te va a dejar en paz hasta que no hagamos algo por ella. Tenemos que saber qué quiere- afirmaba Alejandro con entusiasmo.

-Sí, quizás sea yo la que necesite más ayuda que ella- le dije con cierta desesperanza.

-No digas eso, ya verás como todo cambiará cuando se aclare este embrollo.

-Cuando todo se aclare procuraré empezar una nueva vida, comenzaré buscando otro trabajo y un lugar donde vivir- le dije

-Quizás esto sea una forma de obligarte a cambiar. Estoy seguro de que lo conseguirás- dijo Alejandro con su tono optimista de siempre.”

Aquella fue otra de esas muchas noches en las que me costó dormir. Mi cabeza no descansaba dándole vueltas una y otra vez a las mismas cosas. Me imaginaba una vida fuera del internado y teniendo algo más que una amistad con Alejandro. Él aportaba ilusión a mi vida en un momento triste, donde la oscuridad y la desesperanza parecían rodearme e incluso atravesar la barrera del tiempo. Él representaba todo lo contrario, el futuro y la esperanza; justo lo que necesitaba.

A la mañana siguiente me esperaban noticias. Jacobo había ido a los Archivos Eclesiásticos y había obtenido información.

 

 

 

28. LO INCONFESABLE

Después de una mañana ajetreada donde la Policía nos había estado haciendo preguntas sobre Trini y su comportamiento, finalmente pudimos descansar. Después de atender algunos asuntos relacionados con los comienzos del nuevo curso que empezaría en pocos días, Jacobo y yo nos reunimos en mi habitación para poder hablar con tranquilidad. Estaba deseosa de saber si había averiguado algo.

-¿Has conseguido información?- le pregunté ansiosa.

-Sí. La historia de este lugar es realmente lúgubre, tan oscura como la vida de Trini. Todo lo he podido saber gracias a un jesuita muy instruido que me ha presentado el historiador que conocí en el Archivo.

-¿Por qué desapareció del mapa este lugar?- le interrumpí.

-Lo que se pudo saber es que una monja, víctima de alguna enajenación transitoria, probablemente debido al hambre y la guerra, mató a las niñas.

-¿Sor Benigna?- le pregunté, casi afirmando.

-No se sabe el nombre, hasta eso lo quisieron borrar, pero está claro que fue ella.

-De sor Benigna sabemos que se suicidó, pero supongo que quedaron más monjas ¿no?- continuaba yo con mi interés por la historia.

-Si quedó alguna tuvo que huir ante el panorama, sobre todo porque aquí parece ser que ya no quedaba ni siquiera agua potable.

-Entonces, quizás sor Benigna no estaba loca, y quiso evitarles a las niñas una muerte atroz. Fue una especie de eutanasia ¿no?- le preguntaba mirándole a los ojos en busca de su opinión.

-Supongo que las fiebres palúdicas que padecía no ayudaban a tomar decisiones, además, el asesinato de la Madre Superiora y el Capitán no fue para evitarles el sufrimiento- decía Jacobo con convicción.

-Está claro que la Iglesia quiso tapar algo tan escabroso.

-Hay algo que me ha comentado el jesuita que también me ha llamado la atención. Según él, se conserva alguna carta de esa monja en la que habla de las visitas al convento de un tal Segismundo. Parece ser que debió de tener influencia en las decisiones que tomó posteriormente. Es un personaje que en cierto modo es responsable de todo lo que ocurrió- continuaba contándome Jacobo hasta que le interrumpí.

-¿Dónde está enterrada sor Gabriela María?

-Tiene que estar en el cementerio de las lápidas sin nombre. Creo que yo sé dónde. Ya sabes que llevo tiempo investigando la historia de este lugar, y ese cementerio me parece extraño; me lo pareció desde el primer día que lo visité- me confesó Jacobo.

-Creo que el padre Julián quizás sepa algo sobre todo esto. Parece un hombre amable y que conoce muy bien este lugar- le sugerí.

-Por cierto, hay un detalle que se me olvidó comentarte. Es sobre el día que subí a buscar cartas y documentos a la habitación de sor Gumersinda. Me llamó la atención una foto de ella en África. Al principio me costó reconocerla porque tenía una sonrisa resplandeciente. Estaba rodeada de otras personas que parecían médicos y enfermeras. Me pareció que ella era médico, y posaba junto con un hombre que también lo parecía. Había algo especial en esa foto; se notaba que tenía un significado importante para ella. Me sorprendió comprobar que es una mujer muy guapa, lo que ocurre es que aquí lleva siempre un gesto amargo y va muy tapada- me dijo comenzando a reírse

-Lo dices como si lo lamentases- bromeé con él, riéndome también.

-Creo que sería una buena idea que mañana hablase con el padre Julián. Va a venir a oficiar otra misa. Me da la sensación de que él sabe muchas cosas. Lo sé porque un día me vio dando una vuelta por el cementerio y me dijo que entendía mi curiosidad- me interrumpió Jacobo.

La idea era buena, ya que don Julián era un hombre amable y con aspecto de ser culto.

Al día siguiente eran los exámenes de septiembre, por lo que el internado tenía más movimiento y ajetreo de lo normal. Por la tarde, tratando de despejarme un poco y de relajarme, me fui a dar un paseo con Jacobo y a fumar un cigarro. Llegamos hasta el cementerio y nos sentamos en una piedra que estaba a la entrada, como protegiendo el recinto. No habían pasado ni cinco minutos cuando una voz nos hizo girar la cabeza hacia la derecha.

-Descansando un rato ¿eh? – nos dijo el padre Julián con un gesto afable.

-Sí, y aprovechando a echar un vistazo a este cementerio, antes de que las hojas empiecen a tapar la mitad de las lápidas- le dijo Jacobo sacando el tema que nos interesaba.

-Un cementerio peculiar…- dijo el padre Julián de una forma enigmática.

-¿Por qué no tienen nombre la mayoría de las lápidas?- le preguntó Jacobo.

-Veo que te ha llamado la atención ¿eh?, la mayoría de la gente no repara en ese detalle. Normalmente las tumbas sin nombre están vacías, o porque se han vaciado o porque nunca fueron ocupadas. En este caso, ni una cosa ni otra- nos contaba el padre Julián hasta que Jacobo le interrumpió.

-¿Quién está aquí?.

-Buena pregunta. Aquí hay dos grandes secretos enterrados. Algunas lápidas, muy pocas, habréis visto que tienen el nombre de alguna monja del siglo XIX, pero la mayoría no tienen ninguna inscripción. Quizás habréis escuchado la polémica sobre la búsqueda de un grupo de prisioneros fusilados durante la Guerra Civil. Pues están aquí- dijo el padre Julián dejándonos sin saber reaccionar.

-¿Qué hacen aquí?- le pregunté yo.

-Cuando los fusilaron, en el viejo huerto, los dejaron allí tirados, y por aquel entonces, aquí había un pequeñísimo grupo de monjas. Fueron ellas las que a escondidas atendieron a los dos o tres que quedaron con vida y enterraron a los otros. Temiendo represalias, nunca dijeron nada. Lo cierto es que nadie volvió a acordarse de aquello con todo el desconcierto de la guerra.

-¿Por qué no dijeron nada con el paso del tiempo?- le preguntó Jacobo.

-Por varias razones. Al principio por miedo, luego porque vinieron otras monjas en los años cincuenta, y no sabían nada, o al menos eso creo. Y ahora porque hay otro secreto entre las tumbas- dijo otra vez con aire misterioso.

-¿A qué se refiere, padre?- le preguntó Jacobo.

-Pues que si sale a la luz, también aparecerá en una de estas muchas tumbas, dos esqueletos juntos. Alguien sintió compasión por la Madre Superiora y el Capitán francés, y los enterró juntos. Eso cambiaría mucho las cosas- nos aseguró el padre Julián.

-¿Quién pudo hacerlo?- le pregunté yo.

-Creo que fue un teniente del ejército francés. Alguien muy leal a su capitán, o simplemente porque comprendió que solo eran un hombre y una mujer que se querían. Le dio igual que fueran un militar y una monja, y que perteneciesen a bandos enemigos.

Las declaraciones del padre Julián fueron sorprendentes, pero no menos asombroso fue el hecho de que nos lo contara sin ocultarnos nada. Aquello nos llamó tanto la atención que Jacobo le preguntó por qué nos había contado todo aquello.

-¿No teme usted que lo contemos todo?- le preguntó.

-Sé que habéis estado investigando. Un jesuita amigo mío me ha contado que estuviste en el Archivo. Prefiero contártelo yo a que levantes las tumbas por tu cuenta, porque sé que lo acabaríais haciendo.

-Una última pregunta, padre, ¿Qué influencia tuvo un tal Segismundo en la suerte que corrió el orfanato?- fue la pregunta de Jacobo.

-Sé que fue alguien perjudicial, pero es algo más sutil, eso lo sabe sor Gumersinda. Tengo la sensación de que ella no tendría inconveniente en contároslo. Creo que hablaré con ella para intentar saberlo. Ahora ya todo ha cambiado…- dijo el padre Julián de una forma misteriosa.

Al decirnos aquella frase enigmática se dio la vuelta y se marchó. Nos preguntábamos qué había cambiado o estaba a punto de hacerlo. Pronto lo sabríamos.

 

 

 

29. EN HONOR A LA VERDAD

Era el fin de semana anterior al comienzo del curso. El otoño ya se iba instalando en el ambiente, dándole un aire más melancólico y misterioso de lo habitual. Una mezcla de sentimientos de tristeza y miedo me acompañaba en todo momento. Quizás por huir de todas esas emociones o porque deseaba ver a Alejandro, aquella noche había propuesto a Jacobo que cenásemos en Madrid los tres juntos. A Jacobo le pareció una buena idea y llamó a Alejandro, que accedió con mucho gusto a que nos viésemos esa misma noche. Pero aquel día nos deparaba una gran sorpresa, algo que no podíamos haber imaginado.

Después de comer nos fuimos a dar un paseo por los jardines, disfrutando de los últimos paseos con tranquilidad, pero aquel día alguien nos interrumpió. Era sor Gumersinda, que salió como de la nada cuando paseábamos entre los rosales. Nosotros nos quedamos desconcertados, porque ni siquiera sabíamos si estaría enfadada tras haber hablado con el padre Julián. Después de mirarnos fijamente durante unos segundos, nos pidió que subiésemos a su despacho a hablar con ella. Nosotros nos quedamos desconcertados, sospechando que estábamos a punto de perder el trabajo. Finalmente accedimos a acompañarla, aunque con mucha tensión. El jardín primero, y luego los pasillos , nos parecieron interminables. Sor Gumersinda caminaba delante de nosotros sin mediar palabra, haciéndonos sentir cierta vergüenza por la situación. Una vez en su despacho, nos invitó a sentarnos y cerró la puerta. Tardó un rato en empezar a hablar, como si realmente le costase trabajo. Finalmente inició ella la conversación.

-He hablado con el padre Julián- fueron sus primeras palabras, haciendo después una pausa.

-Sentimos haber sido molestos, no queríamos molestar- se disculpó Jacobo.

-No, no se disculpen, nunca hay que temer a la verdad- nos dijo de una forma reconfortante.

Sor Gumersinda, aunque continuaba con su aire de misterio, parecía más relajada, como alguien que está a punto de quitarse un gran peso de encima. Antes de continuar hablando se levantó de la mesa y fue a abrir su cajón, en el que estaban las cartas que había visto Jacobo. Las sacó y las colocó sobre la mesa, volviendo después a sentarse y continuar contándonos lo que sin duda deseaba hacer.

-Cuando llegué a este lugar- continuaba sor Gumersinda mostrando cierta emoción- pensé que uno tiene que hacer lo que debe, no lo que le dicta el corazón, pero me equivocaba. Al poco tiempo de comenzar mi labor en este internado fui descubriendo cosas que no encajaban. La primera de todas fue Trini; haría lo que fuera hasta llegar a la verdad, y lo conseguí. Pero también la historia de este internado está cimentada sobre una mentira; la de su madre fundadora. Estos edificios están rodeados de muerte, y gran parte de esas muertes provocadas por las mismas religiosas que ahora se beatifican. Algunas de las religiosas, como sor Benigna, ni siquiera se la recuerda; simplemente no existió. Yo tenía la duda sobre si seguir con la mentira o destapar la verdad, pero continué ocultando la realidad. Aunque el hecho de ocultar los hechos del pasado no ha querido decir que no me haya preocupado por recabar toda la información que he podido.

-¿Con qué fin?- le interrumpió Jacobo.

-Esta misma noche lo veréis- continuaba sor Gumersinda- Me he puesto en contacto con las autoridades y periodistas para que vengan a abrir las tumbas. Sé que llevan años buscando a los fusilados de la Guerra Civil, y concretamente el grupo de personas asesinadas en el huerto desapareció sin dejar rastro. Me consta que están en las lápidas sin nombre del cementerio, un grupo de religiosas se ocupó de darles sepultura en cristiano. Entiendo el silencio durante la Guerra y durante la dictadura, pero ahora no. Sor Pilar, la bibliotecaria, intenta a toda costa que esto no salga a la luz. La razón es muy sencilla, porque al levantar todas esas tumbas hay secretos; grandes secretos entremezclados entre tanta muerte.  El gran secreto es la tumba del capitán Damien Fontaine y nuestra admirada, y ahora beata madre fundadora, Sor Gabriela María.

-¿Qué papel tuvo un tal Segismundo en toda esta historia?- le preguntó Jacobo.

-Estas cartas- dijo sor Gumersinda señalando los papeles amarillentos que había colocado sobre la mesa- son las que sor Benigna Bejarano escribió durante mucho tiempo a su hermano. Como podrán comprobar están todas aquí, ya que ninguna llegó a su destino. Nunca llegaron a enviarse. Cuando sor Benigna ingresa en la Orden, ella está sola en el mundo.  Su adorado hermano Segismundo había muerto a la edad de cinco años. Ella se queda huérfana siendo una niña, y tiene que cuidar de él. Imagínense dos niños solos viviendo en el monte en medio de una pobreza y una desolación terrible. Ella misma lo enterró con sus manos, y tan solo  contaba con doce años. Unos meses antes de comenzar la guerra, ella contrae el paludismo, y es cuando comienza a escribirle cartas a su hermano. Las alucinaciones y visiones le atormentan a todas horas, pero su consuelo es su hermano, que ella cree vivo, e incluso asegura recibir visitas suyas. ¿Saben una cosa?, que ni siquiera estoy segura de que esas visitas fueran producto de las fiebres, quizás comenzó a tener contactos con el Más Allá conforme avanzaba su enfermedad. Sor Gabriela María, se debió de sentir incapaz de hacerle ver la realidad, y simplemente guardaba todas las cartas,  que han llegado casi intactas hasta nuestros días.

-¿Puedo preguntarle por qué ha decidido contar todo esto ahora?-  le preguntó Jacobo

-Porque he tenido que decidir entre ocultar la verdad y seguir en el internado, o decir la verdad, que es justicia al fin y al cabo, y cambiar de vida. He decidido escuchar al corazón en todos los sentidos. Abandono.

-¿Qué quiere decir?- le pregunté yo.

-Que yo también huí de la realidad, la de mis propios sentimientos, y decidí recluirme aquí. Pero algo me decía que nunca puedes escapar a la verdad, que siempre sale a flote. Volveré a África y esta vez solo me dejaré guiar por el corazón, sin atajos ni mentiras.

Cuando sor Gumersinda nos dijo aquello, entendimos perfectamente que se refería a alguien especial a quien había conocido allí, y que se había dado cuenta de que no había seguido el camino adecuado. Ella se había encontrado en un momento de su vida en el que tenía que elegir entre la luz o la oscuridad, y había elegido la luz.

Después de aquella conversación tan impactante, y tratando de digerir todo lo que nos había contado, la dejamos en su despacho. Parecía necesitar estar sola. Había algo diferente en su mirada, como si se hubiese liberado de una inmensa carga. Nosotros, además, teníamos nuestra cita con Alejandro, y ya se nos hacía tarde.

Alejandro nos había propuesto cenar en su casa, donde tendríamos mayor intimidad, y a nosotros nos pareció bien. Eran muchas las cosas de las que teníamos que hablar, y él, que había estado pensando mucho en todo lo que nos había pasado, quería proponernos algo.

 

 

 

 

30. EL CAMINO HACIA LA LUZ

 

Después de una cena en la que Jacobo y yo detallábamos todo lo ocurrido y toda la información recabada, Alejandro nos dio su punto de vista.

-Me alegra saber que las personas fusiladas en la Guerra Civil están allí, y que fueran enterrados con el respeto que merecían. Al principio era solo ese mi objetivo, pero luego me sobrecogió la carga de energía que había en aquel lugar, por no hablar de toda la fenomenología paranormal. Después de sentir tantas emociones allá, me hace plantearme si Segismundo era una alucinación de sor Benigna o era una visita del Más Allá. Tengo las mismas dudas que sor Gumersinda- dijo Alejandro mientras bebía los últimos sorbos de su vaso de vino.

-¿Por qué crees que se producen esas manifestaciones?, me refiero a que no entiendo por qué se me aparecen sor Benigna y Rosita. Lo de la hija de Trini sí lo entiendo, porque buscaba ayuda. Además entiendo su rabia- le pregunté mirándole fijamente a los ojos buscando su respuesta.

-Está claro que están atrapadas en ese lugar, y de eso quería hablaros. Me gustaría ir al internado por última vez y ponerme en contacto con ellas. Quiero ayudarlas, ya que por desgracia no pudimos hacerlo en su época, porque de verdad me hubiera gustado ayudarlas. Sobre todo, recuerdo el miedo y la angustia que pasamos Paula y yo aquella noche en la carretera, cuando nos sentimos rodeados por los soldados. Fue una experiencia paranormal, pero fue como estar en aquella época durante unos minutos. No se lo deseo a nadie. Desde entonces pienso mucho en ellas, aunque fuera en el siglo XIX me siento en cierto modo ligado a aquellas pobres mujeres y niñas. Tan indefensas y tan solas ante una situación terrorífica en todos los sentidos. Me gustaría liberaras del sufrimiento, ya que veo que algún tipo de sentimiento las mantiene ligadas a este mundo, que tan cruel fue con ellas. Merecen descansar en paz.

Alejandro nos convenció para que ese mismo domingo por la noche llevásemos a cabo la sesión. Él, por primera vez, y ante nuestro asombro, quería utilizar el tablero de Ouija. Jacobo tenía ciertas reticencias por las trágicas consecuencias que había tenido para Susana y Raúl. Finalmente los tres nos pusimos de acuerdo y quedamos ese domingo en mi habitación. La idea de volver al sótano no era buena, ya que se había producido aquel derrumbamiento, y no era ya un lugar seguro. Alejandro pensaba que la habitación de sor Gabriela María tenía más carga energética y sería el lugar adecuado. Aunque a mí aquel lugar me producía escalofríos, accedimos a hacerlo allí.

Alejandro esta vez vino solo con un artístico y antiguo tablero de Ouija. Jacobo y yo le estábamos esperando en mi habitación. Nadie le había visto, ya que eran las doce de la noche cuando apareció. Mostrando una habilidad de la que ya había hecho gala en otras ocasiones abrió la puerta de la habitación de Sor Gabriela sin demasiada dificultad. Los tres entramos con un silencio respetuoso; algo sobrecogía cuando se atravesaba el umbral de aquella habitación. Una vez dentro no se notaba el paso del tiempo, te sentías transportado a su época, incluso el ambiente estaba cargado de emociones.

Alejandro  encendió un par de velas y colocó en tablero en el suelo, pidiéndonos que nos sentásemos con él. La llama de una de las velas comenzó a agitarse mucho, como si estuviese entrando aire por alguna parte. Yo me quedé mirándola con cierta tensión, pero Alejandro me hizo un gesto para indicarme que lo ignorase y me centrase en la sesión. Antes incluso de comenzar, una fuerte bajada de la temperatura nos hizo tiritar; el frío era insoportable. No sé qué me ocurrió, pero lo único que sé es que una tristeza muy profunda se apoderó de mí y comencé a llorar. Quise salir de la habitación, pero Alejandro me sujetó con fuerza como suplicándome que me quedara y así lo hice. Estaba temblando cuando él comenzó las preguntas.

-¿Hay alguien aquí?

-SI- fue la brusca respuesta del tablero.

-¿Quién eres?

-LO SABES

-¿Eres sor Benigna?

Tras hacer esta pregunta hubo un largo silencio, como si esa presencia, fuera quien fuera, no quisiese contestarnos. Después de un rato el máster se movió.

-AYÚDAME

-¿Cómo?

-COMIDA Y AGUA

-Escúchame, Benigna- le dijo Alejandro sobrecogido por la compasión- Ya no necesitas esas cosas. Puedes descansar en paz, ve con Segismundo y Rosita. Ellos te están esperando.

En aquel momento la tablilla comenzó a moverse con furia y un golpe de aire que había surgido de la nada apagó las velas. No había luz, solo la de la luna que entraba por la ventana. A mí me costaba trabajo respirar. Estaba paralizada por el pánico. En ese momento las velas volvieron a encenderse solas. El tablero comenzó a dar una respuesta sin que nosotros hubiésemos colocado el dedo encima.

-BUSCO A ROSITA. ME NECESITA.

-Rosita está bien. Ella quiere que pases al otro lado con ella. Te ha perdonado. No puedes quedarte aquí. Tienes que continuar tu camino y reunirte con ella y con tu hermano. La guerra ya terminó, y ahora tienes que caminar hacia la luz.

Hubo un profundo silencio repentino, difícil de interpretar en aquellas circunstancias. La ventana se abrió bruscamente y una luz blanca e intensa, aunque no cegadora iluminó la habitación. Suavemente el máster se movió solo otra vez dejando una palabra para nosotros.

-ADIOS

Un olor a rosas impregnaba la habitación. Yo dejé de sentir miedo; ahora sentía paz. Todos pudimos sentir los pasos de una niña corriendo, como jugando, que pronto dejaron de escucharse.

Ninguno nos movimos durante unos minutos, como si no supiésemos muy bien qué hacer. Aunque sí sentíamos la grata sensación de haber ayudado a alguien. Después de un rato Alejandro comenzó a recoger la cosas, y nosotros le ayudábamos con un silencio respetuoso. No se escuchaba nada, hasta que el sonido suave de la puerta abriéndose nos hizo girarnos sobresaltados.

 

 

 

 

31. LA SENDA SIN RETORNO

De todas las situaciones que nos esperábamos, aquella era la última; simplemente no habíamos contado con ello. Al principio la falta de luz solo nos dejaba vislumbrar una silueta. Poco a poco pudimos distinguir que se trataba de sor Gumersinda, pero había algo diferente en ella. Pronto nos dimos cuenta de que no llevaba el hábito. Iba vestida con un sencillísimo vestido bastante pasado de moda. Ella encendió la luz tenue de la habitación dejándonos perplejos, sin saber cómo actuar ni qué decir.

 

-Me imaginé que estaríais aquí. No era difícil de imaginar sabiendo lo que buscabais. Además Alejandro y yo nos conocemos del año pasado ¿verdad?- dijo mirando a Alejandro en busca de una respuesta.

Alejandro asintió con la cabeza y le pidió disculpas por la intromisión, pero sor Gumersinda no parecía enfadada.

-Supongo que os habéis encontrado con ellas ¿verdad?- nos preguntó, casi afirmando.

Nosotros asentimos con la cabeza sin saber qué decir; aquella situación nos desconcertaba mucho.

-Cuando llevas un tiempo en este lugar te visitan- continuaba sor Gumersinda con emoción en sus palabras. La pobre Rosita y su carita destrozada por la viruela es a la que más he visto. La historia de este lugar me conmovió desde el primer momento, y el hecho de que algunas personas del pasado sigan atrapados en estos muros. Sabía que había secretos inconfesables aquí dentro, pero lo peor no fueron los hechos, sino lo que los motivaron. El infortunio se apoderó de aquellas pobres religiosas y las niñas; es imposible encontrarse más indefenso.

-Creo que ya les hemos ayudado a marcharse- le interrumpió Alejandro.

-Me alegro de escuchar eso. Por lo que pude investigar, sor Benigna tuvo un gran cariño por Rosita; cuidaba de ella como si fuera su hija. Ella había asumido ese papel protector desde la niñez con su pobre hermano Segismundo. Tengo la impresión de que Rosita sustituía a su hermano; ella se sentía responsable de la pequeña, incluso más que del resto de los niños. Parece ser que cuando llegó al orfanato estaba medio muerta, no solo por las enfermedades y el hambre, también porque había recibido una brutal paliza. Sor Benigna salvó su vida y cuidó de ella hasta el final. Su acción criminal no fue otra cosa que acortar su agonía y la de las otras niñas.

-A lo mejor hubiera habido otras opciones- le interrumpí yo.

-Nunca lo sabremos, pero tampoco ayudaban las fiebres palúdicas que sufría. La desesperación es mala consejera, pero en este caso no hubiesen sobrevivido; estaban en un callejón sin salida.

-¿Por qué se  ha quitado el hábito?- volví a interrumpirle.

-Esa es otra historia; muy alejada en el tiempo de la que estamos hablando, pero no desde el punto de vista humano- dijo de una forma enigmática dejándonos sin palabras.

Los tres nos quedamos sin saber qué decir, esperando que fuese ella la que nos contase el porqué.

-Digamos que han cambiado las cosas- comenzó sor Gumersinda a hablar de nuevo-Cuando no se escucha al corazón siempre cometemos errores. Yo huí de algo de lo que no se puede escapar, y volví de África. Me refugié entre estos cuatro muros para levantar el internado, que estaba a punto de quebrar. También quería dejarlo todo preparado para la beatificación, pero entonces me encontré con una gran mentira. Tuve mis dudas entre seguir adelante o taparlo todo, pero no quise volver a hacer lo mismo que había hecho con lo de África. Ahora quería llegar hasta el fondo y destapar la verdad. Sor Pilar, que por cierto será la que ocupe mi lugar, no quería remover el pasado. Es cierto que lo que ocurrió durante la Guerra de la Independencia está muy alejado en el tiempo, pero cuando supe que en el cementerio estaban enterrados los fusilados de la Guerra Civil, la cosa cambió. Saberlo y no decir nada me convertía a mí en cómplice, y además eso iba contra mis principios.

-¿Se marcha usted del internado?- le preguntó Jacobo algo entristecido.

-Mañana mismo. Cuando esté en el aeropuerto este lugar estará lleno de periodistas y personas del Ministerio. Se va a proceder a abrir las lápidas.

-¿Qué va a pasar ahora con el internado?- le preguntó Jacobo, muy preocupado por el puesto de trabajo.

-No va a pasar nada. El curso comenzará y las labores de búsqueda e identificación de cuerpos durarán bastante tiempo. Respecto a los cadáveres de sor Gabriela María y el Capitán Fontaine, estoy segura de que sor Pilar sabrá contar lo que le interese. Es astuta y con muy buen ojo para los negocios. Seguro que rentabilizará todo esto para sacar a flote el internado.

En aquel momento sentí tristeza de pensar en su marcha, aunque me alegraba por ella. No era necesario saber que lo que provocaba su vuelta a África era alguien especial.

Tal y como sor Gumersinda nos había contado, a la mañana siguiente aquel lugar era una hervidero de policías, periodistas, funcionarios y un largo etcétera de gente moviéndose de un lado a otro. A sor Gumersinda no la volvimos a ver, se había marchado discretamente, pero dejando todo en el lugar que le correspondía. Había tenido que elegir entre la cómoda continuidad, o afrontar la verdad. Había decidido lo segundo, y no solo en lo que respectaba al internado, sino en todos los aspectos de su vida.

Pero aquello no fue el único cambio. Jacobo y yo decidimos marcharnos de allí para siempre. Al principio  todo sería complicado, ya que había que empezar de cero, pero tuvimos valor para hacerlo. Él había encontrado un trabajo modesto, pero que compartiendo piso conmigo le permitía llegar a fin de mes. Yo había aceptado la oferta de Alejandro para trabajar con él en su programa de radio. Mi voz le gustaba, y yo esperaba que con el tiempo no fuese solo mi voz lo que le interesase. El sueldo no era alto, pero como compartía gastos de piso mi situación no era tan mala. Jacobo y yo comenzábamos una nueva vida, lejos de tanta oscuridad. Teníamos ilusión por primera vez en mucho tiempo.

Recuerdo como si fuera ayer el día en el que abandonamos el internado. Era una tarde que amenazaba tormenta, y el aire traía olor a jara. Sor Geranio se acercó a mí sonriente con una preciosa maceta de geranios.

-Esto es para vosotros, que sé que os espera una vida de mucha paz y mucho amor, aunque no sea con la persona que estás pensando ahora- me dijo de una forma sorprendente, rompiendo además su silencio de años.

-Es un detalle muy bonito, aunque no sé muy bien a qué se refiere. Me alegro de escuchar su desconocida voz- le dije sorprendida de descubrir que no era muda.

-Ya me entenderás más adelante. Por cierto, yo sí suelo hablar todos los días un rato con un señor. No soy muda, solo hablo con las personas que me agradan. Ese señor se llama Segismundo, y viene todos los días a dar una vuelta y charlamos. Es un caballero de los de antes; es un placer hablar con él. Segismundo y yo os deseamos mucha suerte en la vida- nos dijo despidiéndose de aquella forma tan enigmática.

Aquello me dejó sin habla; esta vez era yo la que se quedaba muda. Me sorprendieron sus palabras, y también su voz, que durante tanto tiempo había tenido oculta . Todo parecía indicar que Segismundo también estaba atrapado entre aquellos muros, aunque quizás solo permanecía allí hasta que Benigna consiguiera reunirse con él. De lo que no tenía dudas era de su fuerte unión que trascendía la propia existencia física.

Mientras caminábamos hacia el coche, a lo lejos, Roberto se despedía de nosotros con una amable sonrisa que me sorprendió. Una flor de jara voló hacia mis pies y dudé, pero finalmente decidí llevármela. A mí me pareció una dulce despedida, y el comienzo de una nueva vida que por primera vez me ilusionaba. Con el tiempo comprendí el significado de las palabras de sor Geranio, porque Jacobo y yo dejábamos atrás un pasado asfixiante, y ahora sabíamos que siempre existen las segundas oportunidades. La misma senda que nos condujo hasta aquel mundo oscuro nos llevó hasta la luz de una nueva vida y unos nuevos sentimientos.

 

“Después de muchos días oscuros, vendrá uno sereno” (Tibulo)

 

 

 

FIN